
La diferencia entre la juventud y la vejez está en el equilibrio de recuerdos y proyectos. Cuando los primeros superan a los otros, la senectud asoma. Pero mientras los proyectos superan o se mantienen frente a los recuerdos, se es joven, sea cual sea la edad. La voluntad (y la fortuna) convierte a los proyectos en recuerdos mediante la realización; entonces, para mantener la juventud hay que concebir otros nuevos. Si los proyectos son novedosos -lo contrario los hace insulsos- es preciso aprender cosas nuevas, y ahí reside la clave: se es joven mientras se continúe aprendiendo. Esa inquietud, sin ser muy conscientes de ello, nos llevó a Marruecos.
“Macan Hadorsh la Arabia” (no hablo Árabe). Aún no habíamos aprendido estas palabras, aunque sabíamos que tendrían que incorporarse a nuestro vocabulario de viaje, cuando compramos en el aeropuerto una tarjeta local de datos móviles con la que poder manejarnos durante nuestra estancia en Marruecos. 20 gigas serían suficientes para los 10 días de viaje (Juego de Tronos aparte). Así pertrechados con munición urbanita del siglo XXI fuimos a nuestro hotel en la ciudad, y de allí a cenar. Terminamos en un restaurante con el ambiente de los de toda la vida: humo de tabaco en cada centímetro cúbico de espacio, cervezas y botellas de vino en las mesas ocupadas mayoritariamente por hombres, entre los que se encontraba alguna mujer sin el atuendo habitual en el país que habían reemplazado por indumentaria occidental. Un rato más tarde llegamos a pensar que la restauración era una sencilla tapadera para otro tipo de negocio, aunque la permanecía de las mujeres en las mesas que nunca acompañaban a los hombres cuando éstos se levantaban (¿al baño?) nos hizo dudar de la hipótesis.
En un intento de ver cuántos datos habíamos consumido, Paloma exclamó…
– Me han ‘tangao’.
– ¿Por qué?
– Porque me han dado una tarjeta de 4 gigas y me han cobrado una de 20.
– No mi amor, te han dado una tarjeta de velocidad 4G y capacidad 20 gigas…
Nos reímos mucho recordando esta anécdota de camino a Ait Ben Hadu en un coche alquilado. Ksar Ait Ben Hadu era una ciudad de adobe sobre la ladera de una pequeña colina, junto al cauce del río por donde galopaban jinetes a la luz del atardecer. La carretera cruzaba el imponente Atlas por su extremo sur, conduciéndonos entre picos nevados, gargantas rojizas y valles alrededor de ríos que una vez seguramente llevaran más vida de la que trasladaban durante nuestra visita.






En Ouazarzate visitamos la Kasbah de Taourirt con un guía, Hasan, que nos aseguró su fluidez en español, inglés, italiano, en lo que fuera…, y en efecto, lo hablaba todo, pero no más que unas pocas palabras que combinándolas resultaban en una cacofonía idiomática sólo comparable a las conversaciones de Babel, pero con solo un hablante. Me recordaba al políglota de «El Nombre de la Rosa», pero en bereber y sin sotana. Después, en el trayecto al hotel, el GPS nos introdujo en calles sin asfaltar, caóticas, estrechas, impredecibles, por las que circular suponía una incertidumbre constante: ¿podremos pasar?
En la noche paseamos por la ciudad, atravesamos su mercado, subyugados por sus olores, colores, humores. El hotel, de estándares muy marroquíes, nos sirvió un desayuno en la terraza frente al palmeral del oasis que se expandía por la ribera del río, con la luz densa de las primeras horas de la mañana, cuando el frío todavía cortaba, pero el calor empezaba a intuirse, solo intuirse. Nos sirvieron personas sencillas, afanadas en agradar por una fuerza más profunda, auténtica y noble que la de la propina. Así salimos de allí y nos encaramos hacia la ruta de las mil kasbahs.


