Cuanto todo es perfecto, pero no. Segunda travesía a Portimao

Mayo-Junio 2022. Hace años escuché a un experimentado piloto de líneas aéreas decir que su trabajo se resumía a múltiples horas de intenso aburrimiento, y esporádicos episodios de mucho miedo. Creo que había olvidado los sueños por los que un día quiso ser piloto. Entre el aburrimiento y el miedo, el mar ofrece momentos -siempre más infrecuentes de lo deseado- de total armonía. Son esas ocasiones en las que el mar respira profundamente por sus olas, el viento infla las velas con determinación pero sin exceso, la luz concede nitidez a cuanto toca, la temperatura se confabula con el cuerpo y sus necesidades, y todo, sencillamente, parece reconciliado para siempre. Pues, bien, nuestra segunda travesía desde Rota hasta Portimao resultó ser todo lo contrario… La previsión había anunciado viento a favor, pero eolo, caprichoso, soplaba y callaba en una alternancia exasperante; las olas, levantadas por el viento del día anterior, no se correspondían con la intensidad del que teníamos, haciendo zozobrar el barco y desventando las pesadas velas que no llegaban a inflarse; cada vez que caía el viento arrancábamos el motor; cada vez que arrancábamos el motor, caía el viento; y así en una sucesión tediosa y odiosa. Y por si fuera poco, aparecieron las orcas…

Navegábamos en las penosas condiciones descritas, en aquel momento con más ola de la deseada para el encuentro que se nos avecinaba. Por la amura de babor vimos con toda claridad el lomo grande y oscuro, de aleta inconfundible, que indicaba la visita de cetáceos.

“Tenemos visita” le dije a Paloma que saltó como un resorte y con una determinación asombrosa soltando instrucciones a diestro y siniestro. No cabía ningua duda de las intenciones del animal cuyo curso se trazaba con precisión hacia nosotros. Inmediatamente arriamos velas, apagamos todos los instrumentos y encendimos motor para virar 180 grados y avanzar hacia atrás. El animal era grande y rápido. Se cruzó en nuestro camino, fue a popa, luego nos paso varias veces por debajo apareciendo inesperadamente a un lado u otro de la embarcación, hasta hacernos dudar de si se trataba de un solo ejemplar o venía acompañado (punto que no pudimos confirmar). Yo sujetaba el timón de manera que si lo golpeaba no me provocase ninguna lesión, lo que deificultaba las maniobras. Paloma actuaba en las escotas y enrolladores con precisión quirúrgica y rapidez deportiva. Entre el miedo y la concentración, sentí una ola de amor por ella que me congestionó la garganta. El animal, pasado un rato, pareció perder el interés por nosotros y no volvió a emerger de su última inmersión. Recuperamos la compostura -que no habíamos llegado a perder plenamente- regresando a nuestro rumbo con la confianza de que la anécdota había concluido. No fue así. Instantes más tarde, el mismo animal estaba nuevamente con nosotros, pero esta vez pudimos prestarle más atención y confirmar que su lomo era de un gris muy oscuro, pero no negro como el de las orcas; tampoco había blancura ni en la mandíbula inferior ni en el pecho, como tan distintivamente lucen las orcas; y su aleta era más bien redondeada que puntiaguda. Lo único que parecía coincidir era el tamaño. No se quedó mucho tiempo con nosotros antes de desaparecer definitivamente, ocasión que aprovechamos para consultar un catálogo de especies mediterráneas donde confirmamos que se trataba de una marsopa. Es un animal muy parecido al delfin en sus formas, salvo por la cabeza, redondeada como la de la orca, en vez de con morro puntiagudo, pero mucho más grande.

El animal desapareció, pero no la impresión de su encuentro. Con ésta llegamos de madrugada a Portimao, soltamos el ancla y nos entregamos a un necesario descanso que transcurrió entre el arruyo del movimiento del barco y las imágenes vivas de nuestra aventura.

Asediada por las playas. Rota

Febrero-Marzo 2022. Andalucía es un territorio encantado. También lo es encantador. Cualquiera de sus esquinas ofrece algo que no justifica el esfuerzo de buscarlo, pero que compensa con creces haberlo encontrado. Habíamos pasado casi cuatro meses en Portimao, una gota urbana de interés en un mar de ciudad anodina, de esas que crecen sin alma, con el único afán de mirar al mar, acercarse a la playa, constituir una oferta turística interesante, en definitiva, que mantenga la secuencia sístole y diástole de una industria dedicada a quienes buscan convertirse durante una semana o quince días, en las personas que en realidad no se atreven a ser. Esto estableció un punto de referencia muy radical a la hora de desembarcar en Rota, no menos afectada por el traumatismo turístico de cada temporada, pero con el acento, colores, sonidos y dejes de la Andalucía gaditana, entre escolleras de historia, olor, costumbre, hedonismo.

Nos quedamos en Rota desde finales de febrero hasta finales de mayo, meses que transcurrieron bajo el soplido a veces perturbador de los levantes desatados, junto a las gigantescas embarcaciones bélicas del puerto militar, bajo el castillo de Luna donde los Reyes Católicos pusieron pie e hicieron parada, cerca del Bodegón del Gato que tanto alivio nos trajo con su sencillez y su autenticidad. Acodado en su barra, uno de sus camareros nos explicaba con la pedagogía de quien a quien no le cabe ni la menor duda la diferencia entre un vino solera y una manzanilla “…la diferencia es que no tienen nada que ver, porque una solera es una soleta, y la manzanilla es distinta, ósea que no se parecen en nada, y eso es precisamente lo que los distinguen, que son diferentes, y por eso no tienen nada que ver uno con el otro…” Ole, pensábamos para nuestros adentros ante su explicación.

Rota es una esquina que culmina en su puerto, bajo los dos faros, el antiguo, vestigio de otros tiempos y más que superado en altura por construcciones posteriores, y el nuevo que se yergue majestuoso como una columna de Hércules. A uno y otro lado, dos grandes playas flanquean la villa, la del este mira a la bahía de Cádiz y termina en la escollera del puerto militar. La del oeste es un arenal interminable, amplio y luminoso, que avanza haca el norte hasta Huelva, y más tarde Portugal. Desde esta esquina donde empieza o termina la bahía gaditana, se mira cara a cara a la ciudad milenaria, la tacita de plata.

No sabríamos decir qué hay que ver en la ciudad de Cádiz, pero sus calles tienen el encanto de la belleza no pretendida, la estética uniforme de un lugar al que la historia le ha dotado de carácter, sin que las arrugas de la edad induzcan en la mirada la idea de vejez, sino la de sabiduría. Cádiz tiene embrujo, tiene duende; es auténtica hasta el punto de resistir con su personalidad las arremetidas del turismo que aún solo han podido llegar a contemplarla sin transformar su esencia.

En los meses en Rota visitamos, además de Cádiz, el Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda, la aldea de el Rocío, Setenil de las Bodegas, Jeréz de la Frontera… Por las calles de Jeréz aún podían verse a esos señores de toda la vida, de gesto serio, mirada firme, con las manos sobre un bastón que en sus manos se convertía cetro, y esos sombreros clásicos, andaluces de toda la vida, que en ellos parecían coronas. Fuimos varias veces, siempre en tren, hipnotizados por un paisaje que, de tan familiar, parecíamos no ver, pero cautivados por el sentido profundo con que arraigaba en lo más hondo de nuestro ser, anclado allí por nuestra genética, por nuestros ancestros, por la cultura de la que éramos parte involuntariamente, sin haber notado nunca la herida indeleble que haber nacido español y de origen andaluz, había provocado en nosotros. Visitamos las bodegas de González Byass, una ciudad dedicada al vino fino, nos enamoramos del trote de los caballos cartujanos en el espectáculo de la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre, nos perdimos por sus calles, los tronos de esa Semana Santa de costaleros y bandas de música y llegamos incluso a visitar la feria del caballo de Jeréz. Apenas habíamos entrado en el “real” de la feria, cuando ya nos estaba arrollando la onda expansiva de una incomprensible explosión de color y luz. Las casetas, abiertas a los visitantes, eran una invitación a la risa, a la conversación, incluso con desconocidos, a la broma; las calles eran un ir y venir constante de coches de caballos con tiros engalanados con los mejores aperos, caballos de estampa divina, jinetes trajeados al estilo andaluz. Los trajes de flamenca se confundían con los arreglos de flores, en una danza de pétalos y faralaes que confesaba un amor secreto.

En los días de Rota aprovechamos para viajar a Lucena y respirar familia y pueblo. La visita, como siempre, nos conmocionó con un bombardeo de cariño que siempre deja contusiones más allá de lo que se pueda prever. Lucena iba a ser el punto de encuentro con mi hermano y su familia para dejar las cenizas de mi padre bajo el olivo en el que ya descansaban las de mi madre. Lo hicimos en una mañana de primavera, con la honda luz que durante siglos cautivó a judíos, musulmanes y cristianos, respirando ese aire que embriagó de amor a mis padres, entre ellos y por su tierra, hasta converger en el germen de la familia a la que mi hermano y yo vinimos al mundo. Teresa había traído unas plantas de campo (tomillos y romeros) que suplieron con infinita más elegancia cualquier símbolo religioso que pudiera agredir con su arrogancia la belleza del lugar. Y así, juntos, distintos, unidos, emocionados pero serenos, cada cual dijo lo que quiso o pudo sobre el hombre que nos dio la vida, dirección y sentido, y cuyos los valores, sin saberlo, nos convirtieron en quienes somos. 

Regresamos a Rota pasando por Madrid, todo en el mismo día. Justo cuando se cumplía un año de la muerte de mi padre, el de nuestro amigo Jose había fallecido. El pésame nos supuso unos cuantos kilómetros de más, pero valió la pena. Fue un viaje rápido, relámpago, muy distinto del que nos llevó hasta Lucena desde Rota, que aprovechamos para visitar un pueblo desconocido y sorprendente: Setenil de las Bodegas. Se extiende cómplice con el pequeño río al que sigue y abraza, encajado en el cortado que los siglos han ido labrando hasta completar un cañón, a veces amplio, otras angosto, cuyas paredes son evidencia de la insignificancia del tiempo humano frente al geológico. Pero cuando la roca ha querido poner límites a la expansión del pueblo, este se ha incrustado en sus hendiduras como hacen las raíces de la hiedra en las irregularidades por las que trepa, hasta fundirse sin dejar rastro de su condición de huésped. Así, en Setenil hay calles flanqueadas por sendas hileras de casas, pero sobre las cuales en vez del cielo abierto, uno se encuentra con un techo mineral que parece haber alcanzado las viviendas como si de olas pétreas se trataran en un mar rocoso. La impresión es única; el espectáculo, incomparable.

