Las fauces del dragón. Lanzarote 

Octubre 2022. Lanzarote fue la piedra en la que los dos tropezábamos por segunda vez. Muchos recuerdos permitieron a Paloma trazar los recorridos para el redescubrimiento de la isla. Los míos, disipados por una propensión inexplicable a vivir hacia adelante, sin miradas al pasado, apenas evocaban impresiones desordenadas de una época olvidada, en parte por efecto del tiempo, en parte en defensa propia. 

Recordar es un don; también puede ser un tormento. He conocido a personas para las que la memoria ha servido a fines muy distintos: como tablón con el que siempre flotaban en el oleaje de las relaciones; como arma arrojadiza, destructora; como tierras movedizas de melancolía para hundirse a placer… No recordar, la desmemoria, también puede tener su valor. Para mí es el del efecto purificador que convierte a cada ocasión en la primera, pudiendo así vivir sin demasiados lastres cada una de las oportunidades que se presentan. 

Con estas alforjas, la de la memoria de Paloma, y la mía del olvido, desembarcamos en Lanzarote. Habíamos optado por navegar la cara norte de la isla para recorrerla hasta alcanzar Marina Rubicón en el extremo sur. Esta decisión no solo tuvo que ver con el viento, también con el intento de evitar encuentros con pateras que desde África se aventuraban en condiciones precarias hacia las costas españolas del archipiélago. Y nos premió, además, con una perspectiva espectacular del mar de lava que desde el parque del Timanfaya se adentraba misterioso en el océano hurtando, con su silencio pétreo, un espacio siempre ocupado por las olas.

Llegamos a Playa Blanca, al sur, y fondeamos un par de días antes de entrar en el puerto: un conjunto bien organizado de pantalanes rodeado de tiendas, restaurantes y hoteles para proporcionar a los turistas ese oasis con el que aislarse del resto del mundo y contradecir la razón misma por la que la gente debería viajar: conocer. 

Alquilamos un coche y nos fuimos a recorrer la isla de punta a punta. Empezamos atravesando viñedos de “gerías”, que son unos hoyos de unos dos metros de profundidad con pequeñas murallas levantadas para cada cepa con idea de protegerla del asedio del viento y garantizar la humedad que la negra grava volcánica (rufe) proporciona sobre la tierra fértil a la que se agarra la planta. El territorio es único, repleto de semicírculos de piedra que conforman verdaderas urbes de abigarrada vecindad, habitadas solo por parras. Habíamos visto algo parecido en Pico (Azores), pero estas, a diferencia de las de allí, tenían una peculiar forma de arco. Así han cultivado siempre los habitantes de la isla, al amparo de esta tradición con la que siglos de cultivos han atravesado el tiempo hasta hoy en que la necesaria rentabilidad empieza a amenazar con maquinarias un hacer tradicional. 

Continuamos hacia el norte entre laderas volcánicas. La carretera seguía la coreografía de la montaña con pasos, vueltas y piruetas, recreándose en un paisaje impresionante, escarpado. Algunas de sus laderas no habían visto suficiente dificultad en su escarpada vertiente como para evitar terrazas de cultivo más a la medida de alpinistas que de agricultores.

Llegamos al Mirador del Río, al norte, palco de honor hacia el espectáculo de la naturaleza, y primer encuentro con la mano del genio de la isla, el visionario loco, artista, excéntrico y genial, que cargado de razón y de razones, puso su ingenio al servicio de esta tierra. Antes de él, era mucho menos, pero con su paso dejó un rastro de lava creativa presente en muchos de los rincones que, de otra manera, serían hoy destinos desconocidos, ignorados. Desde lo más alto de Lanzarote, la mano omnipresente de César Manrique levantaba un telón de luz hacia La Graciosa, elevada por sus cráteres contra el azul atlántico. 

De camino hacia la Cueva de los Verdes, la carretera serpenteaba entre cepas cuyos corralitos (gerías) apenas permitían la mirada a las tímidas plantas que protegían. Poco antes de tropezar con el mar, encontramos la cueva, un templo de roca por el que transitaban apiñadas hormigas humanas, hipnotizadas por los guías cuyas explicaciones se repetían monótonamente con un discurso en el que hacía tiempo que dejaron de creer. Aún así, valía la pena la contienda entre opuestos absolutos: solidez y oquedad, materia y espacio, presente y pasado, silencio y convulsión, soledad y vida. 

