
Un pueblo que en su lenguaje cotidiano, entre las expresiones normales del día a día, repite «mi niño», “mi hijo”, «mi rey» es un pueblo intrínsecamente cercano, cariñoso, dado a las caricias verbales y, sospecho, también físicas. Diría que este denominador es común a todo el archipiélago canario, si bien, el paisaje de cada isla establece una distinción clara entre las de levante y las de poniente. Toda la aridez y “vulcanidad” que habíamos contemplado en La Graciosa, Lanzarote y Fuerteventura, su fuerza, la rotundidad de sus formas, la oscuridad de los colores predominantes, lo excepcional de su vegetación, parecía un mundo extraplanetario en comparación con los parajes frondosos, verdes, húmedos y muy poblados de la isla de Gran Canaria.
Llegamos por el este, tras una buena navegación desde el extremo sur de Fuerteventura, impulsados por un buen viento, sol, y muchas ganas de dar el siguiente paso en aquel recorrido por las islas. A medida que su contorno empezaba a tomar forma, también lo hacían las siluetas de moles flotantes desperdigadas por las inmediaciones de la bocana de la gigantesca zona portuaria de Las Palmas. Barcos mercantes de gran porte esperaban fondeados, como gigantes en reposo, a su entrada en el puerto. En realidad, aquello no era un puerto, sino una dársena gigante en torno a la cual se han levantado muelles con propósitos distintos: carga y descarga de contenedores y otras mercancías, reparaciones y mantenimiento de grandes buques, bases militares, llegada y salida de viajeros en trasatlánticos capaces de ridiculizar por su tamaño a la mayoría de los grandes edificios que se encuentran por las calles de grandes ciudades. Y entre todo ello, también varios puertos deportivos como el nuestro.
La coincidencia con la salida del rally ARC (Atlantic Rally for Cruisers) que aglutinaba en la isla los más de trescientos veleros dispuestos a cruzar el Atlántico rumbo al Caribe a finales de noviembre, añadía una congestión adicional tráfico normalmente denso. Por eso tuvimos que fondear un par de días dentro de la dársena, antes de que nos asignaran el amarre donde pasaríamos los próximos meses entre finales de noviembre y mediados de febrero.
Es imposible desligar los lugares de las personas que se conocen en ellos, o de quienes acompañan para descubrirlos. Por eso el recuerdo de Arancha permanecerá unido en nuestra memoria a Fuerteventura, y Gran Canaria a los dos grupos de amigos que, en momentos diferentes, nos visitaron abordo: Tere, Isa, Mar y Dolo (las padeleras, aunque prefiero su otro apelativo: viajeras por el morro) y Juli, Nagger y Rubén (parte de la pandi/familia). Con unas primero, y con los otros después, compartimos risas abundantes, conversaciones, juegos, paseos, excursiones, manteles y caricias -físicas y verbales- que calentaron el hogar, de por sí acogedor, pero aún más familiar cada vez que en sus camarotes laten corazones queridos.





Así descubrimos una Gran Canaria verde y montañosa, poblada, tranquila, rural. Visitamos pueblos blancos levantados en las laderas con vistas al mar, como Arucas y Teror, o céntricos y elevados, entre cumbres frías, como Tejeda o Artenara, famoso este por las cuevas que dieron -y siguen dando- cobijo a muchos de sus habitantes. Nos quedamos extasiados con los Roques, protuberancias de hasta 1400 metros de altura de tanta fuerza que el gran Unamuno las denominó «tempestad petrificada». Estas formaciones son parte de un catálogo sobresaliente de manifestaciones naturales a las que se suman otras como la Caldera de Bandama, cerca de Las Palmas (el cráter de un volcán extinto y tomado por la vegetación); Agüimes, con esculturas por las calles y asediada por una anchísima torrentera en cuyo lecho la vegetación y los frutales la convierten en un caudal vegetal; Fataga, al final de un angosto trayecto a lo largo de un barranco jalonado por altas paredes de roca salvaje que pasarían desapercibidas en el Gran Cañón; Playa Mogán, inspirada (salvando las distancias) por la maravillosa Venecia para hacer convivir calles con canales, casas con atraques.