Volvimos a Rota para un último encuentro con sus enormes playas, las mareas infinitas que dejaban marcas de hasta tres metros en los flancos de los rompeolas, y gracias a los cuales los romanos idearon “los corrales” para cosechar pesca, como se hace, en otra cadencia, con la agricultura. En esos días nos visitó Ana, Doña Ana, la madre de Paloma, con su pequeña maleta y su enorme elegancia, para pasar unos días con nosotros. Solo tres para no correr el riesgo de que lleguen a ser demasiados. Las jornadas justas, bien medidas, calculadas con la precisión de quien sabe de la vida, y además sabe vivirla. Disfrutamos mucho con ella, de su buen humor, del bagaje que le ha dejado el hecho de haber sido siempre, y continuar siéndolo, una sabia en esto de vivir.

Así nos despedimos de Rota, de sus calles blancas, de su luz infinita; tomamos los últimos vinos de la Palomino y zarpamos hacia el oeste.

Crónicas del Varadero II. Portimao

Octubre 2021-Febrero 2022. Habíamos llegado a Portimao con la idea de dedicar las próximas tres o cuatro semanas a los trabajos abordo que habíamos planificados. Casi cuatro meses después, el barco seguía en el varadero, seco desde la quilla al tope del palo, recibiendo atenciones más allá de las previstas cuando salió del agua.

La varada fue a mediados de octubre; teníamos previsto un viaje a Jamaica para mediados de noviembre. Al principio creímos que en ese plazo nos daría tiempo a todo, pero no fue así. Decidimos dejar Alendoy en el varadero durante nuestra semana en el Caribe, y retomamos el trabajo convencidos de que la Navidad sería el límite. Tampoco sucedió. Regresamos a Madrid para las fiestas aún sin haber terminado los proyectos de abordo, y desde que regresamos en los muy primeros días de enero, anduvimos diciendo (y pensando) que en dos semanas más, tres a lo sumo, estaríamos de vuelta en el agua. Tampoco. Terminó enero, llegó febrero y a mediados de mes, incrédulos, dudábamos de si conseguiríamos el regreso a flote antes de marzo. ¡Menos mal! El día de los enamorados lo pasamos abordo, fondeados frente a Praia Grande.

Portimao es una fea ciudad (muy fea, de hecho) en un lugar precioso. La desembocadura del río se ensancha según se aproxima al mar, convirtiéndose en una extensa ría a la altura de Portimao. A un lado, la ciudad, al otro el pequeño pueblo de Ferragudo, con su castillo de propiedad privada, y las arenas ocres de Praia Grande. En medio, el Parchal, donde amarra la flota pesquera, junto a una amplísima zona de varada donde centenares de barcos descansas sobre cunas y postes como pacientes pasivos a quienes especialistas de todas las ligas les hurgan las entrañas. Mecánicos, pintores, carpinteros, jarcieros, veleristas, soldadores, tapiceros, instaladores de todo tipo de artilugios, técnicos y especialistas, asistentes y genios, se agrupan entorno, dentro, sobre y bajo las embarcaciones con movimientos precisos que desde una altísima altura, les harían parecer hormigas bregando con la captura que deben portar a su nido.

Durante los meses que estuvimos allí, los días se sucedían con una rutina irrefrenable que comenzaba cada día a las ocho de la mañana y terminaba a la caída de la tarde, cuando la falta de luz nos echaba del varadero, y retornábamos al apartamento que teníamos alquilado frente al restaurante A brasa, cuyo “frango piri piri” (pollo) no tenía parangón. Y así, todos los días, siete días a la semana, durante cuatro meses.

Las mañanas iluminaban el este en nuestro camino hacia al varadero por el largo puente que cruza la ría. Esa luz brillante, nítida, apastelada a veces por nubes altas, iluminaba los puentes del lado norte con una precisión quirúrgica. Las tardes, siguiendo el camino de vuelta, exhibían crepúsculos de invierno tibio, sin más frío (tampoco desdeñable) que el de la intensa humedad. Estos regresos combinaban el cansancio por el día de trabajo, con la sensación de progreso, a veces más acentuada que otras, mientras perpetrábamos el asalto a la valla con cuya violación ahorrábamos un par de kilómetros de caminata.

Los varaderos parecen tener su propio pálpito. Maquinaria y personas participan en un ritual que gira entorno a las embarcaciones a las que cuidan, miman y embellecen como si se tratara de templos sagrados. En algunos varaderos los propietarios pueden trabajar sobre sus embarcaciones; otros limitan la actividad profesional a técnicos autorizados. Antiguamente se veía con naturalidad que algún propietario viviera abordo durante su estadía en el varadero, pero poco a poco, dicha práctica ha venido siendo erradicada por causa de los accidentes sufridos por personas poco preparadas para subir o bajar por escaleras empinadas hasta las nada despreciables alturas a las que se elevan las regalas cuando los barcos están apuntalados. El de Rosa, Cabral y Soares aún lo permitía, motivo por el que en la explanada donde descasaba Alendoy había una exigua pero interesante comunidad de habitantes, cada cual con su historia singular que compartir: Rita y Walter, los profesores alemanes de instituto que dejaron sus clases de religión e inglés, respectivamente, para circunnavegar el mundo; Peter y su madre octogenaria, también alemanes, con muchas millas acumuladas a lo largo de años navegando por ambas orillas del Atlántico; Julio, portugués casado con turca, que habiendo vivido en Bremen, había regresado a su tierra natal, que reparaba su catamarán traído desde el Caribe y que nos compró la antigua cadena del ancla; Bernardino, mecánico, que no vivía a bordo de su barco (un velerito muy pequeño para ello), pero que pasaba sus días en la caseta donde acumulaba herramientas y motores, y con quien se podía hablar fluidamente en media docena de idiomas; además de otros personajes que no llegamos a conocer más allá de los saludos de rigor al cruzarnos por allí. Unos más y otros menos, todos dejaron una huella en nuestro recuerdo que probablemente se diluya a medida que los años y la distancia apastele las imágenes que tan nítidas nos resultaron entonces. Caso aparte es el de Jonas y Sophie, los suecos de Lady Annila. Ellos nos llevaron a Portimao, y gracias a ellos pudimos acometer -y salir airosos- la cantidad amplia de proyectos en los que trabajamos para poner nuestro barco a punto para lo que fuera.

A los anteriores se sumaban los personajes del propio ecosistema del varadero: Paulo, hijo de uno de los tres ancianos dueños del varadero, encargado de la gestión del mismo, y de la de los socios aferrados a sus costumbres y tradiciones como quien se aferra a verdades inmutables; Vasili, rumano afincado en Portugal que llevaba su propia compañía de pintura, fibra y reparaciones; Rui, el joven soldador tímido, bajito, cordial y trabajador; entre otros que tuvimos la enorme fortuna de no tener que conocer.

Pocos días después de haber sacado el barco y de haberlo apuntalado, llegó la grúa que habría que bajar nuestro palo mayor. Cuando lo vimos suspendido de aquella enorme máquina, nos parecía imposible que hubiésemos llegado tan lejos en el propósito de acometer personalmente el mayor número posible de proyectos. La gigantesca extremidad pendía de un único punto de sujeción a la gran grúa y arrastraba una maraña de cables, cabos y conexiones que me hicieron ver lo que sucedería con todos sus afluentes, veredas y puentes si por arte de magia se levantara por un punto de su curso a un gran río. Cuando acostamos el palo al lado del barco, parecía descansar del estrés, y en ese reposo empezamos a desvestirlo de sus anclajes y ataduras, y a trabajar en las partes deterioradas de su pintura. Le hicimos muchas cosas además de sanear la pintura (tarea prolija por la gran cantidad de manos de imprimaciones y pinturas diversas): cambiamos antenas, cables de antenas, jarcia de labor, jarcia firme, tornillería, arraigos y sujeciones, frenos, luces, y un sinfín de pequeños detalles, todos los cuales consumían tiempo del que la meteorología nos dejaba disponible. Algunos días eran perfectos por no haber viento, pero la humedad era demasiado intensa para las pinturas; otros, más secos, estaban vetados por un viento intenso que solía aparecer repentinamente a partir del mediodía. Cuando viento y humedad se aliaban a nuestro favor, los proveedores estábamos en manos de proveedores, algunos extranjeros, cuyos pedidos no siempre eran puntuales.

Jonas siempre estuvo con nosotros. Nos acompañó en todo momento dándonos consejos (o directamente instrucciones) de qué hacer en cada momento, y respondiendo pacientemente a todas y cada una de las decenas de preguntas, dudas y consultas que a diario le íbamos formulando sobre el sinfín de temas que abordábamos en nuestros trabajos. Estos no se limitaron al palo; además trabajamos con los enrolladores de todas las velas (mayor, mesana y Génova), con la hélice, la red de comunicaciones de abordo, instrumentos de navegación, casco y obra viva, maderas de cubierta… más las que la memoria se ha encargado ya de dejar en alguna esquina del recuerdo, demasiado oscura como para ver qué esconde.

Mareas y corrientes. La Andalucía atlántica

Octubre 2021. Tras el paréntesis francés regresamos a Rota. Un día en Puerto Sherry para que Antonio, de velas Climent, nos terminara el cierre de la bañera, y zarpamos rumbo noroeste hasta Sanlúcar de Barrameda. El pueblo, bañado por el Guadalquivir, asomado cada amanecer al Coto de Doñana, plano y blanco, como debe ser en Andalucía, tenía un aire fronterizo, de fin del mundo, que nos resultaba enormemente atractivo. Pero quizá lo más singular de entre sus recovecos típicos y sus rincones pintorescos, es el olor a vino de la zona que asalta a los sentidos según se pasea por alguna de sus calles. Su famosa “manzanilla” es una delicia que no tiene nada de infusión, pero también reconfortante, aunque por vericuetos bien distintos por los que alcanza las teclas del placer y las hace sonar con melodías andaluzas.

Desde que salimos de Cádiz anduvimos muy atentos al efecto de las mareas. Era una experiencia muy nueva para nosotros, acostumbrados a la estabilidad de las sondas mediterráneas. En el lado atlántico, sin embargo, las mareas podían subir dos y tres metros, condicionando absolutamente tanto el acceso y salida de los fondeos, como los lugares donde soltar el ancla. Cualquier descuido podía traducirse en una fuerte corriente en contra, o una varada indeseada que dejara al barco inerme frente a los elementos. Esto se nos hizo especialmente evidente en Sanlúcar por estar en el mismo cauce del río. Allí nos vimos lidiando con corrientes de salida del río, las entrantes de la marea, las pleamares y bajamares según el momento del día, y sus correspondientes efectos en la profundidad, más los efectos que pudiese producir el viento según desde dónde soplara. En ocasiones nos encontrábamos con la proa orientada en la misma dirección que seguía el viento, recibiéndolo por la popa; otras, en aguas turbulentas, movedizas, inquietantes en sus convulsiones.

