Mas allá de las puertas de Europa. Albania

A tan solo 15 millas nos esperaba la ciudad de Sarande, el primer puerto de entrada al sur del país donde Jelja, nuestro agente para gestionar la entrada al país, nos había organizado un atraque para los dos días que permanecimos allí. Jelja nos acompañó en los trámites, el primero de los cuales fue con personal sanitario que nos tomó la temperatura y tomó nota de nuestros datos. Con su visto bueno procedimos a pisar, por primera vez, suelo no comunitario: y se notaba.

Sarandë. Podría ser cualquier ciudad de nuestro levante español

De repente tuvimos la sensación de haber dado un salto en el tiempo trasladándonos a la España de los 60, antes de que los fondos europeos de cohesión cambiaran la faz de nuestro país para convertirlo definitivamente en parte de Europa. En sus calles, las tiendas tenían aspecto anticuado, y los habitantes parecían estar indumentados para el rodaje de una película ambientada en otro tiempo; el estilo, en general, que se respiraba se revelaba distinto del que, aún con sus diferencias, normalmente se percibe en cualquier país comunitario.

Al día siguiente, con un coche alquilado, nos fuimos a las ruinas de Butrinto, una media hora al sur, en una pequeña península que muy bien podría considerarse el escenario del paraíso si éste hubiera sido mediterráneo. La península está rodeada por un humedal enorme; en lo más alto hay un castillo con vistas a los territorios de más allá de la laguna; y en su orilla, a todo su alrededor, hay restos de lo que fue una ciudad griega, que más tarde lo fue romana, y luego bizantina, y así con las civilizaciones que eligieron ese maravilloso lugar para asentar sus calles, templos, teatros, murallas, termas y demás construcciones de las que ya sólo quedan ruinas abrazadas por la vegetación salvaje del paisaje. De lo que fue en su día, queda lo suficiente como para continuar con la imaginación las líneas que se ven con la mirada, y así construir en la mente lo que debió ser un lugar maravilloso. Hoy, pasear entre los restos arqueológicos en el frescor de la frondosidad que los rodea, es una experiencia inigualable para los sentidos.

Impresionados por la intensidad sensorial de Butrinto emprendimos camino hacia Gjirokastër, también declarada patrimonio de la humanidad, con parada en el Blue Eye. Llegamos a través de una carretera estrecha, entre un rio de agua cristalina hasta lo imposible y una canalización de agua casi al mismo nivel de la carretera, y adentrándonos en un estrecho valle que finalmente nos mandaba a un camino de tierra cuyo piso preferí no imaginar con lluvia. En su extremo final aparcamos, apagamos el motor y salimos del coche: el silencio era invasor, solo interrumpido por el murmullo del agua que avanzaba rio abajo entre las dos laderas de montaña que acogían su lecho. El entorno era de naturaleza intensa, con vegetación abundante y esa belleza siempre presente cuando río, montaña, vegetación y rocas se conjugan en un mismo paisaje. Buscamos el “blue eye” sin saber qué era, hasta que los carteles indicadores nos llevaron a su orilla. Se trataba de una poza a la vera del rio de cuyo fondo emergía un enorme caudal subiendo a la superficie en grandes borbotones que componían verdaderos cumulonimbos de agua en la superficie. El movimiento constante del fluido emergiendo a la superficie desde la profundidad del río como si tuviera una vida propia, ejercía el mismo poder embriagador del fuego, haciendo que no pudiésemos apartar la mirada.

Con la sensación de armonía y equilibrio que nos dejó el “blue eye” partimos hacia Gjirokastër. Llegamos por una carretera serpenteante tanto en el ascenso como en el descenso de una montaña que nos pasaba de un valle a otro, este último de una magnitud sobrecogedora. A ambos lados, enormes montañas de cumbres nevadas flanqueaban la extensa planicie. Eran dos cordilleras que se extendían en paralelo solo separadas por el largo y amplio valle en cuyo centro transitaba un estrecho río. Precioso.

Desde el valle ascendimos hasta Gjirokastër, una ciudad antigua que se deslizaba por la ladera de la montaña, como si la hubiesen vertido desde el castillo en la cima. La visita al castillo no tenía gran interés más allá de las vistas al valle, y la exhibición de cañones en una de sus galerías interiores, así que preferimos dedicar el resto de tiempo a una buena comida en una taberna de aires auténticamente caseros y disfrutar de las viandas albanas.

De regreso a Sarande, en un balance mental del día, Albania parecía no mostrar muchas grandes atracciones, pero las que lo eran, verdaderamente merecían la pena. Al día siguiente zarparíamos rumbo norte para descubrirlas.

Al abrigo de la muralla. Corfú

Nuestro puerto en Corfú

Salimos de Corfú en plena crisis del Coronavirus en Italia y España. El mundo parecía estar sumiéndose en una crisis sanitaria que nosotros esquivamos por los pelos, sin pretenderlo, y cuya magnitud no llegamos a sentir en absoluto, de no ser por las noticias que constantemente nos saltaban al móvil con la expansión de la epidemia.

Nuestras vistas desde el camarote…

Corfú nos ha dado mucho. El pequeño puerto del Corfú Sailing Club dentro de la muralla del fuerte viejo, no sólo nos cobijaba entre muros del siglo XV a los que cada mañana amanecíamos; además hicimos amigos como Fabio, un italiano que vive de grabar videos para un e-commerce de material náutico y que viaja por el mundo con su mujer y sus dos hijos; y Davi, una de las tres chicas que, a bordo de un Amel como el nuestro, hacen vida de tri-matrimonio. Las conocimos una noche mientras tomábamos un vino en el barco de Fabio, y así descubrimos su vida junto a Elisabeth, estadounidense, y Cristine, moldava, y la naturalidad con que hacen una normal vida de matrimonio, donde son tres, en vez de dos, los habitantes de ese particular universo conyugal.

Corfú tiene calles empedradas en un precioso casco antiguo con el sabor a “siempre” que tan frecuentemente se encuentra en el Mediterráneo. Pero el griego, idioma precioso de escuchar, y decano de cuantos permanecen con vida, es una auténtica barrera para la comunicación. Sin conocer el italiano hemos podido comunicarnos sin problema cuando hemos transitado por sus puertos. En Grecia, la cosa es muy distinta. Con todo, hemos estado con gente amable, quizá más distante que los de Italia, pero sin faltar a la proximidad latina que tan bien acoge a los extranjeros. Y hemos visto una especial filia por los españoles cada vez que hemos desvelado nuestro origen.

Nos hemos deleitado con el arte bizantino en las iglesias ortodoxas; con las obras clásicas del palacio de la emperatriz Sissi donde satisfacía su amor por la Grecia antigua y se sentía libre de las ataduras de una corte imperial; con el maravilloso museo de arte asiático, y con la visita de Juan y Marina que en su vertiginoso crucero hicieron parada en nuestra isla. Era el primer encuentro que teníamos con familiares desde que salimos de España, y lo hemos sentido como uno de esos bálsamos que uno cree no necesitar, pero que sana cuando se aplica.

Finalmente salimos de Corfú rumbo a Albania con viento en la amura y sol en la cara. No pasaría mucho tiempo antes de darnos cuenta de que la crisis sanitaria que habíamos venido evitando, también nos iba a golpear, pero de un modo diferente…

Vuelta a casa

Hay dos tipos de capitanes: los que han tocado fondo alguna vez, y los que lo tocarán. Nuestra caricia al fondo marino fue en el sur de la isla que inspirara a Gerrall Durrell para escribir “My Family and Other Animals”: Corfú.

La antigua fortaleza construida por los venecianos en el siglo XV

Es la primera era, la más occidental de las islas griegas, a caballo entre el Egeo y el Adriático, enfrente del Jónico, haciendo esquina con Albania; en otras palabras, una isla sometida durante siglos a todo tipo de influencias que han dejado en ella el poso mediterráneo de sucesivas culturas milenarias.

Llegamos a su extremo sur después de casi treinta horas navegando con fuerte norte desde que salimos de Crotona, la ciudad al sur de Italia donde Pitágoras concibió su teorema, creó su extravagante filosofía y dio luz a una escuela donde la matemática tenía más visos de magia que de ciencia exacta. Ese carácter mágico de los números puede parecer desnortado en este mundo donde la precisión forma parte de un día a día al que le exigimos que todo funcione con exactitud “matemática”; pero el comportamiento de los números, siempre fieles a unas normas frecuentemente arcanas para la mayoría de los mortales, está sujeto a una racionalidad no siempre acorde con los impulsos humanos y el mando que sus emociones imponen en la conducta. De hecho, gracias a las matemáticas el mundo funciona de una manera que la inmensa mayoría de las personas no podemos explicar, y cuyos resultados están más cerca de la magia que de la realidad. ¿O acaso no es mágico poder comunicarnos con cualquier otro ser humano del planeta sin ninguna conexión física entre ambos; o no es mágico suspendernos durante horas en el aire y trasladarnos a velocidades vertiginosas de un lugar a otro; o modificar los alimentos para darles esa apariencia “ideal” que ni la naturaleza es capaz de ofrecer; o las casas automáticas, la inteligencia artificial, el diseño genético…? Todos sabemos que hay una explicación para estos y tantos otros fenómenos con que la tecnología actual potencia nuestra vida cotidiana, pero ni la conocemos ni nos importa. Para la inmensa mayoría, la tecnología funciona de la misma manera que la chistera del mago que extrae un conejo. Así, la magia de los números a ojos de Pitágoras, ya no me parece tan trasnochada.

