Nuestra primera navegación tras meses de confinamiento nos llevó hasta el extremo mismo de la Grecia Jónica: la isla de Othonoi. Pasamos un par de días disfrutando de su quietud mientras el viento que habría de llevarnos a Santa María de Leuca, en la costa italiana, se iba aproximando. Con dicho viento cruzamos las cincuenta millas que separan la última isla griega del tacón de la bota italiana.
Serena, una amiga y compañera de trabajo natural de Puglia, nos había recomendado recorrer la región, totalmente desconocida para nosotros, y descubrir sus tesoros aún poco expuestos a los embates del turismo internacional. Así que, con el barco sujeto en el puerto de Santa María de Leuca, y ya con la hélice de proa reparada (nos llevó casi dos horas de inmersión para cambiarla después de una avería), tomamos un coche con el que recorrer el tacón de la bota.
La primera incursión la habíamos hecho el día anterior en Gallipoli, para visitar su casco viejo alrededor del saliente de tierra, encumbrado por el castillo y limitado por la muralla. El lugar es pintoresco, agradable de recorrer, en sintonía con lo que se le supone a una antigua ciudad medieval mediterránea. La anécdota fue al regreso, cuando la “motorino” alquilada, con más kilómetros que porvenir, empezó a fallar, incapaz de sobrepasar los 30 kilómetros por hora: dos horas de paciente recorrido de regreso hasta Santa María de Leuca. En la ida habíamos disfrutado de un paisaje cuya fisionomía no paraba de evocarnos a la Cádiz rural, marítima, de pequeña aldea y campo junto al mar. Pero la vuelta, que habíamos preferido hacer por autovía para ganar tiempo, fue una prueba de paciencia sobre la aridez del asfalto entre un paisaje insulso, aburrido.
Empezamos el día siguiente yendo a Alberobello, un pueblo grande, patrimonio cultural de la humanidad por albergar la mayor concentración de Trullos de toda la región. Son construcciones en piedra que, en su momento, en el siglo XIV, se levantaron sin ninguna argamasa que las sujetara para evitarles estatus de “casa”, y omitir de este modo el pago de impuestos al señor de la zona. La mayoría ya están restauradas, con enfoscados que garantizan su impermeabilización y seguridad, pero todavía quedan muchos sostenidos por el simple efecto de la gravedad sobre las piedras de los tejados cónicos. El paisaje de la ciudad es extraordinariamente singular, con calles estrechas por las que parece que en cualquier momento aparecerá Frodo Bolsón Bembo, muchas de ellas acondicionadas para el turismo, y otras, al otro lado de una de las arterias principales, con el aspecto original de una geografía urbana que parece haber salido de una ensoñación literaria y que conserva aún la personalidad que otorga la vida cotidiana de sus habitantes, sus hábitos y sus costumbres.
La siguiente parada fue en la ciudad de Lecce. Días después no nos habíamos recuperado aún de la impresión que nos dejó. Dentro de su muralla se alberga un conjunto urbano medieval, del estilo español que dejó nuestro reino cuando señoreó Europa (y el mundo) y quiso dejar claro su poderío en la que fue la más oriental de sus ciudades europeas. Iglesias, catedrales, palacios y palacetes, balconadas, pórticos, fachadas, escudos, patios, pasajes, todo un repertorio de maravillas arquitectónicas de un pasado en el que España floreció y plasmó la huella de su grandeza a base de arte y cultura. Salimos de la ciudad con los aromas de su gastronomía y con la incomprensión por que una ciudad así no figure en el imaginario colectivo entre las otras grandes joyas italianas: Florencia, Venecia, Pisa, etc.
Un día después viajamos a Otranto, mucho más pequeña, también con su muralla, castillo, catedral, pero abrazada por el mar que besa los labios de su bahía y rapta los aromas de sus patios. Y otra vez a una carretera que parecía haber construido un gaditano que hubiera traído de su tierra los materiales y los paisajes para extender aquella alfombra negra entre tomillos, romeros y amapolas, con pinos aquí y allá, roca blanca y calas turquesas de aire adriático.
Puedo evocar como si lo hubiera presenciado, la imagen de mi amigo Cristiano subiendo a la cubierta de Alendoy, temprano, solo y en silencio, con el gesto entre desafiante e indolente tras el que oculta los más nobles sentimientos, para bajar la bandera del pabellón español hasta la media asta, mientras yo estaba aún, al otro extremo del mismo mar, en la habitación del hospital tramitando la documentación que desencadena una pérdida. Mi padre acababa de morir. Cristiano nunca habló de ello; supe de su gesto por un mensaje de Valentina, su mujer, que decía escuetamente: “half mast flag for the captain’s father”. Al leerlo no pensé que fuese literal, pero el honor que destilaba la situación, el profundo sentido de homenaje, los intensos sentimientos asociados al símbolo se me clavaron para siempre en un recuerdo imborrable que llevaré asociado a esta pareja de italianos. Creo que otros barcos siguieron su ejemplo aquel día.
Fueron días de recuerdos que hoy habitan la memoria con imágenes cuya forma dibuja la cicatriz que siempre me acompañará. Imágenes de los diez últimos días aislado con mi padre en su habitación del hospital, de su cuerpo consumido, de mi hermano sufriendo en una distancia impuesta, de la íntima y deseada soledad de la que Paloma fue tan parte como yo, de su hombro junto al mío reflejado en la ventana del crematorio… Del cariño respetuoso pero constante, distante pero comprometido, del puñado de amigos, mi patrimonio afectivo, que rodearon mi existencia con caricias verbales, las únicas que podían hacerme llegar dadas las circunstancias. Así entendí que las dimensiones del amor se calculan en unidades de desmesura.
El regreso a Mandraki fue una continuación del torrente emocional. Los sentimientos afloraban en la superficie, haciendo que los abrazos de bienvenida y condolencia, los mensajes codificados en miradas, el respaldo inconcreto con que las voluntades levantan grandes obras y que esta vez se ponían al servicio del amigo para asegurar que el baluarte aguantaba, inundaba el aire con un candor inexplicable.
Sólo unos días más tarde, quedaban atrás los últimos meses de trabajo preparando Alendoy para la salida. Las largas jornadas en el taller de Andreas al que íbamos en el coche que él mismo nos prestó, las visitas diarias a la tienda Dimitris, el aspecto extemporáneo de Stephanos en la tienda de pinturas, los innumerables cruces de miradas con Tanasis que hacían superfluas las explicaciones de Spiros para comprender dónde y por qué de cada soldadura, los detalles para llegar a la fecha en que soltaríamos amarras de aquel puerto donde se nos quedaba una parte de la vida a cambio de una muesca en el corazón… todo constituyó el pulso firme que nos llevó, entre anhelo y nostalgia, al día de la partida. Nos llamaba el horizonte de la proa; nos desgarraba el de la popa. Salimos de Mandraki muy conscientes de que algo se nos quedaba allí, algo bello e intenso, algo inexplicable, inolvidable, escrito con recuerdos en un lenguaje solamente conocido por quienes conformamos aquella tribu irrepetible de nómadas que, por una circunstancia extraordinaria, el covid, nos vimos obligados a compartir algunos de los días más bonitos de nuestras vidas.
El invierno trajo las palabras. Las conversaciones se sucedían a diario, aunque sólo de vez en cuando se internaban en pensamientos, ideas, reflexiones o sentimientos de más profundidad. Ian y Elizabeth eran compañeros ideales para ello dada su amplísima cultura, y su aún mayor capacidad argumentativa, pero el sentimiento, la experiencia o la idea más mundana de cualquiera, tenía el potencial de desencadenar un torbellino de inspiración.
En nuestra aldea flotante las palabras habitaban en un verdadero edén verbal, cada una con su propia genética idiomática, enriquecida además por los rasgos de un entorno que las convertía a todas en singular, ya fuera por resonar a lomos de risas, por agacharse entre susurros, o por fluir disueltas en suspiros. Saludos, preguntas, convicciones, insinuaciones, propuestas… palabras de colores, formatos y naturalezas diversas nos acompañaban con la misma naturalidad de los gatos del puerto, de las plantas y árboles de alrededor, de las ruinas de esta Grecia interminable.
Siempre me he sentido intrigado por el fenómeno de las palabras. Me resulta increíble que una simple perturbación provocada por una exhalación de aire sea portadora de algo tan complejo y abstracto como un significado. Y más aún, que dicha perturbación desencadene en alguien las vibraciones con que su sistema nervioso finalmente identificará tal significado, haciendo posible el enigmático fenómeno de la comunicación. Un gruñido o un grito cuentan con formas sonoras fácilmente identificables como amenaza o peligro; pero de ahí a la sutileza de las palabras, a la complejidad de sus contenidos, a lo enigmático de sus intenciones, hay un abismo al que estamos acostumbrados y que encierra un misterio insondable. En lo más arcano de dicho misterio, está la poesía.
La poesía es un latido de palabras que solo algunos corazones saben bombear. Un horizonte es solo eso, horizonte, territorio, orografía; pero al ponerse el sol -otro fenómeno físico sin más- el ojo observador lo convierte en paisaje, en inspiración para un bombeo con cadencia poética. Esta cadencia, a veces la observo en fenómenos silenciosos que parecen rimar, como en el paso de alguien que se hace poético cuando la música lo convierte en baile.
Las palabras nos definen por ser las que expresan experiencias, ideas, emociones, proyectos, creencias; en definitiva, todo cuanto consideramos saber y cultura. Por eso su mal uso viene a ser como el maltrato de algo vivo, una ignominia que debiera exigir denuncia, juicio y castigo. Aunque quizá haya algo aún peor: la falta de respeto hacia todo un idioma, porque ello supone la falta de respeto hacia quienes lo utilizan, a su historia, a su identidad y a su cultura.
Llevados por un utilitarismo descabellado hemos caído en el uso de lo más rápido, más cómodo y más extendido: el inglés. Es innegable la utilidad de este idioma, y las enormes ventajas de su frecuente uso en todo el mundo, pero es bochornosa la ofensa constante que en aras de la practicidad lleva a ignorar, diría que despectivamente, los idiomas de todos esos países en donde cualquier anglófono de cuna se dirige a los nativos sin ni siquiera disculparse por su ignorancia del idioma local, y preguntar si conoce el suyo.
Hace tiempo que, por ello, decidimos no responder en nuestro país a quien se nos dirija en un idioma extranjero sin habernos preguntado antes si lo conocemos, como también nos hemos propuesto aprender en el idioma de los países que visitamos las pocas palabras que nos permitan mostrar respeto por su cultura: “perdón, no hablo su idioma; ¿habla usted inglés?”. Esta regla ha demostrado ser mágica para propiciar reacciones afables y generosas en la gente. En Grecia hemos recibido sonrisas, favores y obsequios de absolutos desconocidos después de haber pronunciado, como si de un sortilegio se tratara, “lípame, den miláo elliniká; ¿milate angliká?”.
Llevados por esta experiencia, Paloma empezó a “hacer sus pinitos” en clases de griego por Internet. De lo que aprendía ella y se me impregnaba a mí, practicábamos en las tiendas, con la gente, siempre que teníamos alguna oportunidad. Un día habíamos alquilado un coche en Katákolo para visitar el yacimiento arqueológico de Olimpia, cuna de las Olimpiadas. De regreso nos detuvimos en una gasolinera para reponer combustible antes de devolver el coche a la agencia de alquiler. Yo había estado en el coche repasando mentalmente los números para pedirle al gasolinero los litros que íbamos a echar en su idioma. Aproveché para ver cuántos me sabía “ena, dio, triaé, tesera, penta…” y preguntarle a Paloma por los que me faltaban “¿sexto, exo, exa…?… epta, ¿octo?…”. Demasiadas dudas en mi serie numérica, o peor, huecos imperdonables entre certezas escasas “eña, deca, once, dodeca…”. Sumido en estos pensamientos aparqué maquinalmente frente al surtidor y bajé del coche; el gasolinero ya estaba frente a mí cuando me dí la vuelta tras haber abierto el tapón del tanque; me miraba con un gesto interrogativo fácil de interpretar al que respondí con una seguridad pretendida, esbozando una sonrisa forzada de amabilidad mientras decía “sex”. Uno no debe ir por gasolineras rurales griegas, con la cabeza rapada, bronceado por el sol y con una camiseta ajustada pidiendo “sex” creyendo ilusamente que por una simple similitud fonética van a entender que lo que en realidad quieres son seis litros de 95 sin plomo. Por un extraño fenómeno de asociación que no puedo explicar, en un instante pasó por mi mente la imagen de Fredy Mercury en sus años de mayor depravación, la de George Michael, David Bowie, Bo George… Mi reacción, estúpida, fue una estúpida sonrisa.
No sé si me salvó la magia de las palabras, o la buena voluntad del dependiente, más dispuesto a entender lo que yo quería decir que lo que en realidad estaba diciendo. Pero luego, elevada la anécdota a relato, nos hemos reído mucho contándola, exagerándola, modificándola a placer para dotarla de cuanto no sucedió y mezclarlo con lo que sí, hasta llegar a confundir la realidad con la imaginación y demostrar, una vez más, que si la literatura existe es porque la realidad no es suficiente, como dice mi amigo Paco.
A la vuelta de España, el Jónico parecía no querer despojarse de esos días soleados que fueron el escenario luminoso del verano. La temperatura, más templada, tenía ya querencias otoñales, especialmente en los atardeceres, cuando la humedad se intensificaba y contribuía a un ambiente casi melancólico de colores apastelados y lánguidos, gracias a esa luz que pareciera arrastrar los pies hasta el horizonte, seguida de cerca por estrellas luminosas, pero ya no brillantes.
Aprovechamos esos días para navegar por la zona. Visitamos Zivota en la costa continental, fondeamos en sus aguas cristalinas, en soledad absoluta, exonerados de la presencia de los “charters” invasores que en verano cargan hordas de turistas náuticos circulando con prisa para llegar al lugar desde donde mejor salgan las fotos. Pero octubre nos regalaba un tiempo maravilloso para abrazar la naturaleza, besarla con la mirada, amarla con los sentidos, y recorrer en soledad parajes que en la temporada turística no pueden mostrar lo que en realidad son.
De Zivota volvimos a Paxos cuyos encantos nos son siempre irresistibles, para encontrarnos con un amigo italiano que habíamos conocido a principios de verano. Nani es un farmacéutico retirado que reparte su tiempo entre el Milán donde vive Shanah, su joven esposa, la Grecia de su casa de campo cerca de la bahía de Lakka, y Kenia, con otra de sus casas desde que un día pisó África y se enamoró del olor especial de aquella tierra. Es elegante, divertido, cariñoso, correcto; podría decirse que no le falta ninguna de las cualidades que uno esperaría encontrar en un embajador. Y le gusta la vida… comer bien, beber mejor, reír mucho, rodearse de gente, conversar de todo sin profundizar en nada, viajar, rodearse de belleza y de afectos.
La subida hacia el norte de la isla, hasta la cala de Santo Estéfano, tuvo lugar entre rayos de sol, brisas suaves, aire fresco y un paisaje idílico. A semejantes condiciones se le unían los placeres de un tiempo sosegado que parecía arrastrar contra su voluntad a las agujas del reloj. Así descansábamos, leíamos, contemplábamos el paisaje.
Santo Estéfano es una pequeña comunidad al fondo de una preciosa bahía. Fondeamos en su centro con el plan de pasar un par de días entregados al solaz, y aprovechamos para caminar por los senderos de sus bosques, lo que nos permitió internarnos en paisajes preciosos, unos a orillas del mar, siguiendo una frontera entre vegetación y oleaje, con Sarande (Albania) a un lado y la arboleda del norte de Corfú al otro, y otros internándonos en bosques frondosos hasta el punto de que a mediodía mostraban una oscuridad tan intensa que parecía irreal, como si alguien hubiese prendido una iluminación mágica capaz de absorber la luz, en vez de darla. En esa penumbra bajo un techo de maderas y hojas, se componían formas imposibles de ramas descabelladas que ascendían hasta lo más alto de una misteriosa bóveda vegetal.
Apenas unos días después de regresar a Mandraki, en Corfú, el gobierno griego decretó un nuevo confinamiento para toda la población: el segundo desde que llegamos a la isla. Con él llegó el invierno, y con el invierno las jornadas cortas, los días de lluvia, la oscuridad temprana con su invitación natural al recogimiento, a la vida interior, a las veladas serenas al amparo de una buena lectura, a las conversaciones sosegadas con los otros habitantes del puerto que habían elegido esa esquina para la hibernación.
Éramos más barcos que en el primer confinamiento, sin que las veinte familias (en su mayoría parejas o individuos) dejásemos de sentirnos parte de aquella aldea flotante, con sus interacciones lentas, al ritmo de un tiempo tranquilo al que la circunstancia imprimía un tempo aún más sosegado. A un lado estaba Ian, un sudafricano estadounidense que vivía a bordo de su catamarán Monocle, haciendo videos para su canal de YouTube sobre ciencia, economía, medioambiente, y otros temas de interés para su mente amplísima, de curiosidad inagotable, con memoria prodigiosa, alimentada por una lectura impenitente y crítica. Las conversaciones con Ian eran inagotables; su discurso era rico, documentado, inteligente; su actitud, divertida, razonable, positiva. Uno de los mejores conversadores que he conocido en mi vida. Se confesaba un “doomer” convencido de que el planeta ya no tiene posibilidades de recuperación y, en consecuencia, en un lapso temporal desconocido, pero indudablemente muy próximo, los ecosistemas que sostienen la vida colapsarán sin remedio.
A su lado estaba Georgina, también en un catamarán, Curious George. Una mujer de mediana edad que en su juventud llegó a la gran pantalla en producciones del gran Hollywood, y a la pequeña, en series, publicidad y otros trabajos para actores. Pero aquellos días de gloria dejaron paso a una existencia muy distinta, que intuíamos entre atormentada y solitaria, sin término medio entre ambos extremos. Quizá por ello, nos referíamos cariñosamente a ella como “la loquita”.
Bruno y Natalie, del Galatea, a quienes habíamos conocido en Vulcano (Sicilia) también se vinieron a hibernar al Jónico, y cayeron a nuestro lado, eternamente agradecidos por el magnetismo afectivo gracias al cual habían terminado en nuestro puerto.