A base de viajar hemos aprendido que los sitios dejan de estar lejos, física y mentalmente, cuando te acercas a ellos. Igual pasa con las personas y sus costumbres. La primera vez que un vehículo en sentido contrario invadió nuestro lado de la calzada nos parecía estar jugándonos la vida. Tras varios días conduciendo por el país, nos habíamos hecho a sus hábitos, comprendiendo que las señales de tráfico, al menos para la mayoría, son más sugerencias que imposiciones. Lo mismo nos ocurrió con todo el arsenal de cultura y costumbres que nos inundaron en aquellos días por los que chilabas, olores especiados, colores intensos, palabras en árabe y francés, bocas desdentadas, niños juguetones, mujeres cubiertas, turbantes y babuchas… metamorfosearon en nuestra mirada de excepción a normalidad.
Atravesamos un desierto para llegar a las gargantas del Dadès. Allí las poblaciones parecían incrustadas en lo más hondo de pliegues de roca que formaban grietas profundas cuyas paredes limitaban el río, dando a uno u otro lado según el cauce serpenteaba. Contemplamos las formaciones rocosas que alguien, creo que, con poco acierto, bautizó como los «monkey fingers«, marrones, a veces alineadas, orientados con una caída hacia un lado; otras veces, caóticos como la vida.







Tras otro desierto llegamos a la ciudad de Tinerit. Allí las antiguas kasbahs y las modernas edificaciones escoltaban por ambos lados a un alargado y ondeante río de palmeras entre las que los locales cultivaban sus huertos. La ciudad era muy grande, pero sólo en una dimensión; en la otra se limitaba a una expansión breve hasta donde alcanzaba la humedad fluvial. Luego, la Garganta del Todra nos impresionó con sus alturas, sus colores, sus formas. A orilla de su río las familias hacían picnic bajo el encuentro de los dos titanes de piedra cuyas miradas se cruzaban como las de dos luchadores en amenaza mutua.
El viaje continuó hasta Elkhorbat, un ksar donde dormimos entre paredes de adobe, bajo un techo de madera viejísima, abrigados del cortante frío de la noche desértica. El espacio tenuemente iluminado de la habitación incitaba a imaginar noches morunas en las que el cielo era uno más en los paisajes radicales. Entonces, la noche daba asueto; sólo las estrellas conquistando la atención, ya fuera para confirmar una convicción religiosa o para profundizar en el fenómeno de lo humano. Ese cielo abrasador del día, y esas estrellas titilantes de la noche, han labrado juntos un carácter que se nos antojaba entre indiferente y apasionado, ajeno a las tensiones de un mundo incomprensible pero entregado a la intensidad de momentos que ya no existen en el otro mundo, el civilizado a base de urbanizaciones y autovías.







Marruecos es un país redundante, insistente, constantemente repetitivo en cualquiera de sus expresiones. Redunda en su idioma con una sintaxis persistente; en sus paisajes que se extienden monótonamente en desiertos o en montañas; en su música de ritmos circulares y letras recurrentes; en los sabores, deliciosos, pero limitados a combinaciones estables (cuscús, tahine, sopa harira, pincho de pollo, caldero de cordero y poco más); en el carácter de sus comerciantes, sagaces y frecuentemente certeros.
En Erfoud entramos en el mercado. Otra dosis de vida palpitante; otro viaje al pasado; otra ensoñación de tiempos de otro tiempo, en escenarios de apariencia cinematográfica por su arrolladora autenticidad. Y volvimos al desierto. ¿Qué es el desierto? ¿Ausencia de vida? ¿Ausencia de gente? ¿Ausencia de obstáculos? Ausencia. Continuidad ininterrumpida. Un espacio que, al menos, invita a preguntarse por su naturaleza metafísica.
Llevados por la propensión de todo a moverse, desde átomos hasta células, desde paisajes a planetas, sentíamos esa fuerza inexplicable que nos hacía avanzar seguros de lo que hacíamos, pero sin explicación posible para algo, sin embargo, tan evidente. Veníamos atravesando desiertos, monótonos, recurrentes, obstinados en su aburrida continuidad, hasta que una línea de luz introducía un aliciente inesperado en el horizonte. Era el desierto de Merzouga, todo él arena, ni un arbusto, piedra, o signo que perturbara su coherencia.
