Octubre y noviembre, 2022. Las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido. De hecho, nadie sabe lo que de verdad pasa, porque los sucesos no dejan más rastro que el cúmulo de memorias inconcretas de individuos que sin saberlo, han optado por lo que quieren recordar. La realidad, pues, no existe. Solo queda el relato.

El de nuestros días en Fuerteventura estuvo marcado por la visita de Arancha. Una visita que no estaba motivada ni por el interés turístico, ni por la necesidad de descanso, ni por la curiosidad o el placer, por nada, en definitiva, más que por el cariño sincero, desinteresado e inexplicable que la condujo desde la meseta al archipiélago. Solo por estar con nosotros, ver a su amiga, hablar sin fin de todo y de nada, siempre sabiéndose comprendida y comprensiva. Por eso nuestro recuerdo de la isla permanecerá ligado a ella, a su energía, su intensidad, su ser excepcional.

Bastan dos palabras para describir la diferencia entre Lanzarote y Fuerteventura: César Manrique. Geológicamente ambas islas comparten su pasado, una más joven que la otra, y por ello coqueta, presumida, vistosa, seductora, dotada de un vigor fulgente que la otra tiene más atemperado. Nuestro amigo Juanma nos dijo de la isla –sólo hice una foto en el tiempo que estuve allí-, y nos reíamos con la idea de que la parte más bonita de Fuerteventura está al norte y se llama Lanzarote. Más tarde, recorriendo la isla y viviendo sus tesoros descubrimos que Juanma no había pasado suficiente tiempo en ella. La belleza de ambas islas es natural, pero Lanzarote cuenta además con los afeites que el gran artista dejó en su semblante, y que, para Fuerteventura, a su edad, quizá no sean apropiados. Esta es la tierra que un día ocuparon sus nativos, los Majos. Sus descendientes, hoy son conocidos como “majoreros”. Y quizá por ello, los contornos son menos dados a la seducción, pero con el tiempo, terminan por conquistar.

Empezamos el recorrido de la isla por la playa de la Pared. Allí grandes moles de roca plana reemplazan lo que normalmente ocupa la arena, y que allí creaba un escenario inquietante cada vez que una ola las barría con su empuje sobrenatural. Esta playa, situada al lado oeste norte de la isla, está más afectada por el oleaje que las del lado opuesto, y por eso los surfistas se congregan allí a desafiar la gravedad mientras juegan con las moles de agua sobre sus tablas en un encuentro que termina por inspirar más complicidad que contienda. Permanecimos un buen rato al borde de la hipnosis viendo sus piruetas, impresionados por la familiaridad con que trataban las fuerzas titánicas del mar en su encuentro con la tierra.





Al lado, en la terraza de un bar de la zona, contemplando la puesta de sol, descubrimos el barraquito. Así denominan al café típico de la isla que es capaz de conquistar el paladar, incluso, de quienes no somos dados a tomarlo. El fondo de un vaso transparente se llena con una capa de leche condensada; sobre ésta va la segunda capa a base de Licor 43 aportando el primer contraste de color; luego la de café, acentuando aún más la diferencia cromática; y encima de todo, una última capa de espuma blanca de leche coronada con una hoja, rabiosamente verde, de hierbabuena. Primero, la foto; luego se mezcla todo bien y se toma sin demasiada dilación para que no pierda temperatura. Una delicia que quisimos repetir en los días siguientes, como llevados por la querencia humana de convertir los sucesos en ritos, los momentos en ocasiones, y construir así tradiciones con las que definirnos.
En Fuerteventura las cumbres de los volcanes, redondeadas por el tiempo, son ya curvas suaves que contrastan con laderas abruptas como las del macizo montañoso entorno a la Vega del río Palmas, en el centro de la isla. Por allí circulamos en una carretera serpenteante flanqueada a cada lado por una verticalidad distinta: ascendente en la cara de la montaña, descendente en la del abismo. Había caído el sol, las sombras se extendían por el valle, apenas esbozos de formas oscuras se confundían con un paisaje cada vez más entregado a la noche que reptaba por las superficies en un silencio absoluto, seguida por su propio manto de frescor.



