Viaje al pasado. Marruecos

La diferencia entre la juventud y la vejez está en el equilibrio de recuerdos y proyectos. Cuando los primeros superan a los otros, la senectud asoma. Pero mientras los proyectos superan o se mantienen frente a los recuerdos, se es joven, sea cual sea la edad. La voluntad (y la fortuna) convierte a los proyectos en recuerdos mediante la realización; entonces, para mantener la juventud hay que concebir otros nuevos. Si los proyectos son novedosos -lo contrario los hace insulsos- es preciso aprender cosas nuevas, y ahí reside la clave: se es joven mientras se continúe aprendiendo. Esa inquietud, sin ser muy conscientes de ello, nos llevó a Marruecos.

“Macan Hadorsh la Arabia” (no hablo Árabe). Aún no habíamos aprendido estas palabras, aunque sabíamos que tendrían que incorporarse a nuestro vocabulario de viaje, cuando compramos en el aeropuerto una tarjeta local de datos móviles con la que poder manejarnos durante nuestra estancia en Marruecos. 20 gigas serían suficientes para los 10 días de viaje (Juego de Tronos aparte). Así pertrechados con munición urbanita del siglo XXI fuimos a nuestro hotel en la ciudad, y de allí a cenar. Terminamos en un restaurante con el ambiente de los de toda la vida: humo de tabaco en cada centímetro cúbico de espacio, cervezas y botellas de vino en las mesas ocupadas mayoritariamente por hombres, entre los que se encontraba alguna mujer sin el atuendo habitual en el país que habían reemplazado por indumentaria occidental. Un rato más tarde llegamos a pensar que la restauración era una sencilla tapadera para otro tipo de negocio, aunque la permanecía de las mujeres en las mesas que nunca acompañaban a los hombres cuando éstos se levantaban (¿al baño?) nos hizo dudar de la hipótesis.

En un intento de ver cuántos datos habíamos consumido, Paloma exclamó… 

– Me han ‘tangao’. 

– ¿Por qué?

– Porque me han dado una tarjeta de 4 gigas y me han cobrado una de 20.

– No mi amor, te han dado una tarjeta de velocidad 4G y capacidad 20 gigas…

Nos reímos mucho recordando esta anécdota de camino a Ait Ben Hadu en un coche alquilado. Ksar Ait Ben Hadu era una ciudad de adobe sobre la ladera de una pequeña colina, junto al cauce del río por donde galopaban jinetes a la luz del atardecer. La carretera cruzaba el imponente Atlas por su extremo sur, conduciéndonos entre picos nevados, gargantas rojizas y valles alrededor de ríos que una vez seguramente llevaran más vida de la que trasladaban durante nuestra visita.

En Ouazarzate visitamos la Kasbah de Taourirt con un guía, Hasan, que nos aseguró su fluidez en español, inglés, italiano, en lo que fuera…, y en efecto, lo hablaba todo, pero no más que unas pocas palabras que combinándolas resultaban en una cacofonía idiomática sólo comparable a las conversaciones de Babel, pero con solo un hablante. Me recordaba al políglota de «El Nombre de la Rosa», pero en bereber y sin sotana. Después, en el trayecto al hotel, el GPS nos introdujo en calles sin asfaltar, caóticas, estrechas, impredecibles, por las que circular suponía una incertidumbre constante: ¿podremos pasar?

En la noche paseamos por la ciudad, atravesamos su mercado, subyugados por sus olores, colores, humores. El hotel, de estándares muy marroquíes, nos sirvió un desayuno en la terraza frente al palmeral del oasis que se expandía por la ribera del río, con la luz densa de las primeras horas de la mañana, cuando el frío todavía cortaba, pero el calor empezaba a intuirse, solo intuirse. Nos sirvieron personas sencillas, afanadas en agradar por una fuerza más profunda, auténtica y noble que la de la propina. Así salimos de allí y nos encaramos hacia la ruta de las mil kasbahs.

A base de viajar hemos aprendido que los sitios dejan de estar lejos, física y mentalmente, cuando te acercas a ellos. Igual pasa con las personas y sus costumbres. La primera vez que un vehículo en sentido contrario invadió nuestro lado de la calzada nos parecía estar jugándonos la vida. Tras varios días conduciendo por el país, nos habíamos hecho a sus hábitos, comprendiendo que las señales de tráfico, al menos para la mayoría, son más sugerencias que imposiciones. Lo mismo nos ocurrió con todo el arsenal de cultura y costumbres que nos inundaron en aquellos días por los que chilabas, olores especiados, colores intensos, palabras en árabe y francés, bocas desdentadas, niños juguetones, mujeres cubiertas, turbantes y babuchas… metamorfosearon en nuestra mirada de excepción a normalidad.

Atravesamos un desierto para llegar a las gargantas del Dadès. Allí las poblaciones parecían incrustadas en lo más hondo de pliegues de roca que formaban grietas profundas cuyas paredes limitaban el río, dando a uno u otro lado según el cauce serpenteaba. Contemplamos las formaciones rocosas que alguien, creo que, con poco acierto, bautizó como los «monkey fingers«, marrones, a veces alineadas, orientados con una caída hacia un lado; otras veces, caóticos como la vida.

Tras otro desierto llegamos a la ciudad de Tinerit. Allí las antiguas kasbahs y las modernas edificaciones escoltaban por ambos lados a un alargado y ondeante río de palmeras entre las que los locales cultivaban sus huertos. La ciudad era muy grande, pero sólo en una dimensión; en la otra se limitaba a una expansión breve hasta donde alcanzaba la humedad fluvial. Luego, la Garganta del Todra nos impresionó con sus alturas, sus colores, sus formas. A orilla de su río las familias hacían picnic bajo el encuentro de los dos titanes de piedra cuyas miradas se cruzaban como las de dos luchadores en amenaza mutua.

El viaje continuó hasta Elkhorbat, un ksar donde dormimos entre paredes de adobe, bajo un techo de madera viejísima, abrigados del cortante frío de la noche desértica. El espacio tenuemente iluminado de la habitación incitaba a imaginar noches morunas en las que el cielo era uno más en los paisajes radicales. Entonces, la noche daba asueto; sólo las estrellas conquistando la atención, ya fuera para confirmar una convicción religiosa o para profundizar en el fenómeno de lo humano. Ese cielo abrasador del día, y esas estrellas titilantes de la noche, han labrado juntos un carácter que se nos antojaba entre indiferente y apasionado, ajeno a las tensiones de un mundo incomprensible pero entregado a la intensidad de momentos que ya no existen en el otro mundo, el civilizado a base de urbanizaciones y autovías.

Marruecos es un país redundante, insistente, constantemente repetitivo en cualquiera de sus expresiones. Redunda en su idioma con una sintaxis persistente; en sus paisajes que se extienden monótonamente en desiertos o en montañas; en su música de ritmos circulares y letras recurrentes; en los sabores, deliciosos, pero limitados a combinaciones estables (cuscús, tahine, sopa harira, pincho de pollo, caldero de cordero y poco más); en el carácter de sus comerciantes, sagaces y frecuentemente certeros.

En Erfoud entramos en el mercado. Otra dosis de vida palpitante; otro viaje al pasado; otra ensoñación de tiempos de otro tiempo, en escenarios de apariencia cinematográfica por su arrolladora autenticidad. Y volvimos al desierto. ¿Qué es el desierto? ¿Ausencia de vida? ¿Ausencia de gente? ¿Ausencia de obstáculos? Ausencia. Continuidad ininterrumpida. Un espacio que, al menos, invita a preguntarse por su naturaleza metafísica.

Llevados por la propensión de todo a moverse, desde átomos hasta células, desde paisajes a planetas, sentíamos esa fuerza inexplicable que nos hacía avanzar seguros de lo que hacíamos, pero sin explicación posible para algo, sin embargo, tan evidente. Veníamos atravesando desiertos, monótonos, recurrentes, obstinados en su aburrida continuidad, hasta que una línea de luz introducía un aliciente inesperado en el horizonte. Era el desierto de Merzouga, todo él arena, ni un arbusto, piedra, o signo que perturbara su coherencia.

Dormimos en un campamento en las dunas. Queríamos adentrarnos en el desierto sin llegar a perdernos entre sus pliegues arenosos, pero sí con la pretensión de alejarnos del mundo civilizado, asfáltico, motorizado que había hecho posible nuestro viaje hasta allí, y contemplar la belleza de lo singular, perdernos en una puesta de sol inolvidable, como cada una, que intentaríamos recordar para siempre. La puesta de sol cumplió su promesa -la naturaleza siempre cumple- pero los humanos, esta vez unos europeos con delirios de aventura que a lomos de unas motos saltaban por las dunas, arruinaron la hora mágica con ruidos de motor que aplastaban humillantemente el silencio. A veces da vergüenza ser humano, pero tampoco puede olvidarse que quienes encabritaban sus motos jugando entre las dunas, estaban siendo tan humanos como el que más.

Cayó la noche, y con ella el frío que nos confirmaba hasta qué punto el desierto es un mundo de extremos, radical en sus expresiones, absoluto en sí mismo, pero al que el hombre es capaz de adaptarse a base de medios, pero también de interpretaciones con las que da significado a cosas que no significan, simplemente son. La oscuridad no dejaba más tregua que la de las estrellas señoreando por el cielo sin competencia alguna desde el océano arenoso donde nos encontrábamos. Ni siquiera el fuego que encendieron para nosotros las comprometía, aunque nuestras miradas cayeron en la hipnosis de las llamas, y más tarde en el delirio de la percusión que los cocineros de la jaima interpretaban para acompañar sus voces rurales, sonidos de ancestros que ni conocían ni llegaban a comprender, pero cuyas letanías les habían llegado en una herencia tan misteriosa como la sangre, la piel o el color de los ojos. El momento, mágico, lo vivimos con un grupo de cuatro jóvenes italianos que recorrían Marruecos y que también quisieron acercarse el desierto a los labios y tantear tímidamente su sabor. Con ellos compartimos conversación, algunas risas, silencios ante las llamas, bailes y golpes sobre los tambores a los que intentamos arrancarles una coherencia que no llegaba hasta que los nativos ponían sus manos a percutir, y entonces los ritmos se acompasaban, los golpes se hacían música, las voces, cantos. Vivimos la magia de la noche, la del desierto, la de los nómadas ancestrales que sufrieron el mismo frío, al abrigo de la misma hoguera, en trance con los mismos sonidos y absortos ante las mismas estrellas.

La mañana siguiente nos encaminó hacia el valle de Iziz. El valle es un río de palmeras y cultivos con meandros serpenteantes que se retuercen por el desierto durante kilómetros hasta llegar a la garganta del mismo nombre. Allí, el flujo de agua a cuyas orillas ha crecido la infinitud de palmeras, se despoja de la clorofila y se deja custodiar por altísimas montañas amarillas que atraviesan el atlas y salen del desierto. Es un espectáculo impresionante.

Los kilómetros nos llevaban por paisajes de montaña, desierto, oasis, pequeñas poblaciones, ksares aislados, hombres y mujeres dedicados a su exiguo ganado y a su pequeña agricultura. En el coche nos acompañaba la radio con voces imperativas, y música recurrente. Llegamos a hacer hasta 200 km con la misma canción sin cambiar la sintonía. Otras veces nos acompañaban, silenciosas, mujeres que recogíamos del borde de la carretera para llevarlas a alguna población cercana y ahorrarles las horas de espera, el camino por la cuneta, el hostigamiento del sol. Eran los momentos en los que los asientos delanteros estaban más lejanos de los traseros, cuando los ocupantes de adelante y de atrás representaban esferas culturales de universos distantes, creencias incomprensibles entre si, idiomas crípticos y formas de vida enigmáticas. Y pese a ello, las miradas se cruzaban con una misma intención de cordialidad, de ayuda, de colaboración injustificada. Algunas nos hablaban como si les entendiésemos y nos tocaban con sus manos tintadas por la henna cuando se despedían queriendo asegurar que entendíamos su agradecimiento.

Nos acercamos a una de las múltiples rotondas de la carretera. Como tantas veces nos había sucedido, un control de policía nos observa según nos acercábamos, pero esta vez nos detiene el paso haciéndonos parar. Un agente alto, con un uniforme castigado por el uso se nos acerca, saludo militar con la mano a la frente, y nos pide la documentación del vehículo y carné de conducir. Lo mira por encima, lo devuelve con desgana y nos dice que hemos sobrepasado el límite de velocidad, lo que conlleva una multa de 400 dirhams. Con una mirada fija, le decimos que somos conductores muy cuidadosos, que respetamos las limitaciones de velocidad y que, como profesionales de la educación en una importante universidad europea, no nos permitimos dislates con las señales circulatorias. Duda. Titubea. El exceso de velocidad que mencionó en su primer embate es drásticamente reducido la segunda vez que lo menciona. Le decimos que no llevamos encima el dinero de la multa. Duda nuevamente. Dice que, por esta vez, nos perdona. Le damos 100 dirhams a modo de “contribución”. Seguimos nuestro camino. El respeto del que la población se hace merecedora se tambalea en episodios como este.

La garganta del Ziz nos hizo ascender hasta un paisaje completamente distinto. Fue como haber viajado en un instante desde Marruecos a Suiza, desde el desierto a las montañas nevadas con bosques de coníferas. En menos de seis horas habíamos atravesado tres paisajes y climas: desértico, mediterráneo y alpino. Las construcciones de adobe sin tejado y con toscas azoteas, de repente dejaban paso a edificaciones de ladrillo enfoscadas en blanco con tejados rojos de caída a ambos lados. Así era el pueblo de Ifrán, una de las zonas vacacionales preferidas de la población local más acomodada.

Veníamos del frío intenso en la Suiza de Marruecos cuando llegamos a la que es sin duda una de las ciudades más bonitas e interesantes de todo el país: la mítica Fez. Decidimos que una ciudad de tanto interés histórico bien merecía descubrirse de la mano de alguien que nos la explicara sobre el terreno. Así conocimos a Abdelilah, nuestro guía. Con él recorrimos calles, mercados, barrios, zonas de interés histórico y cultural; nos explicó, con su visión de creyente convencido, muchas cosas del islam y del Corán. Tomamos conciencia de que viajar por Marruecos es viajar al pasado, un pasado reciente en algunos aspectos, pero remoto, muy remoto, en otros. Por causa de la religión y sus muchos imperativos en la vida cotidiana, se puede decir que su mentalidad está seis siglos atrás; no en vano cuando nosotros acabábamos de estrenar el 2023, el año musulmán equivalente era 1445, una diferencia de seiscientos años, los mismos que separan el inicio de la era cristiana de la peregrinación de Mahoma a la Meca.

