Vivir a bordo

La llegada al archipiélago de la Maddalena fue el salto de la antigua belleza urbana de origen militar (Bonifacio) al de la exuberante naturaleza mediterránea. Amanecer rodeado de cosas bellas y acostarse en las mismas condiciones, pero en otro lugar, es un verdadero regalo.

En realidad, vivir a bordo supone un intercambio: el de la comodidad incuestionable de un hogar, por la libertad y la belleza.

No pretendo con esto restar valor a la sensación de calidez y acogimiento de “la casa”, ni a la experiencia de volver al espacio donde uno descansa y se siente bien y feliz. Para mí todo eso tiene un valor evidente, por lo que el coste no es menor. Si vale o no la pena cambiarlo por la sensación de libertad, o por el contacto con la naturaleza, o por el sol como medidor del tiempo, eso es ya cuestión de cada cual.

Las primeras singladuras

Salimos rumbo a Moraira. Noche, descanso, y salto hacia Ibiza. Allí, lo típico, visita al Doc en su apartamento, cena, día siguiente de reparaciones y compras y rumbo a Portinaxt, para saltar luego a Sóller, en Mallorca y finalmente hasta Fornells en Menorca.

De allí salimos una mañana con viento favorable, bastante ola y a gran velocidad hasta las últimas 5 o 6 horas de travesía en las que el viento nos dejó en brazos del motor. Un total de 40 horas en las que Paloma se mareó y yo me requetemareé vomitando todo lo que caía en mi cuerpo en el transcurso de los casi dos días que duró el viaje. Creo que en esas situaciones de descubre la verdadera profundidad de los afectos, cuando sintiéndote desvalido alguien se sacrifica por ti.

Llegamos al puerto de Bonifacio bien entrada la noche. Las llamadas por radio a la autoridad portuaria francesa con acento italiano serán un clásico para toda la vida. Y el día siguiente nos regaló el premio del esfuerzo por las horas de penurias de los días anteriores: las vistas, el paisaje, la ciudad… Tal cúmulo de belleza nos hizo concluir que, sin lugar a dudas, había merecido la pena.

Ya es un hecho, ¡zarpamos!

El fin de semana de Alicante, 4 de octubre de 2019, lo dedicamos a nuestro amigo Juanma. Su hermana Lorena había venido desde Galicia para lanzar juntos las cenizas de sus padres. Fue muy emotivo, y se anudaron unos lazos que ya existían, pero ahora de una manera misteriosa. Creo que ni Juanma ni Lorena volverán a ser para nosotros lo que eran hasta aquel día; antes les quería; ahora son mis hermanos.

Cuando se fueron, tomamos conciencia de que llevábamos un año muy extraño, de muy alta intensidad y sin valles emocionales. El 1 de octubre, con el corazón encogido y pese a un dedo del pie de Paloma fracturado, salimos de Madrid sin fecha de regreso. Llevamos sólo unos pocos días lejos de Madrid, un tanto desconcertados, haciendo equilibrios entre el vértigo y la ilusión… Pero, por encima de todo, nos sorprendió lo duro de la experiencia; lo que creíamos que se sentiría como una liberación avanzando hacia la aventura, fue un pozo de tristeza al que cada despedida añadía profundidad. Ahora nos toca aprender a vivir esta nueva vida, e ir supliendo recuerdos por paisajes.

Ninguna despedida es fácil. La partida de Juanma y Lorena nos dejó a solas con Manu unas pocas horas más que antecedían el momento más duro desde que empezamos nuestro proyecto… Decirle adios fue una conmoción que ninguno nos esperábamos y que nos dejó a todos muy heridos. El abrazo de madre e hijo en un adios que en un instante concentraba años de amor, una vida juntos, la tranquilidad de no tener que cuestionarse hasta qué punto alguien es importante porque simplemente está ahí, todo se vino de golpe a la garganta de los tres. Me sentí parte de ese abrazo en el que no estaba, y a la vez entrometido en un espectáculo que no debía tener espectadores. Todos lloramos por esa despedida que concentraba, como un big bang afectivo, toda la emoción de los meses que habían antecedido ese momento. Y el big bang explotó con más intensidad de lo que ninguno de nosotros hubiera adivinado. Todavía hoy, el recuerdo de aquella despedida se me agolpa en la garganta y me inunda los ojos.

Y por fin solos. Heridos, con la imagen de Manu y Paloma fundidos en un abrazo y bañados en lágrimas, grabada en la retina con una intensidad que nada podrá aliviar.

Reflexiones sobre la salida

No es lo mismo una mudanza que desmontar una casa. El cierre de nuestro hogar en la Rozas resultó muy duro porque cada cajón que se abría, incluso los que tenían objetos sin importancia a los que nunca se les había prestado atención, desvelaban a la luz del desmontaje un montón de recuerdos que tenían escondidos entre sus rasgos. Fue como presenciar nuestra propia vida, o al menos una etapa preciosa de ella: la de nuestros hijos como niños, la de nuestros años juntos, la de nuestro primer hogar compartido. Fue una verdadera batidora de emociones que nos dejó muy tocados.

El verano fue extraño: la muerte de Vicente, la enfermedad de Manu, el tiempo que parecía volar y detenerse como impulsado por un capricho desconocido, incomprensible.

Nunca habíamos tenido una sensación de “homeless” como la que tuvimos en el mes de septiembre, cuando caminábamos por las calles de una ciudad que, siendo la nuestra, la sentíamos como extraña. La madre de Paloma nos acogió como es ella, con todo su cariño, pero no dejábamos de sentir que estábamos sin casa, lejos ya, sin aún habernos ido. Fue todo muy extraño. Y finalmente Paloma se rompió un dedo del pie; creo que ambos tuvimos la misma tentación de considerarlo un mal presagio para el inicio de nuestra nueva vida, aunque sin decirnos nada el uno al otro, con esa complicidad silenciosa que nunca he experimentado con nadie más que con ella, los dos decidimos no interpretarlo más que como lo que era: un desafortunado accidente.

Los primeros días abordo fueron de reparaciones, mantenimiento y puesta a punto de última hora. Hasta que llegó el momento de salir del que había sido nuestro primer y único puerto: Marina Internacional de Torrevieja. Hubo sorpresas agradables: la gerente (Trini) nos despidió con una emoción que no esperábamos y que nos conmovió; nuestro amigo Alberto nos tocó las bocinas en un adios que no quisimos que fuera el definitivo porque a bordo del Alendoy iba yo solo. Paloma haría el recorrido hasta Alicante con su coche que se llevaría Manu a Madrid después del fin de semana que vino a pasar con nosotros.

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