
Octubre 2022. Había pasado poco tiempo desde que empezaba a clarear cuando saltó el viento y surgieron los gigantes. Aparecían por todas partes, como una manada incontrolada en medio de la cual estábamos nosotros. Eran grandes, algunas rugientes, muchas espumeantes, todas se movían sin voluntad, sin propósito, sin intención, sin destino. Las gigantes se avanzaban abstraídas, ajenas a todo, incluso a nosotros; algunas nos golpeaban sin intención, otras, nos zarandeaban con su impacto como si dicha intención existiese y no fuera buena. Nos movíamos entre gigantes, nos empujaban, nos alzaban y hundían, nos voceaban en su berrea inconsciente, haciéndonos correr con ellas, hacia donde quiera fueran.
Así estaba el océano cuando zarpamos de Madeira rumbo a Canarias, y se nos rompió el piloto automático. El barco cuenta con dos unidades en previsión de que esto pueda ocurrir, pero la segunda no reemplaza a la primera en todo su cometido; permite usarla en situaciones en que es necesario contar con su apoyo, lo que no significa que se la pueda llevar permanente conectada, primero por ser ruidosa y, por ello, incómoda; segundo porque al ir a la rueda en vez de al sector del timón, consume mucha batería, algo irrelevante durante el día cuando los paneles solares las nutren, pero insostenible durante la noche. Así que nos tocó timonear 24 horas al día durante los casi cuatro que estuvimos en la travesía. Afortunadamente ésta fue tranquila, con viento estable, sin más sobresalto que el que de repente disparaban los delfines que se nos cruzaban por el camino y nos acompañaban durante esos minutos emocionantes que nadie puede comprender si no ha recibido el saludo sonriente de los mamíferos acuáticos rompiendo la soledad del mar eterno.

Las noches se sucedieron con menos rutina de la deseada por el ejercicio físico y mental que exigía el timón, pero la circunstancia permitió también experiencias nuevas con las que conectábamos con un pasado interminable de hombres que surcaban mares sin más medios que los de la madera y la tela que entonces tenían. Y así descubrimos las estrellas, no como objeto de contemplación, sino como aliadas para mantener el rumbo. Una luz estelar constante en un punto del horizonte que coincidía con el obenque de babor, terminaba por convertirse en la referencia precisa de cuándo y en qué sentido había que corregir el rumbo sin necesidad de apartar la mirada hacia otros dispositivos. Nos sentimos humanos, pequeños, frágiles, pero a la vez fortalecidos por el vigor que un plan impone en los propósitos.

Llegamos de día al archipiélago español. En la lejanía se vislumbraron las primeras islas de este grupo geográficamente africano, políticamente europeo, entre las que habríamos de pasar los próximos meses de nuestras vidas poniendo el primer pie en La Graciosa.