Dormimos en un campamento en las dunas. Queríamos adentrarnos en el desierto sin llegar a perdernos entre sus pliegues arenosos, pero sí con la pretensión de alejarnos del mundo civilizado, asfáltico, motorizado que había hecho posible nuestro viaje hasta allí, y contemplar la belleza de lo singular, perdernos en una puesta de sol inolvidable, como cada una, que intentaríamos recordar para siempre. La puesta de sol cumplió su promesa -la naturaleza siempre cumple- pero los humanos, esta vez unos europeos con delirios de aventura que a lomos de unas motos saltaban por las dunas, arruinaron la hora mágica con ruidos de motor que aplastaban humillantemente el silencio. A veces da vergüenza ser humano, pero tampoco puede olvidarse que quienes encabritaban sus motos jugando entre las dunas, estaban siendo tan humanos como el que más.








Cayó la noche, y con ella el frío que nos confirmaba hasta qué punto el desierto es un mundo de extremos, radical en sus expresiones, absoluto en sí mismo, pero al que el hombre es capaz de adaptarse a base de medios, pero también de interpretaciones con las que da significado a cosas que no significan, simplemente son. La oscuridad no dejaba más tregua que la de las estrellas señoreando por el cielo sin competencia alguna desde el océano arenoso donde nos encontrábamos. Ni siquiera el fuego que encendieron para nosotros las comprometía, aunque nuestras miradas cayeron en la hipnosis de las llamas, y más tarde en el delirio de la percusión que los cocineros de la jaima interpretaban para acompañar sus voces rurales, sonidos de ancestros que ni conocían ni llegaban a comprender, pero cuyas letanías les habían llegado en una herencia tan misteriosa como la sangre, la piel o el color de los ojos. El momento, mágico, lo vivimos con un grupo de cuatro jóvenes italianos que recorrían Marruecos y que también quisieron acercarse el desierto a los labios y tantear tímidamente su sabor. Con ellos compartimos conversación, algunas risas, silencios ante las llamas, bailes y golpes sobre los tambores a los que intentamos arrancarles una coherencia que no llegaba hasta que los nativos ponían sus manos a percutir, y entonces los ritmos se acompasaban, los golpes se hacían música, las voces, cantos. Vivimos la magia de la noche, la del desierto, la de los nómadas ancestrales que sufrieron el mismo frío, al abrigo de la misma hoguera, en trance con los mismos sonidos y absortos ante las mismas estrellas.
La mañana siguiente nos encaminó hacia el valle de Iziz. El valle es un río de palmeras y cultivos con meandros serpenteantes que se retuercen por el desierto durante kilómetros hasta llegar a la garganta del mismo nombre. Allí, el flujo de agua a cuyas orillas ha crecido la infinitud de palmeras, se despoja de la clorofila y se deja custodiar por altísimas montañas amarillas que atraviesan el atlas y salen del desierto. Es un espectáculo impresionante.
Los kilómetros nos llevaban por paisajes de montaña, desierto, oasis, pequeñas poblaciones, ksares aislados, hombres y mujeres dedicados a su exiguo ganado y a su pequeña agricultura. En el coche nos acompañaba la radio con voces imperativas, y música recurrente. Llegamos a hacer hasta 200 km con la misma canción sin cambiar la sintonía. Otras veces nos acompañaban, silenciosas, mujeres que recogíamos del borde de la carretera para llevarlas a alguna población cercana y ahorrarles las horas de espera, el camino por la cuneta, el hostigamiento del sol. Eran los momentos en los que los asientos delanteros estaban más lejanos de los traseros, cuando los ocupantes de adelante y de atrás representaban esferas culturales de universos distantes, creencias incomprensibles entre si, idiomas crípticos y formas de vida enigmáticas. Y pese a ello, las miradas se cruzaban con una misma intención de cordialidad, de ayuda, de colaboración injustificada. Algunas nos hablaban como si les entendiésemos y nos tocaban con sus manos tintadas por la henna cuando se despedían queriendo asegurar que entendíamos su agradecimiento.