Sé que todo está en la imaginación, pero caminar por lugares que un día iluminaron la mente de un personaje de tan imponente trascendencia como Pitágoras, no deja de impresionarme; y me pregunto por el efecto extraño que los paisajes o sus gentes, desencadenaron en la mente de aquel ser humano como para inducirle ideas cuyo vigor se mantiene dos mil quinientos años después.

Habíamos salido de Sciacca tres días antes. Esta ciudad al sur de Sicilia la llegamos a sentir como nuestra después de más de dos meses en los que estuvimos allí amarrados para hacer algunas reparaciones y viajar a España para la parada navideña. El reencuentro con Madrid resultó extraño; sus calles ofrecían a la vez una apariencia familiar y ajena, desencadenando sentimientos que bien podrían comprenderse en alguien que inmigrara, pero que no parecían coherentes para dos “gatos” de los de toda la vida. Lo cierto es que hubo un momento en el que ni nos sentíamos “en casa” ni fuera de ella, y el regreso abordo se hacía imperioso.

Poner pie en Sicilia resultó no menos singular; a diferencia de la anterior, esta vez no llegábamos a la isla: regresábamos a ella. Las calles, los paisajes, incluso el idioma que seguíamos sin entender nos resultaba familiar y amigable, y nos acogía como a un familiar que retornara de una estancia fuera.

La vuelta a Sciacca era con la intención de zarpar enseguida rumbo a la Italia peninsular, aunque tanto nos insistieron en el interés de los carnavales de la ciudad, que optamos por retrasar unos días nuestra salida. Por lo que averiguamos, Sciacca acoge a uno de los mejores carnavales del país, con una tradición de más de 120 años de celebración ininterrumpida. Grandes carrozas mecanizadas permitían que los gigantes personajes representados en ellas se movieran con una naturalidad extraordinaria entre luces, colores y músicas a cuyo son la gente bailaba en una procesión que abrazaba a la ciudad casi de una punta a la otra. En la mitad de su recorrido, paraban en la plaza frente a un escenario donde bailarines de la peña asociada a la carroza, representaba con danzas diversas la alegoría de la creación. El estilo de las figuras que se representaban nos recordó mucho a las fallas de Valencia, aunque aquí, al contrario que en nuestra tierra, es la alegoría elegida la que sucumbe a las llamas. En mitad de una de las representaciones de baile, el presentador del espectáculo apareció en el escenario y dirigiéndose al público congregado en la plaza dijo, con el gesto adusto y tono serio, que el espectáculo quedaba cancelado en ese mismo instante. Los propios bailarines del escenario no podían ocultar su confusión mirándose entre sí en un intento de comprender qué estaba sucediendo. Las luces se apagaron, los micrófonos se desconectaron, el público se miraba entre sí con gestos de desconcierto, sin saber muy bien si enfadarse, reclamar, o esperar a ver qué pasaba antes de decidir la reacción y su intensidad. Nosotros nos fuimos, y de camino al puerto descubrimos en Internet la noticia que lo explicaba todo: un niño de cuatro años se había caído de una de las carrozas golpeándose mortalmente la cabeza. Al día siguiente la ciudad estaba conmocionada, todos los actos organizados para el carnaval, cancelados; las calles parecían silenciosas incluso en las horas de más bullicio. Los cientos de autocaravanas (práctica frecuente en la isla) que se había dado cita para disfrutar de las fiestas, daban cobijo a sus inquilinos que no parecían saber si permanecer allí animados por la presencia de otros “caravanoandantes” o marchar calladamente a otro lugar que justificase mejor el carácter vacacional de su talante. Nosotros soltamos amarras al día siguiente y salimos de Sciacca con el corazón compungido por el suceso, pero también con una sensación de pertenencia a esa ciudad que accidentalmente surgió en nuestro camino y que, de manera inesperada, se convirtió en el lugar donde mejor pudimos descubrir Sicilia, sus gentes y su forma de vivir.

Un día de motor hasta Licata, fondeo, noche sin novedad; otro día de navegación hasta Porto Palo, noche, 24-30 horas de navegación más, y ya estábamos en Crotona donde nos depositó un viento fuerte pero sin ola con el que el Alendoy parecía planear más que surcar el agua. Llegamos con el cansancio de las travesías prolongadas, pero con ganas de tocar tierra, la última que sentiríamos antes de volver a hacerlo en Corfú, pero esta vez con la quilla que descansó unos breves instantes sobre un lecho marino mal señalado en la carta. Y así, confirmamos las dos categorías de capitanes que surcan los mares, y una cierta confusión hacia el significado del número 24, que parece no decir nada especial, hasta que se convierte en la medida del tiempo sujetando el timón entre olas y estrellas.

Sin orden alfabético

Los sicilianos se besan. Es su forma de saludar y despedirse, incluso cuando no hay una relación estrecha, o de confianza. Dos besos, uno en cada mejilla, me dio Accursio, el marinero del puerto cuando salimos camino del aeropuerto para el receso navideño; y otros dos Angelo, el costurero que nos reparó los toldos de abordo. Me gusta la fórmula, a pesar de haberla evitado en infinidad de ocasiones en las que me han presentado a alguna mujer en un contexto profesional. No le veo sentido a apretar la mano a los hombres, y sin embargo besar las mejillas de las mujeres; esta convención ampliamente aceptada seguramente tuvo sentido en su momento, pero a mí, ahora, esa segregación por sexo me parece extemporánea. Prefiero discriminar por afecto, y así besar a hombres y mujeres a quienes quiero, y apretar la mano cuando el saludo es a desconocidos.

Sin embargo, el gesto de los sicilianos me resulta inexplicablemente entrañable, pese a ser consciente de que responde a una simpatía más que a un afecto; y lo prefiero así porque siempre he sentido recelo de los afectos súbitos. Me parece que el cariño es algo que ha de nacer, y como todo lo que nace, lo hace pequeño, frágil, con necesidad de cuidado, atención y mimo para que crezca hasta que se haga grande, fuerte y sólido. Y eso requiere tiempo y contacto, cosas que abundan en el Alendoy.

La vida abordo es una buena medida para comprender las cosas. Todo adopta una dimensión diferente: el tiempo, los objetos, los ritmos cotidianos, el descanso y la comida, el cuerpo, el entorno, la naturaleza y las máquinas. Todo se ve desde un plano en cuyo telón de fondo prima la autenticidad. La vida se despoja de demandas superfluas; lo suntuario carece de sentido; se pone de manifiesto, en definitiva, que se puede vivir muy bien con muy pocas cosas, pero muy importantes. Y entre estas, las materiales, son las de menos valor, salvo algunas muy concretas de las que, en ocasiones, depende tu propia vida.

Pero el sistema productivo del que procedemos fomenta la tendencia a poseer, y por eso acumulamos enseres innecesarios que son el fruto de caprichos, necesidades ficticias, y regalos cuyo valor está exclusivamente asociado al de su materialidad física. Así es como la mayoría prefiere más dinero a costa de menos tiempo, y raramente a la inversa. Un buen ciudadano es, pues, el que trabaja mucho, gana mucho, gasta mucho, cotiza mucho y vota de vez en cuando. Quien opte por la alternativa contraria de trabajar menos para ganar menos, gastar menos y cotizar menos, tiende a estar peor visto por una sociedad bajo la hegemonía de lo económico y con la tiranía de la productividad.

Sin embargo, los ritmos de la naturaleza son distintos. El tiempo transcurre de otra manera; la actividad, aún intensa, carece de la presión del estrés; las relaciones surgen, se intensifican y pueden llegar a disolverse a medida que la distancia se impone entre esos nuevos amigos que vamos descubriendo, pero que cuando un día, inesperadamente, reaparecen en algún puerto lejano, te llenan de alegría de una forma especial. El tiempo, en definitiva, se redefine conforme a otros parámetros.

En los últimos tres meses Paloma y yo hemos vivido la -maravillosa- experiencia de compartir veinticuatro horas al día durante siete días a la semana. Eso sí que es “contacto”. Yo temía que una convivencia de semejante intensidad pudiera deteriorar nuestra relación, que los roces se intensificaran en frecuencia o magnitud, o que el cansancio o el aburrimiento presentaran su cara más siniestra. Lejos de semejantes augurios, hemos experimentado una comunidad de sintonía personal, respeto, cariño, risa frecuente, y preocupación mutua por que el otro esté bien. Sin duda, ha sido lo más rico, bonito e inolvidable que hemos descubierto de esta nueva forma de vida, y nos hace sentir intensa y profundamente felices.