Desde Sanlúcar surcamos el Atlántico ibérico sur hasta el estuario de Isla Canela e Isla Cristina. Otro reto de corrientes y sondas, pero esta vez con mucho más tráfico de pequeñas embarcaciones en tránsito a los puertos de la zona (incluido el de Ayamonte, río arriba), por un lado, e islas de arena que aparecían y desaparecían del paisaje según la marea estuviese alta o baja. Allí esperamos a la pleamar para poder entrar en el puerto de Isla Canela. Pasamos un día tranquilo paseando los 12 kilómetros que nos llevaron hasta Ayamonte, haciendo tareas abordo, disfrutando de la belleza de una playa inmensa, fina, rica en vegetación, atlántica.

Isla Canela había sido nuestro último destino español. Al día siguiente arribamos al estuario de Faro, primer punto de recalada en aguas portuguesas. Era una escala de descanso en nuestra ruta hacia Portimao, donde no hicimos más que eso: descansar en el enorme espacio que bifurca las aguas de Culatra y las del propio Faro. Salimos de allí a la mañana siguiente con aguas efervescentes en la misma boca del estuario por causa del mar y del fondo que en aquella zona tiene una orografía muy extraña. A menos de media milla de la entrada, la profundidad pasa bruscamente de 60 metros a entorno a una decena, levantando grandes masas de agua que tropiezan con dicha pared submarina. Pero inmediatamente después, justo antes de la entrada, se encuentra un pozo de boca grande que vuelve a descender desde el fondo del mar a una profundidad de 40 o 50 metros.

Bastó una mañana para llegar a la entrada del río que da acceso a la ciudad de Portimao, a unas 20 millas del Cabo de San Vicente en el extremo suroeste del continente europeo. Nada más entrar, largamos ancla sobre el fondo de arena, abrigados por el espigón, donde pasaríamos los próximos días hasta la suspensión del Alendoy en el varadero de Rosa, Cabral y Soares, en Parchal, para cambiar la jarcia firme, y dejarlo listo para lo que quisiera que el futuro nos deparara a partir de entonces.

Bodegas, viñedos, cosechas y degustaciones. Burdeos.

Octubre 2021. Unos pocos días en Madrid para ver a la familia fueron el preámbulo del viaje a Francia. Nathalie nos esperaba en el aeropuerto, sonriente, cariñosísima, encantada de recibirnos y compartir junto con los amigos israelíes de Gliko, Danit y Roded, y los franceses de Faro, Marie y Francis, los días que teníamos por delante visitando bodegas, “châteaux”, viñedos interminables, la duna más grande de Europa en Arcachón, botellas de vinos buenos, mejores y excelentes.

Los “galateos” nos acogieron en su casa, entre los viñedos de Margoux, una zona que alberga a algunas de las mejores bodegas de Francia, como las de Saint Emilian, famosa por producir el Petrus, uno de los vinos más caros del mundo, con precios cifrados en los miles de euros por botella. Su casa tenía un inconfundible aroma a hogar, cálida, luminosa, grande, dotada del aire rural sin por ello privarse de cultura a raudales en forma de libros, cuadros, instrumentos musicales, antigüedades valiosas y, lo mejor, una enorme cocina que invitaba al parlamento, al deleite, al arrullo de los hogares encendidos, entre vajillas variadas y antiguas, y amplias copas de vino.

A Paloma y a mí nos acomodaron en el molino, que era eso, literalmente, un molino de los de toda la vida, pero sin aspas que obstaculizaran la visión total a través de los 360 grados de ventanales que rodeaban el dormitorio en la planta más alta de la construcción. Los crepúsculos, matutinos y vespertinos, eran invitaciones a la poesía, tentaciones a la pintura, excusas para detenerse y ser. Las conversaciones parecían no tener fin; podían empezar en cualquier tema y terminar, horas después, donde menos se hubiese podido sospechar al inicio, e incluían experiencias, opiniones, sentimientos, preocupaciones, recuerdos, confidencias… siempre con una transparencia asumible entre miembros de una familia bien avenida, pero que, entre personas tan dispares, distantes y distintas, se revelaba como un milagro, y en verdad lo era: el milagro de la amistad.

La bodega, el viñedo y el château de la familia de Nathalie nos dejaron verdaderamente impresionados, uno por su magnitud, el otro por su extensión, el último por su esplendor; y en conjunto por su belleza.

Entre ellos disfrutamos de esa calidez desinteresada de quien persigue el bienestar de otro como resorte del propio placer, solo porque el gozo del amigo alimenta al alma propia. Fue una experiencia preciosa, inolvidable, que todos sabemos de su continuidad, aunque nadie puede predecir ni el lugar, ni el momento, ni la circunstancia.

El escenario de una decisión. Cádiz

Septiembre 2021. Jonas y Sophie son dos suecos voluminosos con una interesante historia personal que combina fortunas y quiebras, éxitos y descalabros, risas y lágrimas, las más amargas de todas, las derramadas por su hijo Viktor, fallecido un par de años antes de conocernos, por causa de un tumor cerebral. Supongo que por ello, y a pesar de su estar jovial y agradable, siempre me parecía vislumbrar una sombra de tristeza tras sus semblantes. Ellos no conocían Cádiz, y pese a ser buenos aficionados a la comida, les costaba trabajo dar con buenas propuestas dada la dificultad idiomática sumada a su imposible de disimular aspecto de guiris. Así que les adoptamos para recorrer las calles de “la tasita de plata”, comer como dios manda, y compartir anécdotas y aventuras de Lady Annila y Alendoy.

Fue con ellos con quienes tuvimos Paloma y yo la conversación que habíamos venido postponiendo desde Grecia y que debía ser a solas, y en Tarifa. Al final, ni a solas ni en Tarifa. En nuestro ánimo había una inercia clara a favor de continuar nuestro viaje hacia Canarias, y más tarde saltar al otro lado del Atlántico, pero las opiniones -bien informadas- de Jonas y Sophie nos hicieron postponer el plan hasta el año siguiente. El principal problema lo planteaba la situación que se vivía por causa de la pandemia del Covid. No era frecuente encontrar buenos sistemas de salud pública en los países caribeños, lo que dejaba las alternativas de destino reducidas a tres grandes grupos: los no recomendables por no haber llegado a vacunar a su población y sufrir aún los efectos del virus y su propagación; los que se encontraban en mejores condiciones, pero con normas muy restrictivas de acceso a quienes vinieran del exterior, con largos periodos de cuarentena previos a la entrada; y los que no estaban en ninguno de los dos grupos anteriores, y que constituían por ello el destino elegido por la mayoría de los navegantes que arribaban a la zona, masificándolas y haciéndolas incómodas.

Un par de días después ellos partieron hacia Portimao, su puerto base actual, y nosotros, tras visitas de Antonio, mi sobrino, y de Antonio y Teresa, hermano y cuñada respectivamente, visitamos el Puerto de Santa María, donde nos encontramos con Ángela y Begoña. Más tarde saltamos a Rota, en el otro lado de la bahía gaditana, famosa por su enorme puerto militar y base naval, pero desconocida, al menos para nosotros, en su encanto y personalidad de pueblo costero andaluz. Decidimos que era el lugar perfecto para dejar atracado el Alendoy durante los días que dedicaríamos a viajar a Burdeos, en Francia, a donde nos habían invitado nuestros amigos Bruno y Nathalie, tripulantes de Galatea a quienes habíamos conocido en la isla de Vulcano un par de años atrás.

La encrucijada de los mundos. El Estrecho de Tarifa

Septiembre 2021. El verano de 2021 había sido testigo de múltiples interacciones de veleros con manadas de orcas atlánticas por la zona del estrecho -mal llamado- de Gibraltar. Hay que reconocer a los británicos esa querencia a adueñarse de lo ajeno hasta el punto de retorcer la geografía a su antojo, haciendo que el estrecho de Tarifa, que es donde en realidad se estrecha el encuentro del Atlántico con el Mediterráneo, sea conocido como estrecho de Gibraltar, que no deja de ser una más de las bahías mediterráneas, por mucho peñón que conserven allí los británicos.

La mayoría de dichas interacciones se habían producido al oeste del estrecho. En ellas los mamíferos se aproximaban por la popa a las embarcaciones, mayoritariamente veleros de esloras inferiores a quince metros, y les mordían la pala del timón hasta arrancarla o dejarla inútil. Los biólogos marinos no tenían una explicación, aunque de todas las hipótesis parecía sostenerse mejor la que proponía que el comportamiento de los cetáceos, lejos de ser agresivo, consistía más bien en una “práctica” para que los ejemplares más jóvenes se entrenaran en la caza de atunes, mucho más rápidos que ellos, a base de aproximárseles a tientas hasta alcanzarles la cola, arrancársela y terminar “la faena” sin posibilidad de que huyeran.

El fenómeno, también registrado en aguas de Galicia, había dado lugar a la prohibición del tránsito de veleros pequeños por una zona comprendida entre Barbate y el cabo de Trafalgar. Esta circunstancia había sembrado la preocupación en nuestras mentes, ya que nos proponíamos llegar a Tarifa para decidir allí, en el encuentro de los dos mundos -el clásico bañado por el Mediterráneo y el nuevo e inmenso del Atlántico- hacia dónde encaminaríamos nuestros pasos de cara a la siguiente temporada: ¿este, de regreso a Gracia, quizá por la costa norte de África, hasta Creta, Chipre e Israel…? ¿u oeste, hacia Canarias y más tarde el Caribe? Teníamos una secreta tendencia hacia el oeste de la que no queríamos hablar hasta llegar a ese punto desde donde miraríamos ambos puntos cardinales.

Avanzábamos rumbo suroeste siguiendo la costa gaditana cuando a la altura del Peñón, este sí, de Gibraltar, empezamos a notar un comportamiento extraño en el agua. Los movimientos de su superficie resultaban inusuales comparados con los que normalmente se observan por el devenir de las olas. Sabíamos que sería así, incluso que empeoraría, según nos fuésemos acercando a la zona del Estrecho donde una enorme masa de agua entra por la angostura entre los dos continentes teniendo además que superar la barrera, como si de una muralla se tratara, que se yergue bajo el agua, mientras, por otra parte, las corrientes de viento avanzan por la superficie en dirección contraria en busca del mar océano. Por si este panorama no fuera de por sí suficientemente complicado, todo el tránsito mercantil que une el sur Europa y norte de África con ambas Américas se desplazaba a grandes velocidades en ambas direcciones, entre aguas jurisdiccionales de dos países distintos, uno europeo y el otro magrebí, entre los cuales las distancias culturales los separan muchísimo más que las pocas millas entre sus respectivas costas. Y para colmo, el riesgo de encuentro con orcas…

Así nos acercábamos cuando el viento saltó con una furia inusitada. Alcanzó los 40 nudos, nosotros con un poquito de Génova y algo de mesana, y así permanecimos cuando llegamos a los 45 y hasta 48 sostenidos con rachas de 50 que llegaron a alcanzar los 52 nudos. El barco parecía volar en aquel vendaval que nos llevó hasta Tarifa como si levitáramos. Afortunadamente soplaba a favor, no así la corriente que se desplazaba en dirección contraria con una intensidad nunca vivida por nosotros y dando lugar a la paradoja de desplazarnos a una velocidad sobre la superficie del mar de hasta 12 nudos, muy distinta de la que teníamos con respecto al fondo, de apenas 4 o 5 nudos. Era como subir por unas escaleras mecánicas que descienden. Éramos muy rápidos sobre un mar que avanzaba en dirección contraria a la nuestra. Este efecto se pronunció aún más en el momento de doblar la punta de Tarifa, donde nos recibió un oleaje corto, rápido, rabioso, erizado como la espalda de un felino amenazante. Nunca habíamos visto el mar así. Pujaba de vida, vigoroso, como enervado por una tensión vibrante, eléctrica, sobrecogedora.