Al otro lado, junto a nosotros, estaban los habitantes del Gliko. Una pareja maravillosa, él excoronel del ejército israelí y ella exasesora pedagógica, que tras haber residido dentro y fuera de su país, se compraron un barco para vivir en cualquier otra parte. Es difícil encontrar a personas tan dulces, colaboradoras, preocupadas por el prójimo, atentas a las necesidades de los demás; Rodet y Danit rebosaban generosidad hasta el punto de reavivar la esperanza en el ser humano.
Junto a ellos, Jon era el único habitante del Henani. Este irlandés culto, elegante y encantador, combinaba sus sesiones como psicoterapeuta con la escritura de su primera novela. “¿Y qué cuentas en tu novela?” le pregunté unos días después de habernos conocido. “Asesino en ella a las personas que me han hecho daño en la vida” me explicó. Su respuesta me ha hecho pensar con frecuencia en su hábil manera de descargar sus iras a través de la literatura, y aliviar así la realidad a base de imaginación hasta hacer sanar heridas con bálsamos de ficción. En esos mismos días, mi hijo David, refiriéndose a la historia de su tercer cortometraje me dijo citando a un autor de su gusto «cuanto más profunda la herida, más universal es su relato”.
Más allá estaban habitantes que habían regresado después del verano, como aves migratorias que volvieran a un antiguo nido: las “gatas” del Wake, los italianos del Alter Ego… En ese mismo lado, Alessandro y Monia estaban atracados en su pequeñito y vetusto Amel donde practicaban sus técnicas de Jihatzu, o reflexología china. Eran agradabilísimos y prestos a ayudar, aunque yo procuraba una instintiva distancia media de ellos desde el día en que les conocí, cuando cometí el error de confesar una dolencia en el hombro derecho que Alessandro se lanzó a aliviar con sus manos. Dos días más me trató la lesión, durante los cuales el dolor, lejos de remitir, empeoraba de manera manifiesta, obligándome a disimular como podía una mejoría inexistente con el único propósito de no herir sus sentimientos, y terminar aquello antes de que me dejara definitivamente inútil.
Y finalmente Ray, otro solitario a bordo del Corosol, francés, con casa en Barcelona, un físico incoherente (para bien) con su edad, que un día vendió la startup que había creado y con el resultado se compró un barco. Antes de hacerlo ya había viajado mucho, aunque en las naves que tanto desvirtúan el sentido de la distancia y el tiempo cuando volamos en ellas de un lado a otro. El Corosol era otro tipo de nave a la que aún no estaba familiarizado, pero con la que se le veía feliz.
Entre todos, construimos una comunidad dispar, y por ello amena, que nos proporcionaba esa calidez que precisamos los humanos y que sólo logramos cuando nos sentimos parte de algo. Ese “algo” de aquellos días en Mandraki, nunca saldrá de nuestros corazones. Muchos de aquellos “alguien” con quienes compartimos los meses del invierno, se incorporaron a nuestro patrimonio afectivo, y nunca desde entonces lo han abandonado. Así nos encontramos cara a cara con una dulce verdad que los días confirmaban a base de horas de trato y roce: que la familia no es una cuestión de sangre, sino de corazón.
El regreso a Madrid después de tanto tiempo tuvo un efecto de reencuentro con el pasado. Los lugares que formaron parte de lo cotidiano se habían convertido en recuerdos de otra época, donde hubo otras personas, otras circunstancias. La vuelta a ellos parecía como el despertar de un sueño profundo del que se prefiere no salir. Cada esquina, los portales en los que nunca reparamos pero que en el reencuentro resultaban familiares por alguna razón desconocida, la luz desparramada por las farolas sobre las aceras, el banco donde un día se descansó, el seto que florecía en primavera, todo, en definitiva, penetraba los sentidos como un aguijón certero que alcanzaba al alma y le inoculaba una melancolía meliflua que pesaba al caminar, que agalbanaba el ánimo, que hería lentamente. Pero el reencuentro con nuestra tribu curaba las muescas de tantos meses lejos, solo unidos por las voces metálicas del teléfono y por las imágenes planas, insípidas de los píxeles. Nos sentíamos extraños en casa, pero en casa; la casa que era nuestro Madrid natal era ahora un lugar más en el mundo, especial, diferenciado del resto, pero otro de un mundo que habíamos empezado a sentir mucho más cercano que cuando nos embarcamos. Y sentimos que la distancia nos había unido mucho más de lo que hubiéramos podido suponer a cuanto tenía solidez y consistencia en nuestros corazones.
Llevábamos meses ya en Grecia desde nuestra primera arribada, cuando habíamos entrado en Corfú con mal pie. Eran los últimos días de febrero y llegábamos a nuestra primera isla griega después de más de treinta horas ininterrumpidas navegando con fuerte viento desde Crotona, al sur de Italia. Era ya media mañana y estábamos cansados cuando entramos en una bahía amplia al sur de la isla en donde pretendíamos abrigarnos del viento y pasar nuestra primera noche en Grecia. No pudo ser. El anclaje no estaba claro, tocamos fondo con la quilla, a punto estuvimos de quedarnos atascados y no poder salir. Zarpamos inmediatamente, doblamos el cabo sur y avanzamos hacia el norte buscando abrigo en algún lugar de la costa este.
No encontramos nada que nos pareciera adecuado, así que continuamos nuestro camino hasta la misma ciudad de Corfú. Allí entramos en un estrecho puerto y nos cogimos a un muelle público donde pasamos nuestra primera noche de descanso, a pesar de que se levantó un sureste que lanzaba olas por encima del espigón al que estábamos cogidos y removía el agua del interior del puerto como si subieran borbotones desde las mismas entrañas del infierno. Rompimos una pieza de la pasarela y castigamos las amarras hasta más allá de lo aconsejable.
Antes de zarpar habíamos ido caminando al puerto de Mandraki, en el lado norte de la fortaleza. No nos impresionó. Más bien nos resultaba un tanto incómodo atravesar el interior de esta para acceder a los amarres. Nuestra segunda entrada en el puerto ya fue en el Alendoy. Estuvimos una semana, volvimos a zarpar y tomamos rumbo nordeste con destino a Montenegro y Croacia, pasando por Albania. Pero pocos días después huíamos de allí después de haber recorrido casi toda su costa, viento en contra, con el afán de regresar a territorio griego huyendo de un confinamiento fuera de la Unión Europea. Podría decirse que las amarras no estaban aún plenamente cogidas cuando nos vimos confinados en el puerto de Mandraki, donde pasamos los siguientes tres meses de aislamiento, o mejor, de recogimiento.
Era difícil prever entonces que la siguiente vez que regresáramos a Corfú tras haber navegado por muchas de las aguas de Grecia, y entráramos en el puerto de Mandraki, nos acompañaría una sensación tan intensa de estar volviendo a casa. Pero las expresiones sinceras de alegría al vernos de quienes allí habíamos dejado, la familiaridad del lugar que, pese a ello, no dejaba de sorprendernos con su belleza, el carácter de hogareño que para nosotros habían adquirido sus instalaciones, todo nos abrazaba y nos decía “estáis en casa”.
Habíamos regresado a Corfú para dejar el Alendoy en un sitio conocido y seguro mientras volábamos a España para resolver asuntos de trabajo y salud, ver a la familia y tener una toma de contacto con los amigos. Pero también conscientes de que, en caso de resultar confinados en Madrid, Mandraki era buen abrigo para el barco. Así que lo dejamos tranquilos y volamos hacia poniente. Cuando regresáramos, entraríamos con buen pie.
Grecia es un país cuya belleza no depende ni de maquillaje, ni de moda o complementos. Diría de Grecia que es bella sin pretenderlo, espontáneamente, con una discreción que su grandeza histórica apenas le permite, pero que parece arraigada en el tuétano de su gente. Si Disney ha creado un imperio turístico a base de andamios y cartón piedra, ¿qué podría levantar Grecia con los mimbres históricos, paisajísticos, climatológicos, costumbristas, artísticos y sociológicos que posee?
Llegamos a Monemvasía con la caída de la tarde, y la descubrimos entre las sombras de un sol languideciente en cuanto doblamos el peñón que lleva su nombre, toda rodeada por una muralla rectangular dentro de la cual las construcciones de piedra se orientan al mar como si de un graderío se tratara, listo en cualquier momento para contemplar el espectáculo de los crepúsculos del Egeo.
Su naturaleza incierta entre isla o península la provoca un cordón umbilical de asfalto que la une con Yefira, en el Peloponeso. La habíamos descubierto con el atardecer, recorrimos sus calles entrando de noche, y la contemplamos nuevamente por la mañana cuando la dejábamos por popa al día siguiente. La estampa, enmarcada por la muralla, sujeta en la espalda por la pared vertical de la ladera que la abriga del norte, iluminada por la luz, venga del sol o de las fuentes que la propia población provee para sus noches, su dimensión humana, y los vaivenes de ese urbanismo espontáneo, fiel a las leyes ni escritas ni habladas de la convivencia, ya evoquemos su interior o su fachada, es inolvidable.
El tiempo que le dedicamos nos supo a poco, pero el rodeo de la gran península que habría de llevarnos al Jónico requería de la mayor prudencia, por lo que debíamos aprovechar el buen tiempo que nos dejaban los primeros días de septiembre.
Con ese buen tiempo llegamos a Elafonisos, en el extremo sureste del Peloponeso, al final del primero de sus tres dedos, según se sale del Egeo. La amplia bahía y el fondo de arena eran un magnífico tenedero para pasar una noche tranquila entre barcos de todo porte. Entre los de nuestra liga se encontraba otro Amel, un Santorin, tripulado por una pareja austriaca que pasaban largas temporadas abordo y que planeaban cruzar el Atlántico al año siguiente para luego continuar hasta dar la vuelta al planeta. De las ligas superiores había varios grandes yates, dos especialmente llamativos, y de éstos, uno particularmente impresionante por sus dimensiones, cuyo egregio pasaje había descendido a la playa con un ejército de cocineros, pinches y camareros que les preparaban y servían la cena desde la cocina improvisada a orilla del mar, hasta la mesa bajo carpa donde los comensales parecían disfrutar de ricos manjares. La escena nos llamó la atención disparando reflexiones sobre la riqueza, el bienestar, el lujo, y cómo todo ello puede encontrarse en la más extravagante opulencia o en las cosas más sencillas y auténticas que dan brillo a la vida hasta convertirla en un placer. En realidad, no son las posesiones, sino cómo se interpreta lo que se tiene, lo que convierte a alguien en rico o en pobre, al menos a ojos de sí mismo.
Elafonisos es una pequeña isla unida al continente por una lengua de arena desde la que se contemplan y disfrutan playas a ambos lados, las dos con arenas claras, aguas limpias y paisajes bonitos. Pero no sería hasta la media noche cuando se nos revelaría la gran sorpresa que el azar -y el mega yate con el que coincidimos- nos tenía reservada. Ya nos habíamos acostado para disfrutar del descanso que solo los buenos fondeos proporcionan y que no es comparable a ningún otro: el abrigo del silencio apenas interrumpido por el contacto del agua con el caso, el sabor enigmático que la Vía Láctea deja siempre en la memoria, el movimiento apenas perceptible pero evidente del barco… cuando oímos detonaciones en el exterior. Fueron varias, rápidas, estruendosas. Salimos disparados a la cubierta que ya estaba iluminada por los borbotones de luz que se derramaban desde el cielo en cientos de caudales brillantes con un mismo origen -la explosión-, hasta desaparecer cuando se aproximaban al horizonte. Fueron los primeros estallidos de una ronda de fuegos artificiales de una espectacularidad impresionante, más aún por el estruendo de sus explosiones rompiendo el silencio de la noche, quieta como la oscuridad, sobre la que se expandían sus ondas. Fue una exhibición larga, bella, artística, que se hizo aún más ostentosa cuando al terminar, la noche recuperó su discreción, y el silencio resonó con aún más presencia. Nos sentimos afortunados. Muy afortunados de llevarnos de aquel lugar más de lo que por sí mismo podía ofrecer, pero también reflexionando sobre la arrogancia de quien convierte una bahía en el escenario de su exhibición “a mayor gloria de sí mismo”, sin siquiera considerar que, en aquel momento, en aquel lugar, alguien podía estar embriagándose de silencio y quietud. “No seas cascarrabias” dijo Paloma, no falta de razón, para dar fin a la conversación…
Salimos temprano para llegar a Porto Kagio, en el dedo central de la península. El viento no acompañaba, pero era suficiente para ayudar a la Perkins con mayor y mesana, mientras disfrutábamos de esa luz que solo da el Mediterráneo y a la que tanto le debe el arte y la cultura de sus países ribereños.
Porto Kagio es un sitio tranquilo, bien abrigado, con una mínima población de apenas unas pocas edificaciones entre las que alguna albergaba su restaurante como el que nos acogió para tomar un buen (y bien pagado) pescado. Grecia es el país de Europa que más islas tiene en su territorio, y sin embargo es difícil comer buen pescado. Los restaurantes tienen poca oferta, más allá de calamares, pulpo y sardinas, y frecuentemente mal cocinada por exceso, además de cara. En Porto Kagio confirmamos una vez más lo dicho, aunque en aquella ocasión el pescado estaba rico, tanto por sus propios méritos como por cuanto a ello contribuía la quietud de la bahía, la serenidad del agua bien acogida por el abrigo de los montes que la rodeaban, las estrellas abarrotantes del cielo y la temperatura apacible de un aire que embriagaba de bienestar.
Solo nos quedaba doblar un cabo más para entrar en el mar Jónico, al oeste del Peloponeso: Methoni. Desde lejos se apreciaba ya la silueta de la torre medieval que se adentra en el mar como el último fleco de la enorme fortaleza cuyas murallas acogen lo que en tiempos fue la ciudad y de la que ahora quedan apenas algunos restos visibles a expensas de que las excavaciones arqueológicas desvelen el resto del enorme emplazamiento. En dicha torre circular a la que se accede por un camino empedrado que tras superar un puente desemboca en su base, estuvo prisionero D. Miguel de Cervantes tras la derrota de Lepanto.
Quizá éste no sea el lugar para disfrutar de los atardeceres más bellos del Mediterráneo, pero sin duda se encuentra entre los primeros merecedores de dicho reconocimiento. La línea del horizonte que se extiende desde un mar a otro, sólo interrumpida por la silueta verde de la isla de Sapientza, da una idea del carácter fronterizo que otrora debió tener este extremo peninsular cuando la vigilancia visual era la única opción de vislumbrar una posible amenaza desde el mar.
La mañana siguiente amaneció temprano, y nosotros también. Nos esperaba un largo recorrido hasta el puerto de Katákolo, ya en pleno Jónico, desde donde iniciaríamos la excursión para visitar las ruinas de la antigua ciudad de Olimpia, cuna de los famosos juegos que han acompañado a la humanidad durante una buena parte del tiempo en que ha tenido civilizaciones. Habíamos alquilado un coche para recorrer los pocos kilómetros que nos separaban del yacimiento arqueológico al que llegamos a media mañana de un precioso día soleado y fresco, en el que la luz se nos alió para mostrarnos un paraje que rezumaba el sosiego heredado de un milenio tras otro.
La antigua Olimpia, la Olimpia de los juegos, se encuentra en una extensa llanura de calles amplias y construcciones de piedra que albergaron a deportistas de cuantas disciplinas se practicaban en la época, así como a las personalidades que, atraídas por el espectáculo de las contiendas, se desplazaban hasta el lugar donde se instalaban y eran testigos de la confrontación noble y competitiva de iguales en el ejercicio de una disciplina. Incluso algo queda de lo que fue el taller del famoso escultor Fidias entre los restos de lo que después conformó una pequeña iglesia. Los juegos fueron una lección de civismo, de sofisticación, de comportamiento elevado, ético, gracias al cual las diferencias se dirimían en buena lid, ante testigos, sin el drama de la muerte, dejando de manifiesto quien ostentaba la superioridad física y espiritual. Me pregunto cuánto habrían durado en aquel contexto las estrellas deportivas que hoy se tiran al suelo de los estadios de futbol para simular faltas inexistentes, exhibiendo inmoralmente el peor de los ejemplos ante las hordas de seguidores, adultos y niños, que les admiran y les toman por referente. Me avergonzaba pensar en tan bochornosos espectáculos como los que hoy ofrecen algunos deportes en connivencia con los poderes de la sociedad de la que surgen, que los tolera y alienta, para mayor oprobio de todos.
El gran estadio de Olimpia es impresionante. Imaginar las laderas a uno y otro lado del recorrido de la pista central, plagadas de la gente que allí se congregara en la época, puede embriagar la imaginación hasta el delirio: las túnicas, los adornos y atavíos, el estar de quienes se anticiparon a nuestro tiempo sentando las bases que aún dan cimentación a muchas de nuestras ideas.
De regreso a Katákolo, conocimos el yate que perteneció a Aristóteles Onassis que llevaba el nombre de su ya fallecida hija “Cristina O.”, una embarcación de líneas clásicas, elegante en sus formas, enorme en el muelle del puerto, entonces ya disponible para alquiler por la nada desdeñable suma de entre 70.000 y 100.000 euros diarios.
También conocimos a una pareja de neozelandeses cuyos hijos, mayores e independizados, trabajaban en distintas partes del mundo (uno de ellos en Vanuatu) mientras ellos viajaban por el Mediterráneo en su velero. Compartimos vino, conversación, inquietudes y sueños con una intimidad que solo se da entre quienes viven vidas similares.
A pocas millas de Katákolo está la isla de Zakintos donde paramos guiados por recomendaciones que describían una ciudad cuyo encanto no fuimos capaces de encontrar, quizá porque el velo del turismo desvirtuaba a nuestros ojos la realidad de lo que quizá era una localidad agradable. Pronto zarpamos para continuar con nuestro camino hacia el norte; la siguiente parada sería en una de las islas más míticas de la historia humana.
Cuando uno conoce la isla de Ítaka entiende que Ulises quisiera regresar a ella. Es una mancha intensamente verde pegada a la isla de Kefalonia, que se extiende entre su costa y la del continente, en la misma puerta del golfo de Patrás que conduce hasta el impresionante canal de Corinto. Su encanto salta a la vista en cuanto se la vislumbra con la luz de la mañana dando vida a su orilla oriental. En ella arribamos a la bahía donde se encuentra la playa de Filatro buscando abrigo del viento noroeste que prometía entrar con fuerza al día siguiente. Pasamos la primera noche fondeados en mitad de la bahía, pero preferimos cambiar de sitio a la mañana siguiente para fondear “a la griega” con amarras a tierra desde la popa.