Como consecuencia, llegado el momento de regresar, nos hemos encontrado sin ganas de volver, pero con tremendos deseos de reencontrarnos con la gente a la que queremos; estos, y solo ellos, son lo único que hemos echado de menos, lo único que nos ha hecho regresar, y regresaríamos mil veces para volver a los abrazos que nos esperaban en Madrid. El primero llegó de la misma persona que nos dio el último al dejar Alicante: Manu. Tres meses entre uno y otro que se han hecho más largos de lo que habíamos percibido. Y hemos sentido la enorme diferencia entre el mismo gesto, el del beso, cuando nos lo han dado en Sicilia al despedirnos, y cuando nos los han plantado en Madrid reencontrándonos con la familia y los amigos. Ahora “tiempo” y “contacto” se han salido de su orden alfabético para ocupar otro lugar en nuestro particular diccionario de orden personal, mucho más cerca de “beso”, “emoción” y “reencuentro”.  

Volver a Sicilia

En el mar no se deben hacer planes cerrados; tú quieres ir a un lugar, pero el viento y las olas te ofrecen otro camino más llevadero… conclusión: ¡sigue los dictados de Neptuno!

En lugar de ir a Licata, como habíamos planeado para hacer más oeste, nos dirigimos a Ragusa donde otra vez coincidimos con Galatea, y tuvimos la oportunidad de volver a despedirnos de Bruno y Natalie con una cena entrañable.

La travesía fue de esas que no quieres que termine: una ola tendida y noble, un sol más acorde con la primavera que con el invierno de diciembre y un viento razonable y continuo que nos permitió unas horas de lectura y relax.

Y así, tras una jornada preciosa, entramos en el puerto de Empedocle, bautizado en honor al filósofo que habitó la vecina ciudad de Agrigento que nos aguardaba en la ladera, sobre el “valle de los templos”. Entramos en el puerto de noche y nos recibió Giuseppe, un marinero siciliano, de aspecto siciliano y fuerte acento siciliano que muy bien podría haber intervenido en “El Padrino”. Aunque su pronunciación hacía más que críptico cuanto nos decía, conseguimos comunicarnos aceptablemente con él.

El muelle flotante apenas daba para sujetar tres barcos (Alendoy uno de ellos). A nuestra vera estaba el Andrea, una embarcación pequeña pero robusta que se había detenido en su camino hacia Palermo. En ella, Francesco y Teresa venían desde Malta donde habían aprendido a navegar trabajando como patrones de charter (ironías de la vida…).

  • ¿Por qué hablas tan bien español?
  • ¡Porque he vivido tres años en Londres…!!!

Una primera y breve conversación que nos dejó con ganas de más. Un par de días después volvimos a coincidir en el puerto de Sciacca. Comiendo con ellos, Francesco nos contó que el sueño de su vida había sido ser probador de video juegos; lo consiguió en Londres, pero se dio cuenta de que no era feliz, que hacía lo que le gustaba, pero pasar el día dentro de un edificio entre pantallas y mandos, le producía cierta claustrofobia. Así que lo dejó todo y se fue a Malta para vivir a bordo del Andrea.

Agrigento no tiene mucho que ofrecer más allá de vistas bonitas -dada su situación en una ladera frente al mar-, un convento, la catedral, y poco más. Pero a sus pies se extiende un impresionante valle declarado patrimonio cultural de la Humanidad. El reconocimiento es más que merecido: una sucesión de templos griegos del V aC. se extienden paralelos a la costa, algunos en muy buen estado, después de las lógicas restauraciones.

Caminar entre esas piedras talladas hace más de dos mil años suscita una emoción inexplicable, como si el hecho de haber sido concebidas y levantadas por hombres como nosotros, con sus ideas, creencias, dudas, miedos y ambiciones, nos conectara a ellos de una manera inexplicable. Y uno toma conciencia de que los humanos somos seres transformadores, a veces para bien, modificando para crear, y otras para mal, destruyendo sin sentido. Pero transformadores, sin duda.

Aquellas columnas, capiteles y frontones erigidos a una manera de concebir el mundo, contra el cielo radiante que nos tocó disfrutar y sobre el intenso azul del mar, despertaban emociones que, sin duda, experimentaron los hombres de dos mil quinientos años atrás. Esa respuesta emocional hacia los mismos objetos pétreos, de alguna manera nos acercaba en el tiempo convirtiendo esos más de dos milenios en un anteayer, tecnológica, económica, socialmente distinto, pero humanamente igual. Fue fascinante.

Y así salimos de Agrigento en el autobús de vuelta a Empedocle donde nos preparamos para partir el día siguiente hacia el oeste. Llegamos a Sciacca, una concentración demasiado grande para llamarla “pueblo” pero no suficiente como para llamarla “ciudad” (se me ocurren “ciublo” o “puedad” como posibilidades…). Su puerto acoge a una enorme flota pesquera, goza de ese aire natural de quienes pasan sus días entre el cielo y el mar, y ofrece lo que a mí me parece todo un espectáculo cada vez que una de esas embarcaciones sale o entra de puerto, rodeada de gaviotas, con su ritmo pausado, como si el de las olas se le hubiera contagiado y ya no pudiese moverse de otra manera.

Al otro lado del puerto pesquero se encuentra la Lega Navale Italiana. En teoría es una “marina”, aunque no cuenta más que con dos largos pantalanes flotantes, bien abrigados, pero tan movidos como la misma superficie del agua. Aquí dejamos el Alendoy para el receso navideño y aprovechamos para hacer las reparaciones y mantenimiento que hubiésemos querido hacer en España, pero que el poniente y NW sostenidos han hecho imposibles fuera de Sicilia.

Anoche entró un muy fuerte temporal. Nos preparamos a conciencia para aguantarlo, y lo aguantamos bien. En esos momentos, el Alendoy es una burbuja de calma que nos acoge, nos abriga y nos protege. En su interior escuchamos el “bramido del viento” y entendimos plénamente el sentido de esta expresión. Experimentamos un miedo hondo, no pronunciado, que no llegaba a sentirse porque todo estaba bien, pero que existía en algún lugar al que nos negábamos a mirar. Confiamos en nuestra burbuja, y en cómo la habíamos preparado, y actuamos con la normalidad de un día cualquiera, en el que todo está bien; y así pasamos toda una jornada abordo, en el interior, olvidando ese miedo que estaba y no quisimos sentir.

La “heartwide web”

Me gusta pensar en la “web” como un entramado de relaciones. Ya sé que esta palabra traslada la mente a Internet, el invento reciente que tanto nos ha cambiado la vida, sobre todo a partir de una generación. Entre la infinidad de posibilidades que abre, está la de conectar a personas, sin límite, a escala planetaria, permanente y ubicuamente. No voy a extenderme con el fenómeno de las redes sociales en cualquiera de sus formas, ni me voy a ensañar con la estulticia de quienes demuestran no saber qué es la amistad cuando afirman que tienen “quinientos amigos en Facebook”.

Mi reflexión va orientada a esa idea de “entramado de relaciones”, ese patrimonio que construimos a lo largo de la vida y que lo sostienen las personas que entran en un círculo de afecto y compromiso y se mantienen en él, a veces de por vida. Me cuesta trabajo utilizar la palabra “amistad”, porque con ella se hace referencia a cosas tremendamente distintas: la usamos ya sea para hablar de alguien a quien apenas se conoce, pero con quien a veces se conversa, y también con quien se siente el compromiso y la conexión propia de un miembro de la familia. Por eso recurro a las ideas de “afecto” y “compromiso” que me parecen más precisas. Esa “web”, la de verdad, hace posible lo imposible…

El tipo y modelo de barco que llevamos salió de nuestra web afectiva, cuando nuestro amigo Jaume Cortés Boada (Bionic) nos dijo sin pestañear que no encontraríamos mejor opción. Y tenía razón… Haber dado la vuelta al mundo en uno igual le daba mucha credibilidad. Luego han ido surgiendo pequeñas “goteras” que se han ido resolviendo, a veces improvisando y otras recurriendo al “oráculo” Jesús (Ilusión), cuyas millas a sus espaldas bien completarían varias vueltas al mundo, y que, aunque se gana la vida como economista tiene mente de ingeniero y corazón de navegante. Las pegas eléctricas siempre terminan en una conversación con Rubén, no sólo porque conoce la solución y sabe explicarla, sino porque da igual de qué hablemos, siempre terminamos riéndonos como niños.

Al salir de Madrid, el “pilot” con información de la zona por la que íbamos a navegar no había llegado. Se retrasó más de lo previsto y se nos quedó atrás. Juli fue a buscarlo por mí con la promesa de mandárnoslo a la oficina de correos de alguna ciudad que visitáramos, conservarlo hasta nuestro regreso o de traérnoslo a la primera oportunidad que tuviera. Pero pacientemente nos ha venido fotografiando las páginas del libro según las íbamos necesitando, para enviarlas por whatsapp. Y lo ha hecho como si estuviera “de guardia”, siempre atento a nuestra petición de información para responder con la mayor inmediatez.