Nos pareció impensable intentar un fondeo en aquellas condiciones, por lo que continuamos más allá del verdadero Estrecho poniéndonos enseguida al abrigo de la costa atlántica de Cádiz. Pronto las olas crecieron según avanzábamos hacia el oeste. El dispositivo de separación de tráfico del Estrecho nos obligó a un par de violentas trasluchadas con las que evitamos acercarnos al tránsito de los imponentes cargueros, manteniéndonos cerca de la costa donde los encuentros con orcas se presumían menos probables.

El viento no parecía ceder cuando entramos en la bahía de Barbate. La tarde empezaba a caer ante el despliegue nocturno sobre un crepúsculo nítido, pero la tregua no llegaba. Y de repente, como si se hubiese precipitado por un vació vertical e insondable, el viento cayó, aunque dejó una ola grande, imposible de asumir en el fondeo que debía darnos descanso en la noche. Así que entramos en el puerto. Cansados del largo, intenso y variado día de experiencias, atracamos. Pero aún no podíamos dar la jornada por concluida. Teníamos el compromiso con la Real Liga Naval Española y la Real Asociación de Capitanes de Yate, de grabar una conferencia para su ciclo de la nueva temporada; aquella noche era la fecha límite para hacer y enviar la grabación. Al día siguiente entramos en la zona más peligrosa por el alto riesgo de encuentro con orcas, así que, siguiendo las instrucciones que la autoridad marítima había difundido, la hicimos solo a motor, evitando la zona de exclusión, cerca de la costa, sin visibilidad de las sondas de abordo que debían ir apagadas, muy atentos a la popa por si aparecían y debíamos parar máquina, y a los accidentes del litoral. Tuvimos suerte. Entramos en la gran bahía de Cádiz aliviados de salir de la zona de alto riesgo, deleitados por el embrujo de la ciudad milenaria, directos al fondeadero bajo el puente donde nos esperaban nuestros amigos del Lady Annila.

Alma eterna. Málaga

Agosto 2021. Salimos rumbo al oeste paralelos a la costa que tantos baños en la playa, juegos en la arena, hogueras nocturnas y secretos inconfesables había guardado de aquellos veraneos de la infancia. Impulsados por los recuerdos, o suspendidos en el tiempo por las emociones que evocaban, llegamos a la ciudad de Málaga casi sin darnos cuenta. Entramos en puerto y atracamos en el muelle principal, justo enfrente del más inconfundible de sus símbolos: el Cenachero.

Las calles de esa ciudad tienen el embrujo de las grandes ciudades andaluzas, pero, además, es de las pocas que goza de la caricia del mar. No habíamos atracado aún cuando ya disfrutábamos de la imagen esbelta de la torre de su catedral erguida sobre la plaza del obispado, junto al paseo de Chinitas y tantos otros rincones emblemáticos.

Paseamos por sus calles, trasladándonos con el recuerdo a aquella otra ciudad que una vez fue, y que luego la reemplazó la pulcritud ficticia, el comercio bullente, la muchedumbre acrisolada de un escenario irresistible para el turismo, sin que por ello dejase de filtrar por sus poros urbanos el alma eterna que la ha definido como una de las joyas del litoral español.

Allí nos encontramos con amigos de siempre: Jaime, Dolfi, Carmina… más que suficientes, pero incompletos por la ausencia de quienes no estaban por allí en esos días.

Zarpamos hacia el sur con el sol radiante y la luz tan intensa que parecía tangible. Recorrimos lo más brillante de la costa del sol: Torremolinos, Benalmádena, Fuengirola, Marbella… nombres que casi resultan más familiares cuando se los pronuncia con algún acento extranjero de tanta afluencia foránea como han venido acogiendo década tras década, dejándose en cada desembarco, en cada concesión para adaptarse a los visitantes, pequeños trazos de su origen humilde, pesquero, fronterizo, hoy tan invisibles como los vestigios inexcavados de sus yacimientos arqueológicos.

Finalmente entramos en el puerto de Estepona, la hermana desconocida, pero más guapa y con más personalidad, de Marbella. Nos visitó el primo Jose Mari, cuya vida, real e imaginada, daría para una serie de varios volúmenes y muchas páginas; también vino Manolo Sieiras, genéticamente marinero, vocacionalmente navegante, personalmente encantador; Juanma  dio una escapada desde Madrid para vernos “que ya hace mucho que no estamos juntos”, decía…; Susana y su familia que hicieron una parada antes de regresar a casa; y Ana, es decir, Doña Ana, la madre de Paloma, siempre una señora, sumándose a una tripulación improvisada con el estandarte de los Figuerola-Ferretti al viento.

Días antes de tanta actividad social habíamos dejado Alendoy en el puerto de Estepona para acercarnos a Lucena y visitar a la familia. Como cada vez que visitamos el pueblo de los padres, la escasa familia que nos une a esa tierra nos propinó una contundente sobredosis de cariño de las que, por muchas veces que las recibas, siempre te dejan sonado, en un estado de etérea felicidad. Las primas y los suyos tienen siempre la casa, los brazos, y el corazón, abiertos a nuestras llegadas, siempre intensas, siempre efímeras, nunca suficientes. Pero sus efectos calan hondo, son duraderos, siempre dulces, dulcísimos.

Bajo sospecha. La costa blanca

Agosto 2021. Era verano, el barco estaba listo para hacer millas, aunque el cuerpo también nos pedía calma en nuestro avance hacia Tarifa, donde nos habíamos propuesto detenernos para decidir sobre el invierno que acechaba poco más allá de un otoño que se aproximaba con sigilo. Pasamos un par de días en Agua Amarga, con María, la amiga editora de Paloma, y con Jonas y Sophie, otra vez en nuestra ruta según avanzaban ellos en la suya hacia Portugal.

Doblamos el Cabo de Gata con viento fuerte, arreciando según soltábamos el ancla frente a la extensa playa de su lado oeste. Sopló aún con más fuerza al día siguiente cuando fondeamos frente a la bocana de Almerimar, con hasta 35 nudos y rachas superiores. Por la tarde había empezado a amainar. El ruido había decaído sensiblemente, como lo iba haciendo el sol hacia el horizonte. Yo estaba en la bañera con un libro en las manos cuando, al levantar la mirada, vi una neumática negra que se aproximaba a gran velocidad a nosotros con cuatro personas ataviadas como para tomar una fortaleza al asalto: cascos, chalecos antibalas, armas automáticas, cascos, linternas, micrófonos, mascarillas, todo, en definitiva, lo que uno espera encontrarse en la indumentaria de los personajes de una película de acción. “Tenemos visita” le dije a Paloma. Se pegaron a nuestra banda gritando en inglés “Spanish police”. “Somos españoles” dije, tentado de levantar ambas manos en gesto de inocencia. “Somos policía de Aduanas. Vamos a subir a hacer una inspección. ¿Tiene inconveniente?”. ¡Como para tenerlo! A ver quién se iba a atrever a decirles “… pues si no les importa, vuelvan más tarde, que ahora me viene un poco mal…”. Subieron dos agentes musculados, fuertes y jóvenes, probablemente guapos, aunque las máscaras ocultaban sus facciones. Apenas se asomaron al interior, sin llegar a entrar, ya tenían claro que no éramos delincuentes: “estamos buscando algo grande”. Mientras rellenaban sus partes e informes, charlamos un rato con ellos, durante el que nos contaron algo de su trabajo, la variedad de perfiles de quienes trafican, lo inesperado de algunos de ellos tras cuya apariencia, se escondían traficantes en toda regla.

Cuando se marcharon pensaba en la tranquilidad con que habíamos vivido el episodio, no sé si por efecto de la madurez, o por el de la tranquilidad en la conciencia. Delinquir seguramente acorte la distancia entre el deseo y la realidad, pero su efecto en la culpa, presumo pesado.

Crónicas del varadero. Torrevieja

Agosto 2021. Torrevieja fue un paréntesis entre esas dos etapas de nuestras vidas: la Mediterránea que nos había llevado hasta los confines orientales de Grecia, y la siguiente, cuyo destino aún nos era desconocido.

Era el mes de agosto, las olas de calor parecían emparejarse a las del mar y la pandemia todavía condicionaba la vida de todo un mundo cuyos habitantes parecían haberse confabulado para congregarse todos en la localidad alicantina. Habíamos decidido hacer allí la varada que veníamos posponiendo desde hacía más de dos años, reparar, instalar nuevos equipos, poner a punto, en definitiva, a Alendoy para la siguiente etapa, fuese esta la que fuese. Y habíamos elegido Torrevieja porque ya conocíamos a los proveedores, teníamos amarre, nos sentíamos cómodos con la sensación de familiaridad de un lugar conocido desde hacía años. Sin embargo, la visión de quienes éramos al regresar distaba mucho de la de quienes marcharon, y que sólo frecuentaban Torrevieja los fines de semana o en periodos vacacionales, siempre, en uno y otro caso, con el mismo plan: embarcar y salir a navegar por unos alrededores que nos resultaban agradables. Así habíamos descubierto Cabo Roig, Tabarca, Cabo de Palos, Cartagena, la Azohía, etc. Pero esta vez, el plan era muy distinto.

El varadero no permitía residentes en las embarcaciones mientras el barco estaba en puntales. Tuvimos, pues, que buscar un apartamento en el conjunto del puerto desde cuya terraza veíamos las cunas de varada, oíamos a las rabiosas lijadoras y hasta olíamos, a veces, los químicos de las patentes, los barnices, las pinturas. Pero más allá del microcosmos en que para nosotros se había convertido el reducido entorno del puerto, apartamento y varadero, el mundo “torrevejense” se nos mostró hostil. Tomamos conciencia que, exceptuando el paseo marítimo, impracticable por la descabellada concentración de veraneantes que por él paseaban, la ciudad era fea, impersonal, carente de más atractivo que el de una buena oferta gastronómica, cosa más que común en la geografía en española.