Cuando la estética islámica irrumpe en los sentidos con el aire de naturalidad que la vida cotidiana implanta en los habitantes nacidos y crecidos en su contexto, uno se siente atraído por la sobriedad de su geometría, por la uniformidad de formas en sus representaciones artísticas, por el estilo evocador de relatos asociados a ensoñaciones de desiertos y palacios. Pero al pensarlo con algo de detenimiento, la presencia religiosa en el islam es asfixiante,  irreconciliable con muchas de las conquistas políticas, sociales y cívicas que Europa ha logrado a lo largo de su larga y amplia historia, con el sudor de pensadores, filósofos, políticos y literatos que siglo a siglo, han hecho que avanzara la mentalidad desde las creencias míticas al pensamiento objetivo. Esa ficción generalizada, como lo es cualquier religión, en este caso es un autoengaño constante que todo lo justifica, todo lo explica, todo lo simplifica a las normas divinas tal cual son interpretadas por los hombres, a la sazón, sus propios creadores. Así aseguran que los derechos humanos están inspirados en el Corán, lo que les inmuniza para recibir lecciones de nadie. Cubren a las mujeres para proteger sus encantos, muestra, según dicen, de cuánto las respetan y hasta qué punto las quieren proteger. Y así con cada parcela de la vida, sin dejar hueco a ningún espacio hasta el que no llegue dios y cualquiera de sus imperativos: el alimento, estableciendo qué se puede comer o beber (ni cerdo, ni alcohol), la indumentaria (especialmente la de las mujeres), el arte (sin representaciones humanas o de animales, con una homogeneidad extenuante), la oración (obligatoria -por ley- cinco veces al día), el ritmo cotidiano (con visitas a la mezquita), los sonidos (llamadas a la oración), la política (su máxima autoridad es el rey, que lo es por ser descendiente de Mahoma), la convivencia (los fundamentos de derecho son religiosos). Pero ¿qué ha aportado el islam al mundo? ¿De qué forma tan sólido compromiso religioso ha hecho posible algún avance social o intelectual gracias al cual pueda decirse que la humanidad haya avanzado? ¿Cuáles han sido sus avances en medicina, en física de partículas, en química avanzada, estructuras, materiales, gastronomía, botánica o zoología, ingeniería, tecnología de cualquier tipo…? ¿O en filosofía, psicología, derecho, sociología, política…?

El país está dividido en dos por una inmensa cicatriz rocosa que lo recorre como si alguien hubiese querido tacharlo: la cordillera del Atlas. El lado norte es frondoso (alcornoques, encinas, pinos), productivo (pasamos por grandes plantaciones de árboles frutales y cereales), moderno, de aire húmedo y clima más templado, con contrastes entre una población privilegiada y otra más humilde. El sur es todo lo contrario: rural, empobrecido, desértico, seco, caluroso de día y frío, muy frío en sus noches.

Llegamos a Rabat. La primera mañana nos despertó el canto del almuecín llamando a la oración. Luego, en marcha para recorrer sus calles, pasear sus mercados, husmear desde la puerta el interior de las mezquitas cuyo acceso esta vetado a todo el que no sea musulmán, salvo la mezquita de Hassan II en Casablanca. ¿Cómo se explica tan sobresaliente excepción? Aquí el rigor de la norma cede frente a la cornucopia del turismo. La segunda mezquita más grande del mundo con 2 hectáreas de superficie es imponente. Se la hizo construir conscientes de que los grandes operadores turísticos se saltaban Casablanca por considerarla -con mucho acierto- de poco interés en comparación con Marrakech o Fez. Así que ante la necesidad de crear el atractivo que hiciera detenerse a los grandes cruceros, levantaron la construcción de dimensiones titánicas que hoy se ve desde bien lejos de la costa y cuya visita, sin duda, bien merece la parada en cualquier recorrido por el país. La visita exterior es interesante, pero el acceso al interior es obligado, el recorrido por los inmensos espacios, silenciosos, iluminados con una calidez singular, las tallas de la decoración, tanto en maderas como en piedra para escaleras, paredes y columnas, todo es una experiencia única.

El sol nos sonrió en Marrakech poco después de que llegáramos tras el viaje desde Casablanca bajo una oscura y densa nubosidad que descargó bien sobre nosotros. El riad, dentro de la medina, estaba articulado por un amplio y bellísimo patio andaluz en torno al cual se encontraban las habitaciones. Esta ubicación nos permitió explorar muy bien la gigantesca, laberíntica y caótica medina de la ciudad.

Por sus calles nos adentramos en zonas residenciales, silenciosas y tranquilas donde los niños jugaban en las calles solitarias. Dichos barrios dotados de panadería, mezquita, baños y madrassa conforman la realidad sociológica del país y articulan la convivencia. También brujuleamos por las partes comerciales, auténticas colmenas de establecimientos, a veces organizados por gremios, otras con una planificación invisible, imposible, insoportable. En esas calles, vecinos, turistas, profesionales y comerciantes eran un incesante río humano que circulaba por las estrechas arterias de la antigua ciudad. En muchas de esas calles cuya amplitud no superaba los dos metros de ancho, un incesante rugir de motos se mezclaba milagrosamente con el caudal humano que las transitaba. No había disputas. No había accidentes. No había discusiones, ni siquiera cuando la aglomeración daba un leve, muy leve, respiro que las motos aprovechaban para acelerar zigzagueando entre viandantes, puestos y mercancías. Nadie se sorprendía si le rozaba un guardabarros o un retrovisor. Nadie se quejaba si el timbre sonaba cerca pidiendo paso. En ocasiones más que frecuentes, la aglomeración se densificaba hasta hacer que se pegaran pechos contra espaldas de desconocidos, en lo que podría ser el paso de una procesión de semana santa, hombro con hombro, pasito a pasito. Pues también ahí, apelotonados entre personas, había motos, bicicletas, carros con productos, repartidores cargados con todo tipo de objetos o mercaderías.

No hay autoridad que regule nada. El latido de cada paso de la multitud se autorregula sin intervención externa, como lo haría un sistema circulatorio que garantiza la llegada de sangre hasta los tejidos más recónditos del cuerpo sin que ningún agente externo determine ni la dirección, ni la velocidad. Hasta tal punto se autorregula que muchos días, cuando una calle se bloquea en un punto determinado, literalmente taponada por personas, alguien sujeta un cable grueso desde el lugar de la calle donde empieza el tapón. Otro va extendiendo el cable a lo largo de la calle hasta pasado el atasco y se queda allí forzando a que quienes van en un sentido pasen por un lado del cable, y no entorpezcan a quienes por el otro lado avanzan en sentido contrario. 

La plaza Jemaa el-Fna merece siempre una parada tranquila. Da igual la hora. Da igual el punto de su enorme extensión donde uno fije la atención. Siempre hay algo interesante. Puede ser un músico manejando con sus notas la voluntad de una cobra, hombres con monos para posar en fotos con el estilo de auténticos ‘influencers’, adiestradores de palomas, tatuadores de henna, grupos de percusionistas acompañados por primitivos instrumentos de cuerda, narradores de cuentos e historias, vendedores de frutos secos, puestos de comida, coches de caballos…

Frecuentemente tuvimos la sensación de haber viajado al pasado, a calles de ciudades de otro tiempo, a mercados, tiendas y productos que estuvieron ahí en una época remota, a personas indumentadas como lo hicieron hace siglos, todo lo cual brillaba con el atractivo inexplicable del reencuentro con otro tiempo. En nuestra incursión en un tiempo anterior por los espacios marroquíes nos tropezamos con muchas contradicciones, seguramente no exclusivas de allí, pero muy evidentes. De los visitantes, nadie quiere ser turista, pero lo es. De los nativos, nadie pide dinero, pero lo quiere. Todos aspiran a conocer al visitante, pero le venden lo que sea, sea quien sea.

Lo más viscoso del paisaje social de un país tan interesante, quizá lo representen esos hombres y mujeres que visten con prendas de corte medieval y cocinan con fuego en barro; su mentalidad también parece medieval, comportándose conforme a creencias, normas y leyes que a nadie hubiesen sorprendido hace cinco siglos, pero que fuera de su entorno, dejan atónito al hombre del siglo XXI. No hay superioridad moral en este hombre contemporáneo que se adentra con su inteligencia en los secretos de la materia, la vida y la mente. Pero quizá sí haya inferioridad moral en quienes autocastran su inteligencia aferrándose a relatos y ficciones con los que justifican injusticias injustificables. Es envidiable la honradez de las personas de esta cultura que abandonan sus tiendas para ir a rezar dejándolas abiertas, sin vigilancia y con toda la mercancía expuesta, la seguridad de sus calles a cualquier hora, el espíritu de solidaridad y ayuda hacia vecinos y desconocidos…, pero inadmisible el espectáculo de terrazas ocupadas sólo por hombres, una segregación insoportable, la de hombres y mujeres, de la que uno no puede escapar viajando por este maravilloso país.

Viento, nostalgia e ilusión ¡mi niño!… Gran Canaria

Un pueblo que en su lenguaje cotidiano, entre las expresiones normales del día a día, repite «mi niño», “mi hijo”, «mi rey» es un pueblo intrínsecamente cercano, cariñoso, dado a las caricias verbales y, sospecho, también físicas. Diría que este denominador es común a todo el archipiélago canario, si bien, el paisaje de cada isla establece una distinción clara entre las de levante y las de poniente. Toda la aridez y “vulcanidad” que habíamos contemplado en La Graciosa, Lanzarote y Fuerteventura, su fuerza, la rotundidad de sus formas, la oscuridad de los colores predominantes, lo excepcional de su vegetación, parecía un mundo extraplanetario en comparación con los parajes frondosos, verdes, húmedos y muy poblados de la isla de Gran Canaria.

Llegamos por el este, tras una buena navegación desde el extremo sur de Fuerteventura, impulsados por un buen viento, sol, y muchas ganas de dar el siguiente paso en aquel recorrido por las islas. A medida que su contorno empezaba a tomar forma, también lo hacían las siluetas de moles flotantes desperdigadas por las inmediaciones de la bocana de la gigantesca zona portuaria de Las Palmas. Barcos mercantes de gran porte esperaban fondeados, como gigantes en reposo, a su entrada en el puerto. En realidad, aquello no era un puerto, sino una dársena gigante en torno a la cual se han levantado muelles con propósitos distintos: carga y descarga de contenedores y otras mercancías, reparaciones y mantenimiento de grandes buques, bases militares, llegada y salida de viajeros en trasatlánticos capaces de ridiculizar por su tamaño a la mayoría de los grandes edificios que se encuentran por las calles de grandes ciudades. Y entre todo ello, también varios puertos deportivos como el nuestro.

La coincidencia con la salida del rally ARC (Atlantic Rally for Cruisers) que aglutinaba en la isla los más de trescientos veleros dispuestos a cruzar el Atlántico rumbo al Caribe a finales de noviembre, añadía una congestión adicional tráfico normalmente denso. Por eso tuvimos que fondear un par de días dentro de la dársena, antes de que nos asignaran el amarre donde pasaríamos los próximos meses entre finales de noviembre y mediados de febrero.

Es imposible desligar los lugares de las personas que se conocen en ellos, o de quienes acompañan para descubrirlos. Por eso el recuerdo de Arancha permanecerá unido en nuestra memoria a Fuerteventura, y Gran Canaria a los dos grupos de amigos que, en momentos diferentes, nos visitaron abordo: Tere, Isa, Mar y Dolo (las padeleras, aunque prefiero su otro apelativo: viajeras por el morro) y Juli, Nagger y Rubén (parte de la pandi/familia). Con unas primero, y con los otros después, compartimos risas abundantes, conversaciones, juegos, paseos, excursiones, manteles y caricias -físicas y verbales- que calentaron el hogar, de por sí acogedor, pero aún más familiar cada vez que en sus camarotes laten corazones queridos.

Así descubrimos una Gran Canaria verde y montañosa, poblada, tranquila, rural. Visitamos pueblos blancos levantados en las laderas con vistas al mar, como Arucas y Teror, o céntricos y elevados, entre cumbres frías, como Tejeda o Artenara, famoso este por las cuevas que dieron -y siguen dando- cobijo a muchos de sus habitantes. Nos quedamos extasiados con los Roques, protuberancias de hasta 1400 metros de altura de tanta fuerza que el gran Unamuno las denominó «tempestad petrificada». Estas formaciones son parte de un catálogo sobresaliente de manifestaciones naturales a las que se suman otras como la Caldera de Bandama, cerca de Las Palmas (el cráter de un volcán extinto y tomado por la vegetación); Agüimes, con esculturas por las calles y asediada por una anchísima torrentera en cuyo lecho la vegetación y los frutales la convierten en un caudal vegetal; Fataga, al final de un angosto trayecto a lo largo de un barranco jalonado por altas paredes de roca salvaje que pasarían desapercibidas en el Gran Cañón; Playa Mogán, inspirada (salvando las distancias) por la maravillosa Venecia para hacer convivir calles con canales, casas con atraques.

Las Palmas es una ciudad grande, cosmopolita, con forma de doble embudo, delimitada a ambos lados de su parte más estrecha por la playa de las Canteras al oeste, y el gigantesco puerto construido en lo que fue la playa de las Alcaravaneras, al este. Su casco antiguo, al sur es de los que agrada pasear, con calles peatonales entre construcciones de antaño que conservan el deje de sus tiempos de esplendor, y visitas obligadas como el mercado de la Vegueta donde las frutas más extrañas se exhiben y venden, la iglesia de San Telmo con el magnífico retablo barroco del altar, o la calle Triana, asequiblemente comercial. Hacia el norte, una colonia de construcciones inglesas donde el hotel Santa Catalina pone un inconfundible toque de distinción y equilibrio, conecta el centro histórico con otra parte más nueva, desarrollada entorno al puerto, y que culmina con barrios tranquilos, auténticos, sin ambiciones turísticas ni estéticas, como el de la Isleta o, en el extremo norte, separado del resto de la ciudad, las Coloradas. Papas arrugadas, mojo picón, cabra guisada (porque aquellos montes no son ni de vacas ni de ovejas), pescados salvajes para el sancocho, y gofio son las otras “paradas” también obligadas para entender un poco aquella tierra de contrastes. 

Nuestro amigo Rafa Pastor, anterior Capitán Marítimo del puerto de Las Palmas, nos guió en una interesantísima visita por las instalaciones portuarias. Visitamos las enormes dársenas de tráfico mercante e industrial donde embarcaciones incomprensibles se atracan para carga, descarga o reparación, o para esperar, como en el caso de las perforadoras petrolíferas, hasta el momento en que aumente el precio del crudo y proceder entonces a su extracción. Allí contemplamos de cerca hasta dónde puede llegar la capacidad humana para imaginar y convertir ideas descabelladas en realidades útiles (y rentables), dotadas, además, de una precisión inconcebible. Seres imprecisos construyendo objetos precisos. Irónico.

La pregunta que constantemente se oye en el muelle deportivo de Las Palmas, especialmente durante los meses de noviembre a enero es «¿vas a cruzar?». Te la hacen otros armadores, capitanes contratados para patronear, jóvenes aventureros que posponen (o renuncian a) sus estudios para dejar que su curiosidad salga al mundo con la misma ansiedad y energía con que sale un perro doméstico a su paseo matutino por el barrio. En esas fechas, los pantalanes son hervideros de preparación que borbotean en listas de aprovisionamiento, reparaciones de última hora, chequeos de seguridad, revisión de protocolos, rutinas y guardias de a bordo, momentos de camaradería, de nervios e ilusión, de esperanza y vigilia por ese logro que la popularización de la náutica ha convertido en una atracción con la que estampar en el pasaporte personal de cada cual el sello de la aventura.