La palabra “extranjero” ha perdido para nosotros su contundencia gracias a la red internacional de apoyo que nos ofreció Nagger para posibles situaciones de emergencia. En tales casos, si alguien necesitara información sobre nosotros, localizaría a la persona de contacto que hemos determinado: Laura, que nos conoce bien, y no escatimará esfuerzo. Como no lo escatimó Almudena viniendo a comer con nosotros el día que partíamos de Madrid, y traernos la luz de las velas que convierten las noches en “veladas”.

Antes de salir, Yoli nos acogió en su casa para hacer las pruebas de comunicación satelital, e Ignacio y Susana nos cobijaron en la suya en uno de los días más difíciles que precedieron a nuestra salida, cuando aquella mudanza sin destino nos doblegó sin compasión. Y Ana, que vació armarios, hizo sitio en donde no lo había, y nos integró en su paisaje doméstico con la naturalidad de lo normal. En todos los casos no solo nos abrieron sus casas: nos calentaron con las palabras de apoyo que más necesitábamos cuando más frío empezábamos a sentir.

Y lo más importante… cada vez que hemos sentido la necesidad de ese calor que solo se encuentra con los tuyos, al abrigo de la tribu, entre quienes te entienden sin necesidad de explicarte, codo a codo con los que llevan la misma estampa cultural en su acerbo y sus genes, basta con una llamada a Juanma, a Ponzoa o a cualquiera de la familia -sanguínea o vital- para sentirnos cerca, da igual la distancia, el tiempo o la inclemencia que pueda existir entre nosotros.Ellos están en el centro de la web, de nuestra web. Quizá supongan lo importantes que son para nosotros, aunque ese conocimiento no lo tendrán en su plena dimensión hasta que se alejen y tengan la oportunidad de valorar lo que esa web significa y hasta qué punto es fundamental. Creo que dicho descubrimiento es imposible -o muy difícil- entre la inercia de los hábitos cotidianos, cuando parece que todo está garantizado. Como si hubiera algo garantizado en la vida…

Ellos están en el centro de la web, de nuestra web. Quizá supongan lo importantes que son para nosotros, aunque ese conocimiento no lo tendrán en su plena dimensión hasta que se alejen y tengan la oportunidad de valorar lo que esa web significa y hasta qué punto es fundamental. Creo que dicho descubrimiento es imposible -o muy difícil- entre la inercia de los hábitos cotidianos, cuando parece que todo está garantizado. Como si hubiera algo garantizado en la vida…

Malta. Una roca en el centro del Mediterráneo

Llegamos a Malta tras una buena navegada “en conserva” con nuestros amigos del Galatea. El destino era su capital, La Valeta, pero poco sabíamos de su historia más allá de los famosos caballeros de la orden de Malta.

Desembarcamos en un puerto bastante aceptable para los estándares de la zona, pero nuestro primer encuentro con los malteses fue decepcionante. Nos recibieron con una altivez más propia de los británicos de la isla de la reina madre que de los habitantes de un país que no llega al medio millón. Debe ser parte de la herencia que les dejo su ocupación, la última después de muchas, y antes de llegar a su independencia hace menos de un siglo.

Somos hijos de nuestro tiempo y, aunque no seamos nativos digitales, hemos alcanzado una dependencia total de “San Google” a la hora de explorar nuevos lugares. Al entrar en el país, el operador con el que conectamos no nos daba datos por lo que comenzamos nuestra visita a La Valeta totalmente a ciegas.

Lo positivo de no tener expectativas es lo sorprendente del descubrimiento. La suerte esta vez se puso de nuestro lado: nada más entrar a la ciudad amurallada nos encontramos con el típico “free tour” que apenas estaba comenzando. Preguntamos a Jorge, el guía, si le importaba que nos uniéramos al grupo, y con su aceptación quedamos expuestos a sus interesantes explicaciones, y nos fuimos empapando de la historia de esa ciudad por la que también pasaron casi todas las civilizaciones que habitaron el Mediterráneo.

Lo más curioso es que Malta es una roca, sin agua bajo su terreno y aunque su posición es estratégica al estar en el medio del Mediterráneo, todos los que fueron pasando por allí, acababan por abandonarla. En el siglo XVI, Carlos I de España cedió la isla a los Caballeros de San Juan que andaban vagando de un lugar a otro, expulsados de Rodas por el imperio otomano, a cambio del pago simbólico de un halcón cada año. Estos caballeros eran una orden militar que, a diferencia de los templarios -brazo armado del papa llamados a conquistar Jerusalén- se dedicaban a ir creando hospitales en su cruzada hacia tierra santa.

Eran nobles, habitualmente el tercer o cuarto hijo de familias de distintas nacionalidades europeas. El escudo de ocho puntas de Malta, responde precisamente a las ocho lenguas que se hablaban en la ciudad de Valeta en esos tiempos. Se construyeron fortificaciones y palacios alrededor del Gran Puerto, una ría muy profunda de una belleza enorme. Es como si hubiera varias ciudades en una, pero como no siempre se entendían bien entre ellos decidieron que cada grupo se hiciera cargo de distintos menesteres. Ello también se refleja en la concatedral de San Juan, donde cada uno de los grupos se encargó de la decoración de una de las capillas laterales, en un barroco florido donde la competición ha dado un resultado de una belleza magnífica. La planificación del urbanismo también estuvo condicionada por cómo aprovechar el agua de la escasa pluviometría y canalizar la que traían en los barcos que abastecían la ciudad. Cada casa tenía en el patio un aljibe con una cisterna que, en la segunda guerra mundial, se utilizaba como refugio antiaéreo.

Parece que la población de este país estuviera predestinada al sufrimiento. Primero los caballeros que fueron asediados por los turcos y después Mussolini que decidió bombardear sin tregua la isla hasta que la dejó reducida a escombros. Debe ser por ello por lo que tienen ese carácter tirando a frio y un poco áspero.

Hoy, gracias a su favorable fiscalidad, las principales casas de juego on line tienen allí su sede social, y junto con la enseñanza del inglés y el turismo “low cost”, son las tres principales fuentes de riqueza. Ahora obtienen el agua desalando la del mar, y la electricidad les viene por cable desde Sicilia, por lo que ambas cosas son muy caras y todavía no tienen resuelto la estacionalidad del consumo veraniego que cuadriplica la población habitual.

Dejamos la ciudad para conocer también Comino y Gozo, las otras islas que forman parte de Malta. Comino, deshabitada, recuerda a Espalmador, con aguas azules y cristalinas. Gozo, acoge al menos seis o siete pueblecitos, con su capital Victoria que tiene una ciudadela muy bien conservada y una iglesia, San Jorge, cuya grandiosidad nos sorprendió en un pueblo tan pequeño. Contrastes entre un pasado glorioso y un presente mucho más rural.

Lejos, pero tan cerca

Hace unos días fue el cumpleaños de David. El primer cumpleaños en el que no he estado… y me ha dolido. La ausencia de mis hijos se me clava a diario, hendiéndose en una herida de la que solo brota un amor cuya intensidad ya he dejado de querer comprender. Ahora, que cada día me regala una conversación con uno o con otro, noto el vacío de su compañía con la intensidad de lo sobrenatural, y me pregunto qué magia extraña existe en el contacto de una piel cuando es la de alguien a quien se quiere abismalmente.

La distancia ha acentuado la frecuencia con que quienes fueron mis niños se me aparecen en sueños. Cada vez con esos ojos que un día me miraron para siempre, y esas manos infantiles que desde que una vez las cogí no he dejado de sujetar.

Hoy esos niños que ya no existen, son unos hombres de quienes me siento orgulloso. No podría explicar la causa de esta sensación, porque sé que no resulta ni de sus logros, ni de sus méritos. Me enorgullezco de ellos por cómo son; quizá simplemente porque son, sin más.

Ahora que ya tienen alas y no pueden evitar orientarse a su propio vuelo, les miro como quien contempla un milagro y me pregunto qué he podido tener yo que ver en ello. Seguro que algo, o mucho, pero no consigo identificarlo, y de hecho me parece incomprensible mi implicación en semejante resultado. Sé, por los dictados de mi cerebro, que la ha habido, aunque no consigo sentir que haya sido así. Es más, diría sin dudarlo que desde que nacieron han sido ellos los maestros de quienes he aprendido más de lo que puedo recapitular.

Ese tesoro de aprendizaje que estas dos personas me han dejado, y la conciencia de saberme inexplicablemente conectado a ellas, estará para siempre en lo más profundo de mí. Quizá por ello no dejan de aparecer en mis sueños.

Es difícil tomar el relevo escribiendo después de Víctor; me lo pone francamente complicado, pero no quiero cerrar esta entrada sobre nuestros hijos sin dejar también mis impresiones ¡allá vamos!!