Veníamos del mirador de las Peñitas donde nos detuvimos en nuestro camino al pueblo de Betancuria. En el mirador, un valle inmenso de ocres y rojos se había desplegado ante nosotros, bajo un cielo inmenso, intenso, límpido, que llenaba la vista y los pulmones, que daba serenidad al espíritu y sosegaba la mirada como cuando se contempla arte. Luego, en Betancuria, caminamos por sus calles empedradas desde otro tiempo, el de su época como capital de la isla, deambulamos por sus recodos, visitamos sus rincones y nos despedimos en busca del barraquito cuyo nombre, víctima de nuestra memoria precaria, nos hacía transitar entre opciones como “borriquito”, “farruquito”, “barranquito” hasta llegar a la que era.



En el norte de la isla fuimos a visitar el parque natural del Corralejo, donde las dunas cortaban con su claridad la tonalidad del paisaje inundando de luz el horizonte en una competición de color con el cielo. Dunas y cielo contendían en un frente de batalla, choque entre dos masas de luz y color que dibujaba una línea rabiosamente nítida entre ambas.



Visitamos el Barranco de los Encantados que se alcanzaba por una pista de tierra, a veces de paso comprometido, y una caminata por el cauce seco de un río. Al llegar vimos una pared horadada por el viento que había esculpido formas, oquedades, recovecos, entresijos, resquicios, un verdadero catálogo de contornos moldeados sobre la arena compactada que cientos de miles de años atrás estuvo sumergida en el mar y ahora, plagada de pequeñas caracolas incrustadas, daba testimonio de su pasado submarino. No éramos los primeros que alcanzaban el lugar. Corazones, iniciales, dibujos más bien bobos e injustificados de visitantes inconscientes que habían dejado allí la huella de su ignorancia creyendo que con ello rendían homenaje al amor, rompían la magia del lugar.




Al sur de la isla, un largo apéndice montañoso acogía al parque natural de Jandía; montañas y costas arenosas convivían pacíficamente. A un lado, la mirada se alzaba para ver cumbres envejecidas que tuvieron tiempos convulsos en su época volcánica, y que más tarde, atemperados por la edad, daban un semblante sereno al paisaje. Al otro, cortes rocosos se alternaban con playas paradisíacas y eternas de arena blanca donde algún día, alguien sintió una soledad inexplicable. En el sur, esas playas ya estaban asediadas por comercios inútiles y edificios insulsos cuyo único mérito estaba en poder contemplar desde sus ventanas aquello que destruyeron con su presencia. Así se nos mostró Jandía, banal, insulsa, impersonal, es decir, turística en la más peyorativa de sus acepciones. A la vera estaba el Morro Jable, más auténtico, más noble, donde unas cervezas y un buen pescado nos restableció el optimismo.
Al Puerto del Rosario, actual capital de la isla, fuimos en autobús. Queríamos conocer la ciudad que acogió el destierro de don Miguel de Unamuno cuando su intelectualidad representó una amenaza para el régimen en el poder, y como castigo le mandaron a este lugar que él describió como un oasis, capaz de inspirarle algunos de sus trabajos. Visitamos la residencia de ocupó, con un patio central lleno de plantas, alrededor del cual las distintas estancias se extendían sobre suelos de baldosas de otra época, bajo techos de altura insostenible.
La ciudad de Puerto del Rosario estaba llena de esculturas urbanas. Alguien, en algún momento, debió de decidir que el arte puede y debe coexistir como parte natural de la vida cotidiana, no sólo por embellecer sus entornos, sino por integrar la voz atemporal del arte entre la cacofonía de la convivencia urbana. La conversación verbal y el diálogo visual entre quienes viven y crean, entre quienes aman y trabajan, entre los que sueñan y sufren, transformaba las calles y plazas de esta pequeña ciudad en un parque escultórico.








Estábamos atracados en el puerto de el Gran Tarajal, un pueblo del sur. Allí nos encontramos con otro esfuerzo similar al del Puerto del Rosario, pero esta vez con más énfasis en la pintura que en la escultura. Vimos cómo el arte había tomado cualquier oportunidad vertical de expresarse con formas y colores en murales de grandes dimensiones que transformaban paredones de otra manera insulsos, en lienzos para la verdad. Con estas pinturas callejeras, y con citas escritas también en muros y vallas, el Gran Tarajal, además de su enorme playa de arena oscura y suave, era un libro urbano de poesía, de consuelo, de inspiración.