Nosotros habíamos optado por posponer nuestro cruce para dedicar el año a recorrer las islas, relajarnos en su tempo dotado del ritmo pausado propio de un clima permanentemente favorable, y tremendamente agradable. Así, como siempre sucede, dimos con un buen polígono industrial, el Sebadal, donde tantas visitas llegaron a fraguarnos alguna amistad casual con dependientes de ferreterías industriales o talleres a los que recurríamos en busca de solución para algún problema de a bordo. Con el paso de los días íbamos acumulando pequeños detalles, encuentros humanos con personas a las que nunca volveríamos a ver en el futuro, lugares que de desconocidos se habían convertido en familiares, y hasta queridos. Las Palmas avanzó por nuestra mente hacia esa zona especial donde se esconden recuerdos y lugares especiales. A ello contribuyó nuestro amigo Carlos. Le habíamos conocido más de treinta años antes, siendo él alumno del centro educativo donde trabajábamos. Su personalidad abierta y su carácter divertido, bienhumorado, conversador, de rostro eternamente sonriente, sociable y generoso, le había labrado una reputación entre profesores y personal. Era conocido como Carlos “el canario”.

Según nos acercábamos a Las Palmas, cuando llegábamos a la isla después de nuestra estancia en Fuerteventura, reprodujimos la conversación que solíamos tener cada vez que se aproximaba un destino nuevo:

  • ¿A quién conocemos por aquí?
  • A Carlos, “el canario”.
  • ¿Cómo se apellidaba?
  • El canario.
  • No, en serio, ¿no te acuerdas del apellido?
  • Ni idea…

Hicimos alguna llamada a conocidos de aquella época para preguntar por el apellido de Carlos, pero no conseguíamos pasar de las coordenadas vagas, pero descriptivas, que ya teníamos: “ah, sí… el canario… un tío estupendo…”. Así que desistimos sin poder imaginar que como el destino nos le había puesto una vez en nuestras vidas, iba entonces a repetir el truco haciendo que inesperadamente, cuando no imaginábamos que pudiera suceder, Paloma le viera en mitad de una calle populosa, en horario laboral, de la ciudad más poblada del archipiélago.

  • Ese de allí se parece mucho a Carlos.
  • ¿Qué Carlos?
  • El canario.
  • No puede ser.
  • Acércate a ver.

Me acerqué y, en efecto, era. El encuentro fue un torrente de emociones distintas: para nosotros, alegría; para él, sorpresa. Primero porque aunque él apenas había cambiado en las más de tres décadas desde que nos habíamos visto la última vez, en su caso tenía que recordar a un Víctor con quien el tiempo, pese a moderado en sus incisiones, no había sido tan benigno como con Carlos; y para continuar porque, lógicamente, él desconocía que Paloma y yo estuviésemos juntos.

Aquel joven estudiante se había convertido en un empresario consolidado y de éxito, pero en su dermis persistía la alegría, optimismo y generosidad que más de treinta años atrás le habían hecho inolvidable. En el tiempo que estuvimos por Las Palmas, nos ayudó en gestiones diversas, nos presentó a su novia y algunos de sus amigos, nos agasajó con planes e invitaciones, fue un amigo inerme al efecto del tiempo en su apreciación sobre nosotros.

En primer plano Carlos el Canario el día que navegamos en el barco de su amigo.

Otro personaje que dejó huella en nuestra memoria fue Jan Olsen. Una mañana atracó su barco, un Nauticat bautizado Aristocat, junto al nuestro. Le ayudaba un marinero que había embarcado solo para asistirle en la maniobra porque él vivía y viajaba solo en su velero de dos palos, bueno solo salvo por Athena, su inseparable perrita. Era un hombre anciano de pelo cano, con la espalda encorvada, la sonrisa amplia y la mirada dulce, sin por ello comprometer un gesto riguroso que antaño seguramente esgrimió con frecuencia en su vida como capitán de la marina mercante sueca. Todos los días caminaba seguro, pero dificultosamente, por la cubierta de su barco para pasear con Athena. Nos saludaba con una cordialidad sincera, aunque tampoco se prodigaba en palabras, pese a lo cual compartió con nosotros algo de su apacible existencia como navegante solitario.

Cuatro meses en Gran Canaria habían dejado huella. Nos fuimos hacia Tenerife una mañana de lunes con todo lo que debe acompañar un buen viaje: viento favorable, nostalgia por la partida, ilusión por el nuevo destino.

Territorio de artistas. Fuerteventura

Octubre y noviembre, 2022. Las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido. De hecho, nadie sabe lo que de verdad pasa, porque los sucesos no dejan más rastro que el cúmulo de memorias inconcretas de individuos que sin saberlo, han optado por lo que quieren recordar. La realidad, pues, no existe. Solo queda el relato. 

El de nuestros días en Fuerteventura estuvo marcado por la visita de Arancha. Una visita que no estaba motivada ni por el interés turístico, ni por la necesidad de descanso, ni por la curiosidad o el placer, por nada, en definitiva, más que por el cariño sincero, desinteresado e inexplicable que la condujo desde la meseta al archipiélago. Solo por estar con nosotros, ver a su amiga, hablar sin fin de todo y de nada, siempre sabiéndose comprendida y comprensiva. Por eso nuestro recuerdo de la isla permanecerá ligado a ella, a su energía, su intensidad, su ser excepcional.  

Bastan dos palabras para describir la diferencia entre Lanzarote y Fuerteventura: César Manrique. Geológicamente ambas islas comparten su pasado, una más joven que la otra, y por ello coqueta, presumida, vistosa, seductora, dotada de un vigor fulgente que la otra tiene más atemperado. Nuestro amigo Juanma nos dijo de la isla –sólo hice una foto en el tiempo que estuve allí-, y nos reíamos con la idea de que la parte más bonita de Fuerteventura está al norte y se llama Lanzarote. Más tarde, recorriendo la isla y viviendo sus tesoros descubrimos que Juanma no había pasado suficiente tiempo en ella. La belleza de ambas islas es natural, pero Lanzarote cuenta además con los afeites que el gran artista dejó en su semblante, y que, para Fuerteventura, a su edad, quizá no sean apropiados. Esta es la tierra que un día ocuparon sus nativos, los Majos. Sus descendientes, hoy son conocidos como “majoreros”. Y quizá por ello, los contornos son menos dados a la seducción, pero con el tiempo, terminan por conquistar.

Empezamos el recorrido de la isla por la playa de la Pared. Allí grandes moles de roca plana reemplazan lo que normalmente ocupa la arena, y que allí creaba un escenario inquietante cada vez que una ola las barría con su empuje sobrenatural. Esta playa, situada al lado oeste norte de la isla, está más afectada por el oleaje que las del lado opuesto, y por eso los surfistas se congregan allí a desafiar la gravedad mientras juegan con las moles de agua sobre sus tablas en un encuentro que termina por inspirar más complicidad que contienda. Permanecimos un buen rato al borde de la hipnosis viendo sus piruetas, impresionados por la familiaridad con que trataban las fuerzas titánicas del mar en su encuentro con la tierra. 

Al lado, en la terraza de un bar de la zona, contemplando la puesta de sol, descubrimos el barraquito. Así denominan al café típico de la isla que es capaz de conquistar el paladar, incluso, de quienes no somos dados a tomarlo. El fondo de un vaso transparente se llena con una capa de leche condensada; sobre ésta va la segunda capa a base de Licor 43 aportando el primer contraste de color; luego la de café, acentuando aún más la diferencia cromática; y encima de todo, una última capa de espuma blanca de leche coronada con una hoja, rabiosamente verde, de hierbabuena. Primero, la foto; luego se mezcla todo bien y se toma sin demasiada dilación para que no pierda temperatura. Una delicia que quisimos repetir en los días siguientes, como llevados por la querencia humana de convertir los sucesos en ritos, los momentos en ocasiones, y construir así tradiciones con las que definirnos. 

En Fuerteventura las cumbres de los volcanes, redondeadas por el tiempo, son ya curvas suaves que contrastan con laderas abruptas como las del macizo montañoso entorno a la Vega del río Palmas, en el centro de la isla. Por allí circulamos en una carretera serpenteante flanqueada a cada lado por una verticalidad distinta: ascendente en la cara de la montaña, descendente en la del abismo. Había caído el sol, las sombras se extendían por el valle, apenas esbozos de formas oscuras se confundían con un paisaje cada vez más entregado a la noche que reptaba por las superficies en un silencio absoluto, seguida por su propio manto de frescor. 

Veníamos del mirador de las Peñitas donde nos detuvimos en nuestro camino al pueblo de Betancuria. En el mirador, un valle inmenso de ocres y rojos se había desplegado ante nosotros, bajo un cielo inmenso, intenso, límpido, que llenaba la vista y los pulmones, que daba serenidad al espíritu y sosegaba la mirada como cuando se contempla arte. Luego, en Betancuria, caminamos por sus calles empedradas desde otro tiempo, el de su época como capital de la isla, deambulamos por sus recodos, visitamos sus rincones y nos despedimos en busca del barraquito cuyo nombre, víctima de nuestra memoria precaria, nos hacía transitar entre opciones como “borriquito”, “farruquito”, “barranquito” hasta llegar a la que era.  

En el norte de la isla fuimos a visitar el parque natural del Corralejo, donde las dunas cortaban con su claridad la tonalidad del paisaje inundando de luz el horizonte en una competición de color con el cielo. Dunas y cielo contendían en un frente de batalla, choque entre dos masas de luz y color que dibujaba una línea rabiosamente nítida entre ambas.

Visitamos el Barranco de los Encantados que se alcanzaba por una pista de tierra, a veces de paso comprometido, y una caminata por el cauce seco de un río. Al llegar vimos una pared horadada por el viento que había esculpido formas, oquedades, recovecos, entresijos, resquicios, un verdadero catálogo de contornos moldeados sobre la arena compactada que cientos de miles de años atrás estuvo sumergida en el mar y ahora, plagada de pequeñas caracolas incrustadas, daba testimonio de su pasado submarino. No éramos los primeros que alcanzaban el lugar. Corazones, iniciales, dibujos más bien bobos e injustificados de visitantes inconscientes que habían dejado allí la huella de su ignorancia creyendo que con ello rendían homenaje al amor, rompían la magia del lugar.

Al sur de la isla, un largo apéndice montañoso acogía al parque natural de Jandía; montañas y costas arenosas convivían pacíficamente. A un lado, la mirada se alzaba para ver cumbres envejecidas que tuvieron tiempos convulsos en su época volcánica, y que más tarde, atemperados por la edad, daban un semblante sereno al paisaje. Al otro, cortes rocosos se alternaban con playas paradisíacas y eternas de arena blanca donde algún día, alguien sintió una soledad inexplicable. En el sur, esas playas ya estaban asediadas por comercios inútiles y edificios insulsos cuyo único mérito estaba en poder contemplar desde sus ventanas aquello que destruyeron con su presencia. Así se nos mostró Jandía, banal, insulsa, impersonal, es decir, turística en la más peyorativa de sus acepciones. A la vera estaba el Morro Jable, más auténtico, más noble, donde unas cervezas y un buen pescado nos restableció el optimismo.

Al Puerto del Rosario, actual capital de la isla, fuimos en autobús. Queríamos conocer la ciudad que acogió el destierro de don Miguel de Unamuno cuando su intelectualidad representó una amenaza para el régimen en el poder, y como castigo le mandaron a este lugar que él describió como un oasis, capaz de inspirarle algunos de sus trabajos. Visitamos la residencia de ocupó, con un patio central lleno de plantas, alrededor del cual las distintas estancias se extendían sobre suelos de baldosas de otra época, bajo techos de altura insostenible. 

La ciudad de Puerto del Rosario estaba llena de esculturas urbanas. Alguien, en algún momento, debió de decidir que el arte puede y debe coexistir como parte natural de la vida cotidiana, no sólo por embellecer sus entornos, sino por integrar la voz atemporal del arte entre la cacofonía de la convivencia urbana. La conversación verbal y el diálogo visual entre quienes viven y crean, entre quienes aman y trabajan, entre los que sueñan y sufren, transformaba las calles y plazas de esta pequeña ciudad en un parque escultórico. 

Estábamos atracados en el puerto de el Gran Tarajal, un pueblo del sur. Allí nos encontramos con otro esfuerzo similar al del Puerto del Rosario, pero esta vez con más énfasis en la pintura que en la escultura. Vimos cómo el arte había tomado cualquier oportunidad vertical de expresarse con formas y colores en murales de grandes dimensiones que transformaban paredones de otra manera insulsos, en lienzos para la verdad. Con estas pinturas callejeras, y con citas escritas también en muros y vallas, el Gran Tarajal, además de su enorme playa de arena oscura y suave, era un libro urbano de poesía, de consuelo, de inspiración.

La huella de Manrique. Lanzarote inacabado

Octubre 2022. No se puede visitar Lanzarote sin caer presa del embrujo de César Manrique. Un utópico contundente que seduce al espacio hasta sacar de la nada toda una atmósfera que conquista tanto por su belleza como por su coherencia con cuanto la rodea. Donde ponía el ojo, ponía la bala: una mirada de artista certera, exclusiva, cautivadora por su sencillez y su originalidad. El lienzo se le quedó pequeño; Lanzarote lo dejó inacabado. 

Se llama “jameos” a burbujas o túneles excavados por la lava, cuyo techo colapsa y revela desde la parte superior las paredes y suelos formados en su momento por caudales candentes. Los del agua son los más famosos, llamados así por albergar una laguna en su interior. Por su forma, los Jameos del Agua podrían ser una estación de metro creada por la naturaleza, entre cuyos andenes transitados por turistas, un tren inmóvil de agua transparente alberga a una gran población de pequeños cangrejos blancos. Salvo por las hordas de visitantes, su interior rezumante de paz inspira sosiego e invita al silencio. Son otra más de las múltiples demostraciones de Manrique de hasta qué punto la mano humana puede dialogar con la naturaleza para que su huella enaltezca, y no degrade, su creación.

Manrique es un artista volcánico, interior, más atento a los cráteres que al mar, obsesionado por la lava, poco interesado en las olas, con la posesión de una verdad innegociable como soporte de su felicidad, tal cual dijo Nietzsche. Un enamorado de la vida.

La primera casa de César Manrique acoge ahora  su fundación. Está construida en y sobre una serie de burbujas de aire en torno a las cuales la lava solidificó, dejando unos espacios que el genial artista convirtió en estancias de su hogar. El resultado, entre lo onírico y lo misterioso, es impresionante. Años después Manrique trasladó su residencia al norte, a una casa menos espectacular pero más vivible, sin haber quedado por ello exenta de la brillantez y genialidad del gran artista. 

Su obra abarca desde la pintura a la escultura y el diseño arquitectónico, quizá el ámbito que le ha dado más renombre, porque en sus trabajos manejaba los espacios con una creatividad incomparable, hasta convertir sus fantasías en realidades, sin colisión entre la obra humana y la del entorno. En su arquitectura hay una continuidad natural entre la creación y el paisaje. No haya conflictos, son todo alianzas e idilios que inspiran emociones profundas, y espolean la imaginación. Quizá uno de los ejemplos más sobresalientes sea LagOmar.