¡Cuántas veces evoco la despedida de Manu en Alicante! Ese abrazo que costó tanto deshacer me lo voy a tatuar en cuanto encuentre a un artista que sea capaz de dibujármelo en la piel.

Me gusta observar cómo ha impactado nuestra partida en la relación de Manu con la familia. Ahora tiene “su” relación, independiente de la mía, que será responsable de mantener. La fortuna es que estas cosas suelen suceder cuando faltas, en el sentido más estricto de la palabra; por suerte no he tenido que morirme para verlo 😉

Cuando Manu vino al mundo recuerdo las conversaciones con otras madres donde expresaban sus deseos para el futuro de sus hijos: importantes profesiones o habilidades varias. Yo siempre contestaba que el día de mañana solo quería que mi hijo fuera “una buena persona”, así de simple y…  ¡Deseo cumplido!

Somos muy afortunados. Tenemos unos hijos que, siguiendo caminos muy distintos, los tres coinciden en haber alcanzado una madurez serena; son personas sólidas y tienen un corazón limpio y bueno.

Deseando veros y abrazaros…

Siracusa. Eterna

Sabía que Siracusa nos iba a encantar. No había leído nada, pero un latido misterioso, y por ello incuestionable, me decía que sería así. Y así fue.

La aproximación desde Catania es un espectáculo, la entrada en la gran bahía resulta épica, amarrarse al gran muelle de piedra, solos, con las fachadas de Ortiglia a la espalda, es la inspiración para fotografiar sin límite. Y para escribir sin límite, imaginar sin límite, soñar sin límite…

Tuvimos que pasar dos días antes de poder disfrutar de la ciudad. La misma noche de la llegada nos sacudió una fuerte tormenta con vientos de hasta 40 nudos que hicieron gemir a las amarras, tensar las cadenas de las dos anclas que teníamos por proa, y silbar como posesos los obenques del Alendoy. Y finalmente, llegó la luz, el sol radiante y el cielo azul que se desplegaron en Siracusa como un maquillaje sutil sobre su bello rostro.

Siracusa es una ciudad maravillosa en cuyas calles pude imaginar las escenas que tantas veces vi con mis hijos en la película de Simbad el Marino. Sé que por ese recuero de la infancia de mis hijos llegué a Siracusa predispuesto a enamorarme, pero debo decir que la ciudad me conquistó el corazón por méritos propios. Las calles, las casas, barrios donde la belleza no ha sido planificada para el visitante, sino que resulta espontáneamente de sus historias, las cotidianas y la de los libros… todo se me fundía en la mente con los personajes de ficción que iluminaban la cara de mis niños, y también la mía. En el salón de columnas del castillo evoqué la recepción en la que Proteus invita a Simbad, y que prefiero volver a ver, ojalá con ellos, mejor que contar aquí.

Desde las gradas del teatro griego que acumula dos mil trescientos años de historia, se puede ver la bahía, más allá del anfiteatro romano de “solo” mil novecientos años. En la catedral, las columnas de un antiguo templo griego del siglo V antes de Cristo conviven con las románicas del siglo VII después de Cristo, y con la fachada del siglo XVI. Esas piedras separadas por más de mil años entre sí, conviven bajo el mismo techo a unos pocos pasos de distancia.

Siracusa ha sido la ciudad en la que más tiempo hemos pasado desde que salimos de España. La semana que permanecimos en ella nos supo a poco, y nos llevamos un recuerdo inolvidable y la seguridad silenciosa de que antes o después, regresaremos.

Catania. Bajo la sombra del volcán

Puedo imaginar la vida al lado de un río, junto a una gran montaña, cerca de minas, marismas, lagos, o cualquier otro capricho de la naturaleza; pero no soy capaz de trasladar las experiencias de lo cotidiano a un lugar que cada día ve humo en la cumbre amputada de la montaña junto a la que vive, que tiembla de vez en cuando, o que tiene vestigios de destrucciones anteriores en las que todo, o mucho, quedó devastado. No dejo de preguntarme por la intensidad del apego a una tierra que amanece cada mañana con la amenaza de que se quiebre y hunda con ello el escenario de la vida, sus actores y sus historias. Así es Catania.

Llegamos a un puerto enorme en una de cuyas esquinas un muelle de carga había sido reconvertido en marina; al menos así llaman allí a una plataforma metálica desde debajo de las cuales salen amarras que podrían contar las mil historias de los barcos que han sujetado. Y poco más: un barracón de obra en el que Massimo, el encargado, toma nota de la información de las embarcaciones que llegan. Pero está razonablemente bien situada respecto al centro de la ciudad, y la ciudad merece muchísimo la pena.

Como ya lo hicieran otras ciudades de Sicilia, otra vez nos conquistaron las calles angostas a veces, deterioradas otras, decadentes siempre, de esta pequeña gran urbe plagada de iglesias y edificios de prestancia. Las iglesias, casi todas neoclásicas, son el fénix salido de lo que las erupciones del Etna habían dejado en sus anteriores emplazamientos: cenizas.

Un convento de los Benedictinos es ahora una universidad. Caminar por sus amplios corredores alrededor de claustros que aún mantienen el latido lento de la oración, recorrer las anchas escaleras de mármol bajo techos decorados con frescos, o entrar en la enorme iglesia con el suelo cicatrizado por un enorme reloj solar que atraviesa la nave central para que el recorrido del sol relate el camino del tiempo, todo ello con estudiantes, profesores, aulas, pantallas y pizarras, es un verdadero alivio para el alma. No sé qué pensarían hoy los frailes que en su día habitaron aquellos espacios si vieran sus antiguas celdas convertidas en escenarios para el pensamiento y la enseñanza… a nosotros nos emocionó.

En unas calles céntricas de la ciudad, un mercado callejero me trasladó a la niñez. Cogido de la mano de mi madre recorría los puestos del mercado de la Cebada de Madrid entre intensos olores de comida fresca. En Catania, aquel mercado que exhibía pescado aún vivo en cubos o cajas de madera, carne al corte y verdura de todos los colores y tamaños posibles, me hizo recordar la cesta de la compra de mi infancia. Le compramos a pescaderos pescadores de manos grandes, castigadas por la fatiga y la sal; regateamos sobre los charcos derramados de los cubos de pescado; contemplamos a clientes y ofertantes, a paseantes y curiosos en ese mercado que se me hizo absolutamente natural en las calles de Catania, pero que no consigo imaginar en ningún lugar cuyo peso específico no se acumule en estratos interminables como los que subyacen en las barriadas de esta ciudad. Quizá haya sido el volcán el que haya inspirado la determinación de sus gentes para ser como son, vivir donde viven y no temerle a nada, ni siquiera al humo que cada mañana se ve desde la ciudad.

Taormina. Tendida en la ladera

Naxos es un pequeño pueblo a orillas de una bahía preciosa. A un lado, en lo alto, Taormina; al otro el impresionante Etna. Este volcán activo no lo vimos al llegar porque estaba nublado, pero sólo la bahía y el muelle de pescadores al que nos amarramos, primero abarloados y luego con el ancla, por popa, valen la pena. Este muelle es alto y antiguo, sin ningún servicio, dejado al albedrío de cada cual, con pocos barcos de pescadores, aunque parece que en verano tiene mucho tránsito de ferris turísticos. Cuando llegamos solo había una pareja con sus cañas, probando suerte; pero al caer la noche aquello se llenó de gente, todos con sus cañas y demás aperos para entregarse a la pesca. La mayoría fue yéndose a medida que se cerraba la noche y aumentaba la humedad, pero algunos seguían allí a las cuatro de la madrugada. Algo debe de tener la pesca que aún no hemos descubierto, ni somos capaces de intuir…

Al día siguiente nos fuimos a Taormina. Un autobús nos subió hasta el pueblo. No nos esperábamos tal cantidad de palacetes y edificios señoriales que plagan sus calles. El anfiteatro es interesante, y el hotel Timeo, junto a su entrada, digno de visitar. Entramos de la mano de la curiosidad, y enseguida nos deslumbró su estilo, la coherencia de su decoración, el buen gusto de cada detalle; el bar es uno de esos lugares en los que uno espera encontrarse con Bogart sentado al piano de color madera, saboreando las trazas de su soledad al son de una melodía triste.

Bajamos caminando durante más de una hora hasta llegar al puerto. La lluvia nos acompañó todo el camino, así que llegamos empapados al restaurante donde nos aliviamos del frío y la humedad con unos spaghetti bongole que teníamos pendientes desde que llegamos a Sicilia.

La noche se prometía tranquila, pero no lo fue. Saltó un poniente que nos echaba contra el muelle y nos obligó a recoger un poco de cadena, poner amarras en las bandas (por si había rolada), defensas en popa, etc. Finalmente pudimos descansar hasta el día siguiente que amaneció azul radiante, soleado, sin viento. Un día precioso.