Así pasamos unas tres semanas dedicados a la muy dura tarea de decapar el casco del barco con Antonio, el pintor, y su hijo, también Antonio, aplicar la patente de silicona de la que tan bien nos habían hablado, instalar sondas, alarmas, nuevo equipo de viento con Damián, reparar motor con Jose, y así en un largo etcétera de proveedores que teníamos que manejar con una difícil combinación de cordialidad y mano dura para cumplir plazos en un mundo de retrasos y parones donde todo iba a otro ritmo, el cumplimiento de los plazos era una aspiración más que un compromiso, el estrés no parecía existir y llegar al final, en no pocas ocasiones, resultaba quimérico.

Transcurrido el tiempo de varada, Cristian levantó el barco para la última mano de patente en la zona de los puntales. Todo parecía bien cuando Alendoy quedó suspendido mientras la pintura secaba, pero a la mañana siguiente comprobamos con sorpresa que las “eslingas” habían resbalado por la superficie de silicona. Esta era el componente principal de un tipo de pintura nueva, muy innovadora por su nulo impacto medioambiental (a diferencia de todas las demás) y su alto rendimiento. Lo que no esperábamos es que el poder de deslizamiento del que ya nos habían advertido fuese tanto como para que ni siquiera las grandes cintas textiles se mantuvieran en la posición inicial. Afortunadamente el mal fue menor, el barco no llegó a caer de la grúa y todo se resolvió con un repaso de pintura.

Salimos casi huyendo de allí. No sólo por lo arduo, intenso y desagradable del trabajo en el varadero, respirando polvo de patente que, en definitiva, no es más que un veneno impregnado en el caso para evitar la adhesión de lapas y otras incrustaciones; también porque habíamos sudado lo indecible en una labor física que extenuaba incluso cuando se utilizaban las lijadoras eléctricas con sus trompas aspiradoras y sus colas de cable, que engullían la patente solo cuando se ejerce presión muscular en sus asideros; sonado por el ruido constante y la atención fijada casi hipnóticamente en el punto de presión del casco, aparentemente inmune a las acometidas de la cuchilla decapante… Salimos de allí huyendo empujados por la necesidad de una brisa marina, de un horizonte límpido, sincero, de unión honesta de cielo y tierra, de belleza simple, de quietud y silencio. No llegamos muy lejos en esa búsqueda. Fondeamos en Cabo Roig, a la vera de Torrevieja, y luego en Cabo Palos (arroz en la Tana), nos pasamos Cartagena (no estábamos como para otra urbe) y seguimos hasta la Azohía a por otra inmersión de naturaleza y belleza.

Extranjeros en casa. Costa Brava y Levante

Estábamos en España, pero con una mirada distinta. La vida fuera nos había convertido en forasteros en el exterior y extraños en casa. Quizá lo único que había cambiado era la mirada. Lo que se suponía más próximo lo mirábamos con la familiaridad de ser nuestra cepa, pero al mismo tiempo con la perspectiva que nos había proporcionado el contraste. Así desembocamos en una Costa Brava bonita donde las haya, rica en sabores, coqueta en paisajes, opulenta en historia y cultura, pero un tanto hostil hacia el visitante. Las calas donde se podía fondear estaban tomadas por boyas privadas de pequeñas embarcaciones locales entre las que era imposible soltar el ancla; el precio de las boyas de alquiler estaba por encima -muy por encima- del de los atraques de la glamourosa costa azul que incluían suministros, servicio y, en algún caso como el de Niza, incluso bicicletas eléctricas para visitar la ciudad sin ningún coste adicional. Los primeros puertos que tocamos también tenían precios anormalmente altos, con pocos amarres de tránsito, a veces sin asistencia para el atraque. En algún caso llegaron a reconocer que “su público” era el de allí, y que no les importaban mucho las visitas de otra procedencia.

En una discreta cala, apartada de las más populares, sujetos al ancla bien apartados de la costa, nos quedamos solos en la noche. Alguien subió abordo sigilosamente sin más intención que la de dejar en la cubierta los desagradables restos de su digestión.

El trato con los individuos en tiendas o restaurantes era afable, pero la impresión general, bien por la inaccesibilidad a los fondeos, lo desorbitado de los precios a las embarcaciones en tránsito, la imposibilidad de sintonizar canales de televisión en español (al menos los de TVE), crearon en nosotros la impresión de quien se sabe no bienvenido cuando entra en una casa.

Visitamos lo que pudimos, hicimos parada en El Masnou para ver a nuestros amigos Jaume y Carmen cuyo ejemplo ha sido inspirador desde que les conocimos años atrás, y sigue alentándonos en nuestros afanes; dimos una escapada a Barcelona, ciudad eterna, bella, atractiva donde las haya; paramos en Tarragona adentrándonos en los restos de la Roma Ibérica de otros tiempos, descendimos hasta Calafat, en las proximidades del Delta del Ebro, donde nos encontramos con Laura y Joan Antoni, también circunnavegantes del globo, gente sana y verdadera, y salimos de Cataluña con una sensación de tristeza que preferimos a cualquier otra alternativa emocional que pudiese inspirar aversión hacia una tierra que, personalmente, nos gusta como parte de nuestro país.

Rodeamos el Delta y llegamos a Benicarló apurados por la temperatura de motor por encima de lo normal. Allí nos acogieron con los brazos abiertos, nos facilitaron un amarre provisional en el mismo canal de suspensión en el varadero, encontraron un mecánico para hacer la reparación a primera hora del día siguiente… Fue la primera sensación de ser bienvenidos desde que habíamos tocado suelo español.

Desde entonces, todo se sucedió a más velocidad de lo esperado. En Valencia llegó el mayor de nuestros hijos con Alba, su novia. Al día siguiente fue el siguiente quien embarcara con la suya, Ceci. Y veinticuatro horas después, el pequeño con Isa, completaba el mayor número de tripulantes que nunca habíamos tenido abordo: ocho, contándonos a nosotros.

Encontrarnos con los hijos convierte cualquier ocasión en una celebración especial; hacerlo, por primera vez, con sus novias, era una novedad intrigante; convivir tantas personas en el reducido espacio de un barco donde el orden es más una necesidad que una opción, introducía cierto estrés en los ritmos entablados de nuestra vida abordo. Disfrutamos con ellos, viéndoles como los hombres en que se habían convertido a resultas de un proceso que conectaba la vida de los niños que en su día cuidamos con la de aquellos adultos, mediante un nexo que no podemos encontrar. En algún punto de ese recorrido que llamamos “crecer” los niños se hicieron hombres, pero no sabemos ni dónde, ni cuándo, ni cómo tuvo lugar la metamorfosis.

Llegamos todos juntos hasta Calpe donde nos abrigó el Peñón de Ifach con su imponente silueta (bueno, Manu y Alba nos seguían por la costa en coche para evitar mareos). Luego fue Altea, las despedidas, el vacío de su ausencia, la restitución de nuestros ritmos, las conversaciones entre silencios, las pausas entre palabras.

El silencio no duró mucho porque enseguida lo tomó la visita de Ignacio, Susana y sus hijos. El barco resucitaba otra vez a las voces de la familia que, en esta ocasión, estuvo tildada por la inmersión inesperada que hubo de hacer el hermano de Paloma para encontrar el anillo de bodas que se le había ido a pique mientras bajaba las tablas de padel surf. Milagro, ¡lo encontró!.

Cuando se fueron tras un precioso día de familia, recibimos abordo a Jonas y Sofie de Lady Anilla, cuya ayuda en su día, fue crucial para que hiciéramos el techo rígido de la bañera de Alendoy. Esta pareja de suecos lleva trece años viviendo abordo en los que han navegado por el Báltico, Mediterráneo, Atlántico y Caribe. Su principio rector como navegantes es claro y sencillo: “allways help”.

El día siguiente nos llevó hasta Torrevieja, al puerto desde donde habíamos salido dos años antes entre los emocionantes toques de bocina de nuestros amigos Alberto y Begoña (Pagaza), sujetando como podíamos los jirones que la despedida de Manu nos había dejado en unos corazones ya afectados por el desmantelamiento de nuestra casa en Madrid. Entrabamos en puerto las personas que salieron, pero transformadas; sentíamos el lugar como propio, pero más lejos de nuestro epicentro afectivo. Era, sin duda, el final de una etapa trayendo consigo el inicio, aún indefinido, de la siguiente.

Pocas cosas habían quedado claras entre los muchos aprendizajes de los dos años que separaban nuestra salida de nuestro regreso a Torrevieja: era posible la vida que habíamos probado; había que sacudirse el miedo cuando depositáramos nuevamente la mirada en la siguiente etapa de nuestras vidas.

¿Vuelta a casa?

Habíamos recorrido el Mediterráneo desde casi un extremo al otro y llegábamos, dos años después de nuestra salida, a aguas españolas tocando tierra en Cadaqués, inspiración de los delirios del gran genio Dalí. Después de tanto tiempo fuera, visitando otros países, contemplando otros paisajes, entre sabores, olores, miradas, abrazos y palabras distintas, teníamos la sensación de reencontrarnos con lo nuestro, de vuelta a las sensaciones familiares que nos habían acompañado en el aparentemente lento trayecto entre la infancia y la madurez que llamamos vida. Nada más lejos de la realidad. Los paisajes que en la memoria nos resultaban tan familiares, apenas diferían de los que habíamos visto; los sabores y olores, las luces y reflejos, los cabos y bahías tenían un aire de continuidad de todo lo anterior como si nunca hubiéramos dejado las aguas que recibieron nuestros primeros manotazos aprendiendo a nadar. Los pinos, la roca, el tomillo y el romero, el ajo y el hinojo, el aceite de oliva, el vino y la luz estaban todos en la misma gama experiencias sensoriales que, por una parte pertenecen a nuestra infancia, y por otra, nos han acompañado en los últimos dos años vagabundeando por el mar. Y es que, las más de cinco mil millas recorridas habían transcurrido todas en nuestro mar, el de la historia, el de las aguas profundas y oscuras, el de las playas desiertas en invierno e imposibles en verano, el mar de nuestro pasado y nuestro presente. Por eso nunca nos hemos sentido totalmente ajenos en este largo viaje que nos devolvía a casa con la sensación de nunca haber sido extranjeros. Entre lo descubierto y lo conocido había más similitudes que diferencias.

Este mar que asusta y embriaga, que conquista, contempla y respira como un gigante que duerme y despierta a los sonidos del viento, nos corre por las venas como una sangre azul invisible a las analíticas de laboratorio, pero manifiesta a las miradas de los parientes. “Y qué le voy a hacer, si yo, nací en el Mediterráneo…”.

