A tan solo 15 millas nos esperaba la ciudad de Sarande, el primer puerto de entrada al sur del país donde Jelja, nuestro agente para gestionar la entrada al país, nos había organizado un atraque para los dos días que permanecimos allí. Jelja nos acompañó en los trámites, el primero de los cuales fue con personal sanitario que nos tomó la temperatura y tomó nota de nuestros datos. Con su visto bueno procedimos a pisar, por primera vez, suelo no comunitario: y se notaba.

De repente tuvimos la sensación de haber dado un salto en el tiempo trasladándonos a la España de los 60, antes de que los fondos europeos de cohesión cambiaran la faz de nuestro país para convertirlo definitivamente en parte de Europa. En sus calles, las tiendas tenían aspecto anticuado, y los habitantes parecían estar indumentados para el rodaje de una película ambientada en otro tiempo; el estilo, en general, que se respiraba se revelaba distinto del que, aún con sus diferencias, normalmente se percibe en cualquier país comunitario.
Al día siguiente, con un coche alquilado, nos fuimos a las ruinas de Butrinto, una media hora al sur, en una pequeña península que muy bien podría considerarse el escenario del paraíso si éste hubiera sido mediterráneo. La península está rodeada por un humedal enorme; en lo más alto hay un castillo con vistas a los territorios de más allá de la laguna; y en su orilla, a todo su alrededor, hay restos de lo que fue una ciudad griega, que más tarde lo fue romana, y luego bizantina, y así con las civilizaciones que eligieron ese maravilloso lugar para asentar sus calles, templos, teatros, murallas, termas y demás construcciones de las que ya sólo quedan ruinas abrazadas por la vegetación salvaje del paisaje. De lo que fue en su día, queda lo suficiente como para continuar con la imaginación las líneas que se ven con la mirada, y así construir en la mente lo que debió ser un lugar maravilloso. Hoy, pasear entre los restos arqueológicos en el frescor de la frondosidad que los rodea, es una experiencia inigualable para los sentidos.
Impresionados por la intensidad sensorial de Butrinto emprendimos camino hacia Gjirokastër, también declarada patrimonio de la humanidad, con parada en el Blue Eye. Llegamos a través de una carretera estrecha, entre un rio de agua cristalina hasta lo imposible y una canalización de agua casi al mismo nivel de la carretera, y adentrándonos en un estrecho valle que finalmente nos mandaba a un camino de tierra cuyo piso preferí no imaginar con lluvia. En su extremo final aparcamos, apagamos el motor y salimos del coche: el silencio era invasor, solo interrumpido por el murmullo del agua que avanzaba rio abajo entre las dos laderas de montaña que acogían su lecho. El entorno era de naturaleza intensa, con vegetación abundante y esa belleza siempre presente cuando río, montaña, vegetación y rocas se conjugan en un mismo paisaje. Buscamos el “blue eye” sin saber qué era, hasta que los carteles indicadores nos llevaron a su orilla. Se trataba de una poza a la vera del rio de cuyo fondo emergía un enorme caudal subiendo a la superficie en grandes borbotones que componían verdaderos cumulonimbos de agua en la superficie. El movimiento constante del fluido emergiendo a la superficie desde la profundidad del río como si tuviera una vida propia, ejercía el mismo poder embriagador del fuego, haciendo que no pudiésemos apartar la mirada.
Con la sensación de armonía y equilibrio que nos dejó el “blue eye” partimos hacia Gjirokastër. Llegamos por una carretera serpenteante tanto en el ascenso como en el descenso de una montaña que nos pasaba de un valle a otro, este último de una magnitud sobrecogedora. A ambos lados, enormes montañas de cumbres nevadas flanqueaban la extensa planicie. Eran dos cordilleras que se extendían en paralelo solo separadas por el largo y amplio valle en cuyo centro transitaba un estrecho río. Precioso.
Desde el valle ascendimos hasta Gjirokastër, una ciudad antigua que se deslizaba por la ladera de la montaña, como si la hubiesen vertido desde el castillo en la cima. La visita al castillo no tenía gran interés más allá de las vistas al valle, y la exhibición de cañones en una de sus galerías interiores, así que preferimos dedicar el resto de tiempo a una buena comida en una taberna de aires auténticamente caseros y disfrutar de las viandas albanas.
De regreso a Sarande, en un balance mental del día, Albania parecía no mostrar muchas grandes atracciones, pero las que lo eran, verdaderamente merecían la pena. Al día siguiente zarparíamos rumbo norte para descubrirlas.










































