LagOmar, la casa de Omar Sharif, es como tanto de lo que creo Manrique: un delirio, pero un delirio de belleza donde se mezclan cortados de roca marrones y piedras negras con blancos refulgentes, verdes vegetales y transparencias acuáticas. Omar vio el lugar y se enamoró de las ideas del artista. Luego, una partida de bridge le arrancó la propiedad de aquel templo al ingenio donde las paredes son rocas y los suelos, de blancura nívea, parecen nubes bajo los pies. 

La historia humana está plagada de reyes, gobernantes y poderosos en todas las partes del mundo. De ellos no ha quedado nada capaz de emocionar consistentemente a generación tras generación como sí lo han hecho artistas, pensadores y filósofos. Si alguien tiene alguna duda de hasta qué punto esto es así, basta unos días en esta isla canaria para convencerse.

Las fauces del dragón. Lanzarote 

Octubre 2022. Lanzarote fue la piedra en la que los dos tropezábamos por segunda vez. Muchos recuerdos permitieron a Paloma trazar los recorridos para el redescubrimiento de la isla. Los míos, disipados por una propensión inexplicable a vivir hacia adelante, sin miradas al pasado, apenas evocaban impresiones desordenadas de una época olvidada, en parte por efecto del tiempo, en parte en defensa propia. 

Recordar es un don; también puede ser un tormento. He conocido a personas para las que la memoria ha servido a fines muy distintos: como tablón con el que siempre flotaban en el oleaje de las relaciones; como arma arrojadiza, destructora; como tierras movedizas de melancolía para hundirse a placer… No recordar, la desmemoria, también puede tener su valor. Para mí es el del efecto purificador que convierte a cada ocasión en la primera, pudiendo así vivir sin demasiados lastres cada una de las oportunidades que se presentan. 

Con estas alforjas, la de la memoria de Paloma, y la mía del olvido, desembarcamos en Lanzarote. Habíamos optado por navegar la cara norte de la isla para recorrerla hasta alcanzar Marina Rubicón en el extremo sur. Esta decisión no solo tuvo que ver con el viento, también con el intento de evitar encuentros con pateras que desde África se aventuraban en condiciones precarias hacia las costas españolas del archipiélago. Y nos premió, además, con una perspectiva espectacular del mar de lava que desde el parque del Timanfaya se adentraba misterioso en el océano hurtando, con su silencio pétreo, un espacio siempre ocupado por las olas.

Llegamos a Playa Blanca, al sur, y fondeamos un par de días antes de entrar en el puerto: un conjunto bien organizado de pantalanes rodeado de tiendas, restaurantes y hoteles para proporcionar a los turistas ese oasis con el que aislarse del resto del mundo y contradecir la razón misma por la que la gente debería viajar: conocer. 

Alquilamos un coche y nos fuimos a recorrer la isla de punta a punta. Empezamos atravesando viñedos de “gerías”, que son unos hoyos de unos dos metros de profundidad con pequeñas murallas levantadas para cada cepa con idea de protegerla del asedio del viento y garantizar la humedad que la negra grava volcánica (rufe) proporciona sobre la tierra fértil a la que se agarra la planta. El territorio es único, repleto de semicírculos de piedra que conforman verdaderas urbes de abigarrada vecindad, habitadas solo por parras. Habíamos visto algo parecido en Pico (Azores), pero estas, a diferencia de las de allí, tenían una peculiar forma de arco. Así han cultivado siempre los habitantes de la isla, al amparo de esta tradición con la que siglos de cultivos han atravesado el tiempo hasta hoy en que la necesaria rentabilidad empieza a amenazar con maquinarias un hacer tradicional. 

Continuamos hacia el norte entre laderas volcánicas. La carretera seguía la coreografía de la montaña con pasos, vueltas y piruetas, recreándose en un paisaje impresionante, escarpado. Algunas de sus laderas no habían visto suficiente dificultad en su escarpada vertiente como para evitar terrazas de cultivo más a la medida de alpinistas que de agricultores.

Llegamos al Mirador del Río, al norte, palco de honor hacia el espectáculo de la naturaleza, y primer encuentro con la mano del genio de la isla, el visionario loco, artista, excéntrico y genial, que cargado de razón y de razones, puso su ingenio al servicio de esta tierra. Antes de él, era mucho menos, pero con su paso dejó un rastro de lava creativa presente en muchos de los rincones que, de otra manera, serían hoy destinos desconocidos, ignorados. Desde lo más alto de Lanzarote, la mano omnipresente de César Manrique levantaba un telón de luz hacia La Graciosa, elevada por sus cráteres contra el azul atlántico. 

De camino hacia la Cueva de los Verdes, la carretera serpenteaba entre cepas cuyos corralitos (gerías) apenas permitían la mirada a las tímidas plantas que protegían. Poco antes de tropezar con el mar, encontramos la cueva, un templo de roca por el que transitaban apiñadas hormigas humanas, hipnotizadas por los guías cuyas explicaciones se repetían monótonamente con un discurso en el que hacía tiempo que dejaron de creer. Aún así, valía la pena la contienda entre opuestos absolutos: solidez y oquedad, materia y espacio, presente y pasado, silencio y convulsión, soledad y vida. 

La cueva era un recorrido subterráneo de 7 kilómetros entre el volcán y el mar, de los que se visita solo uno en dos galerías, una sobre otra. 12000 años de historia, refugio de humanos contra la piratería. Su origen está en el río de lava que avanzó cuesta abajo desde el cráter y que se fue solidificando en su parte exterior mientras por el interior aún fluía la piedra ardiente, dejando a su paso un túnel de formas caprichosas, dimensiones insospechadas, silencio absoluto y oscuridad infinita. En el techo, los estafilitos formados por gotas de lava solidificada, dejaban una superficie rugosa que daba la impresión de un lago al revés, rizado por el viento. Una de las galerías se abría ante un presunto precipicio interior; la ilusión óptica hacía creer que aquel sencillo charco de agua quieta reflejando la imagen del techo, era un abismo basáltico. 

Visitamos por el camino el pueblo interior de Teguise, hacia el norte de la isla, que declara con orgullo (y sin duda, exageración) ser uno de los más bonitos de España. Bonito es, quizá no hasta tal punto, pero tiene un aire personal y distinguido con esas calles que, hasta las estrechas, son anchas. Porque este pequeño núcleo urbano no conoce las estrecheces: las plazas son amplias, los callejones espaciosos, las puertas hermosas, como los ventanales de muchas de sus casas. 

Comimos en un Teleclub. Estos locales comunitarios nacieron en tiempos de Franco para que la gente pudiese ver la televisión, en aquella época en que tener una en casa constituía un lujo reservado a las élites. Este tipo de clubes ya han desaparecido de la geografía española, salvo en Canarias donde actualmente se sirven comidas de la cocina local sin lujos ni ambiciones, pero con la sencillez diáfana de lo auténtico. En el Teleclub constatamos cuánto tienen que aprender muchos restaurantes de postín de lugares como estos que sin alardes, fanfarrias ni bobadas hacen que el cliente salga satisfecho con la comida, con el servicio y con la cuenta.

En el centro de la isla caminamos en una excursión organizada por el gobierno insular por el parque natural del Timanfaya. Fue una mañana espléndida por uno de esos lugares donde los silencios dicen más que las palabras, caminando entre dragones dormidos cuyo humo es capaz de ocultar el cielo, cuyas lenguas de lava crean y destruyen territorios, cuyos ríos de fuego parecen una continuación de los del infierno, cuyas pernoctas son centenarias y los letargos milenarios. Caminábamos entre ellos aprovechando su somnolencia, conscientes de que nunca querríamos estar allí cuando despertaran. En el camino, nos cruzamos con manadas de mariposas en una migración de este a oeste. Según nos explicaban el viaje era para reproducirse, lo que me inspiró un nombre para bautizar aquellas laderas: “la lujuria de las crisálidas”. 

El sur era seco, lunar, limitado en su cromatismo a los ocres, marrones, naranjas, rojos y negros. El norte, gracias a las lluvias que excepcionalmente habían caído en los días previos, combinaba todo lo anterior con verdes, hasta completar una paleta de colores bien educados, comedidos pese a su variedad, pero elegante en todo su transcurso. La tierra exhibía heridas inimaginables infligidas por las fauces de gigantes dragones geológicos con tantas bocas como la hidra más fantástica. Recovecos, grietas, grutas, fallas, cuevas, cauces, cortados, formas sin fin, revelaban por doquier porciones de una intimidad misteriosa, escondida en el subsuelo candente de la isla. 

Así fuimos redescubriendo una isla extraordinaria, singular, única y sorprendente desde la laguna verde y el mirador del río al norte, hasta la playa del Papagayo al sur, los hervideros en la costa oeste, las canteras talladas por el hombre y el viento en las Ruferas, al centro, y la plácida Arrecife, en el este. Tesoros que conquistaron el corazón de Manrique, y dejaron otra huella en una memoria despistada dispuesta a volver a tropezar.

Cegadora y deslumbrante. La Graciosa

Octubre 2022. Quizá porque siempre aspiramos a viajar viviendo -a obnubilarnos por la intensidad, la belleza, la autenticidad de paisajes, personas, vivencias- es por lo que vivimos viajando. Porque las mejores fotos no se impresionan más que en el corazón, se desdibujan con el tiempo, pero siempre dejan una muesca, no siempre visual, aún resonante, en el recuerdo informe de haber vivido. La emoción de pisar un lugar por primera vez y descubrir lo poco o mucho que tenga que ofrecer, es un estímulo del que no sé si alguna vez llegaremos a liberarnos. Creo que una vida así requiere una mirada suficientemente inocente, debidamente infantil, como para poder respirar sin que los prejuicios filtren demasiado el aire y lo dejen sin sus aromas. Porque son esos aromas, y su descubrimiento, los que justifican vivir de este modo. 

La Graciosa es una isla pequeña, desnivelada por los cráteres, desierta en casi toda su extensión, salvo en el único núcleo habitualmente habitado, Caleta del Sebo, que solo en temporadas vacacionales tiene la compañía de Pedro Barba, una aldeita de nombre literario, apartada y silenciosa, acariciada por el mar.

Fondeamos frente a la playa de los Franceses, en el extremo suroeste de la isla, bajo la mirada de un cráter cuya ladera hacia nosotros era amarilla, y de ahí su nombre: la montaña amarilla. Bajo su sombra, dos playas extraordinarias se abrían, una flanqueada por rocas verticales, la otra plana y extensa hasta el mismo pueblo a tres kilómetros de distancia. Al otro lado, hacia el sur, se veían los acantilados intimidantes del norte de Lanzarote. Esa masa de piedra se interrumpía de la de La Graciosa por una estrecha lengua oceánica que las separaba con un brochazo de azul intenso en el que la luz dejaba cada vez una tonalidad distinta según pasaban las horas del día. 

La Caleta del Sebo no conoce el asfalto. Las calles, delimitadas por sus casas blancas y bajas,  son de arena, como extensiones espontáneas de las playas cercanas. Por eso, los coches son en su mayoría de servicio público, y en su totalidad de todo terreno. El puerto bombea turistas en un latido constante de ferris que a diario transitan, de la mañana a la noche, su muelle y los de los puertos de Lanzarote. La gente es afable, el tiempo lento, la luz intensa. 

A esta isla dedicamos nuestros sudores en bicicletas alquiladas para recorrer sus desniveles y arenales, terrenos no precisamente ideales para pedalear, aunque el ritmo y la velocidad nos premiaron con una impresión muy cercana a la realidad del lugar: silencios, luz, desiertos, playas como la de las Conchas, al norte, salvaje y removida por unas olas cautivadoras, peligrosas, cuya resaca ponía de manifiesto la insignificancia humana. 

Cada visita al pueblo suponía un largo paseo, a veces junto al mar, otras por terrenos desiertos, ásperos, desafiantes para las formas de vida que, sin embargo, encontraban allí su hábitat natural. Fueron dos semanas de descanso, despreocupados por todo en la ceguera de una luz siempre deslumbrante, a veces por su intensidad, otras por su belleza.

Entre gigantes. De Madeira a Canarias

Octubre 2022. Había pasado poco tiempo desde que empezaba a clarear cuando saltó el viento y surgieron los gigantes. Aparecían por todas partes, como una manada incontrolada en medio de la cual estábamos nosotros. Eran grandes, algunas rugientes, muchas espumeantes, todas se movían sin voluntad, sin propósito, sin intención, sin destino. Las gigantes se avanzaban abstraídas, ajenas a todo, incluso a nosotros; algunas nos golpeaban sin intención, otras, nos zarandeaban con su impacto como si dicha intención existiese y no fuera buena. Nos movíamos entre gigantes, nos empujaban, nos alzaban y hundían, nos voceaban en su berrea inconsciente, haciéndonos correr con ellas, hacia donde quiera fueran. 

Así estaba el océano cuando zarpamos de Madeira rumbo a Canarias, y se nos rompió el piloto automático. El barco cuenta con dos unidades en previsión de que esto pueda ocurrir, pero la segunda no reemplaza a la primera en todo su cometido; permite usarla en situaciones en que es necesario contar con su apoyo, lo que no significa que se la pueda llevar permanente conectada, primero por ser ruidosa y, por ello, incómoda; segundo porque al ir a la rueda en vez de al sector del timón, consume mucha batería, algo irrelevante durante el día cuando los paneles solares las nutren, pero insostenible durante la noche. Así que nos tocó timonear 24 horas al día durante los casi cuatro que estuvimos en la travesía. Afortunadamente ésta fue tranquila, con viento estable, sin más sobresalto que el que de repente disparaban los delfines que se nos cruzaban por el camino y nos acompañaban durante esos minutos emocionantes que nadie puede comprender si no ha recibido el saludo sonriente de los mamíferos acuáticos rompiendo la soledad del mar eterno. 

Las noches se sucedieron con menos rutina de la deseada por el ejercicio físico y mental que exigía el timón, pero la circunstancia permitió también experiencias nuevas con las que conectábamos con un pasado interminable de hombres que surcaban mares sin más medios que los de la madera y la tela que entonces tenían. Y así descubrimos las estrellas, no como objeto de contemplación, sino como aliadas para mantener el rumbo. Una luz estelar constante en un punto del horizonte que coincidía con el obenque de babor, terminaba por convertirse en la referencia precisa de cuándo y en qué sentido había que corregir el rumbo sin necesidad de apartar la mirada hacia otros dispositivos. Nos sentimos humanos, pequeños, frágiles, pero a la vez fortalecidos por el vigor que un plan impone en los propósitos. 

Llegamos de día al archipiélago español. En la lejanía se vislumbraron las primeras islas de este grupo geográficamente africano, políticamente europeo, entre las que habríamos de pasar los próximos meses de nuestras vidas poniendo el primer pie en La Graciosa.