Las Palmas es una ciudad grande, cosmopolita, con forma de doble embudo, delimitada a ambos lados de su parte más estrecha por la playa de las Canteras al oeste, y el gigantesco puerto construido en lo que fue la playa de las Alcaravaneras, al este. Su casco antiguo, al sur es de los que agrada pasear, con calles peatonales entre construcciones de antaño que conservan el deje de sus tiempos de esplendor, y visitas obligadas como el mercado de la Vegueta donde las frutas más extrañas se exhiben y venden, la iglesia de San Telmo con el magnífico retablo barroco del altar, o la calle Triana, asequiblemente comercial. Hacia el norte, una colonia de construcciones inglesas donde el hotel Santa Catalina pone un inconfundible toque de distinción y equilibrio, conecta el centro histórico con otra parte más nueva, desarrollada entorno al puerto, y que culmina con barrios tranquilos, auténticos, sin ambiciones turísticas ni estéticas, como el de la Isleta o, en el extremo norte, separado del resto de la ciudad, las Coloradas. Papas arrugadas, mojo picón, cabra guisada (porque aquellos montes no son ni de vacas ni de ovejas), pescados salvajes para el sancocho, y gofio son las otras “paradas” también obligadas para entender un poco aquella tierra de contrastes.




Nuestro amigo Rafa Pastor, anterior Capitán Marítimo del puerto de Las Palmas, nos guió en una interesantísima visita por las instalaciones portuarias. Visitamos las enormes dársenas de tráfico mercante e industrial donde embarcaciones incomprensibles se atracan para carga, descarga o reparación, o para esperar, como en el caso de las perforadoras petrolíferas, hasta el momento en que aumente el precio del crudo y proceder entonces a su extracción. Allí contemplamos de cerca hasta dónde puede llegar la capacidad humana para imaginar y convertir ideas descabelladas en realidades útiles (y rentables), dotadas, además, de una precisión inconcebible. Seres imprecisos construyendo objetos precisos. Irónico.