Lost in translation. De Niza a Hyers

Navegamos de San Remo a Niza un tanto intimidados por el mítico glamour de la costa azul, contemplando como tímidos espectadores esa rivera de oro que aglutina algunas de las ciudades más atractivas para las grandes fortunas de mundo. No nos detuvimos en Mónaco a sabiendas de que visitaríamos el principado por tierra, lo que nos mantuvo proa avante hasta Niza. Allí todo fue una sorpresa. El puerto era bastante más pequeño de lo que esperábamos, la amabilidad de los marineros muy por encima de lo supuesto, la ciudad grande, señorial, muy poblada por jóvenes que irrumpieron en las calles al atardecer de aquel primer día sin toque de queda que coincidía con la celebración del “día de la música”. La interminable bahía de Niza, a pesar de su playa de chinas, mantiene la elegancia de edificios de otro tiempo, cuando la ornamentación se imponía a la funcionalidad. El paseo a orilla del mar es un entretenimiento en sí mismo, plagado de paseantes que caminan, patinan, corren, montan en bicicleta, bailan, se deleitan con la frescura del agua pulverizada desde las pérgolas en su recorrido.

El interior de la ciudad tiene rincones interesantes, como cualquier gran ciudad europea, ahora convertidos en zonas peatonales que, ya sin apenas identidad propia, mantienen el andamiaje del tipismo que necesitan los turistas para la foto de rigor con la impresión de haber penetrado, por el privilegio de quien se aventura al viaje, en un mundo extinguido.

Recibimos la visita de familiares (el primo Jose Mari y Arancha) que volaron desde España para pasar unos breves, pero deliciosos días juntos. Era la primera visita, excluyendo la de los hijos del verano anterior, que recibíamos abordo desde que iniciamos nuestra nueva vida. Con su calor, su alegría, sus gestos de cariño constante, visitamos Mónaco, subimos hasta la inexpugnable Eze, y navegamos hasta Antibes, más al oeste, para encontrarnos con más familia (Juan y Marina). El hermano de Paloma y su familia llevan más de veinte años viviendo en esta ciudad del sur de Francia en uno de los enclaves privilegiados de la zona. El puerto, a diferencia del de Niza es enorme, a pesar de que la ciudad es mucho más pequeña.

No pudimos dedicar mucho más tiempo al encuentro familiar porque el día siguiente traería un viento favorable para ir a Hyers -nuestro destino donde habríamos de hacer algunas reparaciones- que preludiaba un poniente fuerte dos días después contra el que nos habría resultado penoso (en el mejor de los casos) avanzar. La previsión se cumplió. Llegamos a nuestro fondeo al sur de Hyers en contienda contra el viento que arreciaba según caía la tarde, y que se entabló a la mañana siguiente. Aseguramos el fondeo, nos relajamos abordo, esperamos a que pasara.

Al día siguiente llegaron Nacho y Pilar. Para recogerlos, pedimos un atraque de cortesía durante una hora en el puerto de Hyers. Entramos con viento lateral, sin ninguna asistencia desde tierra, Paloma saltando hasta el muelle tan pronto como la distancia lo permitía y pasándome una guía que, mal sujeta en el muelle, atravesaba el atraque de un lado a otro por debajo del casco. Empecé a sospechar que el tiro no era el que debía cuando una fuerza inesperada me arrancó la guía de las manos. Salté a la patronera y paré máquina inmediatamente, pero no a tiempo de evitar que la guía se liara en el eje de la hélice. Al agua. En efecto, todo liado. Hice un intento en apnea, pero la situación era desproporcionadamente complicada para mi capacidad pulmonar. Opté por la artillería pesada: botella, jacket y regulador…

Ya con la hélice libre zarpamos con nuestros amigos hacia la isla de Port Cross a unas pocas millas al este. Entramos en una bahía de aguas profundas, entre pocos barcos, rodeados de una costa boscosa cuyo intenso verdor contrastaba fuertemente con el intenso azul del mar. Allí nos invadió la tranquilidad caminando por sus veredas solitarias entre árboles y sombras que esporádicamente daban una tregua para mostrar un paisaje extraordinario, mediterráneo hasta el tuétano, exclusivo para nuestro deleite en aquel momento. Nos sentimos muy afortunados.

Dormimos al arrullo del silencio, sumergidos en una profundidad dulce de la que ascendimos con la luz de una mañana luminosa. Con viento a favor, zarpamos hasta la isla vecina del Porqueroll. Otro paraíso. Caminos y veredas unían los rincones de la isla como un sistema nervioso vegetal que la dotara de sensibilidad en cada rincón de su geografía. Caminamos por las escasas calles del escaso pueblo a orillas de puerto, sin más tráfico que el de las bicicletas. Compartimos anécdotas y confidencias; preocupaciones y esperanzas; palabras y silencios.

El lunes siguiente teníamos el barco listo para entrar en varadero. Pero no entró. El proveedor de servicios, Seanegies, tenía al frente a una persona, Adeline (Adulan, pronunciado en francés…) que apenas hablaba inglés, cosa que le hice saber con bastante desatino en la desafortunada conversación de nuestro primer encuentro:

  • The boat was supposed to be lifted from the water today, but at the yard they said that it will be tomorrow.
  • I don’t understand.
  • We agreed by mail that the boat would be taken to the hard today, but the guy at the boat yard says that today it’s nor possible.
  • Yes… What you mean… Tomorrow, yes…
  • But we agreed on today.
  • What you mean…
  • There’s somebody else here that I can speak about this in English?
  • There’s nobody else…
  • So, nobody here speaks English…
  • Yes. Me.
  • That’s nobody…
  • Thanks.

Al día siguiente le presenté mis disculpas por lo inadecuado de mi comentario final. Adeline resultó ser agradable y colaboradora, a pesar de sus limitadas posibilidades de comunicación más allá del francés, cosa sorprendente en alguien que trabaja para una compañía que presta servicio a barcos y armadores de todo el mundo.

Salimos de Hyers desilusionados. Habíamos recorrido casi mil millas para llevar al barco a donde se suponía que estaban los mejores especialistas para que nos hicieran las reparaciones que necesitábamos (cambio de jarcia, reparación del casco, instalación de transductor de sonda, etc.), pero bien por restricciones de los suministradores de material, bien por proximidad a parones vacacionales, o bien por sobrecarga de trabajo en plena temporada veraniega, el caso es que nada de lo que habíamos planificado hacer allí había sido factible acometerlo. Así que zarpamos en cuanto pudimos. Hicimos un poco de noroeste contra un viento fuerte en la proa que parecía estar preparándose para azotarnos a la mañana siguiente, y aproximarnos así a Toulon con la esperanza de conseguir mejor ángulo en la travesía. Sufrimos más de lo que logramos. Así que decidimos soltar el ancla en una pequeña bahía, abrigados del rugiente viendo, y descansar las pocas horas que nos separaban del amanecer. Con la primera luz levamos el hierro y salimos bien rizados al encuentro del Mistral que habría de llevarnos a través del golfo de Marsella hasta el cabo de Creus español.

Asignaturas pendientes. San Remo y Riviera francesa

El mar parece tener un poder invisible para apoderarse de quienes ocupan sus orillas. La respuesta a semejante abducción resulta en el deseo de poseer aquello que nos absorbe y retiene, y entonces lo nombramos. Así, sin más fronteras que las de la imaginación, sin más barreras que la propia continuidad del mar, desde la punta más occidental a su opuesta en oriente, se transita por el mar de Alborán, por el de Liguria, el Tirreno, el Jónico, Adriático, Egeo, etc. siempre bañados por las mismas aguas del Mediterráneo.

Nuestro plan era continuar por la costa occidental de Italia hasta la zona de Cinque Terre para descubrir por nuestra cuenta los motivos de su fama, pero el viento nos lanzaba una llamada distinta, hacia San Remo, a donde llegaríamos cómodamente con las condiciones a favor. Creo que cuando el tiempo de viajar se limita a las exiguas oportunidades de las vacaciones se produce una suerte de ansiedad por visitar tanto lugares como sea posible en el menor intervalo posible, como si la productividad visitadora se viese incrementada. La obsesión por la productividad que se nos inculca en las venas desde la educación más temprana termina por permear a otras parcelas de la existencia que deberían mantenerse al margen de su tiranía. Sin embargo, cuando la forma de vida consiste en visitar, viajar, desplazarse por el mundo mientras giran el resto de engranajes de la existencia, dejar cosas pendientes se muestra más como una motivación para el regreso que como una deficiencia del sistema. Por eso preferimos la complicidad con el viento.

En el camino a San Remo, solos en mitad del mar, sin ninguna costa a la vista, aislados en nuestro universo flotante que surcaba un cosmos infinito de luz y movimiento, un estruendo inesperado nos resucitó del letargo de la travesía. Con la alerta latiéndonos por las venas, escrutábamos cada rincón del horizonte para descubrir la fuente de un sonido tan fuera de lugar. No lo encontramos hasta que elevamos la mirada como quien sigue la trayectoria de un globo ascendente y vimos a un jet privado que se nos acercaba a menos distancia de lo que parecía normal para observarnos de cerca. El susto cedió a la belleza del avión y a lo singular del momento, breve, probablemente único. Poco después fue una manada de delfines pequeños los que nos acompañaron por la proa en nuestro viaje por el mar de Liguria.

Antes de arribar a destino, se nos cruzó en el camino un enorme carguero. Los 260 metros de eslora del Rio Grande Express se divisaban desde bastantes millas de distancia, lo que puede llevar a la idea equivocada de que el cruce de los rumbos sucederá bastante más tarde. Nada más lejos de la realidad. Estos monstruos logísticos se desplazan a velocidades de entre 15 y 25 nudos (si no más) presentándose en la proa mucho antes de haber cruzado su trayectoria. Por eso es buena pauta cederles el paso siempre que no haya nada que lo impida, o al menos comunicarse con ellos. En esta ocasión, con el viento moviéndonos por el rumbo elegido y a buena velocidad, optamos por la segunda opción…

  • Rio Grande Express, Rio Grande Express, this is sailing vessel Alendoy. Do you copy. Over.

La conversación concluyó en una variación de 10 grados en su rumbo para evitar conflicto entre nuestras trayectorias. Pero varias horas más tarde, con su popa apenas a la vista en la lejanía, nuestra radio recibía llamada del enorme carguero.

  • Alendoy, Alendoy. This is Rio Grande Express. Do you copy. Over.
  • Hello Rio Grande Express. This is Alendoy. Over.
  • Please change to channel 6.
  • Roger. Wilco.

En el canal 6, una especie de salita privada en las frecuencias, el piloto del Rio Grande Express, con un acento que parecía africano, quería saber cuánto costaba un barco como el nuestro. Su precio nuevo, de segunda mano, dónde se podría comprar uno, y así una lista de curiosidades que revelaban su ambición de un día abandonar las grandes esloras a las que le ataba un salario, por la incertidumbre de un cascarón de fibra con el que sentir los latidos del corazón a ritmo de amaneceres, paisajes y personas. Le contamos cuanto pudimos. Luego nos despedimos a sabiendas de que quizá algún día esa voz sin rostro surcaría mares en su barco movido por lo que quiera que le inspirara la imagen de nuestras velas, y tal vez la esperanza que le infundiera nuestra voz para convertir el sueño en posibilidad, la posibilidad en proyecto, y el proyecto en realidad.

