
Octubre 2022. No se puede visitar Lanzarote sin caer presa del embrujo de César Manrique. Un utópico contundente que seduce al espacio hasta sacar de la nada toda una atmósfera que conquista tanto por su belleza como por su coherencia con cuanto la rodea. Donde ponía el ojo, ponía la bala: una mirada de artista certera, exclusiva, cautivadora por su sencillez y su originalidad. El lienzo se le quedó pequeño; Lanzarote lo dejó inacabado.
Se llama “jameos” a burbujas o túneles excavados por la lava, cuyo techo colapsa y revela desde la parte superior las paredes y suelos formados en su momento por caudales candentes. Los del agua son los más famosos, llamados así por albergar una laguna en su interior. Por su forma, los Jameos del Agua podrían ser una estación de metro creada por la naturaleza, entre cuyos andenes transitados por turistas, un tren inmóvil de agua transparente alberga a una gran población de pequeños cangrejos blancos. Salvo por las hordas de visitantes, su interior rezumante de paz inspira sosiego e invita al silencio. Son otra más de las múltiples demostraciones de Manrique de hasta qué punto la mano humana puede dialogar con la naturaleza para que su huella enaltezca, y no degrade, su creación.






Manrique es un artista volcánico, interior, más atento a los cráteres que al mar, obsesionado por la lava, poco interesado en las olas, con la posesión de una verdad innegociable como soporte de su felicidad, tal cual dijo Nietzsche. Un enamorado de la vida.
La primera casa de César Manrique acoge ahora su fundación. Está construida en y sobre una serie de burbujas de aire en torno a las cuales la lava solidificó, dejando unos espacios que el genial artista convirtió en estancias de su hogar. El resultado, entre lo onírico y lo misterioso, es impresionante. Años después Manrique trasladó su residencia al norte, a una casa menos espectacular pero más vivible, sin haber quedado por ello exenta de la brillantez y genialidad del gran artista.








Su obra abarca desde la pintura a la escultura y el diseño arquitectónico, quizá el ámbito que le ha dado más renombre, porque en sus trabajos manejaba los espacios con una creatividad incomparable, hasta convertir sus fantasías en realidades, sin colisión entre la obra humana y la del entorno. En su arquitectura hay una continuidad natural entre la creación y el paisaje. No haya conflictos, son todo alianzas e idilios que inspiran emociones profundas, y espolean la imaginación. Quizá uno de los ejemplos más sobresalientes sea LagOmar.
LagOmar, la casa de Omar Sharif, es como tanto de lo que creo Manrique: un delirio, pero un delirio de belleza donde se mezclan cortados de roca marrones y piedras negras con blancos refulgentes, verdes vegetales y transparencias acuáticas. Omar vio el lugar y se enamoró de las ideas del artista. Luego, una partida de bridge le arrancó la propiedad de aquel templo al ingenio donde las paredes son rocas y los suelos, de blancura nívea, parecen nubes bajo los pies.




La historia humana está plagada de reyes, gobernantes y poderosos en todas las partes del mundo. De ellos no ha quedado nada capaz de emocionar consistentemente a generación tras generación como sí lo han hecho artistas, pensadores y filósofos. Si alguien tiene alguna duda de hasta qué punto esto es así, basta unos días en esta isla canaria para convencerse.

