El fin de semana de Alicante, 4 de octubre de 2019, lo dedicamos a nuestro amigo Juanma. Su hermana Lorena había venido desde Galicia para lanzar juntos las cenizas de sus padres. Fue muy emotivo, y se anudaron unos lazos que ya existían, pero ahora de una manera misteriosa. Creo que ni Juanma ni Lorena volverán a ser para nosotros lo que eran hasta aquel día; antes les quería; ahora son mis hermanos.
Cuando se fueron, tomamos conciencia de que llevábamos un año muy extraño, de muy alta intensidad y sin valles emocionales. El 1 de octubre, con el corazón encogido y pese a un dedo del pie de Paloma fracturado, salimos de Madrid sin fecha de regreso. Llevamos sólo unos pocos días lejos de Madrid, un tanto desconcertados, haciendo equilibrios entre el vértigo y la ilusión… Pero, por encima de todo, nos sorprendió lo duro de la experiencia; lo que creíamos que se sentiría como una liberación avanzando hacia la aventura, fue un pozo de tristeza al que cada despedida añadía profundidad. Ahora nos toca aprender a vivir esta nueva vida, e ir supliendo recuerdos por paisajes.
Ninguna despedida es fácil. La partida de Juanma y Lorena nos dejó a solas con Manu unas pocas horas más que antecedían el momento más duro desde que empezamos nuestro proyecto… Decirle adios fue una conmoción que ninguno nos esperábamos y que nos dejó a todos muy heridos. El abrazo de madre e hijo en un adios que en un instante concentraba años de amor, una vida juntos, la tranquilidad de no tener que cuestionarse hasta qué punto alguien es importante porque simplemente está ahí, todo se vino de golpe a la garganta de los tres. Me sentí parte de ese abrazo en el que no estaba, y a la vez entrometido en un espectáculo que no debía tener espectadores. Todos lloramos por esa despedida que concentraba, como un big bang afectivo, toda la emoción de los meses que habían antecedido ese momento. Y el big bang explotó con más intensidad de lo que ninguno de nosotros hubiera adivinado. Todavía hoy, el recuerdo de aquella despedida se me agolpa en la garganta y me inunda los ojos.
Y por fin solos. Heridos, con la imagen de Manu y
Paloma fundidos en un abrazo y bañados en lágrimas, grabada en la retina con
una intensidad que nada podrá aliviar.