Estragada por la naturaleza, perforada por los hombres. Madeira

Septiembre 2022. Nosotros pertenecemos a una especie muy rara, infrecuente entre navegantes. No me refiero a los que se marean; esa está muy extendida. La nuestra era la de quienes reconocen que lo hacen. En el mundo náutico parece que nadie se marea, pero curiosamente todo el mundo recomienda algún remedio que, en su opinión, funciona muy bien. Está generalizada la idea de que los dos o tres primeros días de una larga travesía son “de adaptación”, y que en ellos se puede llegar a pasar mal, pero nadie dice en qué consiste ese “pasarlo mal” porque por algún prurito generalizado, nadie está dispuesto a reconocer, y mucho menos decir abiertamente, que se marea a bordo. Es como si el prestigio de alguien como navegante residiera en el hecho de resistir los embates de un mal, que por otro lado, es normal, incluso sano, que afecte. Sin embargo, todos se vanaglorian -y ejercen- de ser buenos bebedores. De hecho, a diferencia nuestra, tienden más a agasajar con alcohol que con comida.

A nosotros el mareo nos había respetado, quizá como compensación por la dureza con la que me azotó en la travesía desde Portimao a Azores. Desde entonces, lo habíamos mantenido a raya, respetuosos con los protocolos que nos resultaban eficaces. Así habíamos llegado a la isla que le da nombre al archipiélago, la más grande de las cuatro que lo forman y de las que solo dos están habitadas. Porto Santo es un pequeño núcleo de población, Madeira es mucho más grande, y cuenta con diversas poblaciones, además de la cantidad de casas que se extienden más o menos juntas, más o menos desperdigadas, por toda la isla. Las Desertas son dos islotes grandes, también habitados, pero no por humanos. Focas, aves y peces de enorme variedad conforman la población de esta reserva natural a la que no se puede acceder. 

La isla de Madeira es una interrupción abrupta e inesperada en la amplitud del océano. Es vertical, escarpada, intensa en todo, en su altura, en sus contrastes entre el norte y el sur, en su verdor descabellado, en los barrancos inescrutables, en los valles sosegados. Su territorio parecen arrugas, como ondulaciones pronunciadas producidas en un tejido extendido cuando se lo empuja por lados opuestos. Picos elevados sobre laderas casi verticales que parecen perderse en un abismo verde. Barrancos con ríos sonoros pero invisibles que se precipitan, a veces hacia la cara moderada del lado sur de la isla, otras hacia caídas incomprensibles sobre el océano en el lado norte. 

Esta isla, estragada por la naturaleza y perforada por los hombres, se nos presentaba como un laberinto de túneles que hacían posible recorrerla sin sufrir la condena de Sísifo. Por eso, casi cualquier trayecto en su interior suponía una intermitencia continuada de luz y oscuridad, de paisajes sobrecogedores y negrura pétrea, donde cada destello de luz era un espectáculo de belleza y vida. 

Funchal es la capital de la isla. Sin grandes atractivos más allá de su propio ser, la sencillez de sus calles y el compromiso entre la montaña y el mar, esta ciudad es asequible para el paseo, el descanso, la contemplación. Ese compromiso entre la cima y su base, Funchal lo resolvía con su famoso teleférico. Un ascenso no apto para víctimas de vértigo, sin embargo es más que llevadero para sumirse en la contemplación del lado sur de la isla donde las viviendas se expanden a una o dos alturas hasta donde alcanza la vista, sin otro límite que el del mar. Arriba, una iglesia conmemoraba la santidad del emperador austríaco Carlos I de Habsburgo, hijo de la mucho más conocida -y cinematográfica- Sisí emperatriz. La tumba del emperador era una muestra más de la indiferencia de la vida por las jerarquías, la grandeza, las plumas, coronas y pieles, los méritos que cautivan a los humanos hasta el punto de desperdiciar su existencia en aras de los fuegos fatuos de la ostentación.

De regreso en la ciudad visitamos uno de sus mayores atractivos: el fuerte de Santiago, una construcción militar a orillas del mar que, a diferencia de las de su clase, está pintada en un amarillo conspicuo, dotándola de una personalidad que tal vez riña con la eficiencia militar. 

Al día siguiente alquilamos un coche para recorrer el centro y norte montañoso de la isla. Boquiabiertos nos dejó el Pico do Areeiro con su altura, majestuosidad elevada, dimensión inabarcable; como más tarde lo hizo su antónimo paisajístico, el Curral das Freiras (el corral de las monjas), nombre del pueblo que ha permanecido aislado, sin más conexiones que veredas intimidantes entre paredes y cortados, hasta hace unos pocos años en que se construyó la primera carretera de acceso. 

En el Norte, el cortado de San Vicente acogía la desembocadura de un río que, flanqueado por altísimas montañas, se encontraba con el mar a la vez que separaba los lados oriental y orccidental del pueblo. Luego Seixal, otro pequeño pueblo donde el asfalto y la olas se confunden con cada temporal. Más allá, siguiendo por la carretera del infierno entre  cascadas y olas, nos desviamos para hacer un tramo por la calzada antigua que ya nadie transitaba por los dramáticos desprendimientos que la interrumpían. Pero nos sentimos audaces por los efectos de la embriaguez que aquellos paisajes radicales nos habían inducido, y así llegamos a Porto Moniz para ver las piscinas. Éstas, de origen natural, no se habían librado de la intervención del hombre, y ya combinaban la labor de la naturaleza con la ambición humana para concluir en un resultado de apariencia salvaje e interés turístico. Pese a todo, el escenario era más que merecedor de contemplación y deleite.

De regreso al sur de la isla nos detuvimos en Cámara de Lobos. La belleza del lugar no se limita al nombre. Es un puerto pesquero, natural, en un entrante del mar en la roca, donde las barcas de quienes faenan en sus aguas se congregan hasta la próxima salida con el despunte del día. Alrededor, el pueblo despliega sus calles, y aún más afuera, se extienden plantaciones de plataneras hasta donde alcanzaba la vista. Algún movimiento cuyo origen no llegamos a descubrir, había suscitado manifestaciones artísticas en sus calles, dotándolas de formas y colores que, como es propio del arte, transformaban inexplicablemente la genética urbana. Aprovechamos para probar las “ponchas”, bebida hecha a base de un licor local y zumos de frutas autóctonas.

El último día de Madeira estuvo dedicado al Museo da Baleia en Caniçal, y más tarde a su extremo oriental: la Ponta de Sao Lorenzo. Éste era uno de los muchos paisajes del archipiélago capaces de enmudecer a las palabras, de desbordar los sentidos, de tatuar la memoria. A poca distancia desde el puerto donde estábamos, Marina Quinta do Lorde, avanzamos hacia el este hasta alcanzar los estrechos caminos de tierra que se extendían por la larga y estrecha extensión de roca que se adentraba en el océano. Las vistas a uno y otro lado eran invitaciones a volar, desafíos a la imaginación con formas y tonos que no dejaban nada fuera. Las rocas, a veces negras, otras rojizas, contrastaban con los azules oscuros del mar profundo, los más claros y luminosos de sus aguas al estrellarse contra los acantilados, los blancos de la espuma que más tarde disipaba el viento como si quisiera robar esencias marinas para dispersarlas por el aire de un cielo azul y ventoso. No podíamos salir de la isla con mejor recuerdo en la retina, incapaces de imaginar que otros paisajes pudieran ni siquiera acercarse a la grandeza de los que dejábamos atrás. No tardaríamos mucho en descubrir hasta qué punto estábamos equivocados. 

Arena efervescente. Porto Santo

Septiembre, 2022. Un huracán (Danielle) avanzaba hacia las costas de Azores y otro se cocinaba en las de Florida (Earl) con aspecto de seguir también una ruta similar que terminaría en las proximidades de Europa habiendo dejado huella en los archipiélagos atlánticos. El verano confirmaba las predicciones que desde hacía más de cuarenta años habían hecho los científicos sobre cómo se expresarían los efectos del cambio climático si llegaba a producirse. Nadie les escuchó y tal cual vaticinaron los sucesos, así se narraban en las noticias: olas de calor extremo, sequías ásperas, tormentas de virulencia inusitada, huracanes donde nunca se habían dado, especies marinas muertas por el elevado calor de las aguas. El Mediterráneo alcanzó las temperaturas del Caribe, los incendios asolaron la Península Ibérica, acosaron Francia, Italia y Grecia. Otras tormentas de gran intensidad se formaban en el Atlántico, como la que brotó junto a Cabo Verde, y barrían zonas distantes como las Canarias. Este panorama de meteorología caprichosa nos hizo estar muy atentos a los modelos que nos avanzaban oportunidades para hacer nuestras travesías con razonable seguridad. Así habíamos salido de Azores con destino a Madeira.

Entramos en el nuevo archipiélago por la isla de Porto Santo. Brutal contraste con las imágenes que Azores había dejado en nuestro recuerdo. Veníamos cargados de paisajes, sonidos, sabores, palabras y emociones que parecían eternas, aún a sabiendas de que todo lo que se le confía a la memoria está condenado al olvido. Los recuerdos, por muy intensas que  fueran las vivencias que los inspiraron, quedan reducidos a destellos momentáneos de colores apastelados y formas difusas que a veces ni siquiera se parecen a la realidad que los engendró. Es como hundir las manos en una masa de memoria que tiende a recuperar su estado inicial tan pronto como se las saca, dejando una pequeña huella que se va desvaneciendo hasta no dejar más que una línea superficial y suave allá donde se había provocado la hendidura.  Probablemente en el recuerdo termine por no quedar nada más que el poso emocional, informe y abstracto, de lo que esas imágenes provocaron en nuestro interior. O ni eso. Por ello, me parece que la memoria es efervescente: surge de manera repentina, crece rápidamente en intensidad, y poco a poco se va desvaneciendo hasta quedar en apenas nada. 

El verde de los paisajes azoreños contrastaba radicalmente con los tonos de Porto Santo: ocres, marrones, beiges, blancos y negros, todos calvos de vegetación, pero barrocos en las formas imposibles de las rocas volcánicas. Sin embargo, esta isla de gran antigüedad, tuvo un pasado de vida coralina en sus orillas gracias al cual hoy es la única con arena blanca en sus playas. La del sur es amplia, brillante, larga; en algunas zonas, la arena blanca está combinada, pero sin llegar a mezclarse, con otra negra de origen distinto, dando lugar a formas caprichosas y abstractas que se dibujan y borran con el barrido de cada ola, como las pinceladas obsesivas de un artista atormentado. Esta arena blanca tiene una propiedad única entre las de las playas del mundo: si se le echa zumo de limón, efervesce. 

Una larga caminata por la playa terminó con comida en un restaurante típico de la zona, y nos repuso fuerzas para otra caminata, esta vez ascendente, hasta el Pico de Ana Ferreira. Allí visitamos las formaciones prismáticas de piedras verticales forjadas por fuerzas telúricas y que hoy ofrecen un aspecto cósmico, extraterrestre, misterioso. 

Más tarde llegamos al pueblo. En este aglomerado pintoresco de casas blancas, calles estrechas, edificaciones bajas, ambiente acogedor, y atmósfera cercana, nos acercamos hasta la que se anuncia como “Casa de Colón”, aunque la letra pequeña advertía de que esto era sólo una suposición, razonable, pero sólo suposición. Si no fue aquella, seguramente fuese cualquier otra de la zona, cuyas dimensiones, estructura y estilo, seguramente no difiriera de la que visitamos. Lo cierto y seguro es que el almirante se paseó por los archipiélagos atlánticos del lado oriental del océano en los que tuvo haciendas y afectos, y donde dejó una impronta que hoy no palpitaría de no haber sido por la hazaña que le inmortalizó. Por eso, en ciudades tanto de Azores como de Madeira, se encuentran casas en las que vivió, monumentos a su persona, placas y honores que mantienen viva su épica. De no ser por ellos, su nombre habría dejado ya de existir en la memoria.

Travesía desde Azores a Madeira. Océano Atlántico

Septiembre, 2022. El mar es fácil de idealizar cuando se lo vive desde tierra. Desde sus entrañas uno se expone a cosas muy distintas. Te da gloria y miseria, pero nada gratuitamente. Navegar revela una foto más completa y nítida de lo que importa. Los poetas le escriben a la luna, pero solo a la que ven, ignorando su otra cara, esa que también es parte de su ser. Lo mismo pasa con el mar. 

Las olas, no se sabe de dónde vienen. Son mensajeras de origen desconocido donde sucedió algo provocado por el viento, y llegan, de paso, continuando su camino hacia ninguna parte. Ellas son las protagonistas del mar. Le otorgan belleza, le dotan de poder, lo hacen amenazante o poético. Son su verdadero peligro. En su alianza permanente con el viento, es éste quien manda, pero son ellas las que ejecutan. Porque el viento, con su inconmensurable poder, no es el que hunde los barcos. 

Pueden ser aterradoras en su tamaño, forma, ruido, expresión. O la más sosegada invitación a pactar con la naturaleza. Las olas oceánicas pasan con su señorío como las vírgenes en procesión arrastran su larguísimo manto. Se aproximan silenciosas; se alejan silenciosas, pero dejan un surco en la emoción que no se puede olvidar. ¿Cómo puede algo tan grande transitar con tanto silencio?

Hace años, los impulsos de la juventud constituían la más intensa tentación a penetrar las grandes latitudes, descubrir parajes sin medida, mares extremos; pero la sensatez alivió la fiebre, seguramente con el bálsamo de este enamoramiento enloquecido por la vida que se fue fraguando y que no deja de erupcionar. 

No tardamos en descubrir que no somos marineros, aunque vivamos en el mar. Sabemos lo que el mar puede darnos y quitarnos, que es todo en ambos casos. Sabemos que somos cómplices, solo a veces, pero no amigos. No dejamos de admirarlo, pero sin confianzas. Porque el mar es autista, bendice y hiere sin conciencia. Simplemente es.

Los marineros tienen los párpados pesados, las manos grandes, la piel durísima, la palabra escasa y escueta. Nada tienen que ver los de las gorras de grandes viseras, marcas en su ropa de agua y arneses de diseño. Los marineros se atan un cabo a la cintura, por si acaso; nada de chalecos autoinflables con botellas de gas comprimido. Ni cabos de dynema, o electrónica avanzada. La suya es otra especia que no tiene nada que decir ni que contar. El resto, los de la náutica deportiva y de recreo, siempre están al frente de alguna historia de la que son protagonistas. Los marineros, testigos de la vida y la muerte, conversan en silencio con el silencio, probablemente su único aliado. Porque el mar ruge o calla. A veces ronronea. Cuando brama es aterrador; cuando calla, impresionante. 

Nosotros nunca fuimos marineros; son una especie distinta, de otra naturaleza. Tampoco somos “hombres de mar” porque no es nuestra patria, sino un puente por el que atravesamos el espacio para acercarnos a donde sólo por su medio se puede alcanzar. Pero sí somos “personas en el mar” porque ahí es donde más preguntas nos hacemos. Donde aparece alguna respuesta. Donde imaginamos, vagamos con la mente, proyectamos y recordamos, donde el tiempo adquiere otra dimensión y el espacio es lo que es, sin trucos ni deformidades, sin la careta que el medio de transporte le impone para simular una proximidad irreal. 