Nos acercamos a una de las múltiples rotondas de la carretera. Como tantas veces nos había sucedido, un control de policía nos observa según nos acercábamos, pero esta vez nos detiene el paso haciéndonos parar. Un agente alto, con un uniforme castigado por el uso se nos acerca, saludo militar con la mano a la frente, y nos pide la documentación del vehículo y carné de conducir. Lo mira por encima, lo devuelve con desgana y nos dice que hemos sobrepasado el límite de velocidad, lo que conlleva una multa de 400 dirhams. Con una mirada fija, le decimos que somos conductores muy cuidadosos, que respetamos las limitaciones de velocidad y que, como profesionales de la educación en una importante universidad europea, no nos permitimos dislates con las señales circulatorias. Duda. Titubea. El exceso de velocidad que mencionó en su primer embate es drásticamente reducido la segunda vez que lo menciona. Le decimos que no llevamos encima el dinero de la multa. Duda nuevamente. Dice que, por esta vez, nos perdona. Le damos 100 dirhams a modo de “contribución”. Seguimos nuestro camino. El respeto del que la población se hace merecedora se tambalea en episodios como este.
La garganta del Ziz nos hizo ascender hasta un paisaje completamente distinto. Fue como haber viajado en un instante desde Marruecos a Suiza, desde el desierto a las montañas nevadas con bosques de coníferas. En menos de seis horas habíamos atravesado tres paisajes y climas: desértico, mediterráneo y alpino. Las construcciones de adobe sin tejado y con toscas azoteas, de repente dejaban paso a edificaciones de ladrillo enfoscadas en blanco con tejados rojos de caída a ambos lados. Así era el pueblo de Ifrán, una de las zonas vacacionales preferidas de la población local más acomodada.
Veníamos del frío intenso en la Suiza de Marruecos cuando llegamos a la que es sin duda una de las ciudades más bonitas e interesantes de todo el país: la mítica Fez. Decidimos que una ciudad de tanto interés histórico bien merecía descubrirse de la mano de alguien que nos la explicara sobre el terreno. Así conocimos a Abdelilah, nuestro guía. Con él recorrimos calles, mercados, barrios, zonas de interés histórico y cultural; nos explicó, con su visión de creyente convencido, muchas cosas del islam y del Corán. Tomamos conciencia de que viajar por Marruecos es viajar al pasado, un pasado reciente en algunos aspectos, pero remoto, muy remoto, en otros. Por causa de la religión y sus muchos imperativos en la vida cotidiana, se puede decir que su mentalidad está seis siglos atrás; no en vano cuando nosotros acabábamos de estrenar el 2023, el año musulmán equivalente era 1445, una diferencia de seiscientos años, los mismos que separan el inicio de la era cristiana de la peregrinación de Mahoma a la Meca.










Cuando la estética islámica irrumpe en los sentidos con el aire de naturalidad que la vida cotidiana implanta en los habitantes nacidos y crecidos en su contexto, uno se siente atraído por la sobriedad de su geometría, por la uniformidad de formas en sus representaciones artísticas, por el estilo evocador de relatos asociados a ensoñaciones de desiertos y palacios. Pero al pensarlo con algo de detenimiento, la presencia religiosa en el islam es asfixiante, irreconciliable con muchas de las conquistas políticas, sociales y cívicas que Europa ha logrado a lo largo de su larga y amplia historia, con el sudor de pensadores, filósofos, políticos y literatos que siglo a siglo, han hecho que avanzara la mentalidad desde las creencias míticas al pensamiento objetivo. Esa ficción generalizada, como lo es cualquier religión, en este caso es un autoengaño constante que todo lo justifica, todo lo explica, todo lo simplifica a las normas divinas tal cual son interpretadas por los hombres, a la sazón, sus propios creadores. Así aseguran que los derechos humanos están inspirados en el Corán, lo que les inmuniza para recibir lecciones de nadie. Cubren a las mujeres para proteger sus encantos, muestra, según dicen, de cuánto las respetan y hasta qué punto las quieren proteger. Y así con cada parcela de la vida, sin dejar hueco a ningún espacio hasta el que no llegue dios y cualquiera de sus imperativos: el alimento, estableciendo qué se puede comer o beber (ni cerdo, ni alcohol), la indumentaria (especialmente la de las mujeres), el arte (sin representaciones humanas o de animales, con una homogeneidad extenuante), la oración (obligatoria -por ley- cinco veces al día), el ritmo cotidiano (con visitas a la mezquita), los sonidos (llamadas a la oración), la política (su máxima autoridad es el rey, que lo es por ser descendiente de Mahoma), la convivencia (los fundamentos de derecho son religiosos). Pero ¿qué ha aportado el islam al mundo? ¿De qué forma tan sólido compromiso religioso ha hecho posible algún avance social o intelectual gracias al cual pueda decirse que la humanidad haya avanzado? ¿Cuáles han sido sus avances en medicina, en física de partículas, en química avanzada, estructuras, materiales, gastronomía, botánica o zoología, ingeniería, tecnología de cualquier tipo…? ¿O en filosofía, psicología, derecho, sociología, política…?