La pregunta que constantemente se oye en el muelle deportivo de Las Palmas, especialmente durante los meses de noviembre a enero es «¿vas a cruzar?». Te la hacen otros armadores, capitanes contratados para patronear, jóvenes aventureros que posponen (o renuncian a) sus estudios para dejar que su curiosidad salga al mundo con la misma ansiedad y energía con que sale un perro doméstico a su paseo matutino por el barrio. En esas fechas, los pantalanes son hervideros de preparación que borbotean en listas de aprovisionamiento, reparaciones de última hora, chequeos de seguridad, revisión de protocolos, rutinas y guardias de a bordo, momentos de camaradería, de nervios e ilusión, de esperanza y vigilia por ese logro que la popularización de la náutica ha convertido en una atracción con la que estampar en el pasaporte personal de cada cual el sello de la aventura.
Nosotros habíamos optado por posponer nuestro cruce para dedicar el año a recorrer las islas, relajarnos en su tempo dotado del ritmo pausado propio de un clima permanentemente favorable, y tremendamente agradable. Así, como siempre sucede, dimos con un buen polígono industrial, el Sebadal, donde tantas visitas llegaron a fraguarnos alguna amistad casual con dependientes de ferreterías industriales o talleres a los que recurríamos en busca de solución para algún problema de a bordo. Con el paso de los días íbamos acumulando pequeños detalles, encuentros humanos con personas a las que nunca volveríamos a ver en el futuro, lugares que de desconocidos se habían convertido en familiares, y hasta queridos. Las Palmas avanzó por nuestra mente hacia esa zona especial donde se esconden recuerdos y lugares especiales. A ello contribuyó nuestro amigo Carlos. Le habíamos conocido más de treinta años antes, siendo él alumno del centro educativo donde trabajábamos. Su personalidad abierta y su carácter divertido, bienhumorado, conversador, de rostro eternamente sonriente, sociable y generoso, le había labrado una reputación entre profesores y personal. Era conocido como Carlos “el canario”.
Según nos acercábamos a Las Palmas, cuando llegábamos a la isla después de nuestra estancia en Fuerteventura, reprodujimos la conversación que solíamos tener cada vez que se aproximaba un destino nuevo:
- ¿A quién conocemos por aquí?
- A Carlos, “el canario”.
- ¿Cómo se apellidaba?
- El canario.
- No, en serio, ¿no te acuerdas del apellido?
- Ni idea…
Hicimos alguna llamada a conocidos de aquella época para preguntar por el apellido de Carlos, pero no conseguíamos pasar de las coordenadas vagas, pero descriptivas, que ya teníamos: “ah, sí… el canario… un tío estupendo…”. Así que desistimos sin poder imaginar que como el destino nos le había puesto una vez en nuestras vidas, iba entonces a repetir el truco haciendo que inesperadamente, cuando no imaginábamos que pudiera suceder, Paloma le viera en mitad de una calle populosa, en horario laboral, de la ciudad más poblada del archipiélago.
- Ese de allí se parece mucho a Carlos.
- ¿Qué Carlos?
- El canario.
- No puede ser.
- Acércate a ver.
Me acerqué y, en efecto, era. El encuentro fue un torrente de emociones distintas: para nosotros, alegría; para él, sorpresa. Primero porque aunque él apenas había cambiado en las más de tres décadas desde que nos habíamos visto la última vez, en su caso tenía que recordar a un Víctor con quien el tiempo, pese a moderado en sus incisiones, no había sido tan benigno como con Carlos; y para continuar porque, lógicamente, él desconocía que Paloma y yo estuviésemos juntos.
Aquel joven estudiante se había convertido en un empresario consolidado y de éxito, pero en su dermis persistía la alegría, optimismo y generosidad que más de treinta años atrás le habían hecho inolvidable. En el tiempo que estuvimos por Las Palmas, nos ayudó en gestiones diversas, nos presentó a su novia y algunos de sus amigos, nos agasajó con planes e invitaciones, fue un amigo inerme al efecto del tiempo en su apreciación sobre nosotros.

Otro personaje que dejó huella en nuestra memoria fue Jan Olsen. Una mañana atracó su barco, un Nauticat bautizado Aristocat, junto al nuestro. Le ayudaba un marinero que había embarcado solo para asistirle en la maniobra porque él vivía y viajaba solo en su velero de dos palos, bueno solo salvo por Athena, su inseparable perrita. Era un hombre anciano de pelo cano, con la espalda encorvada, la sonrisa amplia y la mirada dulce, sin por ello comprometer un gesto riguroso que antaño seguramente esgrimió con frecuencia en su vida como capitán de la marina mercante sueca. Todos los días caminaba seguro, pero dificultosamente, por la cubierta de su barco para pasear con Athena. Nos saludaba con una cordialidad sincera, aunque tampoco se prodigaba en palabras, pese a lo cual compartió con nosotros algo de su apacible existencia como navegante solitario.
Cuatro meses en Gran Canaria habían dejado huella. Nos fuimos hacia Tenerife una mañana de lunes con todo lo que debe acompañar un buen viaje: viento favorable, nostalgia por la partida, ilusión por el nuevo destino.


Guuuaaa… que ganas tenia de recibir una nueva entrega, pero que envidia sana me da no poder estar con vosotros. Que cada 3 meses volvais para que podamos cargar pilas con vuestros abrazos, tampoco esta mal. Os queremos hermanos. Besazos.
Me gustaMe gusta
Pues vente para acá!! Tú puedes… Y lo sabes
Me gustaMe gusta