La bahía, bonita de por sí, esta vez estaba coronada por el impresionante Etna. Su cima, nevada por las precipitaciones del día anterior, se clavaba en el cielo con un blanco intenso. Ni en una carta a los reyes magos se habría podido pedir una paisaje tan armonioso y plagado de belleza, miraras donde miraras. Un espectáculo que se desplegaba a nuestro estribor a medida que avanzábamos al sur camino de la ciudad de Catania.

Stromboli. Corazón encendido

La llegada al puerto de Lípari fue como para no olvidarla. Siroco fuerte mientras entrábamos en una marina mínima con la bocana abierta al sur, y pantalanes flotantes agitados como si fueran juguetes, separados por cortas distancias entre las que meter el Alendoy parecía más que aventurado, dadas las condiciones… Pero entramos. Paloma, como siempre, crucial en una maniobra tan complicada.

La salida fue similar por el viento que no había cejado, pero que en el trayecto hacia Stromboli nos era favorable. Volamos hasta el volcán, y al llegar arreció con rachas de gran intensidad que hacían impracticable el fondeo en una zona cuyos fondos son de roca y a gran profundidad. Así que vimos el volcán, presenciamos algunas de sus erupciones y salimos con viento fuerte y mar levantada hacia el estrecho de Mesina. Fue un día difícil con olas que hacían prudente timonear como antaño, sin depender del piloto automático.

Llegamos entrada la noche, con lluvia, después de haber pasado varias tormentas, cansados y sin saber muy bien dónde fondear. Enfilamos el pequeño puerto de Scilla en la costa peninsular de Italia; la aproximación a oscuras impresiona (asusta, más bien), y llegamos a asomarnos al interior del minúsculo espigón al que pretendíamos sujetarnos para pasar la noche y descansar, pero descubrimos que no había sitio para nosotros. Así que nos vimos obligados a entrar en el estrecho de noche, cosa que pretendíamos evitar a toda costa. Al salir de Scilla, nada más conectar el piloto automático, éste no pudo con el viento fuerte que nos desplazaba la proa y perdió el mando dejando el Alendoy en rápido abatimiento hacia las rocas del espigón. Afortunadamente reaccionamos a tiempo, a muy poca distancia de la colisión, y todo quedó en una anécdota más que recordar.

Dada la hora, no había demasiado tráfico en el estrecho, así que pusimos la proa de regreso a Sicilia para intentar el fondeo en una playa. No fue posible: el fondo estaba profundo y había que echar el ancla demasiado cerca de la costa. Otra vez media vuelta y de regreso a la costa peninsular donde entramos en Marina dello Stretto, aún sin terminar, para pasar la noche que habría de sacarnos de esa jornada larga e incómoda, y llevarnos hasta el precioso día, soleado, y en calma que aprovecharíamos para bajar hasta Taormina.

El Estrecho de Mesina es bellísimo. Las dos costas italianas, una frente a la otra, se miran como si quisieran tocarse a través de esas aguas inquietas e inquietantes por el batido de corrientes de direcciones diversas, el empuje de vientos de todas las componentes y el tránsito de grandes mercantes y trasatlánticos en un sentido y otro. Si la entrada en Lípari fue una de esas ocasiones en las que uno se cuestiona por qué vivir a bordo, pasar por Mesina es de las que ayuda a responderse.

Vulcano. Sombras en la noche

Después de una noche en Cefalu al amparo de una bahía bien protegida y con buen fondo, dimos un breve paseo por la ciudad para ver su catedral y llevarnos algo del aire de la ciudad. Es de esos sitios a los que uno desearía retirarse a escribir una novela, inspirarse en sus calles, en su ambiente auténtico (al menos en noviembre, porque el verano debe mostrar una estampa bien distinta). Pero queríamos salir hacia las Eólicas y aprovechar el día precioso que había amanecido y dejar el amarre en el sitio de algún pesquero al que nos habíamos cogido de manera casi furtiva.

La luna salió a recibirnos según nos acercábamos a la isla de Vulcano. Un espectáculo que no cejó hasta haber fondeado, a oscuras, en el puerto de poniente, oyendo rompientes y adivinando rocas de lava caprichosa en las sombras que nos rodeaban.

Paloma se levantó para ver amanecer y echarle un primer vistazo al volcán al que habríamos de subir más tarde. Y subimos. El ascenso iba desvelando escenarios maravillosos de la isla, la bahía donde habíamos fondeado, el archipiélago, el mar… Hasta que llegamos a la cima después de una hora y cuarto de ascenso. Allí vimos el interior del cráter, las paredes verticales  de los colores dispares con que cada mineral deja su impronta, las exhalaciones de las fumarolas, y los olores del azufre que hacían de ese entorno extraño, inóspito y bello, algo más parecido a un paisaje lunar que terrestre.

Nos sentimos pequeños. Y nos sentimos grandes. La naturaleza y sus fuerzas son sencillamente incomprensibles para una mente humana. Se las puede asir con la inteligencia, pero sin llegar más allá de una idea abstracta, porque cuando estás en el borde mismo de un volcán cuyas grietas bajo tus pies resoplan con una intensidad misteriosa, uno sólo puede sentirse pequeño y ajeno a esas magnitudes sobre las que podemos tener conocimiento, pero no experiencia.

Contemplando la bahía, vimos un barco de dos palos, como el nuestro, que no estaba en su fondeadero. ¡No puede ser! Pensé. Ya nos garreó el barco en Palau, al norte de Cerdeña, y llegamos apenas unos instantes antes de que colisionara con la escollera de un puerto. Que lo mismo nos estuviera sucediendo nuevamente era demasiada mala suerte. Y en efecto, lo que avistábamos era el Galatea, otro Amel Super Maramu como el nuestro que avanzaba hacia la bahía, y con cuya tripulación, Bruno (venezolano) y Natalie (francesa de Burdeos) cenamos la noche siguiente en el puerto de Pignataro en Lípari.

En la cena descubrimos que Bruno habla alemán e inglés, además de español; y Natalie habla francés, inglés, italiano, portugués  y alemán. Es decir, que ambos sólo comparten dos idiomas (inglés y alemán), y se comunican en éste último. Su historia es de novela: se conocieron con menos de veinte años en Alemania mientras aprendían el idioma; luego sus vidas siguieron distintos caminos, cada cual con sus propios vericuetos (trabajos, parejas, hijos…) y, décadas más tarde se buscaron y se encontraron para continuar con lo que habían dejado inacabado en su temprana juventud. Son una pareja encantadora que casi vive permanentemente abordo, menos los meses de verano que dedican a compromisos profesionales, y con los que tuvimos la sensación de no estar viviendo una locura; o que si lo es, al menos hay otros locos por el mundo que hacen lo mismo, y son gente encantadora.

Palermo, la ciudad de los balcones

Leí de un escultor que decía que venimos de una oscuridad infinita y nos dirigimos a otra oscuridad infinita, y que en esa inmensidad inimaginable sucede una chispa de luz a la que llamamos vida. Nuestra vida.

La catedral de Monreale, junto a la ciudad de Palermo, es una maravillosa oportunidad de disfrutar de esa chispa luminosa, y dejarse cautivar por la decoración más maravillosa que, al menos yo, jamás haya visto en un edificio de esas características.

Desde Palermo, Monreale está cerca en distancia pero lejos en tiempo. El tráfico a través de la única calle que luego se hace carretera, separa ambas ciudades más de lo que dictan los kilómetros de subida y curvas hasta llegar al promontorio donde se erige el pueblo. Es típico, empedrado, con olor a pan y sabor a campo.

Al entrar en la catedral entendí la diferencia entre “ver” y “contemplar”. Porque allí dentro, entre paredes altísimas todas decoradas con mosaicos donde predomina el dorado y se narran historias de la Historia, los sentidos exigen un tempo lento para inundarse de esa fiesta de luces, formas y colores que no se pueden olvidar. El Pantocrator, al fondo del altar, es sencillamente impresionante; las bóvedas, a cual más rica en decoración; el artesonado de madera en la nave central, elegante y austero, es un respiro en el torrente decorativo que fiel a un riguroso sentido estético, hace de todo el interior un conjunto con identidad propia y sentido en sí mismo. Es un lugar inolvidable en el que nada más entrar, Paloma sintió ganas de llorar, inundada como estaba por el espectáculo. Más que comprensible.

Volvimos pronto a Palermo y a sus calles erosionadas por el tiempo. La lluvia no había dado tregua desde comenzar el día, que decidimos terminar en las Catacumbas Capuchinas. Veníamos de la luz y la belleza, y de repente irrumpimos en la oscuridad y el silencio de la muerte. Centenares de cuerpos, algunos reducidos a huesos y otros convertidos en momias, pueblan los nichos y paredes del sótano. Las mujeres yacían por respeto, según nos explicaron; los hombres estaban sujetos en las paredes como si estuvieran de pie, por una interpretación de la muerte como tránsito hacia el cielo, y no como regreso a la tierra. Impresionaba caminar por aquellas galerías rodeados de personas que fueron y dejaron de ser. De ello la inscripción a la entrada: “eres lo que fuimos, somos lo que serás”. Todos ellos tuvieron su chispa de luz en la inmensa oscuridad. Para la mayoría -quizá para todos- esta luz es apenas tiniebla comparada con la que presuntamente alcanzaron al morir; pero caminando entre calaveras no podía evitar la sensación de que no había nada a mi alrededor, que ese enorme osario sólo alberga cosas que ya no son nada para nadie, ni siquiera recuerdos. Era la conversión de sujetos en objetos, de alguien en algo, de individuos en cosas. Y salí al exterior con ganas de volver a la luz, de haber aprendido en esa frontera imaginaria con el ultramundo, que más allá del mundo no hay nada, y por eso hay que exprimir hasta el último fotón de esta chispa que llamo vida.