El país está dividido en dos por una inmensa cicatriz rocosa que lo recorre como si alguien hubiese querido tacharlo: la cordillera del Atlas. El lado norte es frondoso (alcornoques, encinas, pinos), productivo (pasamos por grandes plantaciones de árboles frutales y cereales), moderno, de aire húmedo y clima más templado, con contrastes entre una población privilegiada y otra más humilde. El sur es todo lo contrario: rural, empobrecido, desértico, seco, caluroso de día y frío, muy frío en sus noches.
Llegamos a Rabat. La primera mañana nos despertó el canto del almuecín llamando a la oración. Luego, en marcha para recorrer sus calles, pasear sus mercados, husmear desde la puerta el interior de las mezquitas cuyo acceso esta vetado a todo el que no sea musulmán, salvo la mezquita de Hassan II en Casablanca. ¿Cómo se explica tan sobresaliente excepción? Aquí el rigor de la norma cede frente a la cornucopia del turismo. La segunda mezquita más grande del mundo con 2 hectáreas de superficie es imponente. Se la hizo construir conscientes de que los grandes operadores turísticos se saltaban Casablanca por considerarla -con mucho acierto- de poco interés en comparación con Marrakech o Fez. Así que ante la necesidad de crear el atractivo que hiciera detenerse a los grandes cruceros, levantaron la construcción de dimensiones titánicas que hoy se ve desde bien lejos de la costa y cuya visita, sin duda, bien merece la parada en cualquier recorrido por el país. La visita exterior es interesante, pero el acceso al interior es obligado, el recorrido por los inmensos espacios, silenciosos, iluminados con una calidez singular, las tallas de la decoración, tanto en maderas como en piedra para escaleras, paredes y columnas, todo es una experiencia única.










El sol nos sonrió en Marrakech poco después de que llegáramos tras el viaje desde Casablanca bajo una oscura y densa nubosidad que descargó bien sobre nosotros. El riad, dentro de la medina, estaba articulado por un amplio y bellísimo patio andaluz en torno al cual se encontraban las habitaciones. Esta ubicación nos permitió explorar muy bien la gigantesca, laberíntica y caótica medina de la ciudad.
Por sus calles nos adentramos en zonas residenciales, silenciosas y tranquilas donde los niños jugaban en las calles solitarias. Dichos barrios dotados de panadería, mezquita, baños y madrassa conforman la realidad sociológica del país y articulan la convivencia. También brujuleamos por las partes comerciales, auténticas colmenas de establecimientos, a veces organizados por gremios, otras con una planificación invisible, imposible, insoportable. En esas calles, vecinos, turistas, profesionales y comerciantes eran un incesante río humano que circulaba por las estrechas arterias de la antigua ciudad. En muchas de esas calles cuya amplitud no superaba los dos metros de ancho, un incesante rugir de motos se mezclaba milagrosamente con el caudal humano que las transitaba. No había disputas. No había accidentes. No había discusiones, ni siquiera cuando la aglomeración daba un leve, muy leve, respiro que las motos aprovechaban para acelerar zigzagueando entre viandantes, puestos y mercancías. Nadie se sorprendía si le rozaba un guardabarros o un retrovisor. Nadie se quejaba si el timbre sonaba cerca pidiendo paso. En ocasiones más que frecuentes, la aglomeración se densificaba hasta hacer que se pegaran pechos contra espaldas de desconocidos, en lo que podría ser el paso de una procesión de semana santa, hombro con hombro, pasito a pasito. Pues también ahí, apelotonados entre personas, había motos, bicicletas, carros con productos, repartidores cargados con todo tipo de objetos o mercaderías.