Como estábamos a unos pocos kilómetros por tierra de la ciudad de Ítaka, nos pareció mejor plan alcanzarla caminando que bordear la mitad norte de la isla hasta llegar al puerto excesivamente expuesto al noroeste que se preveía; así que madrugamos al día siguiente y emprendimos camino por la estrecha, serpenteante y empinada carretera que iba hasta la ciudad. En efecto, la distancia no era excesiva, pero sus cuestas representaban más reto del que estábamos dispuestos a acometer cuando un coche apareció por detrás. Reaccionó al gesto que le hicimos con la mano para que se detuviera; apenas habíamos empezado a preguntar cuando Igor nos invitó a subir. Su inglés era modesto, su semblante serio, su aspecto espontáneo, su mirada intensa. En los pocos minutos que duró el recorrido nos contó que era de Serbia, que de la noche a la mañana (literalmente) tuvo que abandonar su país para evitar un reclutamiento indeseado que habría de llevarle a combatir en una guerra que no entendía y en la que no quería participar. Se fue a Portugal donde pasó varios años antes de desplazarse a París, su residencia actual junto a su mujer, Yerena, reportera radiofónica de la radio nacional francesa para el exterior.
En esos pocos minutos en el coche nos dimos cuenta de que teníamos muchas más cosas que contarnos que las que el trayecto nos había permitido compartir, así que quedamos para encontrarnos por la tarde en la bahía donde estábamos fondeados y compartir unas cervezas. Con ellas, y asediados por una verdadera plaga de avispas que a base de ignorarlas se convertían en inofensivas, pero incómodas, charlamos de sus vidas y de las nuestras, de sus sueños por salirse de un sistema en el que se sentían extraños y optar, como nosotros, por acercarse a las bondades de la vida simple, auténtica. Nos despedimos de ellos con pesar, conscientes de que quizá nunca nos volviéramos a encontrar, pero también felices de haber sido tocados por la dicha de una tarde tan agradable, con personas tan singulares.
Desde Ítaka, el resto de nuestro periplo sólo incluyó dos paradas más en la misma isla: Paxos. Ella fue el primer punto de recalada desde que habíamos salido de Corfú meses atrás, y ahora, Gaios y Lakka, eran los dos últimos fondeos antes de volver a sus aguas para pasar el invierno. En esos días confirmamos los encantos incontestables de Paxos, aunque la bellísima Lakka que habíamos conocido apenas sin barcos cuando muy pocos se habían despertado del largo confinamiento a que había obligado el Covid, distaba mucho de la que ahora nos encontrábamos, literalmente abarrotada de barcos, charter la mayoría, cuya presencia no deja de inquietar cuando se observan sus maneras escasamente marineras y frecuentemente descorteses. Pero la belleza de la bahía estaba por encima de cualquiera de los inconvenientes que pudiera suponer terminar un viaje como el nuestro en sus aguas. Habíamos surcado el Jónico, atravesado Corinto, subido hasta las Espóradas, cruzado el Egeo dos veces, entrado en aguas turcas, alcanzado Rodas, bordeado el Peloponeso, azotados por el Meltemi y disfrutado de una Grecia incomparable, auténtica, única e irrepetible a la que volveremos; siempre volveremos.
Las piedras, que tan irreverente indiferencia tienen hacia el tiempo, finalmente son doblegadas por él. El hombre no es el único animal que rompe el caos de la naturaleza imponiéndole un orden para sus propósitos, pero sí es el único cuyo esfuerzo, más allá de finalidades prácticas, aspira a la belleza. Por eso hoy encontramos en los vestigios de los puentes, diques, murallas y columnas, adornos y formas absolutamente inútiles, pero maravillosamente bellos.
En Micenas encontramos, quizá, las piedras más antiguas que hayamos visto desde el inicio de nuestro periplo por Grecia; pero en realidad, tales piedras ya estaban allí cuando Agamenón les hizo dar forma y ordenar hasta erigirlas en el palacio desde donde divisaba la preciosa bahía de Navplio, y han seguido estándolo hasta hoy, destronadas de sus posiciones en columnas, terrazas y salones, desperdigadas con más o menos rigor según el juicio de los arqueólogos que ven en ellas la memoria de un tiempo, cinco mil años atrás, del que sabemos por el diálogo silencioso que mantienen con ellas. Esas piedras, seguirán también ahí, imperceptiblemente perdiendo sus formas hasta el día en que ni arqueólogos, ni humanos en general, las ronden buscando explicaciones de sí mismos. Incluso más allá.
Habíamos recorrido casi setenta millas ininterrumpidas desde Lavrio, dejando la bellísima Hydra a nuestro babor, y subiendo por el golfo de Argolikos hasta Navplio. Nos amarramos a su inmenso muelle y alquilamos la moto del “accidente”. Con ella, hicimos una media hora de camino hasta el yacimiento arqueológico de Micenas, en lo que un día fue el centro de una de las civilizaciones más antiguas de las que tenemos conocimiento, y de la que aún queda la planta de sus calles, el perímetro de sus casas y restos de enterramientos egregios. Allí confirmamos la ubicación estratégica del lugar con vistas ininterrumpidas de la bahía haciendo posible la defensa o bienvenida, según el caso, para quien fondeara en sus aguas. En el museo comprobamos el dominio de la talla que ya tenían los hombres y mujeres de aquel tiempo, y que ya hubiesen querido para sí imperios que dominarían milenios más tarde.
Cerca de allí estaba la presunta tumba del gran rey Agamenón. ¡Nunca un rey tan grande tuvo un porquero cuya fama le igualara! Se trata de un montículo ahuecado en su interior creando una bóveda de piedra de considerable altura y a la que se accede por un corredor de elevadas paredes que termina en la cámara mortuoria donde un día se supone que descansaron los restos y tesoros funerarios del gran rey. Esta tumba, que ha venido siendo visitada durante varios milenios, se conserva en magnífico estado, y a pesar de estar totalmente vacía, es una parada ineludible para sosegarse en su silencio, envueltos por una penumbra protectora del sol impenitente del exterior.
Emprendimos camino de regreso a Navplio; nos esperaba la enorme fortaleza que la corona. Lo mejor de las fortalezas son sus emplazamientos, normalmente elevados y por ello privilegiados para vigilar, ahora contemplar, las vistas impresionantes que en su día hubieron de defender; pero la austeridad militar de su arquitectura resulta aburrida, salvo por el efecto general de su planta cuando se la contempla desde lejos, mérito que reside más bien en la combinación del lugar y la construcción, que en lo que ésta puede ofrecer por sí misma.
Antes de devolver la moto, un escúter de 125 cc que por los kilómetros que se le intuían, bien hubiera podido proceder de los tiempos micénicos, quisimos aprovecharla para renovar nuestra carga de gigas en la tienda de Vodafone. Nos dirigimos a ella llevados por Google Maps hasta su misma puerta. La tienda estaba a nuestra izquierda en una calle de dos direcciones, así que nos aproximamos por el carril de la acera de enfrente hasta el momento en el que podíamos girar. Redujimos paulatinamente la ya moderada velocidad a la que nos acercábamos hasta estar casi parados y hacer el giro tras el que detenernos en la misma entrada. En ese momento, la rueda delantera continuó su avance en la dirección que traíamos a pesar de que yo ya había girado el manillar, deslizándose como sobre una superficie aceitosa hasta dejarnos tendidos en mitad de la calle. El asfalto estaba limpio y seco, con lo que la única causa posible era el excesivo desgaste de la cubierta. Ambos ilesos, nos levantamos con calma, comprobamos que no había heridas ni lesiones, levantamos la moto y solucionamos en la tienda lo que nos había llevado hasta ella. No fue hasta la noche, caminando por las apacibles calles de Navplio, entre sus casas venecianas y sus tradicionales restaurantes, cuando Paloma empezó a resentirse de una vieja lesión de esquí en las costillas, y la contusión en el pulgar ocasionada por el manotazo con que evitó caer sobre mí cuando la moto nos desmoronó. Así es como una simple, inocua e intrascendente caída pasó a convertirse en “el accidente”.
Pensé otra vez en el orden y el caos, en que las piedras de Micenas habían salido del caos de la naturaleza para incorporarse a un orden impuesto por el hombre; pero nosotros habíamos caído del orden humano, al caos asfáltico. Tal vez sea que el verdadero orden está en la espontaneidad de las cosas antes de que intervenga la voluntad humana, con cuyo orden en realidad convierte en caótico aquello que ha permanecido siempre estable y a lo que propende espontáneamente.
Existe una relación incontestable entre el valor que le asignamos a las cosas y su duración. Lo interesante es que dicha relación no siempre experimenta el mismo comportamiento. A veces, cuanto más breve es algo más valor parece tener; esa limitación en el tiempo le otorga una mayor cotización por su carácter de escaso. En cambio, otras veces son las cosas que han trascendido al tiempo las que cobran relevancia, y así contemplamos en museos objetos que un día pasaron totalmente desapercibidos y que hoy se exhiben como vestigios preciados de una época remota.
La salida de Astipalaia fue con el propósito de detenernos en Amorgós y visitar el monasterio que de manera tan inverosímil se aferra a la pared de la roca. Es una imagen impresionante que queríamos grabar en nuestra retina, pero que el meltemi se encargó de trasladar desde el cajón de los destinos visitados al de las asignaturas pendientes. Por eso tuvimos que dejar la isla por nuestro estribor y continuar hasta la siguiente en nuestro camino: Naxos.
Habíamos llegado al mismo corazón de las Cícladas, donde los vientos del norte se muestran más implacables, dispuestos a pasar al abrigo de la pequeña bahía del extremo sur lo que la previsión meteorológica había anunciado como un episodio de “nortes” intensos. No nos podíamos imaginar lo que se nos venía encima…
En previsión de la llegada del fuerte viento habíamos hecho un fondeo a conciencia, asegurando que el ancla estaba bien clavada en un buen tenedero y con mucha cadena para garantizar una amplia catenaria. Conforme a lo habitual en la zona en el mes de agosto, el viento llegó de repente, contundente, indiferente a sus efectos, con una fuerza que puede explicarse, pero no describirse. La primera noche las rachas mugían con la furia de una bestia encolerizada. En la oscuridad de la noche el Alendoy soportaba las acometidas de tan inmensa fuerza, primero por una amura, luego por la otra, y así en una alternancia enervante en la que cada embestida hacía contener la respiración bajo la sombra de una duda latente: ¿resistirá…? ¿Resistirá el ancla…? ¿Resistirá la cadena…? ¿Resistirá la amarra…? ¿Y si no…? ¿Qué haremos entonces…?
Resistimos. Resistió todo, aunque la fiesta aún no había llegado a lo mejor. Amaneció un cielo nítido, en el que el viento no dejaba ni la más remota posibilidad de que nada se suspendiera en el aire. No había aves, ni nubes, ni siquiera los efectos normales de la luz en un día tranquilo. El viento atemoriza hasta el límite cuando se alía con la oscuridad de la noche dejando en manos de la imaginación todo lo que no puede verse. Pero el día muestra con toda crudeza la realidad, y la nuestra en aquel momento era la de un paisaje castigado sin piedad por un viento indescriptible. Su intensidad había aumentado. La arena de la playa se levantaba y avanzaba en nubes sobre la superficie del mar que se había vuelto blanca por la espuma de las olas arrancadas a sus aguas. No era posible mantenerse de pie en cubierta, ni siquiera sujeto. Las comprobaciones en proa de que todo estaba bien había que hacerlas bien agachado para presentar menos resistencia a aquel viento dispuesto a llevarte con él. Los setenta metros de cadena que nos unían al ancla se elevaban hasta la superficie y exhibían una tensión inconcebible; entonces yo pensaba en que por muy sobredimensionado que a uno le parezca el equipo, siempre lo percibirá como insuficiente cuando se lo pone prueba en condiciones extremas. Algunas embarcaciones intentaron entrar en la bahía cuando ya estaba montada la fiesta, y no les resultó fácil. Las condiciones eran complejas, incluso para una maniobra tan simple como la de largar un ancla por proa. Aquella quizá no fuera la experiencia más dura que hubiésemos vivido con el viento (¿o sí…?), pero sin duda estaba entre las más sobresalientes. El par de días que estuvimos allí pareció más largo de lo que fue, y la experiencia, aunque breve, no la olvidaremos; sin duda su brevedad es precisamente lo que más valoramos de ella.
Por fin, cuando la furia del elemento cesó, salimos hacia Paros en cuyo extremo norte se encuentra el pueblo de Náousa. Fondeamos protegidos por el codo que la costa forma en el lado norte de la bahía, y nos acercamos al pueblo en el dinghy. El aspecto era el típico de los de las Cícladas, con casas blancas y calles estrechas, pero no tan conocido como otras, véase Mikonos, que ha trascendido más allá de las fronteras griegas. Me preguntaba por la popularidad de Mikonos, y no alcanzaba a entenderlo, porque no hay nada que la diferencie significativamente de otras poblaciones que, sin embargo, gozan de un aire de autenticidad que ésta perdió hace tiempo.
El puerto de Náousa es uno de los más bonitos que vimos, con su muralla, su torre en el extremo, los restos de lo que un día fueron medios de defensa y abrigo del mar para las casas que, en la misma orilla, se levantan tímidas y arreboladas como plantas que pugnan por su porción de suelo. Todavía se ven embarcaciones de pesca de las de toda la vida, algunas convertidas en restaurante flotante que suma algunas mesas más a las que ocupan las pequeñas calles y plazas junto a los muelles. Todo, en su conjunto, goza de ese atractivo singular que tienen las cosas de otro tiempo, que llegan hasta nosotros como huidas de su época, para traernos el mensaje de cómo fue la vida entonces. Su valor, por ello, es incalculable.
En la mesa de al lado del restaurante japonés donde cenamos, se sentaba una pareja, él del Reino Unido, ella sudafricana, ambos residentes en Londres y de vacaciones en Grecia. El rubio platino en dramático contraste con el color de la piel de Débora, nos había llamado la atención desde que llegamos. Más tarde, a medida que avanzábamos en la conversación, fuimos descubriendo a dos personas muy educadas, correctísimas en el trato, relajadas y naturales que compartieron con nosotros sus visiones sobre el país, el Brexit, la economía, y el resto de los temas que, de manera fluida, iban surgiendo con tanta espontaneidad que bien hubiéramos continuado la noche al amparo de alguna jarra más de vino del lugar. Pero, lo dicho, ya era de noche, y teníamos por delante un par de millas en el dinghy, en plena oscuridad, hasta regresar al Alendoy. Así que aquel fue el punto final de una relación que no por efímera dejó de ser tremendamente agradable. Estaba en la categoría de valioso por efímero.
Cada vez estábamos más cerca de Lavrio, en la península Ática, donde terminarían los días de familia que nos había otorgado el verano. Manu regresaba a Madrid tras el mes de agosto más breve y rápido que hayamos vivido. Apenas había comenzado, ya estábamos en su ecuador y David tuvo que regresar; no nos habíamos recuperado aún de su marcha cuando Manu ponía fin a un mes de familia, en su sentido más profundo, primario, tribal, dejándonos solos, también en su sentido más profundo. Los planes de Álvaro que habría de llegar al marchar Manu, se vieron truncados por los rebrotes del Covid 19 ante los cuales juzgó imprudente viajar exponiéndose al riesgo de una cuarentena que diera al traste con los días que habría de compartir abordo. El tiempo se había contraído…
Esos días junto a nuestros hijos que tan breves nos resultaron, cobraban cada vez más valor a medida que su ausencia iba calando en nuestros corazones hasta depositarse en su fondo y construir sobre el poso de amor incondicional que se ha venido formando desde que nacieron. Los días del Egeo, habían terminado.
Nuestra siguiente parada fue en Symi, rodeada en gran parte por las orillas de la costa turca. Optamos por un bellísimo fondeadero en el lado sur donde pasamos un par de días de descanso y solaz. Luego dimos el salto hasta Nisyros. Su silueta tiene forma de volcán; sus entrañas, también. Llegamos a un pequeñito puerto en su lado norte y, motos en ristre, ascendimos hasta el cráter por una carretera que iba descubriendo paisajes cada vez más bonitos según la caída del sol teñía las islas de alrededor de colores no menos volcánicos que la propia ladera por la que ascendíamos. Llegamos al punto más alto, pasamos por lo que parecía un puerto de montaña y empezamos a descender, esta vez expuestos al paisaje interior de un enorme valle, todo él rodeado de montañas. Estábamos dentro del inmenso cráter, avanzando por la llanura de su interior hasta alcanzar la misma fuente de erupción que un día escupiera el caldo pétreo que daría forma a la isla cuando se enfrió. El orificio de la grandísima fumarola era como un cráter pequeño dentro del enorme cráter que lo rodeaba. Era blanco como la tiza, con escapes de gas aquí y allá y fuerte olor a azufre. Descendimos a tu interior; notábamos la temperatura del suelo que pisábamos, más cálido de lo normal, si es que hay algo que pueda calificarse de “normal” en la naturaleza. Fue una experiencia emocionante, bella hasta lo dramático, de una intensidad difícil de describir.
Luego visitamos la población. Totalmente abierta al mar como si lo desafiara con sus calles expuestas al oleaje del norte, el pueblo se extendía entre la falda del volcán y los embates de las olas. Muy lejos de ser un decorado que replicara el ideal de pueblo griego, el Mandraki de Nisyros reflejaba en sus calles una vida cotidiana, no ajena al turismo, pero tampoco infiel a su identidad. Las estrechas calles albergaban el comercio que abastecía a sus vecinos, sin excluir otros más orientados a los foráneos que quisieran llevarse en algún objeto un vestigio del alma de la isla.
Salimos bien temprano para nuestra siguiente confrontación con el meltemi de agosto y llegar a Astipalaia contra un noroeste impenitente que levantaba olas y se defendía con gana de quienes pretendían adentrarse en sus pliegues. Luchamos con tesón haciendo la mejor ceñida que permitía un ketch como el Alendoy hasta llegar a la bahía de Vathy profanando su muy angosto canal de entrada, para fondearnos en total soledad.
Fuimos con el dinghy al pequeño muelle que se extendía en el lado este y desembarcamos con admiración y curiosidad, como algún día lo hicieran los primeros pobladores de aquella isla. Justo enfrente había una pequeña edificación con una terraza y un letrero: “taverna”. En su interior había unas pocas mesas ocupadas por gente comiendo en un ambiente que más parecía el del comedor de una casa particular que el de un establecimiento público. Una lista escrita a mano con tiza sobre una pizarra colgada en la pared mostraba el menú y los precios.