Erice. Calles de piedra

Recomendado por nuestra amiga y buena compañera de viaje Almudena, decidimos hacer una escapada a Erice desde Trapani. La villa, situada en un promontorio de 660 metros, parece mucho más elevada por su cercanía al mar, a tan solo 10 km de la costa. Hay un funicular que lleva hasta allí, pero ese día no prestaba servicio debido al fuerte viento que soplaba.

Cuando la recepcionista de la marina nos anunciaba, estudiando los horarios del bus, que con dos horas y media no tendríamos tiempo para visitar Erice, pensamos que sería una exageración, imaginando un pueblo con una extensión similar a un Pedraza.

Así pues, tomamos el autobús de línea lo que nos permitió conocer la parte más moderna de Trapani y sus alrededores, con las salinas a pleno rendimiento y una gran diversidad de cultivos que nos recordaban a la España más rural de los setentas.

La subida por una estrecha carretera serpenteante y un conductor que aprovechaba cada curva para consultar su móvil, fue emocionante doblemente, por lo peligroso y lo impresionante que ya se vislumbraban en la cima, unas murallas que se confundían con la roca de la montaña, por haber sido construidas con ese mismo material.

La ciudad medieval te deja sin palabras, entras por una puerta gótica y comienzas a caminar por un empedrado, cuyo dibujo va variando marcando la diferencia entre las calles principales o de segundo orden. Cada piedra que vas encontrando da fe de todos los que pasaron por allí. Parece ser que fue fundada por unos troyanos cuando fueron expulsados de Troya y después fue ocupada por fenicios, cartagineses, romanos, normandos, árabes y españoles (aunque los griegos no la colonizaron parece que también dejaron por allí algo de su cultura). Fue lugar de peregrinación en la antigüedad debido a un templo que se erigió en primera instancia a Astarté, que luego fue Afrodita para convertirse en Venus. Empleando sus piedras, en la Edad Media, comenzaron a erigir iglesias, ¡hasta ocho! a todas luces demasiadas para la población del lugar. La explicación, según dicen los de Trapani, era para suplicar el perdón de Dios por los excesos acontecidos en la villa por los anteriores pobladores de estas tierras.

El Duomo y la Torre de Federico III, rey aragonés, son dos joyas que bien merecen una visita. Y la panorámica desde el castillo de Venice, fue un buen final para nuestro recorrido. Lo mejor, el paseo casi a solas por esas callejas, a veces callejones, que burlan a un viento que nos acompañó todo el día.

Arribiamo a Sicilia

Salimos de Cagliari con viento fuerte y olas grandes. Surfeábamos las inclinadas pendientes de agua entre la diversión y el miedo, disfrutando de la fuerza de la naturaleza, y a la vez conscientes de la insignificancia de nuestra embarcación ante las rompientes que nos alcanzaban y, en ocasiones, nos desplazaban el barco a su propio capricho. Parecía, pues, más prudente timonear que dejar el gobierno en manos del piloto automático; y así más de ocho horas evocando la memorable cita de Conrad: “El mar no es amigo del hombre, pero es cómplice de sus ambiciones”. Las ambiciones nos llevaron, 30 horas después, hasta la isla de Favignana, una del archipiélago de las Egadas con que uno se encuentra en su camino a Sicilia. Y la parada bien vale la pena. Su pequeño puerto cargado de tradición atunera, es una parada obligatoria. Nos recibió un viejo pescador que nos ayudó a amarrarnos a un muelle público donde se quedó el Alendoy mientras dábamos un corto paseo por el pueblo. De regreso, preferimos soltarnos del muelle y fondear en mitad del puertecito, entre los viejos edificios que antaño se dedicaron al procesamiento del atún. Por la noche cambió el viento, entró ola del norte y desde las 5 de la mañana hubo que hacer guardia, por si acaso…

Entrada la mañana salimos hacia Sicilia y arribamos enseguida al puerto de Trápani. Los marineros fueron la primera toma de contacto con sus habitantes; dos días después, cuando dejamos el amarre con pésimas condiciones para la salida, nos llevamos la confirmación de que las apariencias engañan…

La ciudad de Trapani tiene calles de piedra de dimensión humana (la extensión hacia la parte nueva ha adecuado su tamaño a la vida rodada, sin perder del todo la escala del hombre), y cuenta con edificios señoriales, otros grandiosos, y casas adaptadas a rincones imposibles como el musgo lo hace a los recovecos de las piedras. Es una ciudad maravillosa, con tanta belleza que hasta su decadencia la engrandece, asediada por el mar casi en todos sus frentes, tocada por arte de fachadas, balcones, pórticos, zaguanes y patios que descansan sobre su historia con la serenidad de los ancianos.

En sus calles vimos establecimientos que también poblaron las calles de ciudades españolas, y que ya sólo quedan en el recuerdo de los cincuentenarios, pero que en Trapani aún son parte de la normalidad cotidiana: barberías tradicionales con los grandes asientos reclinables donde los locales (ni asomo de hípsters) se pelan y afeitan mientras quienes esperan leen periódicos pasados y revistas antiguas; mercerías con elásticos, bordados, cenefas, botones y ropa interior; talleres de reparación de todo tipo de enseres (no de sustitución de módulos estropeados por otros nuevos); carpinterías; droguerías sin merchandising ni productos cosméticos; panaderías, carnicerías y pescaderías que, al borde de la calle, sin centro comercial que las arrope, atienden a la gente del barrio a quienes conocen por su nombre.

En estos días fuimos a Erice, que merece para sí una entrada en este blog. Y nos fuimos de Trapani con un sabor delicioso en el corazón por haber paseado por unas calles como las de esta maravillosa ciudad del pasado. Al salir hacia el norte, el viento soplaba fuerte por la banda de babor haciendo trabajar las amarras a pleno rendimiento. Dudamos si irnos o esperar un día más, pero finalmente optamos por zarpar y aprovechar ese mismo viento en la aleta cuando subiéramos hacia Capo de San Vito. En esa salida del puerto, los marineros dieron lo mejor de sí, y Paloma demostró, una vez más de entre un recuento interminable de oportunidades de confirmarlo, que no hay nada más importante abordo que una buena tripulación; ella es la tripulación del Alendoy, y también su aliento. Con 25 nudos de viento por el través, y rodeada de hombres acostumbrados a maniobras de puerto, tomó el mando, dio instrucciones y puso orden (y desconcierto) por ser ella, con decisión y firmeza, la que organizaba la maniobra, cargada de razón y sentido común. Imposible haberme sentido más orgulloso de lo que me sentí. Salimos con viento fresco, satisfechos de la complicada maniobra, y en busca de nuestro cómplice, el mar, para continuar hacia adelante.

Dejamos Cerdeña

Cuando la normalidad te resulta extraña, ha llegado el momento de cambiar…

Cagliari ha ido cambiando de una época a otra, de unos pobladores a otros, de unas batallas a otras, desde donde la memoria alcanza a remontarse.

La ciudad nos ha recibido con sol y con lluvia, con viento y calma, con bullicio y silencio en sus calles. El mercado me trasladó a la infancia, a aquellos días en que acompañaba a mi madre a hacer la compra en el de la Cebada, en la Latina madrileña. Quizá por eso me atraen estas concentraciones de oferta y demanda entre cuyos puestos me gusta pasear siempre que caigo en alguna ciudad. En el de Cagliari paseamos, curioseando entre verduras, pescados, carnes y frutas, todos ellos productos conocidos, pero con un carácter distinto que hace que nos resulten un tanto extranjeros. Al puerto donde paramos le queda grande el nombre, aunque por estar dentro de la gran bahía de la ciudad, sobrevive a lomos del prestigio, la historia, y la belleza de una urbe anciana, y por ello dotada del porte de haber paseado por los siglos como quien transita por las baldosas de su casa.

-¡Qué suerte tienes! Me decía hace poco un buen amigo.

-Tú también puedes hacerlo, respondí.

-No, yo ya no puedo.

-¿Por qué?

-Cuando tengas mis años, ya me contarás.

-Eso es precisamente lo que busco, tener algo que contar.