No hay autoridad que regule nada. El latido de cada paso de la multitud se autorregula sin intervención externa, como lo haría un sistema circulatorio que garantiza la llegada de sangre hasta los tejidos más recónditos del cuerpo sin que ningún agente externo determine ni la dirección, ni la velocidad. Hasta tal punto se autorregula que muchos días, cuando una calle se bloquea en un punto determinado, literalmente taponada por personas, alguien sujeta un cable grueso desde el lugar de la calle donde empieza el tapón. Otro va extendiendo el cable a lo largo de la calle hasta pasado el atasco y se queda allí forzando a que quienes van en un sentido pasen por un lado del cable, y no entorpezcan a quienes por el otro lado avanzan en sentido contrario.
La plaza Jemaa el-Fna merece siempre una parada tranquila. Da igual la hora. Da igual el punto de su enorme extensión donde uno fije la atención. Siempre hay algo interesante. Puede ser un músico manejando con sus notas la voluntad de una cobra, hombres con monos para posar en fotos con el estilo de auténticos ‘influencers’, adiestradores de palomas, tatuadores de henna, grupos de percusionistas acompañados por primitivos instrumentos de cuerda, narradores de cuentos e historias, vendedores de frutos secos, puestos de comida, coches de caballos…
Frecuentemente tuvimos la sensación de haber viajado al pasado, a calles de ciudades de otro tiempo, a mercados, tiendas y productos que estuvieron ahí en una época remota, a personas indumentadas como lo hicieron hace siglos, todo lo cual brillaba con el atractivo inexplicable del reencuentro con otro tiempo. En nuestra incursión en un tiempo anterior por los espacios marroquíes nos tropezamos con muchas contradicciones, seguramente no exclusivas de allí, pero muy evidentes. De los visitantes, nadie quiere ser turista, pero lo es. De los nativos, nadie pide dinero, pero lo quiere. Todos aspiran a conocer al visitante, pero le venden lo que sea, sea quien sea.
Lo más viscoso del paisaje social de un país tan interesante, quizá lo representen esos hombres y mujeres que visten con prendas de corte medieval y cocinan con fuego en barro; su mentalidad también parece medieval, comportándose conforme a creencias, normas y leyes que a nadie hubiesen sorprendido hace cinco siglos, pero que fuera de su entorno, dejan atónito al hombre del siglo XXI. No hay superioridad moral en este hombre contemporáneo que se adentra con su inteligencia en los secretos de la materia, la vida y la mente. Pero quizá sí haya inferioridad moral en quienes autocastran su inteligencia aferrándose a relatos y ficciones con los que justifican injusticias injustificables. Es envidiable la honradez de las personas de esta cultura que abandonan sus tiendas para ir a rezar dejándolas abiertas, sin vigilancia y con toda la mercancía expuesta, la seguridad de sus calles a cualquier hora, el espíritu de solidaridad y ayuda hacia vecinos y desconocidos…, pero inadmisible el espectáculo de terrazas ocupadas sólo por hombres, una segregación insoportable, la de hombres y mujeres, de la que uno no puede escapar viajando por este maravilloso país.

































































































































































































































































































