En tierra, las variables de tiempo, velocidad, distancia y espacio se ajustan a las ambiciones humanas para construir un mundo ficticio al que llamamos realidad. El tiempo se adecúa a la distancia seleccionando el medio de desplazamiento; caminar, conducir o volar mantienen al tiempo bien sujeto dentro de una horquilla permisible, sea cual sea el espacio a recorrer. En el mar, en cambio, es la velocidad la que no se sale de su horquilla, y la distancia, siempre obstinada, no deja de ser nunca la que es; el tiempo, por su parte, no hace concesiones; viajar puede ser cosa de horas o de meses. No hay negociación ni tregua posible.

El océano, sin embargo, es la más radical expresión de una realidad sin concesiones. Es infinitesimal e infinito. Infinito el horizonte, las estrellas, la oscuridad y la luz, la soledad y el tiempo. De día, es una línea interminable que interrumpe la continuidad del cielo. De noche, negro como el vacío, perpetra una soledad intransigente. 

Hicimos las quinientas millas que nos separaban de Porto Santo en el archipiélago de Madeira en un rezo callado, sin palabras ni súplicas, agradecidos por la ausencia de sobresaltos, ambiciosos y avaros por un viento que no llegó, y cuya ausencia le dio una tregua a las velas que hubiésemos preferido evitar. El océano en calma no son aguas quietas; su latido interminable se expresa con gentileza. Fueron jornadas del uno con el otro, de lecturas, miradas, turnos de guardia, partidas de mus, conversaciones de poquísimas palabras que podían durar horas pespunteadas por largos silencios. Hasta que una mañana, un grano pétreo sobresalió abrupto e inesperado en el horizonte como lo hace el acné en un rostro adolescente. Habíamos llegado a Madeira.

Honradez y confianza. Santa María

Septiembre 2022. Michael y Sheila se embarcaron hace casi cuarenta años en el Kantala, hecho por él a base de hierro, cemento, esfuerzo, ingenio y tesón. Zarparon de la costa oeste de Canadá con la intención de dar la vuelta al mundo en el transcurso de los siguientes cinco y seis años. Cuando les conocimos, treinta y siete años más tarde, aún no habían terminado la circunnavegación del planeta, “…así que hemos probado ser tremendamente ineficientes en nuestro plan de viaje…” nos decía Michael con una ironía divertidísima. Llegar a Santa María, entrar en su puerto tras una noche fondeados en una bahía cercana, y encontrarles pertrechados con sus sonrisas y prestos a tomar nuestras amarras, lo sentimos como un soplo de aire fresco que nos besaba las mejillas. Esta pareja tan entrañable nos había llegado al corazón.

Santa María es la más antigua, geológicamente hablando, de las islas Azores. Es pequeña, apartada del grupo principal entorno a San Miguel, con algunos pequeños núcleos de población que se esparcen por la isla, cada uno con sus propios colores en los cercos de las puertas y ventanas dotándolo de una inequívoca seña de identidad. Cuando alguien de un poblado se instala en otro, arrastra consigo dichos colores a los cercos de la nueva casa, y así un paseo por cualquier población permite dibujar una especie de cartografía genealógica de la isla. No supimos cual era la causa de esta costumbre, pero puedo imaginarlo como un sistema sencillo de identificación genética con el que asegurar descendientes sanos. En esta isla había hecho escala Colón en uno de sus viajes de regreso. 

Las poblaciones son más bien cúmulos de viviendas que se hubieran ido esparciendo espontáneamente a lo largo de una zona de la costa; otras veces, son núcleos de interior, pero siempre su despliegue rezuma cierta dejadez urbanística, como si las edificaciones hubiesen brotado con tanta espontaneidad como la hierba. El puerto se encontraba al sur, junto al pueblo más grande de la isla: Vila do Porto. Se lo podría describir como una muy escueta sucesión de calles paralelas a ambos lados de una arteria principal que recorre el pueblo desde el interior hasta su final, en la pequeña fortaleza sobre el puerto en el que nos encontrábamos. Estas largas calles, y las otras, más numerosas y mucho más pequeñas, que las atravesaban, gozaban de una atmósfera cálida, muy rural, como desdotadas de la dimensión ‘tiempo’ que rige los ritmos metropolitanos. 

Alquilamos un coche con los Kantala para recorrer la isla. Visitamos el faro, al sur, con sus imponentes vistas sobre el océano que aquella mañana brillaba con estridencia. Transitamos por pueblos, cascadas de agua que desde la montaña caían para encontrarse con el mar tras un breve recorrido hasta sus brazos, pueblos de vida tranquila lamidos por un oleaje benigno en verano, voraz en invierno, y terminamos en el norte, tomando una cerveza ante un atardecer vigoroso que transformó los rabiosos amarillos en rojos furiosos y más tarde en naranjas suaves amilanados por un horizonte implacable. Fue un día precioso, por lo que vimos, lo que visitamos, y por la compañía de los amigos del Kantala, una pareja excepcional, divertida, inteligente, juvenil, ansiosa por defender cada milímetro de terreno conquistado a la vida. Michael simulaba lanzar una moneda al aire cuando tenía que decidir algo con una Sheila discrepante; miraba hacia arriba siguiendo el trayecto de la moneda imaginaria y finalmente la tomaba en su mano, ocultándola con la otra, para que ella decidiera si cara o cruz. “Cara” decía una “cruz”, el otro, y Michael levantaba la mano, miraba la moneda invisible y cantaba el veredicto “cara; ella siempre gana…”. Me explicaba que llevaban años decidiendo así las cosas. La moneda física no era necesaria siempre que uno fuese genuinamente honrado y el otro confiara plenamente. Esa combinación de honradez y confianza trasladada a la cotidianeidad de una pareja nos resultó sorprendente y admirable. 

Al día siguiente Paloma y yo hicimos una ruta a pie por la costa sur de la isla. El paisaje marino era maravilloso; el terrestre, increíble; la combinación de ambos hacía merecer la pena el esfuerzo para haber llegado hasta allí, los días de navegación, los vientos, el oleaje, las luchas contra el sueño en las guardias nocturnas, las caminatas, el cansancio y el calor. Todo parecía un precio bajo para la compensación a los sentidos que procuraba de una ruta como aquella, siguiendo una estrecha vereda en la ladera de la montaña, entre árboles y arbustos, el mar al fondo, la luz, la vida zumbante por todas partes en aquel final de verano. Llegamos hasta unas cuevas horadadas por el hombre en su ambición por conseguir la roca que utilizaron en su época para la construcción. Era una cantera de techo bajo, luz tenue, frescor constante, aire dulce. Desde su interior caminamos entre las anchísimas columnas talladas en el centro de las galerías para garantizar la estabilidad de la herida en la piedra; desde allí, con roca sobre las cabezas y roca bajo los pies, se veía, y olía, y sentía el océano. Al salir, vislumbramos unas formas oscuras en la lejanía. Aparecían y desaparecían en la superficie del mar. Estábamos viendo ballenas…

Más de una tarde en Vila do Porto pusimos broche a la jornada con una cerveza en el bar del puerto. Allí coincidíamos con otros navegantes que habíamos venido conociendo por nuestro tránsito en el archipiélago y hablábamos de planes, posibles destinos, meteorología, barcos, vientos, con el léxico compartido de los sueños y las esperanzas, común a este tipo de gente, sea cual sea su idioma.

Cinco soldaditos marineros. San Miguel

Agosto, 2022. Llevábamos meses sin verlos, semanas esperando, días de preparación, horas de ansia por la llegada de Manu y David. Al día siguiente aparecería Álvaro que había preferido no estar tantos días. Finalmente nos reuníamos los cinco soldaditos marineros.

¡Al fin los cinco juntos!

Mientras esperábamos la llegada de Álvaro, los cuatro visitamos la ciudad de Ponta Delgada, fuimos a una plantación de piñas para descubrir un interesante proceso de producción en invernaderos donde las matas dan cada una la única flor que acaba hecha piña. Hubo más plantaciones, y no poca sorna de los chicos por los planes; al día siguiente fue otra de té, y su fábrica con maquinaria al uso pese a contar ya con más de un siglo de funcionamiento ininterrumpido.  

En esos días nos encontraríamos con nuestros grandísimos amigos Jaume y Carmen; con ellos había crecido un cariño intenso, silencioso, comprometido, fruto de años de contacto donde la distancia entre Madrid y Barcelona no vencía la querencia hacia estas personas que queremos y admiramos desde que un día Jaume respondió a mi llamada proponiéndole conocernos. Ellos nos recomendaron el barco que nos llevaba por el mundo porque en uno igual lo habían circunnavegado. A nuestros ojos siempre han sido ejemplo, referente e inspiración para vivir sin miedo. 

Recorrimos la isla en un pequeño coche alquilado en el que la necesidad de contacto, incluso físico, hizo que nunca faltara espacio. Siempre Manu al volante, no solo por ser el mejor conductor, sino por acomodar delante las piernas más largas, y tanto las suyas como las de Álvaro superan con creces las de los demás que nos apretamos en el asiento trasero, sujetos unos contra otros, ya fuera para mirar al paisaje, leer (como hizo David) o dormir cuando el sueño llamaba a la puerta. 

Así viajamos por paisajes que podrían alimentar la imaginación del más creativo cronista de una realidad que si no se ve, respira, pasea y escucha, parece más ficción que otra cosa. Subimos hasta el norte para ver la playa de Santa Bárbara, paraíso de surferos, que se tienden sobre sus tablas a la espera de la ola que en escasos segundos disparará todos los resortes de placer en torrentes de adrenalina y dopamina por meandros que, desde el cerebro a los poros, no escatiman ni un solo rincón de sus cuerpos. Quisimos bañarnos, pero los socorristas nos lo prohibieron; las olas les daban la razón.

Al día siguiente ascendimos hasta Sete Cidades por una carretera coronada por un hotel abandonado que preferimos no penetrar. Probablemente fuéramos los únicos que optamos por respetar la prohibición de hacerlo, ya que turistas y visitantes se paseaban por sus pasillos, habitaciones y corredores como si nunca hubiese sido abandonado a su suerte y convertirdo en el esqueleto famélico de lo que un día fuera. Nosotros preferimos poner los cinco sentidos en la vista del lago de dos colores que se contoneaba, sin necesidad de movimiento, en el fondo del valle. Hubiésemos querido tener alguno más de cinco para saciarnos por más vías de la intensidad de aquel lugar bellísimo, sorprendente, atractivo se mirase por donde se mirase. A primera vista parecen dos lagos porque cada uno tiene su perímetro bien definido, y un color distintivo que los diferencia, pero en realidad las aguas son las mismas, entonadas por fondos de mayor y menor profundidad. 

En Furnas comimos un delicioso cocido típico de la zona, hecho desde las cuatro de la madruga al calor volcánico que recibe enterrado en la montaña. Veníamos de Terra Nostra, donde uno de los jardines más ricos, variados y atractivos que hubiéramos visto nunca, nos ocupó la mañana. Vimos cómo los árboles se aliaban entre sí en bosques con conversación propia. Las flores, de tantas formas, tamaños y colores cupiera imaginar, respondían a un orden minucioso capaz de convencer a cualquiera de su espontaneidad. La luz, humilde ante la profusión de vida, parecía pedir permiso a las copas de los árboles para penetrar aquella patria vegetal, condescendiente y amigable con quien se adentraba en sus fronteras. Justo a la entrada, nada más pasar un río oculto por gigantescas hojas, un gran estanque entre amarillo y ocre, era la antesala al palacete que en su día ocupó el embajador de Estados Unidos en Azores. El color albero y la temperatura volcánica, lo proporcionan los sustratos férreos arrastrados por el río que lo alimenta. Nos bañamos juntos, como niños, como hombres, flotando inconscientes entre conversaciones sin pretensión hasta que se nos despertó el hambre y fuimos a por nuestro cocido. 

Lago do Fogo es otro de los puntos de visita obligada. Se lo puede contemplar desde lo alto de una montaña poblada de grandes antenas para comunicación. Allí, en aquella cima, se formulaba la gran disyuntiva del hombre contemporáneo. Mirando a un lado, la belleza incomparable de un lago sereno, silencioso, abrigado por montañas a todo su alrededor. Girando la cabeza ciento ochenta grados, torres rojas y blancas con grandes discos, dipolos, cables, pértigas y tensores rompían el cielo alzándose como almenas tecnológicas sin las que hemos dejado de ser capaces de vivir. El enjambre metálico terminó con las rimas visuales del paraje, pero gracias al enjaretado de antenas supimos que las nubes estarían suficientemente altas como para visitar el lago y contagiarnos con su quietud. A un lado, el escenario en el que se representaba la lírica de la naturaleza; al otro, las tramoyas y bambalinas que hacían posible convertirla en el teatro que ha llegado a ser. Con tan maravilloso telón de fondo comimos sentados en la hierba, y sesteamos acariciados por la brisa; en aquel instante fuimos los invitados de honor para salir del patio de butacas y pisar el escenario. La obra se aproximaba a su conclusión; en unos días, los chicos pondrían fin a ese andamio de deseos colmados, de compañía satisfecha -aunque insuficiente-, de recuerdos para un baúl infinito en el que cuanto más metes más cabe. Se fueron a sus vidas respectivas. Nosotros, continuamos con las nuestras preparando la siguiente y última travesía por las Azores. 

La tribu de las Azores. Ponta Delgada

Agosto 2022. El archipiélago de Azores es un paraíso, no sólo por cuanto tiene que ofrecer su naturaleza exuberante y radical, la serenidad de sus ciudades, tocadas ya por el turismo pero sin haber caído aún enfermas de su infección. La ubicación de las islas, a desmano de todo, en mitad de una nada atlántica, protege la autenticidad de su vida cotidiana. En Graciosa degustamos el melón más dulce y rico que habíamos conocido; en Terceira, las “queijadas” nos endulzaron el paladar y el recuerdo para siempre; Pico fue la experiencia del vino volcánico con enigmáticos sabores minerales; en San Miguel, el pan “levado” hizo la delicia de muchos desayunos, y las piñas parecieron desbancar en sabor y dulzura a las de cualquier otra latitud. 

Estábamos nuevamente en Punta Delgada, Isla de San Miguel, a la espera de la llegada de nuestros hijos. En esos días, el pantalán se movía incomprensiblemente por los efectos de un mar que no debiera haber perturbado las aguas de un puerto tan bien protegido del exterior. Sin embargo, los barcos bailaban y sus mástiles se mecían como los invitados a un baile de época. 

Los puertos del Madeira solo reciben a marineros que han aceptado el trato: pasar largas, y a veces duras, jornadas de navegación para poder alcanzar el archipiélago. Eso hace los encuentros particularmente interesantes, porque los pantalanes se convierten en parlamentos casuales de personajes muy distintos. Nosotros nos convertimos, sin quererlo ni lamentarlo, en miembros de una tribu interesante que parecía haberse encontrado por causa de una atracción tan inexplicable como la que junta al oxígeno con el hidrógeno para hacerse agua. No sé qué leyes inexplicables gobiernan el hecho de que el estroncio no se encuentre con el bario, y si sucede, que sea un fenómeno esporádico, si no excepcional. Por algún motivo ciertos átomos se sienten más atraídos entre sí que otros. Los míos propenden recurrentemente a los de Paloma, pero no solo; también siento una inercia invisible, gravitacional, hacia mis hijos o hacia cualquier miembro de ese grupo construido en mi corazón con individuos a los que considero mi familia, comparta o no sangre con ellos. 