Bajo la pizarra, sobre una mesita, había pequeños cuadernos y bolígrafos para que quien entrase anotase en ellos lo que elegía del menú de la pizarra. Una vez habíamos escrito los diversos platos que íbamos a cenar, llevamos nuestro cuaderno a la cocina donde María, la dueña, se afanaba entre sartenes y ollas a la vez que atendía la ventana abierta al comedor y desde la que le alargamos nuestro pedido. Lo miró y nos indicó que entrásemos en otra estancia de la cocina para que cogiéramos de la nevera lo que quisiéramos beber. Su madre, una anciana gruesa vestida de negro riguroso sentada sobre un sillón, en la esquina opuesta a la ventana tras la que trabajaba su hija, nos indicó con el bastón dónde estaba la nevera. Utilizamos el abridor de botellas que encontramos sobre un pequeño mostrador, nos trasladamos hasta nuestra y esperamos la llamada de María que, desde su ventana, gritó “Paloma” con la autoridad de la madre que llama a sus hijos para cenar. Recogimos las viandas, nos deleitamos con ellas a la vista del paisaje de la bahía acariciada por la luz lánguida del atardecer, conversamos y gozamos de la dicha de estar juntos.
A la hora de marchar volvimos a la cocina para pedirle la cuenta a María. Nos lanzó una mirada severa que pronto se suavizó con una sonrisa cómplice que ya se había ganado Paloma cuando le dijo que éramos españoles; señalando el papel donde habíamos escrito nuestro pedido nos dijo que pusiéramos los precios de la pizarra, que añadiéramos lo que habíamos bebido y lo sumáramos. Así lo hicimos, dejamos el dinero al lado y nos despedimos entre “adioses” y “llasas”.
Marchamos deslumbrados por la naturalidad del lugar, por su sencillez despojada de convencionalismos, imposturas o etiquetas como las que normalmente utilizábamos en el mundo urbano y post-industrial del que procedíamos. Una sola persona llevaba desde la cocina todo un restaurante, en el que su mera presencia infundía una normalidad al hecho de cocinar y comer, que hacía superflua cualquier otra función de camarero, metre, cajero, pinche o barman. María era una mujer orquesta que sin más batuta que sus manos sacaba de aquellos utensilios de cocina los ritmos con los que nos vibró el paladar, sin más artificio que buenos productos, y las recetas que sin partitura había venido interpretando desde su infancia al son de los usos familiares. Fue una gran experiencia. Fue una gran lección.
Frecuentemente me pregunto por la naturaleza del tiempo, eso que sin ser está siendo, que todo lo transforma pero que en realidad no existe, que solo porque vivimos sabemos de él. A veces parece detenerse; otras, estirarse; también se acelera y da la sensación de volar; se muestra distinto según se lo contemple hacia adelante, cuando aún no ha sucedido, mientras proyectamos; o se lo mire en retrospectiva, cuando tampoco existe por haberse incorporado al pasado, a la memoria. Lo que en él sucede y que llamamos vida, en realidad nada tiene que ver con su naturaleza, pero depende absolutamente de ella. El tiempo nos crea, nos destruye, nos transforma; nos traslada por la existencia como los hilos que sujetan a las marionetas. Lo medimos, lo valoramos, le ponemos precio, lo intercambiamos por bienes y lo reducimos a “cosa” con la idea vicaria de estar sometiéndolo a nuestros propios designios, cuando en realidad, no ejercemos ni la menor muesca en su devenir.
Zarpamos temprano hacia la isla de Tilos, bordeando la península turca de Datca. Hicimos noche en una de sus calas con la idea de descansar antes de emprender rumbo hasta el punto más oriental de nuestro recorrido: Rodas. Ya de camino, a unas 25 millas de la eterna ciudad, leímos sobre Alimiá. Es algo así como un satélite en el lado oeste de la legendaria isla, que se encuentra deshabitado, pero que conserva algunos edificios que en su día se levantaran para prestar apoyo logístico a las tropas alemanas durante la segunda guerra mundial. Ya antes había dado cobijo a venecianos y genoveses, quienes igualmente habían dejado allí sus vestigios arquitectónicos. La isla es un paraíso perdido, apenas frecuentado, con una enorme bahía en su interior que proporciona un buen abrigo del viento. Allí, en aguas transparentes, en el más intenso silencio, asediados por la dulce soledad de quien opta por ser Robinson, detener el tiempo, sucumbir a los sentidos y disfrutar del milagro de estar vivos y conscientes de la vida, tiramos el ancla como quien lanza un cordón umbilical, y lo clavamos en el fondo para respirar de sus entrañas la seguridad de la tierra en una noche quieta y callada.
Aprovechamos para visitar los antiguos barracones militares abandonados desde la guerra, aún con las pintadas que los soldados dejaran en sus paredes, probablemente llevados por el mismo impulso de quienes decoraron los muros de Altamira. Esas creaciones que en su momento no tenían la menor pretensión de largo plazo, han trascendido en el tiempo; un día desaparecerán sin dejar el menor rastro, pero hasta entonces atraen la vista y la admiración de quienes las encuentran, preguntándose cómo serían aquellos hombres que quisieron comunicar al mundo, sin saber en concreto a quién, ni qué mensaje, un estado de ánimo, una idea o un sentimiento. Es lo que normalmente llamamos arte, y que por más que se transforme de una época a otra, tampoco se rinde ante los rigores del tiempo.
Pusimos rumbo a Rodas. La costa ya nos desvelaba una isla frondosa, variada, con paisajes entre montañosos y planos según variase la proximidad a la misma línea de mar. Hicimos norte hasta doblar un cabo con mucha restinga y un faro en el extremo. Al doblarlo, la ciudad de Rodas nos golpeo la vista con sus murallas, sus torres, la variedad de estímulos diversos, todos ellos con el denominador común de proceder de otra época en la que los ataques y las defensas constituían las bases sobre las que se alzaban las ciudades. La entrada al puerto entre las estatuas de dos ciervos sobre sendas columnas, le otorgaba una prestancia singular. A un lado, el espigón amurallado, aún con molinos de viento de otra época rompiendo la inmensidad del cielo; al otro, las puertas de la ciudad, la gran ciudad de piedra a intramuros, con escudos de armas sobre muchas de sus entradas, jalones tallados en forma de columna, calzadas empedradas, plazas ensombrecidas por enormes ficus benjamina, patios interiores con higueras. El acceso a ese castro de piedra por cualquiera de las puertas de la ciudad es impresionante; el encuentro con sus calles más prominentes, ahora entregadas al comercio, es una fiesta para los sentidos; pero el recorrido por el resto de sus innumerables, modestas, fielmente empedradas callejuelas que se extienden por el resto del asentamiento, es una aventura inolvidable por las rutas urbanas de un casco de otro tiempo.
No se sabe dónde estuvo el gran coloso que llevaba el nombre de la ciudad. La creencia de que las piernas jalonaban el acceso al puerto con un pie a cada lado de la bocana, parece más leyenda que realidad; la arqueología moderna se inclina a favor de la teoría de que estuviera en el promontorio más al norte de la ciudad, visible tanto para quienes se aproximaran desde el lado sur, como para quienes lo hicieran desde el norte.
Al día siguiente nos fuimos a conocer algo del interior. Visitamos la fortaleza de Lindos, en el este, sobre su preciosa bahía, coronando las callecitas blancas del pequeño pueblo.
Huroneamos en la zona de “las siete cascadas”, en el interior de la isla, pasando del cauce de un río al de otro a través de un túnel subterráneo construido por el hombre para trasvasar agua cuando sea necesario. El túnel era muy largo, tanto como para desde un extremo no ver la luz del otro, de poco más de un metro setenta de altura, y apenas lo suficiente para no rozar sus paredes con los hombres. Entramos sin saber muy bien dónde nos metíamos, con los pies hundidos en el agua, y avanzamos en la más absoluta oscuridad (alumbrados con la linterna del móvil) notando cómo el agua nos alcanzaba las rodillas y luego los muslos, sin dejar de pensar en cuánto más subiría su nivel antes de llegar al otro lado. Afortunadamente no fue mucho más, y salimos a la luz bastante impresionados por la inesperada experiencia.
También en el interior de la isla visitamos “el valle de las mariposas”. Cuando leímos que se trataba de una reserva de mariposas, se nos despertó un cierto escepticismo sobre el lugar, aunque no lo suficiente como para superar la curiosidad que nos inspiraba; así que lo visitamos. Se trataba del cauce de un estrecho río, muy arbolado en sus escarpadas orillas, junto al que se extiende un camino construido a base de puentes de madera o piedra para poder divisar las mariposas.
Empezamos el recorrido. Ni rastro de mariposas. El paisaje era tan bonito que si hubiesen aparecido unicornios, gnomos, duendes o hadas, no nos habrían llamado la atención. Pero de las mariposas, nada. De repente observamos que sobre el tronco de uno de los árboles había unas manchas blancas, muy uniformes en su aspecto. Resultaba curioso, sin más. Hasta que una de esas manchas se movió de manera extraña; prestándole atención, percibimos enseguida el movimiento de otra, y otra, y otra, hasta que tomamos conciencia de que las manchas no eran tales, sino mariposas. En ese momento, como dotados de una visión especial se nos hizo evidente lo que había pasado desapercibido a nuestros ojos: decenas de miles de mariposas posadas sobre las rocas, en los troncos de los árboles, en alguna pared de contención del cauce del río, mariposas por todas partes, posadas, quietas pero no inmóviles, plagaban el lugar de una manera inaudita. Hicimos todo el recorrido por el cauce del río tan asombrados por el fenómeno como por la belleza del lugar que se quedó grabada en nuestra retina como una de esas perlas que poco a poco van llenando nuestro tesoro de recuerdo inolvidables.
Despedimos Rodas muy temprano para atravesar las aguas territoriales de Turquía con el AIS apagado, lo más rápido posible y evitando ser interceptados por sus autoridades, especialmente activas dada la creciente tensión de su país con Grecia por causa de las prospecciones petrolíferas que habían iniciado en aguas territoriales griegas. Mientras lo hacíamos, escuchamos frecuentes avisos por el canal 16 de la radio que lanzaban los griegos a embarcaciones turcas exigiendo que terminaran inmediatamente la violación de sus aguas territoriales:
“Turkish warship, you are in position ………………. violating greek territorial waters. ¡Cease the violation inmediately!.”
Aquella mañana, con la costa de Rodas por babor, y la de Turquía por estribor, con mar en calma y la preciosa luz que tienen los amaneceres de agosto, nos bullían sensaciones muy distintas: la de logro por haber atravesado todo el Egeo hasta su isla más oriental, emoción por los lugares tan excepcionales que habíamos conocido, e ilusión por los paisajes desconocidos que nos esperaban en nuestro camino de regreso; y así disfrutamos de aquellas millas plácidas, que confirmaban que no hay nada más valioso que vivir y ser consciente de ello.
Vimos una ventana de oportunidad en que el viento daba una leve tregua, y decidimos aprovecharla. Horas más tarde, llegábamos a Icaría después de una bella travesía que casi había borrado el recuerdo de nuestros desvelos, y que definitivamente los sepultaba bajo la impresión que nos produjo la belleza de esta isla, una de las joyas de las Espóradas orientales (ya habíamos visitado las occidentales en nuestro recorrido por Skyatos, Skopelos, Alonisos, Panagia y Skiros).
Entramos en un pequeño puerto presuntamente abandonado, aunque más cabe decirse que se sumía en un olvido generoso, al margen de las presiones del tiempo. Allí nos abarloamos y pasamos un par de días de tranquilidad, sin viento, paseando por las calles del pueblo de al lado, y haciendo alguna excursión a las aguas termales, apenas a una milla de distancia en dinghy. Estas aguas termales las encontramos en una cavidad de la roca, a modo de cueva, en cuyo interior se reunían bañistas para solazarse al calor de los borbotones despedidos desde el fondo marino. Es un fenómeno curioso, que no deja de sorprender, como una revelación arcana que instaura la duda de si la tierra está viva; desde luego está activa, y ello me hacía pensar en la inercia a tomar la “actividad” como una cualidad de la vida; y lo es, pero no en exclusiva.
La salida de Icaría la hacíamos ya aliados con los vientos del norte de los que disfrutamos según avanzábamos hacia las islas del sur. La primera, Patmos. No esperábamos mucho más de lo que suelen ofrecer las pequeñas poblaciones típicas de las islas griegas, que no es poco, ni mucho menos; pero lo que nos encontramos en Patmos sobrepasaba, como mucho, las expectativas.
El pueblo en torno al puerto, pequeñito, blanco, cercano y de tamaño humano, encajaba bien en lo esperado, pero el casco antiguo coronando la cima de la colina a su vera, era mucho más de lo que habíamos visto hasta el momento. El ascenso podía hacerse caminando, pero preferimos alquilar unas motos y disponer así de mas tiempo para recorrer la maravilla que nos esperaba.
El centro histórico de Patmos es un laberinto de calles diminutas, anchas como para tocar las casas de ambos lados sin necesidad siquiera de estirar plenamente los brazos, con suelo irregular, desplegadas con la espontaneidad con la que crecen las enredaderas, todo alrededor de la cumbre desde la que la vista puede extenderse hasta el éxtasis ante el espectacular paisaje de la bahía y el puerto al pie de la ladera. En sus afueras se encuentra la misteriosa cueva donde un día concibiera San Juan Evangelista sus textos.
Sobrecogidos por el espectáculo, recorrimos los recovecos de esta urbe declarada patrimonio cultural de la Humanidad, como sonámbulos que renuncian al derecho a elegir un destino determinado porque todos valen la pena, y supimos que, en adelante, ésta sería una referencia de belleza cuando en el futuro visitáramos otras poblaciones.
Continuamos nuestro avance hacia el sur. Pasamos por Leros y Kalymnos, siempre en brazos de un viento cuya intensidad pasaba desapercibida por viajar con nosotros en la misma dirección. Finalmente llegamos a Kos, entramos en su puerto del extremo oriental por la angosta y muy vistosa entrada entre torres y murallas de otro tiempo, hasta encontrar sujeción a su muelle de levante, con ancla por proa, amarras a popa e indiferencia del mundo por dónde, cómo o por qué nos pusiéramos donde fuera.
Luego, en el centro de la pintoresca ciudad, hicimos el plan de caminar el día siguiente hasta el “asklepeion”, tal cual se hiciera en los días de su resplandor. Este emplazamiento que otrora fuese un templo hasta donde se trasladaban los enfermos para rogar por su curación, también concentró a sanadores y curanderos, que entre la superstición y la protociencia de la época procuraban remedios y alivios. Entre ellos, el gran Hipócrates, cuya presencia en la isla la ha teñido toda de un halo de interés turístico que, veinticinco siglos más tarde bautiza a locales, tiendas y restaurantes, produciendo un eco sostenido, aunque sea por causas bien distintas de las que han hecho reverberar su nombre a lo largo de la historia.
El día siguiente fue triste: David regresaba a Madrid. Habíamos alquilado un coche que nos llevara al aeropuerto en el lado opuesto de la isla. El trayecto lo hicimos en mitad de un silencio pegajoso que no se nos separaba del cuerpo por más intentos que hiciéramos por desprendernos de él. La despedida, pretendida de normalidad, dejó una carencia, como cuando se amputa un miembro. De regreso, el miembro seguía picando igual que cuando estaba ahí.
A mitad de camino nos desviamos para visitar los restos de Paleopili. La herida seguía palpitando, aunque hubo momentos en que parecía acallada por lo impresionante de las ruinas de lo que un día fuera un bastión defensivo incomparable. En el pliegue formado por dos laderas de montaña rocosa, en mitad de una frondosa arboleda de pináceas, se extienden los restos de piedra de aquella población que vivía al abrigo de la fortaleza erigida en los más alto de uno de los promontorios, rodeada de muralla, con torretas y troneras orientadas al maravilloso paisaje del valle que termina en el mar. Las casas de piedra entre los árboles recordaban el poblado de los Ewok en una de las partes de la Guerra de las Galaxias. Caminamos por las ruinas con la mente aún en el miembro amputado y en cuánto habría disfrutado de esta excursión si el tiempo, los anhelos, los proyectos, las ambiciones, en definitiva, la vida, lo hubiesen permitido. Manu aún continuaba con nosotros.
La vida no se la puede ver pasar. Hay que sumergirse en ella y bucearla hasta sus abismos, y luego ascender a sus cumbres hasta que el aliento cese y la misma oscuridad desaparezca.
¿Pero cómo se concreta semejante posición vital? Restringiendo el aburrimiento y apostando por el dolor. Schopenhauer decía que la vida transcurre entre estos dos polos: aburrimiento y dolor. Si se quiere evitar uno, aumenta automáticamente el otro. Una vida cómoda, sumido en la tranquilidad, sin sobresaltos ni adversidades, sin apuestas ni riesgos es indudablemente más cómoda, pero aburrida; el aburrimiento puede erradicarse, pero no hay otra manera más que mediante la confrontación con incertidumbres, contrariedades, infortunios; en definitiva, la columna de costes asociada a la idea de aventura que tanto se admira, pero de la que solo tiende a mostrarse el lado positivo. Y sin duda lo tiene -por eso nos aventuramos a ello- pero no gratis.
Salimos hacia Kea todavía con la inercia que el reencuentro con nuestros hijos nos había dado al corazón, avanzamos hasta Tinos e inmediatamente Mikonos. Es fácil llegar a la mítica isla de casas blancas, calles estrechas, azules rabiosos y exposición constante al mar y al viento. Salir de ella, en verano, es bastante más complicado.
Mikonos despertaba sentimientos enfrentados; es, sin duda, una isla bonita, y la ciudad que la bautiza tiene un atractivo indudable, aunque hoy sus calles tienen más el aspecto de un decorado cinematográfico que reproduce los tópicos de la isla griega, que el espíritu de lo que fue y que ya no se puede encontrar entre la aglomeración de tiendas, restaurantes, bares y terrazas que se agolpan por cualquier parte que se la recorra. Pese a ello, hay un atractivo incontestable en su estética, en las esquinas redondeadas para aliviar la acción de los vientos veraniegos que hostigan el paisaje sin la menor piedad.
