Mikonos y Delos. Entre el aburrimiento y el dolor.

La vida no se la puede ver pasar. Hay que sumergirse en ella y bucearla hasta sus abismos, y luego ascender a sus cumbres hasta que el aliento cese y la misma oscuridad desaparezca.

¿Pero cómo se concreta semejante posición vital? Restringiendo el aburrimiento y apostando por el dolor. Schopenhauer decía que la vida transcurre entre estos dos polos: aburrimiento y dolor. Si se quiere evitar uno, aumenta automáticamente el otro. Una vida cómoda, sumido en la tranquilidad, sin sobresaltos ni adversidades, sin apuestas ni riesgos es indudablemente más cómoda, pero aburrida; el aburrimiento puede erradicarse, pero no hay otra manera más que mediante la confrontación con incertidumbres, contrariedades, infortunios; en definitiva, la columna de costes asociada a la idea de aventura que tanto se admira, pero de la que solo tiende a mostrarse el lado positivo. Y sin duda lo tiene -por eso nos aventuramos a ello- pero no gratis.

Salimos hacia Kea todavía con la inercia que el reencuentro con nuestros hijos nos había dado al corazón, avanzamos hasta Tinos e inmediatamente Mikonos. Es fácil llegar a la mítica isla de casas blancas, calles estrechas, azules rabiosos y exposición constante al mar y al viento. Salir de ella, en verano, es bastante más complicado.

Mikonos despertaba sentimientos enfrentados; es, sin duda, una isla bonita, y la ciudad que la bautiza tiene un atractivo indudable, aunque hoy sus calles tienen más el aspecto de un decorado cinematográfico que reproduce los tópicos de la isla griega, que el espíritu de lo que fue y que ya no se puede encontrar entre la aglomeración de tiendas, restaurantes, bares y terrazas que se agolpan por cualquier parte que se la recorra. Pese a ello, hay un atractivo incontestable en su estética, en las esquinas redondeadas para aliviar la acción de los vientos veraniegos que hostigan el paisaje sin la menor piedad.

Justo enfrente de Mikonos está la isla de Delos, donde se conservan los restos de la gran ciudad que fuera en otros tiempos, y que se extiende ampliamente alrededor de los templos erigidos a los dioses de la antigüedad. Es lo más parecido a pasear por las calles de la ciudad que hace dos mil quinientos años acogía a visitantes de todo el mundo clásico para alabar a sus deidades. Y así nos sentimos mientras recorríamos los vestigios de aquella época a la que habíamos entrado transportados por la imaginación a través de un estrangulamiento del espacio y el tiempo.

Mikonos y Delos pertenecen al archipiélago de las Cícladas, en pleno Egeo, en la zona más castigada por el meltemi en verano. Habíamos oído hablar de este fuerte viento, y ya lo habíamos vivido en alguna de nuestras incursiones previas por la zona; pero los días que anduvimos por Mikonos, el ruido constante, intenso, de una persistencia casi cruel del viento se hacía con cualquier cosa que dejáramos en cubierta, nos empujaba cuando salíamos al exterior, lo secaba todo como llevado por los celos al agua que pretendiera adherirse a los objetos y que sentimos que sólo los nativos pueden tratar con verdadera indiferencia. Ese viento, para nosotros, era una amenaza porque para nuestro siguiente destino, Icaría, debíamos primero avanzar contra él unas pocas millas hasta poder tomarlo por el través y acostarnos entre sus rachas rumbo a destino. Pasamos noches casi en vela preguntándonos si seríamos capaces de salir de allí con un rumbo norte; anduvimos más que preocupados buscando planes alternativos ante la eventualidad de que no pudiésemos remontar el enorme oleaje que preveíamos levantado en los días anteriores. En definitiva, vivimos unos días lejos, muy lejos, del aburrimiento, acuciados por el dolor.

5 comentarios sobre “Mikonos y Delos. Entre el aburrimiento y el dolor.

  1. Un día pregunté a mi hija si prefería tener «una vida cómoda o interesante». No dudó en responder de manera reptiliana: «Cómoda e interesante»… ¡Dulce juventud!, pensé…

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