San Remo se nos mostró con un sabor distinto a lo que llevábamos visto en Italia. O quizá sabernos tan cerca de Francia nos inducía esa impresión. Seguimos la liturgia de la llegada a ciudades desconocidas: desembarco, paseo, alguna compra, contemplar, respirar, observar con la mirada inocente de quien no tiene aún opinión, ni criterio para ello, y solo quiere absorber por los sentidos, como si de pomada se tratara, la atmósfera del destino conquistado.

Exilio en el paraíso. Elba y Capraia

Todo el mundo sabe que Napoleón estuvo en la isla de Elba. Ya no tanta gente tiene claro dónde se encuentra dicha isla, y muy pocos la han visitado. No saben lo que se pierden…

Como suele pasar, una versión superficial e incompleta construida con retazos de lo realmente sucedido, es más que suficiente en el recuerdo para esos episodios de los que hemos oído hablar, pero sobre los que nunca nos sentimos inclinados a profundizar y comprender. Lo que a la mayoría se nos quedó de aquellas lecciones tediosas en las tardes interminables del colegio, es que a Napoleón le mandaron a Elba. La realidad fue distinta. Para empezar porque no le mandaron, se autoexilió; para continuar porque la isla no es, ni de lejos, la roca aislada a la que se envía a quien quiere castigarse por sus desatinos. Así era la de Montecristo que inspiró la novela de Alejandro Dumas, pero la de Elba es todo lo contrario: un vergel boscoso, extenso, verde hasta la saciedad, rodeado de pequeñas y bellísimas calas, bajo la mirada de altas cumbres desde las que la panorámica es embriagadora. Napoleón sabía lo que se hacía cuando eligió la isla como destino discreto (no lo conocía nadie), bonito como pocos, y estratégicamente situado entre el mar Tirreno y el de Liguria, para autoproclamarse rey del lugar.

Una moto alquilada a los mismos que gestionaban las boyas donde dejamos el Alendoy, en el lado Este, nos llevó por toda la isla para ver sus calas, sus cimas, la ciudad con su castillo y su viejo puerto, el austero palacio de verano del Bonaparte y muchos de esos rincones que contribuyeron a dejar el mejor recuerdo de la isla.

Un viento propicio para llegar a la costa norte de Italia nos persuadió de dejar la costa de Cinque Terre para una siguiente aventura. Pusimos rumbo a la isla de Capraia. Esta sí es pequeña, en mitad de la nada, con un pueblecito minúsculo en su cima, un puertecito y apenas un puñado de restaurantes orientados al turismo italiano y francés que busca un rincón desconocido para perderse en el silencio y la paz. Entre esos restaurantes estaba La Garitta, donde tuvimos la agradabilísima, y nada habitual, experiencia de sentirnos positivamente sorprendidos por todos y cada uno de los platos que tomamos. Un verdadero broche de oro para despedirnos de la Italia que habíamos recorrido desde el extremo sur del tacón de su bota, hasta este último bastión insular. Al otro lado del mar ligur aún nos esperaba la ciudad de San Remo, todavía en Italia, pero aquello tuvo un sabor más bien francés, por mucho que la gente aún hablase nuestra lengua hermana.

La decadencia inmortal. Roma

Los libros escolares hablaban del de Ostia, como el gran puerto de Roma, y los chiquillos cuchicheábamos entre risas por la palabrota que había dicho el profesor como si hubiese profanado una prohibición suprema ante la que los alumnos no gozábamos ni de la menor tolerancia. Quizá esa sensación de transgresión tan subyugante a esas edades fuese la que eclipsara en la memoria la ciudad que daba nombre al puerto y que pudimos visitar, casi accidentalmente, como antesala a nuestra llegada a Roma.

Precedíamos de Nettuno, un pueblecito crecido alrededor de un antiguo burgo amurallado a orillas del mar, junto a un castillo levantado a la altura de la playa. Esta ubicación nos sorprendió, acostumbrados a verlos encumbrados en atalayas inaccesibles desde donde proteger los feudos. El de Nettuno, sin embargo, era pequeño, diríase que modesto, humildemente erguido a la misma orilla del mar. Esa misma humildad expresada en calles estrechas y cortas, empedradas, con balcones de otro tiempo que observan desde lo alto, a poca distancia, al transeúnte, y ventanas abiertas entre las mismas piedras de la muralla, alternando restos históricos con tabiques contemporáneos, se respiraba en el interior del burgo, hoy convertido en un pintoresco espacio peatonal sorteado de restaurantes y rincones irresistibles a la fotografía del turista.

El actual puerto junto a la ciudad de Ostia se llama Puerto de Roma, y el puerto de la antigua Roma es hoy un yacimiento arqueológico pegado a Ostia Antica. Un verdadero lío. Ostia Antica es otra impresionante ciudad recuperada por las excavaciones de la oscuridad que la he preservado durante siglos para devolvérsela a los humanos y que la metan en el maravilloso joyero de vestigios que Italia tiene en su inmenso tocador de arte y cultura. Esta perla es otro viaje al pasado, otra ciudad de otro mundo y otro tiempo, otra ensoñación sobre la vida de otros habitantes del mediterráneo, tan lejanos en la historia y tan próximos en todo lo demás.

Al día siguiente tomamos un tren a Roma. Pasamos el día embriagados por la sobredosis de belleza y arte que proporciona hasta el más efímero encuentro con la gran urbe. Empezamos por la plaza de San Pedro y la visita a la gran basílica donde el deleite es inevitable, ya sea transmutado por la fe, arrasado por la belleza de sus obras, sobrecogido por la magnitud de sus producciones o incrédulo por la ficción de sus relatos. Tuvimos la suerte de escuchar una misa, observar la liturgia y contemplar las expresiones del florido mosaico de visitantes, ya fueran feligreses, o turistas, curiosos, aficionados al arte, filántropos, todos congregados espontáneamente desde cualquier parte del mundo en ese mismo punto de interés, sea cual sea el motivo, incontestable. Después, hipnotizados por la grandeza de la ciudad, por su profusión de arte, por su estética incomparable, nos extraviamos por Piazza Navona, Piazza de Spagna, Fontana di Trevi, Panteón, Foro… hasta terminar en el gran Coliseo.

Da igual que se conozca o no la ciudad. Da igual cuántas veces se la haya visitado. Da igual de cuánto tiempo se disponga. Un paseo, por breve que sea, por las calles de Roma es un verdadero viaje astral por las pasarelas del arte que ha seguido el hombre en busca de la belleza. Da igual, en este punto de la historia, cual haya sido la motivación, la finalidad o los peajes que como civilización se hayan tenido que asumir. Nuestras creaciones dan fe de lo que somos, para bien y para mal. Quizá debiéramos avergonzarnos de muchas obras humanas si se tuviera en consideración la injusticia, el agravio o la crueldad que acarreó su producción. Pero lo que ha llegado hasta nosotros e impacta los sentidos con formas, colores, dimensiones, sonidos y aromas, deja una marca indeleble en el recuerdo de cualquier corazón sensible.

El beso ardiente de la montaña. Nápoles y Pompeya

Desde Torre Anunzziata tomamos el tren para visitar Nápoles, la capital del reino que un día fuera español. En el camino no dejaba de pensar en la ironía de que Iberia fuera una provincia de la gran Roma, y que siglos después, casi la totalidad de Italia fuera parte del imperio español. Por eso, las calles de Nápoles (neo-polis) conservan un deje compartido con el casco antiguo de Barcelona, o con los barrios del viejo Madrid. Pero mucho más grande. Barrios enteros de calles estrechas bajo las cuales se extiende una antigua ciudad enterrada que soporta a la Nápoles de hoy, hacen las delicias de cualquiera que disfrute de leer ciudades con los pies. Y a eso dedicamos un largo e intenso día en la gran ciudad, a perdernos por recorridos interminables, a visitar las viejas partes subterráneas que la arqueología ha rescatado y mantiene para constancia del presente, a comer la extraordinaria cocina que en Italia es excelente, y en Nápoles a la altura, para respirar la historia que fluye por sus arterias y lo impregna todo haciendo de la visita un auténtico viaje en el tiempo.

El tiempo parecía encogerse con cada visita a yacimientos arqueológicos para caminar por calles que dos mil años antes habían transitado hombres y mujeres de nuestro peso y estatura, con nuestra complexión, o parecida, de rasgos similares y sangre mediterránea. Siempre es una experiencia emocionante, aunque quizá en pocos lugares como en Pompeya, a donde llegamos caminando desde Torre Anunzziata.

El cráter había empezado a humear un día del año 78 de la era cristiana, pero los pompeyanos, firmes en su creencia de que el volcán era una fuerza protectora y no una amenaza, ignoraron los signos que la naturaleza hacía evidentes. Las erupciones fueron descomunales y repentinas, sin dejar hueco a reacción posible de las gentes cuya intimidad quedó registrada para siempre bajo la lava y ceniza que los cubría, y que hoy se exhibe en las salas del museo.

El desastre fue devastador; terminó con toda la región; arrasó hectáreas de terreno con todo lo que había; millares de vidas se interrumpieron inesperadamente, víctimas de un destino caprichoso que pasó inadvertido a cuantos empeños se afanaban los videntes, sacerdotes y magos de la época. La desventura de entonces, sin embargo, hizo posible los deleites de los arqueólogos contemporáneos que descubrieron, conservados como ninguno, los restos de una enorme ciudad.

Hoy podemos caminar por aquellas calles, entre edificios erguidos desafiantes al tiempo ante el que se han mantenido milenio tras milenio hasta llegar a nuestros días y desvelar, como ningún otro vestigio histórico, la vida cotidiana de las personas que habitaron el valle al pie del Vesubio, dos mil años atrás. Sus casas, su mobiliario, enseres y objetos personales, incluso sus cuerpos, fijados para la eternidad por la solidificación de los residuos volcánicos, han llegado hasta nosotros como una realidad en la que es posible sumergirse caminando por sus calzadas, tocando sus paredes, paseando por sus huertos, en su foro, estadio, lupanar, termas, bibliotecas, sentándose en los bancos donde descansaban y cruzando por los pasos peatonales como ellos lo hicieran.

Basta una visita a Pompeya para superar la impresión de que es difícil imaginar la vida de quienes nos antecedieron miles de años atrás, para sintonizar con las emociones que sus espacios debieron de inspirar en ellos, para sentir la mirada del volcán, tan próximo, tan parte de su realidad, que era imposible percibir la amenaza que escondía hasta el día que, indiferente a los credos humanos, derramó sus pétreas entrañas en una riada ígnea que terminó con todo.