Justo enfrente de Mikonos está la isla de Delos, donde se conservan los restos de la gran ciudad que fuera en otros tiempos, y que se extiende ampliamente alrededor de los templos erigidos a los dioses de la antigüedad. Es lo más parecido a pasear por las calles de la ciudad que hace dos mil quinientos años acogía a visitantes de todo el mundo clásico para alabar a sus deidades. Y así nos sentimos mientras recorríamos los vestigios de aquella época a la que habíamos entrado transportados por la imaginación a través de un estrangulamiento del espacio y el tiempo.
Mikonos y Delos pertenecen al archipiélago de las Cícladas, en pleno Egeo, en la zona más castigada por el meltemi en verano. Habíamos oído hablar de este fuerte viento, y ya lo habíamos vivido en alguna de nuestras incursiones previas por la zona; pero los días que anduvimos por Mikonos, el ruido constante, intenso, de una persistencia casi cruel del viento se hacía con cualquier cosa que dejáramos en cubierta, nos empujaba cuando salíamos al exterior, lo secaba todo como llevado por los celos al agua que pretendiera adherirse a los objetos y que sentimos que sólo los nativos pueden tratar con verdadera indiferencia. Ese viento, para nosotros, era una amenaza porque para nuestro siguiente destino, Icaría, debíamos primero avanzar contra él unas pocas millas hasta poder tomarlo por el través y acostarnos entre sus rachas rumbo a destino. Pasamos noches casi en vela preguntándonos si seríamos capaces de salir de allí con un rumbo norte; anduvimos más que preocupados buscando planes alternativos ante la eventualidad de que no pudiésemos remontar el enorme oleaje que preveíamos levantado en los días anteriores. En definitiva, vivimos unos días lejos, muy lejos, del aburrimiento, acuciados por el dolor.
Aprender y vivir son dos sinónimos interesantes. Cualquiera de ellos es imposible sin el otro, y ambos se implican mutuamente. Vivir es un aprendizaje constante; solo se aprende viviendo. A veces tomando lecciones conscientemente, otras con pequeñas dosis tan integradas en la existencia que nos pasan desapercibidas. Por eso, cuando pasa el tiempo se tiene la sensación de no ser la misma persona de años atrás, y pese a ello, no se es capaz de identificar qué es lo que ha cambiado. Ese cúmulo de “micro-aprendizajes” que se suceden continuamente en el devenir de la vida, nos va convirtiendo en lo que somos, y de ahí que seamos seres inacabados hasta el final de nuestros días.
Creo que la postura más sabia es la de rodearse de personas que sepan más que uno. Esta posición puede no ser la más placentera para el ego, o para el orgullo; sin embargo, me parece la más inteligente para garantizarse un crecimiento constante y rico.
Viajar es una fuente inagotable de maestros, a poco que uno tenga la mente abierta a los otros. Habíamos conocido a Ramón y su familia en Kalkis cuando nos esperaba con su amplia sonrisa al pie del muelle para cogernos las amarras antes de pasar por el puente. Al oírnos hablar español, entablamos conversación enseguida, y conocimos a su familia con la que viajaba en un charter de dos semanas por las islas griegas. Navarros, muy navarros, enseguida compartieron una copa de vino, un ratito de charla, y una mano tendida para lo que necesitáramos. “Si es necesario” decía “cruzo mi barco en mitad del canal hasta que llegue el Alendoy y pase con nosotros…”. Su mujer, profesora de canto en el conservatorio, había enseñado a cantar a sus dos hijas, aún adolescentes, y tripulantes del Elisaveth.
Ramón iba rápido para aprovechar las dos semanas de alquiler del barco, así que siguió su rumbo a otro ritmo distinto al nuestro, pero mantuvimos el contacto porque era una fuente constante de información. Todos los días nos iba dando novedades sobre atraques y fondeos, visitas y restaurantes, paisajes y pueblos que no nos debíamos perder.
Nosotros subimos con viento y mar en contra por el amplio canal que separa la península Ática de la isla de Evia, hasta llegar a su extremo norte. La intensa vegetación de la isla nos procuraba aire fresco, y su amplia extensión, si bien desconcertaba al viento haciéndolo aparecer por donde menos se esperaba, nos protegía de las olas que levanta el meltemi. En algún momento llegamos a tener pequeñas olas procedentes de hasta tres direcciones distintas, levantadas por vientos que de repente las provocaban y cambiaban rápidamente a otra componente. Pese a todo, el paisaje era una belleza, tanto más cuanto más ascendíamos hacia el norte. Justo allí, en la orilla continental, se encuentra el emplazamiento de la batalla de las Termópilas que, según supimos más tarde, inspiró la película 300.
Según avanzábamos ya por el lado norte de la isla de Evia, nuestro amigo José Luis Bellido nos mandó un mensaje al ver por dónde navegábamos: “¿Iréis a Volos, verdad? Allí podéis dejar el barco y alquilar un coche para llegar a Meteora y visitar los monasterios. No lo olvidaréis en la vida…”. Según leíamos el mensaje, la entrada a la enorme bahía de Pagasitikos se abría a nuestro babor. Paloma y yo nos miramos:
¿Qué hacemos…?
Supone hacer unas 40 millas más entre ida y vuelta…
¿Entonces…?
No hemos venido a Grecia para dejar de ver sitios como ese…
Según virábamos el timón, Paloma ya estaba leyendo sobre el lugar que nos disponíamos a visitar. Ser patrimonio cultural de la Humanidad, prometía.
Llegamos a Volos. Apóstulos, un amigo de José Luis, nos había organizado un atraque para dejar el Alendoy durante el nuestro viaje a Meteora. Alquilamos un coche, tomamos un aperitivo con “mezze” y nos fuimos a descansar para el día siguiente.
El recorrido de algo más de una hora a lo largo de una extensa llanura, se daba de bruces contra una tajante interrupción vertical, rocosa, imponente, dotada de ese absolutismo de la naturaleza cuando se expresa al margen de los hombres. Pero éstos, también, a su manera, son implacables. En Meteora, se concentran bellísimas formaciones rocosas que se elevan desde el suelo como gigantescas columnas de piedra en cuyas cimas los hombres quisieron acercarse a dios. Empezaron viviendo en cuevas; a partir de ellas, fueron construyendo pequeños añadidos para distinguir su espacio vital del de oración; y finalmente, a medida que más frailes devotos se fueron sumando, levantaron monasterios inverosímiles en lugares que bien podrían considerarse “la cima del mundo”. Dichos monasterios, perfectamente cuidados, albergan hoy a comunidades de frailes ortodoxos ataviados con sus sotanas negras, barbas desmesuradas y mitras de otro tiempo. En conjunto parece una forma de vida extemporánea, al margen del mundo que en 2021 profundiza en el conocimiento de la vida, del universo y de la materia. Los suministros les llegan por un rudimentario ascensor exterior; están rodeados por el silencio y la luz; el tiempo lo vertebra la oración; la vida parece tener un sentido mítico; era como haber viajado en el tiempo hasta una época que hoy se estudia en los libros de historia. El lugar era un portento por el espectáculo visual que ofrecía; pero su significado era aún más impresionante por lo revelador de una naturaleza, la humana, capaz de transformarlo todo para adecuarlo a los delirios de su propia imaginación.
Este paréntesis en la ruta prevista profundizó nuestra sensación de libertad. Así que, fieles a la misma, continuamos nuestro recorrido hasta la primera de las islas del archipiélago de las Espóradas occidentales: Skiatos. Se trata de una isla pequeña, al oeste del archipiélago, con un bonito puerto para una ciudad que alguna vez debió de tener ese encanto de las cosas auténticas, pero que hoy le ha arrebatado el tsunami del turismo reemplazando cosas que fueron por otras que simulan ser lo que fueron, pero que ya no son.
Al día siguiente salimos hacia Skopelos. ¡Qué isla! Todo vegetación, árboles por todas partes, verde por doquier en las laderas empinadas que ascienden a uno y otro lado. Atracamos en un pequeño puerto del lado sur y alquilamos una moto para ir a la ciudad que da (o toma) el nombre de la isla, donde habíamos quedado con Ramón y su familia para cenar, ya que ellos habían preferido protegerse al amparo de su puerto, al norte.
Pertrechados con los cascos, salimos a la carretera sobre un scooter que se comportaba con más brío del que le había supuesto a sus 125 cc.
Guiados por las indicaciones del navegador tomamos una carretera que inmediatamente dejó de serlo, y así continuó en una sucesión de transformaciones que la iban convirtiendo en camino de tierra, torrentera, sendero, vereda, hasta vernos en lo que aparentaba el cauce de un río pluvial seco por el que avanzábamos entre piedras, grietas, oquedades y todo tipo de caprichos orográficos que la erosión había ido tallando a base de tiempo. La ruta ascendía hasta lo más alto de la isla; luego, ya al otro lado, bajaba hasta lo que sentimos como un abismo a medida que las condiciones del terreno se tornaban cada vez menos aptas para un vehículo rodado.
El paisaje era fascinante, aunque la conducción no dejaba muchas oportunidades de contemplarlo. La situación empeoraba, especialmente porque temíamos llegar a un punto a partir del cual ya no pudiésemos avanzar y tuviésemos que deshacer un camino que nos parecía imposible desandar. Pasamos miedo. Pero al mismo tiempo, fue fascinante. En algún momento tuvimos la tentación de deshacer el camino antes de meternos en una trampa sin salida, pero el avance resultaba embriagador. Finalmente desembocamos en una carretera asfaltada que nos condujo directamente al lado más alto de la ciudad que se descolgaba hasta la orilla de la bahía que acoge el puerto de Skopelos.
Esta es una de las poblaciones más bonitas, pintorescas y auténticamente griegas de cuantas habíamos visto hasta entonces. Las calles estrechas, exclusivamente peatonales, se cruzaban laberínticamente jalonadas por fachadas blancas, cuyo resplandor contrastaba drásticamente con el añil, morado o azul turquesa de puertas y ventanas. En la entrada a algunas viviendas alguien se sentaba para tomar el fresco de la caída de la tarde, o se reunía sin premeditación con otros vecinos que, en su mismo afán de solazarse a la puesta del sol, compartían un mismo espacio urbano, tan próximo al íntimo, que apenas se diferencian, porque la calle, por su tamaño y su propia concepción, es también parte de la casa.
Así desembocamos en el puerto donde nos esperaba Ramón. Con él y su familia desanduvimos el camino por una ruta diferente hasta llegar al restaurante, en lo más alto del pueblo, donde con vistas al mar, acariciados por la brisa, embriagados por el paisaje, gozamos secretamente de sentirnos inexplicablemente afortunados de estar allí, de estar así. Poco más tarde empezó a sonar la música de un grupo griego local, y la escena parecía cobrar tintes cinematográficos. Resultó inolvidable. Por motivos distintos, también lo fue el regreso al puerto, de noche, en moto, por una carrera serpenteante, estrecha y sin iluminación que parecía no tener fin.
Al día siguiente volvimos a atravesar la isla para visitar la pequeña ermita de Agios Ioannis en el lado norte. El recorrido valía la pena en sí mismo; la llegada a destino resultó impresionante. Sobre el punto más alto de un islote unido a la isla por un mínimo istmo, se elevaba la diminuta construcción que en su día construyeron para orar a dios. A un lado y otro del islote se extendía una costa caprichosamente rocosa contra la que las olas detenían su recorrido hacia el sur. Arriba, la ermita parecía un destino inalcanzable, hasta que, en la ladera del islote se vislumbraba la escalera, estrecha y vertical, que le daba acceso en un ascenso angosto y vertiginoso. El conjunto resultaba de tal belleza que también resultó entre los elegidos para rodar escenas de Mamma mía.
Habíamos quedado allí con nuestros amigos navarros. Llegaron arriba cuando nosotros ya nos habíamos saciado de paisajes, detalles, luces y formas como solo las da la unión de las fuerzas de la naturaleza con las ambiciones de los hombres. Bajo un árbol retorcido por el tiempo, descubrimos centenares de pulseras, anillos, cintas y todo tipo de reliquias que otros visitantes habían depositado en las oquedades de sus ramas, o en sus salientes, hojas y tallos, con la ingenua convicción de que así les llegaría el amor.
Ramón, poco después de haber visto el escenario y haberlo fotografiado a su gusto, abrió su mochila y, fiel a sus orígenes, sacó un trozo de queso y otras viandas “para recobrar el aliento”. Poco después descendimos hasta el istmo. Allí contemplamos una vez más el maravilloso escenario. Entonces, Ramón dijo a sus hijas “chicas ¿por qué no os cantáis algo…?”. La reacción fue la que cabía esperar de un par de adolescentes impelidas por su padre a cantar a capela ante desconocidos, sin ensayos ni preparativos. Pero cedieron. Sus voces, limpias, jóvenes, educadas para el canto, dotadas del encanto de lo espontáneo, sobre el entorno incomparable donde nos encontrábamos, nos parecieron verdaderamente divinas. La escena que estábamos viviendo era sencillamente increíble, inundando nuestra capacidad de percibir belleza por tantos frentes como era posible. Un instante inolvidable. Así, y allí nos despedimos de ellos, sin atrevernos mucho a reconocer que les habíamos cogido cariño en un espacio mínimo de tiempo, pero incapaces de resistir una evidencia que nos palpitaba por los poros.
Continuamos nuestro avance hacia el norte por las Espóradas occidentales, primero a Alónisos, luego a Panagias y finalmente a Skiros. En Panagias entramos a la bahía con forma de corazón invertido donde sólo es posible acceder cuando las condiciones son muy favorables, ya que la abertura separa ambos lados de la entra por tan solo unos metros y con una profundidad de menos de cinco.
Más tarde, y ya fuera de la “ratonera” que suponía dicha bahía, nos fondeamos al sur desde donde emprendimos un camino a pie de más de una hora por una estrecha senda que llevaba hasta el monasterio, al otro lado, donde vivían sólo dos monjes ortodoxos.
Sabíamos que la comunidad de religiosos era exigua, y por eso esperábamos una construcción más pequeña que la que encontramos. El camino hasta allí era precioso, pero tortuoso y extenuante, con subidas muy pronunciadas a través de un campo de intensa vegetación y abundantes cabras, solamente transitado por la senda que seguíamos y que temíamos no ser capaces de encontrar si cuando regresáramos se nos echaba la noche encima.
En el monasterio nos recibió uno de los sacerdotes; nada más vernos, tras un saludo más formal que otra cosa, se ausentó unos instantes para traernos, inesperadamente, dos vasitos de un delicioso licor elaborado por ellos, y dos pequeños pastelitos, también caseros, que acompañaran el trago. Y así, en el silencio de quienes se aíslan para acercarse a dios, entre las paredes de un armonioso monasterio en mitad del Egeo, disfrutamos de un ratito de descanso antes de emprender el regreso. Justo antes de partir, llegaron algunos suministros para la casa de los religiosos, y lo hacían a lomos de burros que habían recorrido el mismo camino que nos esperaba.
Skiros, la más alejada del archipiélago, se encontraba a mitad de nuestro camino hacia Lavrio. Allí habíamos de hacer alguna reparación y preparar el barco y los corazones para la llegada de nuestros hijos. Las reparaciones al final se centraron en el desmontaje de un eje de la botavara que nos costó esfuerzo, sudor y ayuda de unos herreros locales con quienes nos entendíamos entre señas y el apoyo de algún conocido de ellos que chapurreaba inglés. Su taller, con más aspecto de chatarrería que de lugar de reparaciones, era como para hacer una serie de televisión. En cada esquina se amontonaban piezas, tornillos, herramientas de todo tipo y época, vestigios de arreglos que nunca se terminaron, o que se concluyeron con piezas nuevas sin que las viejas perdieran su lugar en este universo predominantemente metálico de dimensiones inabordables. De repente, entre semejante desorden, se vislumbraba una bolsa con judías blancas que debía llevar colgada de aquel clavo desde más atrás de lo que se pueda recordar; en otra esquina, una estampa descolorida y arrugada de un Cristo, lucía bajo la luz vergonzante de una desnuda bombilla de otra época; muchas partes del suelo no eran visibles bajo el manto de cacharros, restos, virutas metálicas, tornillería malograda y un sinfín de objetos entre los que inesperadamente emergía una cazadora rancia y sucia, y yo me preguntaba ¿dónde estará el cadáver…? Los dos hermanos que regentaban el taller nos solucionaron el problema. El mayor, inestable sobre sus piernas por una gordura oronda, con bigote blanqueado por la edad y amarilleado por el tabaco, parecía llevar la voz cantante. El otro, menor, se encargaba de los trabajos de más detalle con el uso de instrumental más preciso. Uno nos fabricó la herramienta que necesitábamos; el otro nos desmontó el motor donde se instalaba el eje atascado por los años. Juntos lo limpiaron con una lata de gasolina, mientras con los labios sujetaban el cigarrillo encendido de la cadena nicotínica de la jornada. Nos cobraron bien, sin ni siquiera entrar en la oficina donde dos yacijas, sucias hasta la saciedad, debían procurarles el descanso.
El día anterior a la llegada de nuestros hijos preparamos el barco. Lo hicimos con la ilusión de quien abre las ventanas para que entre la luz de una mañana de primavera. Y como la luz les esperábamos, después de tanto tiempo sin verlos. El día de su llegada, alquilamos un coche para ir al aeropuerto, pero como el vuelo no llegaba hasta la tarde, decidimos dedicar la mañana a visitar el templo de Poseidón en el cabo Sunion. Y entonces sonó el teléfono. Borja. Borja Polo. Un amigo de Torrevieja, fichado como tripulante para hacer el traslado de un barco desde Grecia a España, se encontraba en la misma ciudad y en el mismo día que nosotros. Apenas media hora más tarde, él y sus dos amigos (el otro tripulante, Alberto, y el capitán del traslado, Sebastián) estaban sentados en el asiento trasero de nuestro coche dispuestos a compartir con nosotros la visita a Sunion.
Pasamos un buen día, pero ya nuestras voluntades estaban en otro lugar y en otro tiempo, en el que nos encontrábamos con los chicos.
Habíamos pasado por Ikea de camino al aeropuerto, pero ni las compras nos arrancaron del lugar donde estaban nuestras mentes. Así que nos encaminamos a la sala de espera en la terminal de llegadas. Allí les esperamos, nos impacientamos y nos tranquilizamos una y otra vez, hasta que les vimos salir. Bastó un abrazo para procurarnos esa bocanada de cariño sin la que empezábamos a asfixiarnos. Y respiramos. Inhalamos los besos, las caricias, las miradas, todas esas formas de expresar algo que no puede expresarse y que tampoco hace falta, porque las células saben que esa piel con la que se entra en contacto en el abrazo es distinta a todas las demás que existen, han existido y jamás existirán en el mundo.
En ese momento nos invadió una sensación especial: la del peso del tiempo transcurrido desde que embarcamos. Un peso provocado por tantas cosas como habían ocurrido desde entonces: experiencias nuevas, lugares distintos, personas inolvidables, gozos, miedos, preocupaciones y sosiegos componían un mosaico que ahora se nos mostraba con más claridad que nunca. Habíamos vivido mucho, esto es, habíamos aprendido mucho.
Había terminado una fase de nuestra vida a bordo, o quizá solo se interrumpía, y empezaba la siguiente, esta vez dedicada a nuestra familia, nuestros hijos (qué pena que sólo vinieron dos, David y Manu), a los instantes cotidianos en los que el tiempo transcurre indiferente a todo, con los minutos trenzados entre sí con hilos de amor. Ellos solo habrían de estar unas semanas con nosotros, pero sabíamos que serían semanas especiales. Las más especiales, sin duda, desde que salimos de España.
Conocimos a Pilar la segunda noche que entrábamos en el puerto de Khalkis cuando nos cogió las amarras para sujetarnos al pantalán. Habíamos salido de allí mismo un par de horas antes con la intención de pasar el famoso puente que une la isla de Evia con la península Ática, pero problemas técnicos en el sistema de apertura obligó a los tres o cuatro barcos que esperábamos a cada lado, a buscar algún abrigo en el que pasar la noche y volver a intentar el paso al día siguiente.
Habíamos llegado Khalkis con las pulsaciones aún intensas que habían dejado en nuestras retinas las noches anteriores en Megalonisos y Nimporeio. Allí habíamos pernoctado cubiertos por una dulce soledad, rodeados de belleza, abrazados a ese tipo de silencio que sólo se encuentra en la armonía. En Megalonisos un arco de piedra enmarcó nuestra intimidad al susurro de un leve oleaje que nos acariciaba y nos hacía sentir parte natural de un espacio singular.
Desde el sur agreste de la isla de Evia, avanzamos por el lado oeste a lo largo del canal que la separa del continente, y llegamos a ese incomprensible estrechamiento natural que apenas deja unos metros entre cada orilla y por el que han de pasar las embarcaciones en clara contienda con una corriente extraordinaria. Este estrechamiento ha estado siempre sometido a las ambiciones humanas que han querido aprovechar el abrigo de los fuertes vientos del norte que proporciona la gran isla, y también a sus obsesiones por controlar quién pasa cuándo, y obtener un lucro por ello. Allí las fuerzas de la naturaleza se expresan con vigor mediante esas corrientes que remueven las aguas con turbulencias impresionantes, a velocidades de río revuelto, con formas y movimientos capaces de hipnotizar al observador con tanto misterio como lo hacen las llamas del fuego, o el tránsito de las nubes. Se dice que Aristóteles quedó tan impresionado al ver el extraordinario comportamiento del agua, que se tiró en un intento de comprender el fenómeno. Algunos aseguran que fue el suicidio involuntario que terminó con la vida del pensador, aunque no parece haber ninguna evidencia de que fuera así, pero la historia perdura, seguramente por aquello de no dejar que la realidad estropee un buen relato.
Ya con las amarras sujetas al pantalán nos presentamos a Pilar en una breve conversación que, aunque se acomodaba plácidamente en el regazo del nuestro idioma, no duró mucho dada la hora, y postpusimos para darle al día siguiente el espacio y el tiempo que merecía.
Nos levantamos con ganas de aprovechar el día, averiguar algo sobre la reparación del puente que, como durante el día está permanente dedicado al intenso tráfico rodado, sólo se abre durante la noche. Luego visitamos la fortaleza que la tarde anterior anduvimos buscando en un larguísimo paseo que terminó en las afueras de la ciudad, ante un irrelevante acueducto romano (Segovia es mucha Segovia…), hicimos compra (otra caminata hasta Lidl) y disfrutamos de sus calles comerciales junto al ancho muelle a orillas del estrecho mar que acotan las dos orillas del canal.
Llegada la tarde, invitamos a Pilar a bordo. Esta mujer de setenta años llevaba más de veinte años viviendo en un barco con su marido, Michelle, un francés que decía no hablar inglés, aunque terminamos sacándole más palabras de las que suele saber alguien que dice no conocer un idioma. Juntos habían navegado por todo el mundo, y aún continuaban embarcados, haciendo los planes para más viajes a destinos que aún no habían tocado. Nos cautivó la viveza de su conversación, la sencillez de su estar, la cercanía que propiciaba desde el primer momento y, muy especialmente, la afirmación que se nos quedó grabada, indudablemente de por vida, cuando con toda naturalidad nos dijo “…hace veinte años pudimos decidir entre morir ricos, o vivir libres, y elegimos la libertad…”, “…nunca me he arrepentido de mi decisión…”, “…si volviera a nacer, lo repetiría…”.
Llegada la noche, recibimos instrucciones de la autoridad del canal para pasar bajo el puente cuando abriera. En su primera comunicación nos dijeron que nos avisarían para decirnos la hora a la que habríamos de cruzarlo. Así que preparamos el barco y nos quedamos listos para recibir el aviso, en la confianza de que por muy poco tiempo que nos dieran, al menos contaríamos con quince o veinte minutos, tiempo suficiente para llegar desde nuestro atraque hasta el puente. Diez minutos más tarde nos volvieron a llamar:
Alendoy, proceed to pass the bridge.
When shall we pass the bridge?
Now.
Can you repeat, please?
Alendoy, pass the bridge NOW!
Largamos todas las amarras, arrancamos máquina, salimos a toda velocidad del atraque y aceleramos contra la corriente sorteando los barcos que había pasado en sentido contrario y que entraban apretados por la misma bocana por la que nosotros teníamos que salir para llegar a tiempo… y llegamos; por muy poco, pero llegamos. De hecho, fuimos el último barco en pasar justo antes de que lo cerraran hasta la noche siguiente. El paso fue emocionante, entre las luces de ambos lados y bajo la atenta mirada en una multitud de curiosos que a esa hora se aglomeraban para ver el paso de los barcos que luchan contra las corrientes en el espacio más angosto de un canal de más de cien millas. Y al otro lado, las aguas gozaban de una calma total, como si un sortilegio hubiese atemperado sus ímpetus hasta dejar su superficie como espejo sereno sobre el que relucían las luces de la ciudad.
Atracamos con la ayuda de nuestros amigos “los navarros” y descansamos mientras digeríamos las emociones de dos días intensos; pronto habíamos de empezar a planear las millas que teníamos por delante. Pilar nos había ayudado a entender que también nosotros habíamos elegido la libertad.
En menos de cuarenta y ocho horas había conversado con dos mujeres de más de ochenta años; las había llamado para interesarme por su salud, darles cariño, aunque sea telefónicamente, y que supieran de mí. A pesar de que no se conocían entre ellas, me hicieron el mismo comentario cuando les conté que estábamos viviendo en un barco: “aprovecha todo lo que puedas; la vida pasa muy rápido”. Tanto Josefina (“chivorrilla”) como Araceli (la “comae”) son andaluzas, iletradas, viudas y me conocen desde que nací. Su mensaje no me desvelaba nada de lo que no estuviera profundamente convencido, pero el hecho de proceder de ellas, dadas las circunstancias de cada una, le otorga un significado mucho más profundo, como si su aval convirtiera lo que a priori no sería más que una hipótesis, en una verdad corroborada con sus vidas.
Con ese espíritu de “aprovechar” que interpreto como “exprimir”, avanzamos por el Sarónico hasta la isla de Aigina. Su ubicación cerca de Atenas, la convierte en un destino turístico de primer orden, haciendo que un rosario interminable de ferries arribe y zarpe de su muelle en un trasiego constante. Años antes, cuando recorríamos las mismas aguas en un barco de alquiler, me recomendaron ni siquiera intentar la entrada en el puerto. Los barcos se amontonan, me dijeron, en varias filas, sujetas las popas de unos a las proas de quienes llegaron antes, imponiendo un recorrido por cubiertas diversas a quien se proponga bajar a tierra, y creando un verdadero caos cada vez que alguien pretende salir del puerto.
Pero eso fue, como digo, años atrás, cuando los efectos del Covid19 aún ni se concebían (cuando sucedió tampoco se los concebía). El recién terminado confinamiento había dejado el tránsito de barcos de alquiler más que mermado, lo que sumado a unos ferries con escasa ocupación, devolvía algunos de los más bellos y pintorescos destinos de Grecia que normalmente rebosan de turistas, a aquello que en su día fueron y que había quedado olvidado tras los andamios de la industria del turismo que los había convertido en decorados para la foto. Así, no sólo entramos en el puerto de Aigina, sino que elegimos sitio donde atracar en un largo muelle con apenas algunos barcos. Lo hicimos al lado de un velero pequeñito, antiguo, de casco azul, cuyo patrón, marcado por las señales del tiempo, descendió lentamente al muelle para cogernos las amarras y ayudarnos en el atraque. Era un anciano encantador que viajaba con su no menos anciana esposa, al paso que el viento, el tiempo, y las ganas le iban dictando. Una tarde nos recitó henchido de orgullo los nombres de las provincias españolas que había aprendido décadas antes, en su etapa escolar. Su vecindad nos resultó entrañable en los pocos días que compartimos espacio en el puerto del bellísimo pueblo de Aigina.
A los pocos días volvimos a salir hacia el cabo Sunion. Nos acercamos a él con viento favorable y buen tiempo, y la esbelta silueta del templo que lo encumbra majestuosamente, se nos mostró desde lo alto como si bendijera nuestro paso hacia el Egeo. Hicimos noche en la cala de Pountazeza para salir al día siguiente hacia la isla de Kea. Como no teníamos grandes ambiciones respecto a esta isla, la dejamos también un día después de haber llegado. Teníamos el plan de avanzar hacia el este hasta las Cícladas y navegar por su aguas mientras el meltemi lo permitiera. Pero no lo permitió.
El meltemi es el nombre turco con el que se han popularizado los fuertes vientos de componente norte que caracterizan los veranos griegos en el Egeo. Nuestro primer encuentro con este viento fue mientras avanzábamos hacia Andros, atravesando el canal de Kafirea, donde las corrientes del norte se encajonan entre esta isla y la de Evoia para provocar fuertes corrientes hacia el sur. Así, a duras penas alcanzamos el pueblo de Batsí.
La primera noche la pasamos fondeados; la segunda, entramos en su diminuto puerto, rodeado de terrazas y tabernas, también apenas habitadas por los efectos del confinamiento, y nos abarloamos al muelle en previsión de un meltemi que prometía arreciar en los próximos días. Y vaya si arreció. Pasmos ocho días con vientos de entre treinta y cuarenta nudos, y ráfagas que llegaron a alcanzar los cincuenta y tres. Fueron unos días densos de viento intenso, constante, inmisericorde, que imponía su superioridad sin dejar lugar a la menor duda de que no hay fuerzas como las de la naturaleza. Uno se sentía pequeño ante semejante despliegue de potencia, frente al que lo humano no alcanza ni la categoría de anécdota. Dispusimos de todas las defensas que teníamos, más otras que compramos en previsión de que el viento castigara al Alendoy contra el muelle. Habíamos largado un ancla por barlovento, y amarras con amortiguadores por proa, además de largos y esprines por la popa con la intención de dejar el barco lo más seguro posible. Y aguantamos.
Previamente, a sabiendas de que en los días de meltemi no sería aconsejable alejarse del Alendoy, habíamos viajado por la isla en un coche alquilado. Así descubrimos la ciudad que da nombre a la isla, Andros, en el lado este, y quedamos boquiabiertos. Sus calles definidas por casas blancas, típicas, señoriales, penetraban en el mar a lomos de un entrante de tierra que culmina en los restos de una fortaleza, y más allá, como un rocoso punto suspensivo, un faro sobre un peño vertical. A ambos lados de esta loma urbana se vierten callecitas resplandecientes bajo la luz del sol mediterráneo que ha iluminado tanto paisajes como mentes, que ha inspirado ambiciones e ideales hasta donde la memoria -o la Historia- hace posible recordar.
Desde el pueblo de Andros avanzamos al norte, aún en coche, por la carretera montañosa flanqueada por paisajes donde el mar bien aparecía por la derecha o por la izquierda del camino, según las inverosímiles curvas se reviraban en uno u otro sentido. Fue un día precioso, emocionante, inolvidable. Y resultó ser importante porque de alguna forma nos arrancaba el estigma que había dejado en algún lugar de nuestro recuerdo, aquella vez que habíamos alquilado un coche, en el pueblo de Palau, al norte de Cerdeña.
El resto de días, hasta que el viento nos permitió volver a navegar, paramos a saludar a la mujer que nos había alquilado el coche. Su edad era avanzada como para no poder referirse a su juventud, pero no tanto como para considerarla anciana. Su distancia afectiva se derrumbó cuando supo que éramos españoles, y quedó plenamente diluida al desvelarle que de Madrid.
Al fondo, Alendoy atracado en Batsí
En el mismo muelle donde estábamos atracados, justo delante, estaba el Andrómeda, otro velero, en este caso de cincuenta pies, al mando de Nicholas que viajaba con su mujer, Débora. Salieron de su tierra natal, Reino Unido, hacía seis años, de los que tres los habían dedicado a Grecia. Los dos eran pro Brexit, anti Europa, defensores de una “anglosfera” en la que incluían, además de al Reino Unido e Irlanda, a Estados Unidos, Canadá, Australia y cualquier otro país heredero de la cultura que en su momento sembrara el imperio inglés. Estaban los dos jubilados, él del mundo del seguro donde fue alto directivo de varias compañías, y ella de la ong a la que había dedicado los últimos largos años de su vida profesional, y vivían a bordo de su barco, viajando lentamente, disfrutando lo más posible de su pasión por la historia, y de la libertad de la vida nómada.
Nic y Deb, tripulantes del Andrómeda
Con ellos tuvimos varias largas e intensas conversaciones en las que se nos revelaron como dos personas entrañables, tremendamente “británicas”, con ideas muy consolidadas que nos proporcionaban una visión muy diferente de la nuestra y, precisamente por ello, tanto disfrutamos. Pero me quedé de ellos con el recuerdo de las miradas que se dedicaban mutuamente, y que me recordaban las de la pareja de ancianos que habíamos conocido en Aigina. Eran miradas de complicidad; no de la que inspira la pulsión física disparada por el sexo cuando está bajo la hegemonía de la juventud; era otra complicidad muy distinta, y que atribuyo a un amor que está por encima de cualquier otra consideración, que funde dos destinos individuales hasta convertirlos en una aleación afectivamente incapaz de retornar a otro ser que no sea el adquirido por efectos de la química convivencial. Creo que es el estadio en el que, pase lo que pase, se haga lo que se haga, quien lo experimenta termina su vida con la más intensa y profunda sensación de haberla aprovechado lo más posible, tal cual me recomendaron mis dos queridas, envejecidas, y sabias amigas.
He mantenido reuniones de trabajo mientras caminaba por las ruinas de Butrinto en Albania, surcaba las aguas que fueron testigo de la cruenta batalla de Lepanto, o ascendía al monte Parnaso para visitar el templo de Apolo donde el oráculo de Delfos desvelaba el futuro mediante los vaticinios de la “pitia”. Y pienso en que la misma imaginación que hace dos mil quinientos años inspiraba a quienes creían ver en el oráculo la respuesta a sus desvelos por lo que pudiera traer el devenir, ha hecho posible avances tan extraordinarios como internet, por citar al que me permitía caminar con un pie en el pasado y el otro en el presente. Así descubrí cuánto hay en común entre aquellos hombres que guerreaban con sus armas físicas, y los que ahora esgrimen las suyas en las organizaciones, en los partidos, en las iglesias o en los clubes.
Aún con las imágenes de Kastos palpitantes en la retina, entramos en el canal de Mesolongi, ya en el golfo de Patras. Más de dos millas en línea recta, con la profundidad justa para nuestra quilla, flanqueada por los bajos de las marismas de uno y otro lado, ascendían en sentido norte entre pequeños embarcaderos de madera, casitas de pescadores, botes desvencijados, amarras abandonadas… El extremo norte terminaba en un amplio ensanchamiento que acogía el puerto y una gran bahía apta para el fondeo.
Llegamos con viento fuerte e hicimos un intento de cogernos al muelle por popa, sujetando la proa con el ancla. Complicado por el viento que nos quebraba la cabeza con roladas constantes presentándosenos a veces por delante y repentinamente de través. Finalmente lo conseguimos, pero no así nuestros amigos Cristiano y Valentina a quienes su ancla les jugó una mala pasada: con más de sesenta metros de cadena, garreó mientras hacían su aproximación al muelle, y lejos de sujetarles en el momento necesario, les dejó a merced de un viento que los acostó contra una esquina. Paloma, con su irrefrenable espíritu de comando, saltó inmediatamente del Alendoy para ayudarles, cosa que a mí me quedaba vedada, habida cuenta de las condiciones de viento (hubiera sido negligente dejar la nave solo con el ancla contra semejante vendaval). El resultado, positivo, llegó tras una tarde agotadora de esfuerzo y tensión para que Alterego no sufriera daños.
Este es el trazado que hizo Alterego tratando de atracar…
A la mañana siguiente salimos para adentrarnos en el golfo de Patras. La orografía no se corresponde con el nombre, ya que el golfo continúa hasta la ciudad de Corinto, muchas millas más allá, pero en Patras se encuentra el enorme puente colgante que une el lado norte del Peloponeso con el continente, y los hombres, tan dados a retorcer la realidad hasta creer que la han cambiado, determinaron que el puente separe el de Patras del de Corinto, garantizando que las dos grandes ciudades de la zona cuentan con sus respectivos golfos. El puente es impresionante. Se lo ve desde muy lejos, y su tamaño aumenta como si algún mecanismo mágico lo hiciera extenderse a uno y otro lado, a la vez que asciende en altura hasta poder engullir los enormes barcos que surcan ambos golfos.
Nos adentramos en la amplísima entrada de mar con viento favorable y terminamos en las costas de la diminuta isla de Trizonia. Pasamos una noche sujetos a un muelle de su puerto, cenamos espléndidamente en la terraza de una típica taberna griega cubierta por buganvillas, junto a un mínimo embarcadero del lado norte, y regresamos abordo como quien levita por efecto de algún brebaje mágico; y quizá fuese eso lo que nos sucedió, sustituyendo el brebaje por unas viandas deliciosas por su calidad y encantadoras por su sencillez.
El día siguiente avanzamos rápido también con el viento a favor. Llegamos a Galaxidi, en una garganta natural del lado norte del golfo donde unas pequeñas islas (alguna con su ermita), hacen de antesala a este puerto en la misma orilla del pueblo. Al enfilar la garganta, la silueta del pueblo se dibuja como una mancha blanca de casas entre las que sobresale una nota de color discordante: la catedral. ¡Qué sitio tan bonito! ¡Qué entrada tan interesante! Tendimos el ancla cerca de una orilla y avanzamos marcha atrás hasta la contraria; largamos amarras a un paisano impecablemente vestido de blanco (hasta las canas y su perro husky le hacían juego) que nos las sujetó a los noráis y nos saludó en español, pero del de España, sin acento ni nada. Después de tanto tiempo oyendo y mal hablando en idiomas que no son el nuestro, el sonido de una voz desconocida que pronunciaba palabras con el deje, la dicción y la cadencia del español, tuvo un efecto en nuestros oídos comparable al que el olor a pan de pueblo suele provocar en el olfato. Ramón era de Alicante, simpático, cordial. Le acompañaba una perra de largo pelo blanco, Kiria. No llegamos a saber mucho de él, más allá de que vivía en un estudio en un lugar elevado del pueblo desde donde veía el mar casi por todas partes. ¡Qué gente hay por el mundo…!
El día siguiente lo fue de excursión. Alquilamos un coche y nos fuimos con Cristiano y Valentina a visitar los restos del templo de Apolo en Delfos. Allí nos encontramos en un entorno totalmente distinto: en la falda de una enorme y escarpada montaña de roca, y frente a un valle profundo que se extendía hacia el horizonte plagado de olivos, se levantaban las ruinas de los templos que en su día quisieron rendir homenaje al gran dios. Y en efecto, el lugar era como para un dios. Nos rodeaba ese silencio que solo se da en la naturaleza, que no es una ausencia de sonido a base de interrumpir cualquier posibilidad de que este se dé, sino una quietud propia de lo que convive en armonía, sin perturbación, en coexistencia adaptada.
La luz mediterránea tenía la pátina casi imperceptible de la altura, que suavizaba sus efectos y reforzaba la sensación de equilibrio. Y a la luz y al silencio se le había aliado la temperatura regalándonos el día perfecto, con las condiciones perfectas en las que adentrarnos en un viaje en el tiempo que habría de llevarnos tres mil años atrás, cuando otros hombres y mujeres como nosotros, con las ambiciones de su tiempo como las nuestras lo son de este, con sus miedos, sus credos, sus pecados, sus sueños, se dirigían al gran templo de Apolo, bien para consultarle, bien para agradecerle. Y en sus esfuerzos por cualquiera de las dos cosas, dejaron un reguero de construcciones con las que sin saberlo se describían y definían a sí mismos.
El lugar es mágico, en el recorrido se sucedían varios templos, el teatro y un estadio; la emoción de pisar las mismas piedras que millones de personas de la antigüedad visitaron como hoy seguimos haciéndolo en Lourdes, la Meca o Varanasi, nos conectaba a ese tronco común del que cada uno no es más que un pequeño brote de existencia efímera, pero que en conjunto construye ramas, a veces fuertes, largas y duraderas, otras, transitorias, coyunturales. Tuvimos, además, la gran fortuna de visitar la que es una de las más grandes atracciones turísticas del mundo, solos, sin turistas que se agolparan en la esquina de turno para llevarse la foto con que inspirar muchos “likes” en su red social. Solos. En silencio. Inexplicablemente vinculados a un pasado que apenas sabemos entender, pero cuyos esfuerzos por crear belleza, nos conmueven. Dedicamos una preciosa mañana al sitio arqueológico y su impresionante museo, al que entramos con mascarillas improvisadas con gorros, fulares y mangas de jersey, por haber olvidado las de farmacia.
Amanecimos con viento bueno para la aleta del Alendoy. Enarbolamos la génova y avanzamos rápido hacia la ciudad de Corinto. Alterego ya había llegado cuando entramos en el puerto comercial, abrigados por un largo e insulso espigón que nos protegía del fuerte oleaje que se había ido levantando durante el día. Nos amarramos al muelle, pero no duramos mucho porque el fuerte viento de través castigaba mucho tanto la cadena del ancla como las amarras de popa; así que soltamos estas y nos quedamos al fondeo, con un viento que rujió con brío toda la noche.
Nos levantamos con el sol, hacia las 6:00; nos preparamos para zarpar y abrimos la comunicación con la autoridad de tráfico del Canal de Corinto, quienes nos fueron dando instrucciones de cómo y cuándo proceder para entrar por su boca. Las condiciones no eran buenas, y por ello la espera con viento y ola se hizo un tanto incómoda; pero la expectación por la aventura que suponía surcar un canal mítico, por el que ya transitaban los barcos remolcados por tierra antes de que se fracturara el istmo cuya herida uniría para siempre el Jónico y el Sarónico, era demasiado fuerte, y ni las condiciones podrían enturbiar un momento tan especial. Veíamos cómo la tierra engullía verdaderos gigantes del mar que constantemente enfilaban la entrada al canal como Alicia lo hiciera contra el espejo; y como para ella, que la maravilla más grande era el propio espejo, así para los descomunales cargueros, el milagro es el propio canal al que casi acarician las paredes con sus bordas a medida que avanzan por las tres millas que transitan desde su entrada.
Finalmente nos tocó el turno por delante de Alterego y siguiendo a un catamarán y otro monocasco; los cuatro seguíamos la estela de un enorme carguero que se movía inverosímilmente por una angostura de apariencia imposible para sus dimensiones. La primera milla es interesante; la segunda, indescriptible; la última, inolvidable. Íbamos lentamente a la velocidad que la autoridad del canal nos dictaba por la radio, a una distancia de las elevadísimas paredes que casi parecía que pudiésemos tocar con las manos. Al alzar la mirada, el cielo parecía un río intensamente azul flanqueado por dos orillas de piedra, una reluciente por el sol, otra oscurecida por la sombra; al bajarla, el agua del canal podría ser la imagen especular de ese río celeste, y se extendía hasta encontrarse con su reflejo en un nuevo mar: el Sarónico.
Llegamos a él con el corazón henchido de orgullo, todavía impresionados por la belleza del canal y por la magnitud de las obras humanas. Allí nos despedimos de Cristiano y Valentina que continuarían hacia el sur para llegar a Epidavros, mientras nosotros avanzábamos hacia la que en tiempos fue capital de Grecia: Aegina. Les habíamos conocido casi cuatro meses antes durante los cuales compartimos conversaciones, anécdotas, platos típicos, herramientas, consejos y alguna que otra juerga. Pero fue en el momento de la despedida cuando tomamos conciencia de que esta pareja no quedaría en nuestro patrimonio afectivo como unos conocidos más de los muchos que se hacen en esta vida nómada. Ya son nuestros amigos, estén donde estén, vayamos donde vayamos.
Mientras nos aproximábamos a Aigina, no dejaba de pensar en el Canal, y en que el logro que representa sobre la naturaleza tiene mucho en común con esos otros que a mí me permitían asistir a reuniones conectado a Internet con mi móvil: en ambos casos, alguien hizo el recorrido entre la imaginación, la posibilidad y la ejecución; unos imaginaron una brecha en la tierra que fracturara el istmo; otros, un mundo universalmente conectado, ubicuo, instantáneo. Me pregunto si en un futuro otras personas dotadas de soluciones que hoy no podemos imaginar, también se sobrecogerán ante lo que hoy estamos construyendo, o si por el contrario, seguirán siendo los antiguos quienes acaparen todo su asombro.
Toda gran recompensa conlleva alguna gran renuncia. Las renuncias tienen mala fama porque se las interpreta como fracasos: logros malogrados que no se los llegó a alcanzar. A mí me parece que, de no ser por ellas, las renuncias, los logros no habrían sido posibles, y es por ello por lo que las interpreto como los costes naturales de todo desafío, sin los cuáles éstos habrían sido implanteables.
Aún con el corazón encogido por la salida de Mandraki, divisamos la silueta de Paxos y la ilusión del futuro nos dio dos intensos latidos en el pecho. Nada más abandonar el abrigo de Corfú, el viento del NW nos empujó hacia el nuevo destino despertando en nosotros el recuerdo de las olas, la pequeñez de la embarcación y la inmensidad de una naturaleza en la que el hombre no es medida.
Cada vez más cerca de Paxos, no conseguíamos ver la entrada a la bahía de Lakka, al norte. Rocas amenazantes por un oleaje creciente nos inspiraban la duda que reverbera en el interior cuando uno abandona un lugar: quizá debimos haber permanecido donde estábamos. Pero enseguida, casi a su entrada, la concavidad en la costa se hizo evidente por el drástico cambio de color del agua que, como por magia, transformaba el azul oscuro en un turquesa claro, transparente, radiante, en lo que interpretamos como una invitación de la naturaleza a adentrarnos en su entraña.
La hilera de casas al fondo de la bahía se iluminaba por las tardes en tonos ocre. El edificio de la escuela pública de este diminuto pueblo se elevaba en la misma orilla del mar, y yo me preguntaba cada día ¿cómo puede ser la vida de alguien cuya infancia transcurre en calles silenciosas por las que sólo transitan personas, que el trayecto a la escuela es siempre caminando, o jugando y corriendo, que en los recreos escolares los juegos cuentan con el mar como cómplice de la imaginación, que los árboles, la vegetación y sus frutos están en el paisaje y en la dieta hasta pasar desapercibidos…?
No pudimos encontrar mejor recalada para aliviar la congoja con que veníamos. También porque al día siguiente, el horizonte nos regalaba la imagen de dos siluetas: Wake y Gentilina, dos embarcaciones vecinas en Madraki, asomaban sus palos por la entrada de la bahía para pasar el resto del verano fondeados en aquel paraíso. El reencuentro fue dulce, como suelen serlo los reencuentros, y rápidamente la rutina apenas interrumpida por un día de separación, se restablecía con unas cervezas y buena música de fondo.
Quedarse en Lakka y su maravillosa bahía era más que tentador. Al su lado oeste, tras una loma que se extiende hasta el punto más septentrional de la isla, la roca exhibe formaciones increíbles moldeadas por el capricho de las olas en su quehacer impenitente y atemporal. La tranquilidad, la belleza, el devenir humano del tiempo… todo contribuía a quedarse. Pero pasados unos días, la llamada de la curiosidad, la pulsión nómada que quizá tengamos todos los humanos, pero que tal vez unos la padezcan con más virulencia que el resto, nos hizo levantar el ancla y movernos hacia el sur.
En la misma isla de Paxos, apenas unas millas más al sur, se encuentra la capital (en realidad, no más que un pequeño pueblo) de la isla: Gaios. Habíamos salido de Lakka casi convencidos de que sería difícil encontrar un lugar más atractivo, pero la entrada por el estrecho canal que conducía a Gaios inmediatamente nos sacó del error. Paloma y yo nos mirábamos como si no creyéramos lo que estábamos viendo. Un canal estrecho, con profundidad comprometida para el Alendoy, la orilla de Paxos a estribor y la de Nikolaos a babor conformando un fiordo con vegetación, pequeñas embarcaciones a ambos lados, construcciones típicas de la zona… todo constituía un conjunto extraordinario que además mejoró cuando doblamos una punta de la isla y nos encaminamos al muelle del pueblo. Allí largamos ancla por proa y amarras al muelle por popa ante la mirada entre indiferente y curiosa de las pocas personas que habitaban la pequeña terraza frente a nuestro atraque.
Aún con la sonrisa inexplicable de quien se siente reconciliado con la vida, premiado por ella, obsequiado por la existencia que le ha tocado, caminamos por las calles empedradas de este pueblecito, bendecido por su tamaño y su ubicación. Poco más tarde llegaron los amigos de Alter Ego, Cristiano y Valentina. Con ellos cenamos, compartimos planes de navegación y descubrimos que parte de nuestras rutas respectivas coincidían, así que decidimos compartirlas.
Salimos “en conserva” a la mañana siguiente rumbo a Lefkas. Su acceso por el norte es mediante un estrecho y largo canal entre salinas, cuyos antecedentes se remontan más de mil años atrás. La entrada al canal requiere pasar por un puente que, en realidad, no es tal. Se trata de un ferry grande cuya eslora coincide con la anchura del canal; cuando presta función de “puente”, se pone transversal al mismo con proa y popa cada una en una orilla distinta sobre las que desciende sus pasarelas para que los vehículos transiten por su interior en lo que parece un enorme aparato digestivo que se alimenta de vehículos. En horas determinadas, levanta las pasarelas, gira noventa grados y permite el paso en sentido norte o sur de otras embarcaciones. Al salir del canal continuamos nuestro avance hacia el sur hasta el pueblo de Nidri: un emplazamiento precioso donde se ha levantado una población artificial elevada para el turismo náutico de la zona. Ningún interés. Decidimos fondear, pasar un par de noches y avanzar hasta Kastos.
Habíamos navegado con viento favorable hacia esta pequeña isla. En el lado sur hay algunos fondeos propicios, pero hicimos el intento de entrar en su puerto diminuto. No lo conseguimos: el viento era intenso y racheado, el fondo insuficiente y parcamente registrado en la cartografía, el espacio mínimo… Demasiado comprometido. Media vuelta hasta la bahía de las avispas (Wasp bay) para largar el ancla en un entorno salvaje, bellísimo, solitario hasta la extenuación.
Kastos fue nuestra última recalada antes de poner rumbo a la bahía de Patras, antesala del golfo de Corinto. Las millas de este mar Jónico en el que llevamos más de cuatro meses dejaron un poso inolvidable. En su despliegue se labraron recuerdos indelebles con forma de momentos, paisajes, miradas y abrazos que cristalizaron en nosotros con la solidez del cuarzo. Hoy nos sentimos más grandes por dentro y más pequeños por fuera. Todo lo aprendido nos ha engrandecido el interior mientras la conciencia de la magnitud de cuanto nos rodea nos hace sentir insignificantes. Sería injusto no reconocer que, sin nuestras renuncias, estas recompensas habrían sido impensables.
Crecí en un barrio de los que en aquella época se consideraban típicos, no por su fuerza de atracción turística, sino porque acogía a esa clase “popular” de ciudadanos que daban carácter al Madrid de toda la vida. Mi calle se elevaba desde el Campillo del Mundo Nuevo hasta la plaza de Vara del Rey, y digo “se elevaba” porque la de Carlos Arniches era un ascenso pronunciado que desafiaba a los alientos más capaces cuando había que recorrerla hacia arriba. Estaba empedrada, lo que exageraba el ruido de los coches -todavía pocos entonces- cuando aceleraban para sacarle el mejor partido en el ascenso a la escasa potencia de aquellos motores. De una acera a la otra se podía alternar entre un verdadero crisol de gremios y personalidades: a la derecha de mi portal, Baldomero del Pozo (un nombre que siempre me pareció inverosímil), el cristalero que llevaba su negocio con sus dos hijos; un poco más abajo, la lechería de Clarita, a la sazón la vecina de la puerta de al lado a la mía, cuya presuntamente distinguida reputación como esposa de un inglés, funcionario de la embajada británica, se veía frecuentemente comprometida por episodios oscuros con otros vecinos de los que los niños apenas recibíamos un eco apagado. Recuerdo más abajo la tienda de libros de Vitorio; no supe de su homosexualidad hasta bien entrada mi adolescencia, pero que siempre le reconocí un aspecto inexplicablemente extraño que lo diferenciaba en algo más allá de mi comprensión, del resto de hombres que yo conocía. Luego la farmacia y al final la tienda de Curro; vendía retales y ropa de saldo en un espacio que no podía catalogarse como “tienda” conforme a ningún criterio, ni siquiera los de la época; sus hijas iban a mi colegio: Yolanda, la mayor que siempre me resultó hostil y altiva hasta más allá de sus posibilidades; la siguiente, Lili, era mi favorita por la dulzura que encontraba en su frecuente sonrisa; y Maribel, la más pequeña, fría y distante, hasta lo inconsecuente.
La acera de enfrente no era menos florida. Recuerdo en ella la lechería y tienda de ultramarinos de Vitoriano, feo hasta donde pueda imaginarse, tras los cristales incomprensiblemente gruesos de sus gafas, muy musculado y con voz estridente; a su lado, su hermano parecía casi normal, pero nunca sentí el impulso infantil hacia la mofa, no sé si por el respeto reverencial que entonces se le profesaba a los adultos, por temor a la notable musculatura de aquel cuerpo más bien pequeño, o por la indiferencia que me inspiraba alguien con quien sentía, sin saberlo, que no tenía más conexión que la de coger las cajas de leche Clesa con doce pesadas botellas de cristal que frecuentemente subía a casa por las escaleras de una finca sin ascensor. Mas arriba, la Paca y Alfredo, los fumistas; un matrimonio que nunca comprendí porque en mi inocencia tenía asumido que las parejas se unían en virtud de algún tipo de similitud o proximidad que los acercaba hasta que se formalizaban como familia; pero en ella siempre vi una vileza de la que recelaba, y que no encajaba con la desbordante bondad de su marido, un alma cálida, cercana, que rebosaba serenidad y me reconfortaba como deben de hacerlo algunas personas a sus mascotas más fieles.
Podría continuar con aquel laberinto de caracteres sumando a Julián, el de la formica (y sintasol), la tienda de antigüedades de Román, con quien discutió mi padre por un hueco para aparcar, la señora Reyes, portera del portal de al lado, la tienda de gomaespuma, los famosos cerrajeros que vendían en un puesto en plena calle y que tanto me desagradaban sus voces como sus propias personas… Desde que salí de allí cambiando el barrio por la urbanización, no he vuelto ha tener una experiencia tan colorida, variada y socialmente nutritiva. Las urbanizaciones de mi vida posterior me han dado comodidad, conveniencia, confort para el desenvolvimiento de una vida que a veces he querido pasar junto a la naturaleza, y otras junto a los afectos, sin negar el efecto que el orgullo y la búsqueda de eso tan banal como el “estatus” ha tenido en la elección de morada.
En Mandraki, he vuelto al barrio. La expansión del coronavirus nos ha obligado a permanecer confinados en este puerto del siglo XV donde poco más de media docena de los barcos que aquí recalan están habitados y pasando por el mismo confinamiento, dando lugar a una comunidad -surgida espontáneamente- de transeúntes convertidos de repente en habitantes. La contrariedad por estar inmovilizados ha ido dejando paso al reconocimiento de que difícilmente pueden encontrarse mejores condiciones para pasar el trance por el que la población mundial tiene que atravesar, doblegada por la expansión del virus.
Los días amanecen a su propio ritmo, sin la presión de los relojes que aquí cumplen una función indudablemente más decorativa que funcional, y por eso la precisión que los humanos requerimos del tiempo se relaja hasta conciliarse con los pulsos de una existencia activa, no productiva. Por eso, cada mañana tomo conciencia del regalo vital que supone los paisajes que nos rodean en los 360 grados de visión alrededor de la fortaleza. Los montes de la Grecia continental, los picos albanos, el canal entre Corfú y el continente, la frondosidad de la pequeña isla de Ptichia, la vieja fortaleza veneciana, con su templo en el interior al más puro estilo de la Grecia clásica, divisando ese azul irreverente que ha desafiado los siglos con su belleza imperturbable… todo, en definitiva, es un motivo para congraciarse con la vida y con la circunstancia que ésta nos ha otorgado para disfrutar conscientemente de todo ello.
Hasta esta burbuja de belleza y serenidad donde todo armoniza sin pretensión de hacerlo, llega el eco del derrumbamiento que parece estar experimentando el mundo exterior. Y llega como la onda atenuada de una enorme convulsión que, a modo de tsunami, hubiera explotado en algún lugar distante desde donde sólo nos alcanza una perturbación leve de la que sabemos por las noticias, pero que no sentimos sobre nuestras carnes.
Me pregunto ¿qué habremos aprendido cuando termine el largo proceso (no lo preveo corto) en el que nos ha sumido la pandemia? Quizá esto sirva para descubrir que es mejor entenderse que tener razón. Cuando se trata de tener razón, se concluye en el mismo lugar mental del que se parte; pero cuando se persigue entenderse, sólo se conoce el punto de partida, pero no el destino, porque a él se llega a base de argumentos. La razón debe utilizarse como guía, no como posesión; hay que dejarse llevar por ella más que pretender poseérla, porque cuando se la posee, no es razón; ésta es libre, y por ello compartible.
En este barrio, los vecinos no podrían ser más distintos de aquellos que recuerdo en mi infancia urbana. Aquí todos son de fuera, viven en barcos, con edades distintas, profesiones distintas, historias distintas. Nosotros estamos entre las “chicas” (me gusta llamarlas “las gatas” por su afición a los felinos, especialmente a los tres con los que viven a bordo del Wake), y Christiano y Valentina en su AlterEgo. Es como orbitar entre dos planetas cuyas atmósferas y gravedades respondieran a leyes físicas diferentes, y por ello cada uno alberga hábitats, faunas y floras sin nada en común. Las “gatas” son un trio formado por dos mujeres (Cristina de Moldavia y Elizabeth de Texas con antecedentes mexicanos) y Davi, un/a húngaro/a nacido/a en Libia, habitante del mundo, singular, posesivo/a, curioso/a, controlador/a, dadivoso/a que vive en la permanente frontera de los dos sexos que rigen su vida, entre una masculinidad física y una feminidad adoptada. Davi se casó con Elizabeth en una íntima ceremonia en Mianmar; años más tarde conocieron a Cristina y constituyeron el trípode afectivo que hoy es el barco donde viven con sus tres gatos. Elizabeth es de una intelectualidad excepcional, con sentido crítico, capacidad argumentativa y erudición infrecuente. Un accidente de tráfico le dejó doble visión como secuela, y por eso no calcula las distancias, tiene una mirada dispersa, y mantiene un gesto con la cabeza con el que parece querer ocultar las cicatrices que se esconden bajo su larga y multicolor melena. Cuando relata algo su dicción cambia, entona como lo haría la voz en “off” del narrador de una historia, y ama las historias que parecen brotarle de la cabeza con tanta fluidez como la que cabría esperar en un talento privilegiado; creo que el suyo lo es, aunque no sé hasta dónde decidirá explotarlo. Cristina, es lo más diferente a ella que se pueda imaginar: una “rusa” apasionada, divertida, cariñosa y obstinada, que se entusiasma con las cosas como lo hiciera un niño decidido a no renunciar a la alegría espontánea que lo bueno y rico desencadena en su pecho.
Paloma, Cristina, Víctor, Elisabeth y Davi
Al otro lado, Christiano y Valentina son un italiano ruidoso y pasional de entre Padua y Venecia, y una rumana tímida, dulce, hacendosa y callada que comparten su espacio llamándose “amore” cuando quieren decirse algo entre sí. Él es el estereotipo de “italiano” alegre, hedonista, divertido, de risa estridente y fácil, acompañado siempre de buena música, de buen comer y mejor beber, que canta y baila, que maldice sin bajar la voz con palabras que no dejan lugar a la menor duda, aunque se desconozca el significado, y leal a unos principios sencillos pero rotundos: la vida hay que vivirla a grandes tragos; tener, no vale nada; ser, lo es todo; la confianza descansa en la honradez; el respeto, sustenta las relaciones. Así, cada mañana comienza con un “good morning, girls” a un lado y un “buon giorno, Christiano e Valentina”, que dispara ese “buon giorno a te, Victor y Paloma” cuyo acento y tono no creo que vaya a olvidar nunca.
Más allá de “las gatas” están los ingleses que no se relacionan con nadie, y por ello no sé nada de ellos. Saludan cordialmente, pero evitan cualquier ademán que pueda dar lugar a una conversación, por breve o circunstancial que ésta vaya a ser. A veces estoy tentado de dejar volar la imaginación y suponer motivos para su conducta distante y reservada, pero sé que eso me llevaría por una senda literaria en cuyo fin apenas tengo confianza. Y seguidamente está Faro, una motora grande con mejor apariencia que contenido, propiedad de Francis y Marie, donde viven con su hija Inés, y que conforman lo que en el puerto se conoce como “los franceses”. Ella es atlética, muy seria, pero a la vez divertida; si hubiera nacido en España, habría sido en Euskadi, por su estar recio, de buen fondo, pero ásperamente expresado. Francis, en cambio, es un hombre elegante, jocoso, capaz de mantener la distancia necesaria para conectar, pero sin ir más allá de lo puramente social. A él le gusta bromear con que su preferida es Gina, la perra, pero “se le cae la baba” con Inés, a quien Paloma le viene dando clases de español desde que entablamos amistad con ellos. Llegaron a Corfú después de haber vivido en Serbia y en Montenegro donde habían tenido negocios de hostelería, y se asentaron, primero temporalmente, y ahora de manera definitiva con el plan de vivir en la casa que se están construyendo en el interior durante los meses de invierno, y pasar los veranos navegando en su Faro.
Valentina, Cristiano, Víctor, Francis, Marie y Paloma
En el lado de Alter Ego hay varios barcos vacíos, hasta llegar a Mirika. Un velero pequeño con una quilla grande, como su armador, Marco. De nacionalidad suizo, residente en el Algarve portugués, ilustrador (hace storyboards para publicidad), habla perfectamente cuatro idiomas (al menos, son los que yo le he oído, aunque probablemente conozca alguno más), y tras su semblante serio, prusiano, y su fisonomía parecida a la de Pablo Picasso, se esconce un joven de 70 años, con físico estupendo, pensamiento reflexivo y alma jovial. Su total carencia de sentido del ritmo no le impide moverse en absoluta desincronización con el ritmo de la música, pero sin el menor atisbo de rubor. Simplemente baila, se mueve con la música, sigue una secuencia de movimientos convulsos, pero que pese a la brusquedad le sirven para expresar la emoción que la música de inspira. Y sin embargo, abraza la guitarra con naturalidad, y le saca vibraciones que desearía ser capaz de producir con mis propias manos.
Marco llegó a Mandraki con su amigo Fabio Barbuto. También 70 años y enamorado del mar, este calabrés es un hombre tan elegante en sus formas como en su fondo, cuya mujer regenta la explotación agraria familiar al norte de Italia, cerca de Venecia, mientras él dedica las primaveras y veranos a su Lido calabrés. El Lido de Fabio es un restaurante a orilla del mar, con hamacas y sombrillas, para un turismo sereno que busca refugio en la brisa marina, caricias en las olas de su playa blanca, y la vida lenta, es decir, humana, que tan prolíficamente se da en las latitudes medias, y en la distancia de las grandes urbes.
Marco y Fabio son las personas de más años y, a la vez, más jóvenes, con quienes hemos compartido los últimos meses en Corfú. Se deleitan con la belleza, ya sea de una planta o de un pórtico; nadan entre las olas, aún cuando la temperatura del mar parece anunciar que la primavera todavía está en camino; ríen y comulgan con la vida con el compromiso de quienes están dispuestos a darlo todo por ella, es decir, a sacar lo más posible de ella.
A su lado está Gentilina con la mejor tripulación que pueda imaginarse: la familia completa. Fabio Portesan es un italiano divertido que se gana la vida como “influencer” haciendo videos para YouTube en los que prueba equipamiento náutico y opina sobre el mismo; de esta manera Hi-Nelson, la tienda online que lo patrocina, consigue tráfico a su web. Es imposible estar un rato con Fabio sin reír con cualquiera de las frecuentes bromas de una mente rebosante de talento y buen humor. Fue la primera persona que conocimos en el puerto cuando ni siquiera habíamos llevado el Alendoy a su atraque; nos habíamos cogido a un muelle de otro puerto al sur de la fortaleza y habíamos caminado para echar un vistazo a la marina de Mandraki, cuando conocimos a Fabio y nos dio el teléfono de Andreas Doukakis, el “habour master”. Una vez instalados ya en la marina, conocimos al resto de su familia. Leilani, la pequeña, de tan solo 6 años, es la niña que uno imagina encontrar en un bosque poblado por hadas, gnomos y unicornios, que un día crece y se convierte en princesa. Creo que siempre la recordaré con sus ojos azules y su pelo rubio despeinado, bailando a solas llevada por la música que sólo suena en su mente y que, más que un juego infantil, es una expresión tan natural para su cuerpo como para cualquier otro pueda serlo caminar o sentarse. Su hermano mayor es Valerio, de 12 años, sereno, de inteligencia brillante, ademanes adultos, cuya mente encuentra en la conversación el reposo que su cuerpo halla en el descanso, y en la que expone para explicar y escucha para comprender (no para responder). Conozco a pocos adultos con quien conversar sea tan agradable, cuyos argumentos estén tan razonados (y razonables) y cuyas formas sean tan impecables como las de Valerio. Veo en él una serenidad que no encuentro en su madre, quizá porque Marina es un volcán en erupción permanente. Esta mujer joven, guapa y atractiva, que puede ser tan dulce y tan dura como ella decida, sin que en ninguno de los dos extremos haya el menor comedimiento, es el arquetipo de mujer italiana: sensual, pasional, temperamental, fuerte y tierna. Entre todos conforman el ideal de familia gobernada por el amor, comprometida con la sencillez, implicada en los afectos, adepta a la autenticidad de las cosas que cuanto más simples, más valen.
Leilani, en su cumpleaños con Marina, Valerio, «las gatas» y Fabio
Este ha sido el vecindario de los últimos meses. Entre ellos nos hemos sentido queridos y respetados. Con ellos hemos compartido sensaciones y conversaciones; momentos y recuerdos que quedarán para siempre en nuestros corazones. Por eso nos ha costado salir de Mandraki, conscientes de que, junto a la muralla de esa gran fortaleza, este pequeño puerto ha sido el escenario de nuestra felicidad cotidiana, en una estancia donde nos rodeaba la belleza y el cariño mientras el resto del mundo se enmascaraba contra el virus. Teníamos ganas de salir para encontrar nuevos paraísos, pero nos ha costado decir adiós a personas que se nos han colado en el corazón y no saldrán de él. Seguramente por eso sintamos en lo más íntimo, que Mandraki no será para nosotros un lugar de paso más, y que volveremos a él como quien vuelve a casa.
Pocas cosas son tan definitorias de la naturaleza humana como su condición de animal social. Requerimos de los otros para poder ser uno mismo, y sin ellos ni siquiera sabemos quiénes somos. Por eso demandamos sentirnos aceptados, reconocidos por los demás. Sin embargo, rodeados de una vida social rica y variada, es difícil concebir el dolor del rechazo que puedan sentir personas que emigran de sus países con la esperanza de mejor fortuna en otros.
Salimos de Sarande temprano con la intención de detenernos en la cala de Gramma, a unas 30 millas de la ciudad de Vlorë dentro de la enorme bahía que lleva su nombre. Zarpamos sin viento, haciendo 6 nudos a motor, luego 5, más tarde 4 y luego 3, luchando contra las olas por mantener esa velocidad. El viento del NW nos daba directos en la proa haciendo imposible el uso de las velas y obligándonos a avanzar contra el embate de las olas; las más grandes nos frenaban en seco cuando la masa de agua se encontraba con el casco del Alendoy. Esperábamos llegar a Gramma Bay para fondear y descansar al abrigo de las altas paredes que la rodean; pero no fue posible. Entramos con incertidumbre, poco convencidos de su seguridad para el fondeo, sin información clara en las cartas e intimidados por rocas asomando sus crestas a la superficie entre la espuma que el oleaje entrante provocaba. La cosa no estaba nada clara. La cala era bellísima, pero impracticable para un barco como el nuestro y unas condiciones como las que había: poco espacio, mucho fondo, sin ángulo de borneo, viento cambiante. Era una de esas situaciones en las que el cansancio puede conducir a una mala decisión; afortunadamente no fue así, y vimos claro que teníamos que continuar luchando contra el oleaje rumbo norte hasta cubrir otras 30 millas hasta Vlorë.
Llegamos de noche, cansados, con ganas de ducha y cama. Siguiendo el procedimiento habitual, llamamos al “harbour master” y pedimos permiso para pasar la noche en el puerto, cosa que nos denegó, pero nos autorizaba a fondear al abrigo del espigón, aunque en realidad poco abrigo nos podría dar ya que nos obligaba a echar el ancla a, al menos, una milla de distancia. Estábamos procediendo con sus indicaciones cuando nos llamó nuevamente por radio:
You are not allowed to anchor in the bay. Because of the coronavirus situation you must proceed to your port of exit in Shengjin. Over.
Do you mean that we cannot anchor near the harbour?
No captain, you are not allowed to anchor anywhere in the bay of Vlorë. Proceed to your port of exit.
I will do as you say. Over and out.
No teníamos más opción que continuar hacia el norte y pasar la noche navegando otras 50 millas más hasta Durrës. Esta era una de las ciudades en las que pretendíamos parar para acercarnos desde allí a Tirana, pero no de esta manera. Daba igual; no teníamos opción. Menos mal que el mar se había venido a razones y nos facilitó la travesía.
Por la mañana llegamos al enorme puerto industrial de Durrës. Ilir, el agente que habíamos contactado para que nos hiciera la gestión portuaria, nos había conseguido un hueco entre dos cargueros gigantescos entre los que el Alendoy parecía un juguete de feria. Nos cogimos a un enorme muelle industrial con vías de tren para el tránsito de grúas, elevadores de carga, contenedores, maderas de portes, y todo el atrezzo que uno espera encontrar en el puerto donde un carguero introducirá la mercancía ilegal que el héroe descubre y rescata entre un tiroteo donde todos mueren, menos él.
Intimidados por las dimensiones descomunales de todo cuanto nos rodeaba, vino un médico del puerto para examinarnos y certificar que no estábamos infectados. Con su confirmación sobre nuestra salud, ya teníamos permiso para estar allí, lo que no significaba mucho…
You may stay here, but you cannot abandon the boat.
What…?
Because of the coronavirus the port has been closed…
Así nos explicaba el agente que por el cierre del puerto podíamos quedarnos allí el tiempo que necesitáramos, pero sin abandonar el barco. Paloma y yo nos miramos con una expresión inconfundible que decía “¿qué coño hacemos aquí si ni siquiera podemos salir del Alendoy…?”
Inmediatamente llamamos al puerto de Bar en Montenegro mientras pedíamos a nuestro agente que gestionara nuestra documentación de salida de Albania. En Montenegro nos dijeron que tenían amarre para nosotros y que nos esperaban al día siguiente. No había duda, otro día de navegación y podríamos entrar en un país que nos permitiera salir del Alendoy y caminar por sus aceras; o eso parecía, porque media hora más tarde una llamada del puerto en Montenegro nos informaba de que la autoridad marítima había cerrado los puertos a embarcaciones extranjeras. Tampoco podíamos ir allí.
Llamamos a Nagger. De todos nuestros amigos, era la persona indicada para aclararnos las opciones que teníamos. No dudó ni un instante en cuanto escuchó nuestra situación:
Volved a suelo de la UE antes de que cierre sus fronteras.
Podíamos seguir hacia el norte y entrar en la UE por Croacia que era el destino final que nos habíamos fijado, pero si la UE cerraba sus fronteras y el tránsito marítimo iba a estar difícil, Croacia no era donde queríamos quedarnos atascados. Así que, sin dudarlo, soltamos amarras tras una hora escasa de descanso en Durrës y pusimos rumbo sur de regreso a Corfú, donde el clima era más benigno, las calles acogedoras, el puerto pequeño, pero bien abrigado y conocido, y la comida mediterránea.
Otra noche más navegando no era una buena perspectiva, pero el viento estaba tranquilo y el tiempo era bueno, sin frío y con luna. En ese momento lo que más nos inquietaba era no recibir permiso para entrar en Grecia nuevamente porque también ellos cerraran sus puertas a embarcaciones extranjeras.
Amaneció un día precioso, soleado y brillante, a medida que nos acercábamos a la isla; nuestro amigo Fabio nos wasapeo diciendo que Marina, su mujer, había estado en el banco donde le habían dicho que no dejaban entrar ya barcos en la isla. Las últimas cinco millas las vivimos con tensión, desconectamos los dispositivos de identificación del barco para que ninguna patrullera nos pudiera localizar y finalmente llegamos sin novedad, con una intensa sensación de regreso a casa, de suelo patrio, de amigos a la espera, y de gratitud a la vida por haber sido finalmente acogidos en lugar amigable. Haber vivido una fracción de la experiencia de quienes se aventuran al mar para entrar en otro país que los rechaza, y así sucesivamente sin encontrar un destino amigo, había sido una grandísima lección de vida que no queremos olvidar. No fue agradable, pero nos enseñó mucho.