La Caletta y Posada. Unidas por la marisma

Ya sé que no aporto nada nuevo si hago la distinción entre viajar y hacer turismo. Muchos antes de mí la han explicado e ilustrado con ejemplos múltiples y mejor prosa que la mía. Pero no quiero dejar de compartir la sensación que, en este sentido, hemos experimentado hoy al llegar al puerto de La Caletta, apenas 15 millas desde nuestro anterior fondeo, en porto Brandinchi. Éste, a pesar de su nombre, es una cala, y aquel, también contradiciendo el suyo, es un puerto… ¡Cómo somos los humanos!

El hecho es que habíamos llegado a Brandinchi aún bajo la impresión de las islas de Tavolara y Molara: la primera, impresionante, se eleva abruptamente, majestuosa y con la radical contundencia con que solo la naturaleza sabe expresarse; la segunda, un precioso contraste de  la otra, complementándola desde una perspectiva totalmente distinta. Por eso el trayecto desde Olbia hasta Porto Brandinchi lo sentimos como un baño de belleza que, miraras a donde miraras, ofrecía un precioso espectáculo.

La Caletta no tiene gran interés, pero sí el paseo de unos 4,5 kilómetros hasta el pueblo de Posada. Lo habíamos visto desde el mar como una lengua de casas que se extendía por la ladera de un promontorio rocoso, aislado en un valle, frente a una amplia playa de arena blanca, y coronado por una torre medieval desde la que el paisaje -pudimos comprobar más tarde- no parece tener fin. Sus calles empedradas, las casas de otro tiempo cuya vida en su interior también parece venir de antaño, las marismas a sus pies, y esa luz mediterránea que hace lo bello aún más bello, recuerdan que este mar de hoy, lo ha sido de siempre; que sus gentes de ahora, han estado siempre ahí, cada uno en su tiempo, pero con la caricia de esas olas que no cesan de “besar su playa”.

Y así nos hemos sentido viajeros y no turistas, no por los lugares a los que hemos ido, sino por haberlos descubierto como son en vez de como los exhiben; y que están ahí por el cúmulo de sucesos provocados por el devenir del tiempo, y no porque nosotros llegáramos; hemos visto a personas que no nos esperaban, y para quienes nuestra presencia no suponía ningún cambio en sus rutinas, porque su sustento, sus preocupaciones, su vida, no dependía de nuestra llegada, ni de lo que compráramos o dejáramos de comprar. Por eso, quienes nos han saludado lo han hecho por la cortesía natural de quienes han aprendido de sus mayores que el saludo aproxima; sin pretensión, ni interés, ni objetivo ninguno; sólo seres cuyos caminos se cruzan, y punto. Ha sido un día precioso, lleno de luz, de interés, de buena comida (en La Donatella), de risas y paisajes… Uno de esos días que no soy capaz de concebir en el contexto de la industria del turismo.

Recorriendo Cerdeña por el este

Dejamos Palau por la popa para continuar rumbo sur con el objetivo de, en algún momento, llegar a Sicilia para pasar allí la temporada de invierno. Al estar más al sur nos aseguraremos un clima más benigno, con temperaturas más cálidas y menos precipitaciones. La idea es ir tocando costa, descubriendo esta isla que, por mediterránea, parece tan nuestra como las Baleares.

Con un viento por la aleta de babor, llegamos a Olbia antes de lo esperado. Al contrario que Palau, ciudad construida en los años 50 del pasado siglo, Olbia tiene mucha historia detrás. Como puerto natural que es, tuvo asentamientos desde la prehistoria y fenicios, cartagineses, griegos y romanos dejaron sus vestigios en la zona. Merece la pena visitar su museo arqueológico y sus dos iglesias románicas bien conservadas.

Es en esta ciudad donde probamos el spritz, bebida-aperitivo de moda en toda Italia, hecha con dos partes Aperitol , otras dos de vino espumoso o cava y una parte de soda o agua con gas… curioso, ¡pero donde esté una buena cerveza! También descubrimos la Fragola, una especie de “paella” italiana, que hacen con pasta del tamaño del arroz y frutti di mare ¡riquísima!

En el muelle público donde estábamos atracados, teníamos de vecino a Rufus, patrón sudafricano al mando de un CMD de 72 pies cuyo armador, alemán, le va diciendo a dónde debe llevarle el barco. Nos propuso que le acompañáramos como tripulación de apoyo hasta el siguiente puerto, hacia el norte; pero debíamos esperar un par de días más en Olbia, cosa que trastocaba nuestro plan de seguir haciendo sur. Declinamos la oferta, pero tuvimos una agradabilísima conversación con él, que nos cayó muy bien.

Al borde del desastre…

Nada puede asustarte más que mirar al mar buscando tu barco, tu hogar, y ver que no está en su lugar. Llevas la vista más allá y lo ves casi rozando el muelle… echas a correr mientras mil pensamientos te vienen a la mente. ¡Y ahora qué! ¿Se acabó el sueño? Todo lo que tenemos está en esos 20 metros cuadrados. Nunca pensé que pudiera suceder, habíamos pasado toda la noche fondeados, con bastante viento y el ancla había aguantado bien. Toda la mañana haciendo turismo sin adivinar que en un momento todo podía irse al traste. Por suerte, ha sucedido justo cuando nosotros estábamos a punto de llegar y un experto navegante francés, Françoise Sebright, viendo la situación, decidió saltar a su dingui y abordar el Alendoy para hacerse con la embarcación. Este incidente ha servido para hacernos conscientes de lo imprevisible que es el mar, no hay que temerlo, pero sí respetarlo siendo precavido al máximo.

Parecía que 30 metros de cadena para una profundidad de tan solo 4 sobre fondo de fango era un fondeo seguro. Y así lo había demostrado la noche durante la que el Alendoy aguantó vientos de 20-25 nudos sin ninguna dificultad. Por eso, a la mañana siguiente decidimos alquilar un coche e ir de excursión por el interior. Según íbamos visitando otros rincones, el viento se veía recio, y de componente norte, pese a una previsión que había vaticinado levantes y surestes. Cuando uno está lejos de su barco y algo cambia en las condiciones meteorológicas, es imposible evitar el desasosiego; pero tampoco puede uno volverse loco: el barco estaba bien fondeado y así lo había demostrado la noche. Pero cuando llegamos de regreso a la bahía, el Alendoy no estaba en su fondeo, y se lo veía avanzar garreando hacia un enorme muelle del puerto que le hacía de escollera. El vuelco al corazón fue tremendo. La reacción automática: acelerar y dejar el coche de cualquier forma, y correr a todo lo que dieran corazón y pulmones hasta llegar al dingui. Parecía un carrera interminable mientras el barco continuaba su avance rápido hacia la colisión, arrastrado por un viento fuerte.

Pensamientos de desastre me inundaron la mente, pero no los consideré. Parecía que de llegar a tiempo, aún podía evitarse un desenlace fatal. Paloma corría tras de mí por el pantalán del puerto a cuyo extremo habíamos dejado el bote que yo acababa de liberar; ella, ignorando la fractura de su dedo, corría por alcanzarme sabedora que de no llegar a tiempo, yo tendría que dejarla en tierra e irme a rescatar el barco. Salimos volando. Y llegamos a bordo a escasos minutos de perder el barco.

Miedo, alivio, tensión, nervios, angustia, pánico, llanto controlado, todo eran demasiadas emociones como para expresar ninguna de ellas. Abordo había un desconocido, Françoise, navegante solitario que había visto el garreo del Alendoy y saltando a su bote se lanzó a hacer algo para evitar el desastre de un barco para él desconocido. Estuvo apenas unos instantes viendo cómo protegerlo antes de que llegáramos nosotros. Motor, timón, recogida de ancla, y un primer alivio: habíamos salvado la nave. Faltaron, literalmente, unos muy breves minutos para haberlo perdido todo: mucho de naturaleza material, pero casi todo lo que había alentado nuestros sueños y anhelos en los últimos diez años.

A partir de ahí barajamos alternativas: entrar en puerto parecía complicado por las fuertes rachas de más de 30 nudos que soplaban constantemente; volver a fondear y esperar una mejora para entrar en puerto parecía buena opción, y de hecho largamos el ancla una segunda vez en la que el barco nuevamente garreó por el fondo de la bahía. Así que optamos por cogernos a una boya de las que el puerto tiene instaladas y que temíamos, con el viento que soplaba, que nos pusiera en una situación comprometida frente al resto de barcos en el supuesto de no poder cogernos a la boya en el primer intento. Françoise volvió a ayudarnos. Finalmente lo conseguimos. El barco estaba asegurado. Nosotros, con la herida en nuestro interior que había dejado el tremendo disgusto, la proximidad de un pésimo desenlace, la impotencia de no haber podido reaccionar más rápido, la incomprensión sobre cómo podía haberse perdido el fondeo, salimos peor parados que la nave. Y por detrás de tan intensa angustia, la sensación de tremenda suerte por haber llegado a tiempo; sólo por minutos, pero a tiempo. Aún no estamos recuperados, pero haber aprendido una lección tan enorme nos hace sentir un tanto diferentes a los que éramos cuando fondeamos en esta bahía junto al Puerto de Palau.

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