La cueva era un recorrido subterráneo de 7 kilómetros entre el volcán y el mar, de los que se visita solo uno en dos galerías, una sobre otra. 12000 años de historia, refugio de humanos contra la piratería. Su origen está en el río de lava que avanzó cuesta abajo desde el cráter y que se fue solidificando en su parte exterior mientras por el interior aún fluía la piedra ardiente, dejando a su paso un túnel de formas caprichosas, dimensiones insospechadas, silencio absoluto y oscuridad infinita. En el techo, los estafilitos formados por gotas de lava solidificada, dejaban una superficie rugosa que daba la impresión de un lago al revés, rizado por el viento. Una de las galerías se abría ante un presunto precipicio interior; la ilusión óptica hacía creer que aquel sencillo charco de agua quieta reflejando la imagen del techo, era un abismo basáltico. 

Visitamos por el camino el pueblo interior de Teguise, hacia el norte de la isla, que declara con orgullo (y sin duda, exageración) ser uno de los más bonitos de España. Bonito es, quizá no hasta tal punto, pero tiene un aire personal y distinguido con esas calles que, hasta las estrechas, son anchas. Porque este pequeño núcleo urbano no conoce las estrecheces: las plazas son amplias, los callejones espaciosos, las puertas hermosas, como los ventanales de muchas de sus casas. 

Comimos en un Teleclub. Estos locales comunitarios nacieron en tiempos de Franco para que la gente pudiese ver la televisión, en aquella época en que tener una en casa constituía un lujo reservado a las élites. Este tipo de clubes ya han desaparecido de la geografía española, salvo en Canarias donde actualmente se sirven comidas de la cocina local sin lujos ni ambiciones, pero con la sencillez diáfana de lo auténtico. En el Teleclub constatamos cuánto tienen que aprender muchos restaurantes de postín de lugares como estos que sin alardes, fanfarrias ni bobadas hacen que el cliente salga satisfecho con la comida, con el servicio y con la cuenta.

En el centro de la isla caminamos en una excursión organizada por el gobierno insular por el parque natural del Timanfaya. Fue una mañana espléndida por uno de esos lugares donde los silencios dicen más que las palabras, caminando entre dragones dormidos cuyo humo es capaz de ocultar el cielo, cuyas lenguas de lava crean y destruyen territorios, cuyos ríos de fuego parecen una continuación de los del infierno, cuyas pernoctas son centenarias y los letargos milenarios. Caminábamos entre ellos aprovechando su somnolencia, conscientes de que nunca querríamos estar allí cuando despertaran. En el camino, nos cruzamos con manadas de mariposas en una migración de este a oeste. Según nos explicaban el viaje era para reproducirse, lo que me inspiró un nombre para bautizar aquellas laderas: “la lujuria de las crisálidas”. 

El sur era seco, lunar, limitado en su cromatismo a los ocres, marrones, naranjas, rojos y negros. El norte, gracias a las lluvias que excepcionalmente habían caído en los días previos, combinaba todo lo anterior con verdes, hasta completar una paleta de colores bien educados, comedidos pese a su variedad, pero elegante en todo su transcurso. La tierra exhibía heridas inimaginables infligidas por las fauces de gigantes dragones geológicos con tantas bocas como la hidra más fantástica. Recovecos, grietas, grutas, fallas, cuevas, cauces, cortados, formas sin fin, revelaban por doquier porciones de una intimidad misteriosa, escondida en el subsuelo candente de la isla. 

Así fuimos redescubriendo una isla extraordinaria, singular, única y sorprendente desde la laguna verde y el mirador del río al norte, hasta la playa del Papagayo al sur, los hervideros en la costa oeste, las canteras talladas por el hombre y el viento en las Ruferas, al centro, y la plácida Arrecife, en el este. Tesoros que conquistaron el corazón de Manrique, y dejaron otra huella en una memoria despistada dispuesta a volver a tropezar.

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