La familia es la familia. Torre Anunzziata

El aspecto del muelle en el puerto de Torre Anunzziata no resultaba muy alentador. Desde lejos se lo veía sucio, descuidado, con el aspecto industrial que las embarcaciones de recreo no habían conseguido borrar en su faz. Nos recibió un marinero grande (grande, grande), tosco, que desde el muelle nos vociferaba instrucciones en un idioma que se asemejaba al italiano pero que se nos hacía más incomprensible de lo que nunca habíamos sentido con la lengua hermana. Tomasso finalmente nos dio por atracados. Paloma conversaba con él desde la popa mientras yo daba un acelerón al motor para limpiar la carbonilla, cuando Tomasso, tirándose violentamente de los dos audífonos, decía con gesto desagradable “¡que soy sordo! Para ese motor”. Enseguida llegó su hermano, Gennaro, algo más joven, alrededor de los 45 años, sin camisa, gafas de sol “de pera” con montura dorada, un par de collares de oro y con una toalla alrededor de la cintura (probablemente nada más…). Tomasso le preguntó cuánto nos iba a cobrar por los cuatro días que dejaríamos el barco allí mientras viajábamos a Madrid para vacunarnos. Gennaro le dijo con el acento cerrado de los napolitanos “420”, dato que Tomasso automáticamente convirtió en “450” mirándonos fijamente como si fuese ese el número que le había dado su hermano. Desde ese momento supimos, sin lugar a dudas, que entrábamos en un mundo muy distinto del que habíamos venido conociendo en la Italia recorrida.

Salimos del puerto a última hora de la tarde sorteando los montones de basura, y los desperdicios por aquí y por allá hasta adentrarnos en una ciudad amenazante. Individuos de aspecto sospechoso nos miraban desde las esquinas; motocicletas velocísimas de las que nos habían advertido que debíamos protegernos, avanzaban por las calles estrechas bajo los tendederos cargados de sábanas y ropa interior. Jóvenes con cadenas en el cuello y cigarrillos en la boca se agrupaban en mitad de la acera sin hacer el menor ademán de ceder el paso a los viandantes. Nos sentimos inseguros. Cambiamos de rumbo y avanzamos hacia la parte opuesta de la ciudad donde se nos ofreció un rostro más amable, menos hostil y asfixiante que el que habíamos contemplado apenas unas manzanas atrás. Así nos fuimos a cenar una auténtica pizza napolitana a un lido, junto a la playa, donde algún tipo de reunión juvenil estaba teniendo lugar entre focos y cámaras. No nos importunó lo más mínimo para disfrutar de nuestras pizzas.

Al día siguiente conocimos al resto de la familia que gestionaba los amarres del muelle donde habíamos dejado al Alendoy. El padre, con un vientre enorme, probablemente resultado de una combinación de obesidad y enfermedad, se sentaba bajo una sombrilla junto a la caseta/oficina desde donde administraban los atraques. La madre, mujer seria, recia, de sonrisa esporádica y menos palabras, y Michelle, el hermano mayor, grande, fuerte, serio, con el rostro y las manos del personaje “asesino” de las películas de mafiosos, que la noche antes de nuestro vuelo a Madrid me dijo…

  • Quiero que me traigas algo de España.
  • ¡Claro…! ¿Qué quieres que te traiga? – le dije pensando en algún tipo de souvenir.
  • Quiero una navaja española- con la mirada fija y sin ningún gesto en su rostro.
  • Pero… no puedo llevar una navaja en la cabina del avión…
  • Ah… Claro. Entonces, tráeme cualquier otra cosa. Y no te preocupes: el barco aquí está seguro.

A nuestro regreso les trajimos embutidos y quesos españoles para toda la familia, que los recibieron con gestos que pudieron ser de sorpresa o de desconfianza. ¿Por qué estos españoles les traían regalos desde su país…? ¿Qué les iban a pedir a cambio…?

Estoy seguro de que, si nos hubiésemos quedado más tiempo, nos hubiéramos hecho buenos amigos de ellos a pesar de las barreras de idioma y de las diferencias culturales, porque en el fondo, ellos con las adversidades que les intuimos, nosotros con nuestros afanes y desvelos, compartíamos un mismo valor con un compromiso seguramente similar: la familia. A nosotros nos conquistó ese carácter de piña que nos mostraron, siempre juntos; probablemente ellos sintieran nuestro respeto hacia el “pappa” y la “mamma”, y el interés por los hijos y nietos.

En los pocos días que estuvimos allí, el amenazante, hostil, inseguro ambiente que percibimos al llegar parecía haberse disipado, dejando sitio a una visión más clara de las personas. A fin de cuentas, es lo único que importa.

Las ciudades verticales. Costa amalfitana

La costa italiana se desplegaba como un paisaje amplio donde las llanuras lamidas por las olas se intercalaban con altas montañas que desde el mar parecían barreras defensivas. El viento no nos era favorable, pero tampoco adverso, así que avanzamos hacia el norte buscando la siguiente parada de interés. Y la encontramos; vaya si la encontramos.

Paestum está a pocos kilómetros de Agrópolis, a unas cuantas paradas de autobús. No habíamos oído hablar de este yacimiento arqueológico que bien merecería estar entre las primeras opciones de turismo histórico. Pero, a decir verdad, la lista de lugares que Italia puede ofrecer para los enamorados del pasado, o del arte, no tiene fin.

En Paestum descubrimos los restos de una ciudad donde el trazado de las calles, la estructura urbana, los perfiles de la convivencia que en su día acogiera, aún se vislumbran en la extensa llanura otrora bañada por el mar. Pero lo sobresaliente del lugar son las construcciones que, tan bien conservadas, han resistido el paso del tiempo para ser prueba irrefutable de cómo Grecia penetró en Roma, y de cómo Roma se enamoró de la cultura de Grecia, y de cómo el estilo y el arte de los más antiguos impregnó las edificaciones que sus sucesores consideraron más importantes.

Los imponentes templos de Paestum se alzan con majestuosidad irrumpiendo en el espacio desde la planicie que en su momento ocupó la ciudad y de la que estos impresionantes vestigios dan fe con su grandiosidad, desafiando no ya los siglos, sino los milenios, erguidos sobre sus esbeltas columnas con su pétrea presencia ante los cielos mediterráneos de la costa italiana.

El camino desde el sur hacia Nápoles está interrumpido por un saliente de tierra que se adentra en las aguas tirrenas como para garantizar que a nadie pase desapercibida la costa de Amalfi. Sin duda, una de las costas más bellas del Mediterráneo, en la que las poblaciones se encaraman a las laderas montañosas como si las hubiesen querido abrazar en un arrullo de calles, muchas de ellas tuneladas, escaleras, vericuetos urbanos serpenteantes en laberintos donde lo público y lo privado se confunden haciendo que el viajero avance a veces hasta una casa privada sin haberte percatado de haber abandonado la calle.

Entramos en el pequeño, pero muy movido y transitado, puerto de Amalfi para amarrarnos en un “punto de cortesía” durante el tiempo que necesitamos para recorrer sus calles. La catedral, encastrada en su centro entre callejuelas y placitas, es impresionante. Paseamos por la ciudad, nos embelesamos con su luz y regresamos al puerto para cargar el combustible más caro que habíamos comprado hasta entonces (1,84 euros el litro).

Zarpamos con el bamboleo de las decenas de motoras que constantemente salían y entraban al puerto, para continuar camino hasta Positano. Fondeamos próximos a la bahía aprovechando la buena previsión para la noche, ya que no hay puerto que garantice buen abrigo. Positano fue otro descubrimiento de belleza comparable a Amalfi, con una organización -o desorganización- urbana parecida, también desafiando la verticalidad con sus calles casi imposibles de ascender. Cenamos en una terraza contemplando las luces de la ciudad como si una invasión de luciérnagas hubiese tomado la ladera de la montaña.

A la mañana siguiente, decididos a no sufrir las punzadas esnobistas del turismo de Capri, doblamos el cabo de Sorrento y avanzamos por la inmensa bahía de Nápoles, enfilados a la base del Vesubio que un día lanzara su lengua de fuego sobre la ciudad de Pompeya. Entramos en el puerto de Torre Anunzziata con más miedo que precaución, dudosos sobre si sería el lugar adecuado para regresar a Madrid en busca de nuestra segunda dosis de la vacuna anti-covid.

Viajando por el pasado. Del Jónico al Tirreno

Al día siguiente zarpamos a las cinco de la mañana, antes de que el sol asomara por el horizonte, rumbo a Crotona. Ya habíamos estado en esta ciudad en nuestro camino de ida hacia Grecia, por lo que hicimos una noche y volvimos a aliarnos con el alba hacia Roncella Iónica, en la suela de la bota, y más tarde hasta Messina. Este estrecho canal que une (o separa) a Sicilia de Calabria es un lugar impresionante, no solo por su belleza y actividad, sino por el fenómeno de las corrientes que se desencadenan en el estrechamiento entre las dos masas de tierra. Avanzábamos hacia el norte a cinco nudos esperando subirnos a lomos de la corriente cuando, de repente, la corredera marcaba más de diez nudos, el agua borboteaba como si hirviera, y los remolinos llegaban a trasladar lateralmente la parte delantera como si se hubiese activado la hélice de proa. En la antigüedad se pensaba que monstruos submarinos que habitaban la cueva de Scylla salían todos los días, tres veces, a alimentarse de los pescadores que se aventuraban con sus pequeños botes en las imprevisibles, pero llenas de vida, aguas del estrecho.

Emocionados por la experiencia como quien pasa y supera un acto iniciático que lo traslada a otro mundo, tocamos por primera vez las aguas del Tirreno y arribamos a Scylla. Es un pueblo de pescadores con forma de pulpo cuyos tres brazos se extienden en distintas direcciones a uno y otro lado del promontorio con el castillo en su cima mirando al estrecho entre montañas arboladas pegadas al mar. Sus calles son estrechas, de dimensión humana, con casas que conservan el sabor señorial de otro tiempo y que ahora sus dueños engalanan para la foto de la web que ofrece sus servicios B&B.

Las conversaciones con los hermanos que gestionan las boyas del puerto de Scylla, Pepe, Rocco y Giovanni, nos habían predispuesto positivamente para el día que nos proponíamos pasar en Reggio di Calabria. Tomamos el tren y desembocamos en una ciudad elegante, tendida paralela al mar que contempla desde el “lungomare”. Caminamos por la ciudad, disfrutamos de la belleza serena, silenciosa, de los dos guerreros de bronce que el siglo V aC creó para que hoy pudiésemos entender cómo era la vida de aquellos adelantados que desde el oriente mediterráneo exportaron saber, cultura y arte hasta los confines de aquel mundo, hoy bautizado como Magna Grecia. Con la impresión de sus miradas misteriosas, de la quietud y belleza de sus cuerpos, sentimos el espíritu más satisfecho que el estómago, y nos dirigimos al quiosco de helados Césare que nos habían recomendado en Scylla para tomar el primer brioche con helado de pistacho, caramelo de mantequilla salada y chocolate, de nuestras vidas. Como los guerreros del pasado, estas delicias del presente dejaron una huella imborrable.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar