
Octubre 2022. Quizá porque siempre aspiramos a viajar viviendo -a obnubilarnos por la intensidad, la belleza, la autenticidad de paisajes, personas, vivencias- es por lo que vivimos viajando. Porque las mejores fotos no se impresionan más que en el corazón, se desdibujan con el tiempo, pero siempre dejan una muesca, no siempre visual, aún resonante, en el recuerdo informe de haber vivido. La emoción de pisar un lugar por primera vez y descubrir lo poco o mucho que tenga que ofrecer, es un estímulo del que no sé si alguna vez llegaremos a liberarnos. Creo que una vida así requiere una mirada suficientemente inocente, debidamente infantil, como para poder respirar sin que los prejuicios filtren demasiado el aire y lo dejen sin sus aromas. Porque son esos aromas, y su descubrimiento, los que justifican vivir de este modo.
La Graciosa es una isla pequeña, desnivelada por los cráteres, desierta en casi toda su extensión, salvo en el único núcleo habitualmente habitado, Caleta del Sebo, que solo en temporadas vacacionales tiene la compañía de Pedro Barba, una aldeita de nombre literario, apartada y silenciosa, acariciada por el mar.

Fondeamos frente a la playa de los Franceses, en el extremo suroeste de la isla, bajo la mirada de un cráter cuya ladera hacia nosotros era amarilla, y de ahí su nombre: la montaña amarilla. Bajo su sombra, dos playas extraordinarias se abrían, una flanqueada por rocas verticales, la otra plana y extensa hasta el mismo pueblo a tres kilómetros de distancia. Al otro lado, hacia el sur, se veían los acantilados intimidantes del norte de Lanzarote. Esa masa de piedra se interrumpía de la de La Graciosa por una estrecha lengua oceánica que las separaba con un brochazo de azul intenso en el que la luz dejaba cada vez una tonalidad distinta según pasaban las horas del día.





La Caleta del Sebo no conoce el asfalto. Las calles, delimitadas por sus casas blancas y bajas, son de arena, como extensiones espontáneas de las playas cercanas. Por eso, los coches son en su mayoría de servicio público, y en su totalidad de todo terreno. El puerto bombea turistas en un latido constante de ferris que a diario transitan, de la mañana a la noche, su muelle y los de los puertos de Lanzarote. La gente es afable, el tiempo lento, la luz intensa.






A esta isla dedicamos nuestros sudores en bicicletas alquiladas para recorrer sus desniveles y arenales, terrenos no precisamente ideales para pedalear, aunque el ritmo y la velocidad nos premiaron con una impresión muy cercana a la realidad del lugar: silencios, luz, desiertos, playas como la de las Conchas, al norte, salvaje y removida por unas olas cautivadoras, peligrosas, cuya resaca ponía de manifiesto la insignificancia humana.






Cada visita al pueblo suponía un largo paseo, a veces junto al mar, otras por terrenos desiertos, ásperos, desafiantes para las formas de vida que, sin embargo, encontraban allí su hábitat natural. Fueron dos semanas de descanso, despreocupados por todo en la ceguera de una luz siempre deslumbrante, a veces por su intensidad, otras por su belleza.