Con Rita y Walter
Tomando un ron en el Eglantine
Fatina sirviendo su delicioso cuscus

En los puertos, a veces, me parece detectar ese fenómeno de atracción atómica cuando observo cómo espontáneamente surgen tribus de navegantes. En Punta Delgada, por ejemplo, mientras esperábamos la llegada de nuestros hijos, un agujero gravitatorio convocó en su centro a una interesantísima tribu. Michael y Sheila, del Kantala, estaban justo en frente; a la vera tuvimos a Jean, un ex comandante francés de barco mercante que navegaba en el Mimosa con Fatina, su esposa marroquí; Walter y Rita, de Noa, los alemanes que nos incitaron en Portimao a venir a Azores, estaban algo más allá; Christof, venía desde el Caribe en el Eglantine, un grande y robusto barco de aluminio con el que iba de regreso a la Bretaña francesa; Verónica y Diego eran una joven pareja, ella portorriqueña y él argentino, también procedentes del Caribe, que grababan en su catamarán videos para su canal de YouTube; Arndt y Scarlet habían partido ya hacia Madeira, pero conocimos a Peter y Susan, unos suecos a bordo de su Amel 54, también orientados hacia el sur. La vida social empezaba a intensificarse cuando llegaron nuestros hijos y conmovieron toda gravedad posible, curvaron y retorcieron el espacio, encogieron el tiempo que hasta su llegada no paraba de estirarse, y dieron, una vez más, como tantas desde que nacieron, un vuelco a nuestro mundo para girar entorno suyo y ser por unos días satélites felices con el inexplicable bienestar que nos produce estar a su lado. En un instante la tribu se deshizo como la niebla cuando sale el sol, y los isótopos humanos que tan a gusto habíamos compartido historias, anécdotas, bromas, sonrisas y miradas, se desperdigaron sin saber cómo ni por qué. 

Sheila y Michael en sesión de peluquería

La melancolía de las nubes. Pico

Agosto 2022. Pico es un volcán. Mira “frente por frente” a Horta y corona la isla de su mismo nombre que se extiende desde la cima del cráter hacia el este, con sus 2.351 metros es la cumbre más alta de Portugal. Es un territorio negro, de paisajes formados por lava solidificada que los locales han utilizado para construir viviendas y cercas para los viñedos, lo que le da un aire melancólico a la vez que auténtico. Sin ánimo de exhaustividad, diría que Graciosa y Pico son negras, mientras Terceira y San Miguel son marrones, todas ellas con su correspondiente manto verde. Pero esto no deja de ser una impresión muy subjetiva.

Estábamos en el ferry de Horta a Pico en un día nublado y lluvioso, llamando por teléfono a taxis, alquiler de coches y de motos, viendo la manera de recorrer la isla que tanto nos habían recomendado amigos que la habían visitado. Todo reservado. Ninguna disponibilidad. La cosa pintaba bien. Finalmente, uno de los alquileres de coches nos dijo “lo tengo todo reservado, pero un amigo mío quizá quiera alquilaros su coche particular…”. “¡Hecho!”. Por un precio más que razonable (50 euros) nos encontramos recorriendo la isla en un Mercedes Clase A sin haber firmado ningún documento y sin haber mostrado ninguna identificación, pero felices de transitar por unos paisajes maravillosos que de ninguna otra forma hubiésemos podido descubrir. Llegamos a la parte superior de la isla donde una carretera la recorre de esta a oeste como una columna vertebral entre praderas de verdor perenne, visitando lagos naturales con fauna local (vimos patos y otras aves), viñedos cercados con piedras de lava para protegerlos del viento (patrimonio cultural de la Humanidad) y pueblos sumidos en su propio silencio e indiferentes al mundo.

En Praia Vitoria, Terceira, habíamos asistido al jolgorio de las fiestas de la isla, entre las más populares de archipiélago, y mucho mejores que otras que habíamos visto en Horta, por ejemplo. La impresión que nos habían dejado los desfiles, las carrozas, las actuaciones musicales y el ambiente festivo en general, nada tenía que ver con el tono melancólico que nos encontramos en Pico. En el lado norte visitamos Lajido, un pueblo mínimo de casas construidas con piedras negras que una vez fueron líquido ardiente, y llamativos postigos rojos característicos de la zona. Nos pareció que el tiempo tenía otra medida y que, aunque coincidieran las unidades, su paso sucedía a otra velocidad con segundos de más de un segundo y minutos de más de un minuto que daban horas elongadas y días interminables.

Nos fuimos de allí felices de nuestra suerte. En Horta, preparamos el barco y nos preparamos para regresar al día siguiente a Praia Victoria, donde volvimos a encontrarnos con Sheila y Michael, porque la gente del mar siempre vuelve a encontrarse…

El archipiélago de Azores es un paraíso, no sólo por cuanto tiene que ofrecer su naturaleza exuberante y radical, la serenidad de sus ciudades, tocadas ya por el turismo pero sin haber caído aún enfermas con su infección. La ubicación de la isla, a desmano de todo, en mitad de una nada atlántica, protege la autenticidad de su vida cotidiana. En Graciosa degustamos el melón más dulce y rico que habíamos conocido; en Terceira, las “queijadas” nos endulzaron el paladar y el recuerdo para siempre; Pico fue la experiencia del vino volcánico son enigmáticos sabores minerales.

Turistas, viajeros y niños grandes disfrazados de marinero. Faial

Agosto 2022. Los viajes de turismo se pueden representar de manera radial. Parten siempre de un mismo lugar al que se regresa; trascurrido un tiempo, se vuelve a partir desde el mismo sitio para visitar otro, y se regresa nuevamente, y así hasta ir construyendo una estrella cuyos rayos se expanden en diversas direcciones, partiendo y volviendo siempre al mismo lugar. La estrella turística de algunas personas concentra muchos rayos en una parte, y apenas cuenta con otros en otras. Incluso hay quienes sólo tienen un rayo repetido obstinadamente en el mismo lugar. Esta pluralidad de direcciones en los rayos de la estrella denota el grado de curiosidad del turista.

Los viajes de los viajeros, en cambio, tienen una estructura errática, porque cada destino es a su vez el origen del siguiente viaje, y así se deambula por el mundo siguiendo una línea quebrada de forma impredecible: no se conoce cuál será el destino que dé continuidad más allá de la siguiente visita. La diferencia entre ambas formas de viaje viene dada por el tiempo, pero también por la vocación. El turista alcanza los lugares para que se le exhiban como si se tratara de una pasarela de monumentos y puntos de interés, y poder fotografiarlos, preferentemente como fondo ante el que posa. Los viajeros, en cambio, llegan a los lugares para quedarse un tiempo, más largo, más corto, depende de lo que suceda, no que de lo que pueda fotografiarse. El problema es que el turista tiene poco tiempo y quiere soluciones inmediatas por las que está dispuesto a pagar: comida, alojamiento, espectáculo, recuerdos y souvenirs, una demanda que detona el crecimiento de la oferta hasta el punto de hurtar el alma de los lugares cuyas calles terminan por ser una sucesión de tiendas y restaurantes, mercados impersonales, pero “very convinient”.

Conocimos a Shelly y Michael, viajeros de cepa, en la bahía de Praia Vitoria, en Terceira, donde fondeaban en Kantala, el barco de ferro cemento (20 toneladas) que Michael empezó a construir con sus propias manos hace 42 años, y que había sido hogar de ambos durante los 37 que llevaban viajando ininterrumpidamente por los océanos del mundo. Cuando empezaron no tenían electricidad abordo, ni más instrumentos que una brújula. Las luces de navegación e interior eran de queroseno. Navegaban sin GPS con cartas que a lo largo de los años superaron las mil quinientas y aún conservan abordo. Les conocimos, ya septuagenarios. Shelly conservaba en su rostro la viveza, gracia y picardía de la niña y adolescente que fue; Michael era rápido, enérgico, sociable. Eran una pareja encantadora y divertida con la que compartimos algunos muy buenos momentos. Nos cautivaron muchas cosas de ellos, pero sobre todo su capacidad para seguir sorprendiéndose, para suspirar ante los paisajes y exclamar admiración por la belleza de una naturaleza que en sus años de viajeros tenían más que trillada, pero que no por eso había agotado su capacidad de admirar. Sus viajes no habían tenido nada que ver con la manera “turista” de ir por el mundo (y por la vida); se relacionaban con la gente, eran amables, sin reparo para saludar a quienes les salían al paso. Fueron una verdadera lección para nosotros.

En la bahía de Praia habíamos conocido también a Arndt y Scarlet (ambos alemanes, ella de la del este) que vivían a bordo de Kibo, su catamarán, y que también terminaron siendo amigos; pero la pareja del Kantala nos llegó mucho más hondo. Por eso nos despedimos de ellos a sabiendas de que volveríamos a encontrarles, cosa inexplicable entre quienes viven moviéndose constantemente, pero el hecho es que así fue.

Habíamos salido de Terceira para visitar Graciosa y más tarde Faial. Ésta es una isla emblemática entre los navegantes que regresan de América con destino a Europa. Su capital, Horta (con hache muda), no tiene gran interés, pero es el lugar de parada de esos niños crecidos que con sus disfraces de marinero juegan a esos personajes que una vez existieron, pero que ahora solo habitan las leyendas.

El punto obligado de reunión es Peter’s Café. Lo visitamos. Estaba abarrotado de personas de edades diversas, muchos arrugados por el sol, otros con el ademán de quien ha realizado hazañas extraordinarias, algunos orgullosos de lucir la palabra “crew” en el lomo de la camiseta, todos con una “caneca” de cerveza en la mano. Preferimos no quedarnos en semejante concentración de héroes por metro cuadrado. No sabía muy bien a qué clase de viajeros o navegantes pertenecíamos nosotros, pero desde luego no era a aquella.

Maternidad en la naturaleza. Islas Graciosa y Terceira

Agosto 2022. Creo que la preocupación maternal por los hijos tiene, al menos, dos formas universales de expresión: “¿has comido?” y “abrígate”. Segúramente existan otras, pero éstas se dan en cualquier parte del planeta. Lo recordé cuando visitamos el pueblo de Santa Cruz en la isla de Graciosa, donde algunos árboles habían sido “abrigados” con cubiertas de punto que se abrazaban al tronco y parte de sus ramas. Me gustó descubrir esa preocupación de madre por el bienestar de los árboles, e imaginé el mimo necesario para echar horas interminables en tejer el abrigo de los gigantes de madera, mientras éstos, indiferentes, parecieran afectados por una adolescencia eterna, indolentes ante los desvelos protectores de sus cuidadoras. O cuidadores quizá, aunque no puedo dejar de relacionar esa preocupación con lo femenino.

Habíamos llegado a la isla desde Terceira la tarde anterior, y fondeamos en el exterior del puerto pesquero de Praia. No sabíamos mucho de la isla, pero nuestros amigos alemanes del Noa, Walter y Rita, nos habían aconsejado visitar el cráter del volcán. El plan sonaba atractivo, así que, a la mañana siguiente, nos lanzamos al ascenso por una carretera que llegó a estar más empinada de los deseable antes de alcanzar la horizontal en la parte abovedada que atravesaba una de las paredes del cráter para desembocar en el interior del volcán.

Por el camino habíamos accedido a las “furnas” de María Encantada, ríos de lava cuyo exterior se solidifica por enfriamiento mientras en su interior aún permanecía el caudal ígneo, dejando como resultado unos túneles naturales con los restos que las burbujas dejaron miles de años atrás en las partes superiores, con las ondulaciones de la piedra cuando fue líquido ardiente, con las formas caprichosas que fenómenos de la naturaleza adoptaron conforme a las leyes inexorables que solo entienden los científicos. Resultó ser un buen preámbulo al acceso al interior del cráter, un espectáculo de belleza desbordante que difícilmente podrá borrársenos de las retinas.

El tamaño del cono invertido que constituía las paredes interiores del cráter era de magnitudes geológicas, pero totalmente cubierto por un muestrario de verdes, más claros, más intensos, más brillantes, más mates, adornados con otros colores por las flores en algunos casos, austeros en su uniformidad en otros, pero todo constituyendo una combinación extraordinaria de paisaje selvático, praderas y rocas. En muchas partes, la selva era de una frondosidad inaccesible, misteriosa, como si albergara algún secreto milenario en la quietud de su interior. Esta impresión me hizo pensar en King Kong y en que si en algún momento hubiese aparecido algún gorila girante, no nos hubiera extrañado en lo más mínimo.

Descendimos por el camino hasta lo que en su momento fue el manantial que expulsara la lava con que se formaron las laderas exteriores y, probablemente, al resto de la isla, sin que en ningún momento la paleta de verdes rebajara sus tonalidades. El paisaje, coronado por el gigantesco círculo azul del cielo que parecía depositado sobre el borde del cráter, era fascinante.

El de Graciosa no era el primer volcán que visitábamos en el archipiélago. En la isla de Terceira habíamos descendido hasta las mismas entrañas de otro, Algar do Carvao, cuyo acceso, más pequeño, reproducía el mismo esquema de frondosidad, pero en este caso en vez de árboles había plantas aferradas a las paredes por las que rezumaba la intensa humedad en las umbrías paredes verticales. Éstas terminaban en lo que el enfriamiento posterior a las erupciones había dejado convertido en una amplia cueva con un lago en el centro. El acceso, a través de un túnel horizontal que terminaba en la pared vertical del cráter, suponía el paso de la oscuridad grisácea a una radical verticalidad verdosa. Todo estaba en silencio salvo por las gotas de agua que se desprendían de las paredes o de las hojas de la vegetación aferrada a las mismas tras la última lluvia, y que caían libremente varias decenas de metros hasta estrellarse sobre las rocas del fondo. Junto a éstas, un camino se adentraba en la cueva con varias naves, una la del lago, la otra, denominada “la catedral”, que debió formarse por efecto de alguna gran burbuja.

Shelly y Michael, los amigos canadienses del Kantala que nos habían acompañado en la excursión a Algar do Carvao le pusieron sonido a las reacciones de “wow” que resonaron en nuestro interior. También lo hicieron más tarde visitando las cuevas de la “Gruta do Natal”, como si con sus expresiones hicieran la banda sonora de nuestras vivencias.

Los otros dos grandes puntos de interés de Terceira eran la ciudad de Angra do Heroísmo y la Sierra de Cuma, ambas declaradas por Unesco patrimonio de la Humanidad. Angra lo tiene todo bonito, desde el nombre. Sus calles eran sucesiones de casas distintas que compartían la uniformidad en su pintura, con las aristas, los cercos de puertas y perímetro de las ventanas de un color distinto al del resto de la construcción. Un par de grandes y muy vistosas iglesias y un museo magnífico, todo ello en un enclave físico precioso, frente al Monte do Brasil, en torno al pequeño puerto, resumían el rostro de la ciudad.

La Sierra de Cuma es una formación montañosa tendida sobre una buena extensión de la isla y que se interrumpe cuando llega al mar. El ascenso tenue de una de sus laderas contrasta con la pronunciada inclinación de la opuesta. En la parte más alta, un mirador escucha silencioso las expresiones de asombro y admiración de cuantos se asoman a su baranda y contemplan la extensión de un paisaje que parece superar la capacidad de percepción visual humana. La planicie se extiende hasta casi donde se pierde la vista, el mar a un lado, Angra al fondo, el volcán a la espalda. Las frecuentes nubes de la elevación hacen que no siempre sea fácil tener la panorámica completa del espectáculo, pero nosotros tuvimos una suerte bárbara en aquella tarde lánguida y fresca de agosto cuando aquella luz coqueta disimuladamente hacía carantoñas al paisaje.

Los volcanes, y en general la actividad geológica me hacía pensar en las fuerzas creadoras que habían hecho posible semejantes espectáculos, en su belleza que solo existe ante la mirada de los observadores, en la falta total de intención por mucho que nos empeñemos en atribuir voluntad a tales fuerzas. No existe ninguna vocación de maternidad en la naturaleza cuando crea, pero sí la hay en quienes cuidan de los árboles abrigándoles con mimo. Desde la perspectiva del ser humano, la naturaleza es algo; desde la de los árboles, quien les abriga son alguien.

Bajo un manto de terciopelo verde. San Miguel de Azores

Julio-Agosto 2022. Los nudos son, quizá, una de las más remotas invenciones humanas. Tal vez un día, quién sabe dónde o cuándo, un homínido retorció una liana, o el tallo verde de una rama, y terminó con la forma de lo que hoy llamamos nudo simple. Y puede ser que ese mismo individuo, por placer o por azar, repitiera la hazaña hasta que le encontró una utilidad: alejar unas espinas, mantener cerca el ramillete del que pendían frutos, hacerse hueco entre las hojas para observar el comportamiento de otro congénere o vigilar una posible amenaza. ¡Quién sabe…!

Pero lo cierto es que esa simple revuelta ha llegado hasta nosotros sin haber perdido su forma original, su sentido práctico, su utilidad cotidiana, y ha evolucionado dando lugar a un sinfín de soluciones distintas en las que el mundo náutico, entre otros, todavía confía. El resto de mundos, también. Porque tal ha sido la utilidad de los nudos que hemos aprendido a utilizarlos más allá del terreno físico, especialmente en el de las relaciones, con todo tipo de ayuntamiento, unión, juntura, atado, sujeción, etc. que denominamos promesa, juramento, lealtad, matrimonio, contrato, fidelidad, testamento… y que nos vinculan con tanta fuerza, o más, como puedan hacerlo los cabos de marinería. Por eso nos gustan los planes “bien atados” y las soluciones “sin cabos sueltos”.

Los nudos, al menos los físicos, deben cumplir con ciertas condiciones para poder considerarlos como tales y distinguirlos de los enredos: utilidad para un propósito, facilidad para hacerlos, facilidad para desmontarlos. Sin embargo, hay ocasiones en que un cabo ha pasado tanto tiempo trabajando en una función y bajo tensiones tan importantes, que finalmente termina azocado hasta el extremo de resultar imposible deshacerlo. Las fibras se funden unas con otras llegando a no distinguir su propio tallo del que abrazan, y terminan por perder la capacidad de volver a ser lo que fueron antes del nudo. Entonces, éste, el nudo, es su naturaleza.

En ocasiones tengo la sensación de que las millas vividas, en tierra, mar o aire; las experiencias, los momentos y todo cuanto en su infinitud ha sucedido entre nosotros, ha hecho de nuestro matrimonio uno de esos nudos. He sentido cómo la fortaleza del nudo se ha ido pronunciando con el tiempo a base de momentos que carecen de explicación posible para nadie que no habitara el universo particular que conformamos Paloma y yo, pero que para nosotros tienen un relato extenso y detallado al que basta una simple mirada para la evocación silenciosa de aquel instante particular de nuestra existencia en común. Nuestro traslado a bordo y las sensaciones que desencadenó fue uno de esos relatos; las guardias en cubierta, las puestas de sol, el miedo a un rugido en el cielo, las nubes amenazantes, los paisajes paradisiacos, el océano, la sensación inexplicable de la llegada y el atraque, ese abrazo que culmina la maniobra.

Habíamos llegado a Punta Delgada en la isla de San Miguel de Azores tras cinco días ininterrumpidos de navegación por el Atlántico. Hablando con uno de nuestros hijos, Álvaro, le respondía yo a su pregunta de “¿cómo es aquello?” con la primera descripción que se me vino a la mente mientras contemplaba las laderas escarpadas de la costa sur de la isla: “Imagina que un gigante hubiese cubierto toda la isla con un enorme manto de terciopelo verde…”. Paloma, escuchando la conversación, no lo pudo resistir: “No te enrolles. Dile que es como Asturias”. Un nudo inseparable no tiene por qué estar formado por cabos iguales…

Lo extraordinario hecho cotidiano. Cabo de San Vicente y el Atlántico

Julio 2022. Cualquier parte del mundo está lejos de algún sitio y a la vera de otros. Pero algunas inducen una sensación especial de distancia cuando se las visita, como si, aun estando en ellas, se estuviera lejos de todo lo demás, incluso de lo más próximo. A esos lugares los llamo ‘fin del mundo’, no por dónde se encuentren, sino por la experiencia de lejanía y soledad que despiertan dentro de mí. Es una sensación que conocía de lugares muy remotos, como Patagonia o Alaska, pero con la que me he reencontrado en paisajes que pudiera tildar de cotidianos por su proximidad física (y cultural) a los escenarios de mi vida. Estoy hablando de sitios como el cabo de San Vicente o la ensenada de Culatra, en Portugal, la desembocadura del Guadiana en Ayamonte, o la orilla del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda.

El océano es otra historia… El ser humano corriente (si es que eso existe) probablemente no tenga oportunidad de contemplar nada tan limítrofe, tan grande y grandioso como el océano. Y digo “corriente”, porque dejo aparte a los astronautas que pueden ojear la tierra y otros cuerpos celestes desde el interior de sus naves. Pero para el común de los mortales, dejar caer la mirada en un paisaje ilimitado que rodea completamente el círculo entorno al observador hasta donde la vista le alcance, supone exponerse al objeto único de mayor magnitud que pueda concebirse. E impresiona. Ya sé que no es necesario llegar al océano para tener una percepción así. El Mediterráneo, sin ir más lejos, permite jornadas enteras sin avistamiento de tierra en donde la sensación visual puede ser la misma. Pero ya sabemos que la mirada no es cosa del ojo, sino de la mente. Lo que “vemos” es un cocktail que incluye, además de lo que dice el ojo, el concepto “océano” con el que nos hemos criado, y la literatura donde se ha manejado. Ahí, en la mente, también estaba el cabo de San Vicente de nuestras lecciones infantiles de geografía, más allá del cual no había nada hasta llegar a la lección siguiente. Pero en esta ocasión, el ojo, aliado al resto de sensaciones provocadas por el viento, el ruido, y los olores, confirmaba la grandiosidad de cuanto se extendía ante nosotros en el momento de avanzar unas pocas millas más allá del accidente geográfico. Las paredes escarpadas del cabo de Sagres, la blancura de los precipicios bajo el faro, la intensidad de una luz que parece cincelar las formas sobre mármol…, todo contribuía a la impresión de abismo que suponía alejarse hacia un horizonte sin fin. La sonda nos mostró pocas millas más tarde que salíamos de la plataforma continental europea, dejándonos en mitad de un vacío que nos rodeaba también tanto por arriba como por abajo, con un fondo a tanta profundidad como lo estaba el límite de la atmósfera sobre nuestras cabezas. Nada por arriba, nada por abajo, nada alrededor, el universo entero en nuestro pequeño casco flotante.

Así empezó la primera travesía oceánica de nuestra vida abordo. No sabíamos si habría alguna más o, en su caso, cuántas, pero ésta era la primera de Paloma y la primera juntos. El viento era bueno y favorable, el mar, con olas entorno a los dos metros, respetaba nuestra audacia; todo iba bien, de momento. Ninguno de los dos había tomado nada contra el mareo, así que cuando aparecieron sus síntomas no nos sorprendió. Paloma, así es ella, lo superó relativamente bien dadas las circunstancias. Pero lo mío fue un mareo cavernícola y gutural, doloroso, agotador. Dos días vomitando sin parar en episodios regulares a cada hora o cada dos, a base de fuertes convulsiones que, tras los dos primeros desalojos, fueron completamente improductivas salvo por el rastro amargo, ácido y penetrante que dejaba en la boca hasta la siguiente sacudida. No solo no toleraba ningún alimento; tampoco ninguna medicina. Paloma cuidaba de mí, atendía la maniobra y vigilaba en las guardias, sobreponiéndose en todo momento a su propio malestar. Un tesoro.

El resto de la travesía transcurrió con normalidad. Poco a poco fuimos recuperándonos y haciéndonos a los ritmos pausados de un oleaje tendido a favor del viento, en cuyo arrullo llegaríamos hasta las islas Azores. Seguíamos, sin saberlo, una forma de vida en la que lo extraordinario se había convertido en cotidiano.

Portimao otra vez…

Julio 2022

Enri era de Camerun. Trabajaba embarcado en una nave que su dueño alquilaba a la armada de Nigeria para labores de patrulla costera, y que habían traído a Portimao para labores de mantenimiento. Dos barcos de semblante militar se acostaban, uno con otro, y ambos contra el muelle del varadero de Portimao. El tercero en la fila era un yate a motor grande al que nosotros, los cuartos, también nos abarloamos. Cada vez que teníamos que bajar a tierra habíamos de transitar por tres cubiertas, al principio desconocidas, con diferentes alturas y concebidas para fines distintos. No dejaba de ser una incomodidad, pero a mí me producía una sensación inexplicable de intensidad vital, pensando en lo diferente que era para nosotros algo tan cotidiano como salir a hacer compra, frente a la experiencia del resto de la mayoría de la gente. Desde nuestra cubierta hasta el muelle habíamos de subir o bajar escaleras, saltar de un barco a otro, superar la barrera de guardarrailes, saludar a marineros cameruneses, como Enri, y lituanos y rusos a los que terminamos saludando con la misma familiaridad -diría yo que más- con la que se saluda a un vecino en el ascensor.

Aquellos días fueron la oportunidad de visitar Alvor, aprovechando la visita de Juanma y Almudena. Allí no había fondo suficiente para el Alendoy, por lo que hubimos de fondear en la misma entrada del canal que daba acceso a la ría abierta por la desembocadura del río. El paraje era precioso, como debío serlo el pueblo antes de que la descabellada oferta turística convirtiera sus calles en un catálogo de restaurantes y tiendas de souvenirs, desde donde la combinación de músicas y luces resultaban en un espectáculo grosero de ruido y bullicio. una escenografía lamentable para un escenario muy bonito.

Otro día condujimos hasta Carrapateira y la playa de Bordeira. Esta es una duna inmensa por la que se camina un largo trecho antes de llegar a ver el mar. Finalmente se lo encuentra, enfrascado en caricias a una arena blanca, atlántica, luminosa. Una belleza, que sigue siéndolo porque parece haber sido colonizada solo por surferos y curiosos que desembocan en esta esquina de la mano de motivaciones más que dispares, pero que comparten algún tipo de amor por la naturaleza, bien porque lo trajeran, o porque lo desarrollaran en el encuentro con esta esquina de Europa.

Un paréntesis en Madrid

Junio 2022. A veces teníamos la sensación de haber tenido que salir de Madrid para descubrirlo. Los regresos eran siempre erupciones volcánicas arrojando emociones multicolores y candentes, mezcladas con la mirada sorprendida a una ciudad cargada de significado, y a la vez, descubierta -re-descubierta- con cada paso. Habíamos tenido que salir de Madrid, alejarnos, pisar otras aceras, cruzar otras calles, comtenplar otros monumentos y merodear por otras plazas, para llegar a levantar la mirada y dejarnos conquistar por fachadas, ventanales, cornisas, ornamentaciones que siempre habían estado ahí, que siempre nos cotemplaron cuando lo cotidiano nos sumía en el sonambulismo y nos ocultaba esa realidad que la distancia volvía a poner ante nuestros ojos. En el camino por una acera desconocida escuché la voz de un niño dirigiéndose a su padre “¿sabes lo que quiero ser de mayor…?”; no alcancé a escuchar la respuesta, pero la pregunta se clavó en la cantera de los recuerdos y escarbó vertiginosamente hasta extraer la voz de los niños -nuestros niños- que llenaron de alegrías nuestro hogar. Un restaurante, uno más de entre la cantidad descabellada que habían tomado la ciudad, me hundió aún más en la cantera abofeteándome en la mirada con su nombre: “Sueños Benditos”.

En esos días, Nacho y Pilar se casaban por segunda vez. Repetían boda, si es que un evento así es repetible. Pero no quisieron dejar pasar la ocasión de mirarse cara a cara y decirse lo que no pertenece a la cotidianeidad, las palabras que se salen de los discursos diarios, y sin embargo lo que dicen da sentido a la vida. Ellos la viven juntos, comprometidos, enamorados, sólidos en su compromiso como lo son consigo mismos. A nosotros nos encantan las bodas porque son momentos de felicidad compartida a la que nos resulta, no sólo fácil, sino natural, unirnos y participar en comunidad silenciosa. Me resisto a sucumbir a esa pose de indiferencia, a veces de superioridad, mucho más frecuente en hombres que en mujeres, como queriendo ocultar unas emociones inapropiadas para las cosas presúntamente importantes y que no sirven para nada. En la de Nacho y Pilar escuchamos y vimos muchas cosas bonitas, pero se me grabaron las palabras de él cuando, dirigiéndole sus votos a ella, le decía que no sabe por qué la quiere, pero que cree haberlo hecho siempre, y que siempre será así, incluso tras la muerte, cuando sólo sea polvo, pero “polvo enamorado”.

La celebración nos conmovió, porque así es cuando pasas las yemas de los dedos sobre la felicidad de alguien querido. El gozo no se reducia a ellos. Abarcaba a todo su universo afectivo. Nuestros hijos, también en ese universo de los Pinedo, nos acompañaron a la celebración, a pesar de que Manu apenas mantenía el equilibrio en el torbellino de emociones que le tenía en vilo entre la tristeza y la nostalgia. Había empezado a trabajar hacía solo un par de meses en los que los pocos pasos que había dado ya le formulaban grandes, muy grandes, preguntas existenciales, de esas que es mejor no hacerse, salvo que uno esté dispuesto a cambios radicales o a mentir frente al espejo. En esa turbación, los cinco fuimos uno con el dolor de Manu, haciendo nuestra su penuria que intentamos amainar bombeando amor por todas las mangueras. Lo demás quedaba en manos del tiempo.

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