
Septiembre, 2022. Un huracán (Danielle) avanzaba hacia las costas de Azores y otro se cocinaba en las de Florida (Earl) con aspecto de seguir también una ruta similar que terminaría en las proximidades de Europa habiendo dejado huella en los archipiélagos atlánticos. El verano confirmaba las predicciones que desde hacía más de cuarenta años habían hecho los científicos sobre cómo se expresarían los efectos del cambio climático si llegaba a producirse. Nadie les escuchó y tal cual vaticinaron los sucesos, así se narraban en las noticias: olas de calor extremo, sequías ásperas, tormentas de virulencia inusitada, huracanes donde nunca se habían dado, especies marinas muertas por el elevado calor de las aguas. El Mediterráneo alcanzó las temperaturas del Caribe, los incendios asolaron la Península Ibérica, acosaron Francia, Italia y Grecia. Otras tormentas de gran intensidad se formaban en el Atlántico, como la que brotó junto a Cabo Verde, y barrían zonas distantes como las Canarias. Este panorama de meteorología caprichosa nos hizo estar muy atentos a los modelos que nos avanzaban oportunidades para hacer nuestras travesías con razonable seguridad. Así habíamos salido de Azores con destino a Madeira.
Entramos en el nuevo archipiélago por la isla de Porto Santo. Brutal contraste con las imágenes que Azores había dejado en nuestro recuerdo. Veníamos cargados de paisajes, sonidos, sabores, palabras y emociones que parecían eternas, aún a sabiendas de que todo lo que se le confía a la memoria está condenado al olvido. Los recuerdos, por muy intensas que fueran las vivencias que los inspiraron, quedan reducidos a destellos momentáneos de colores apastelados y formas difusas que a veces ni siquiera se parecen a la realidad que los engendró. Es como hundir las manos en una masa de memoria que tiende a recuperar su estado inicial tan pronto como se las saca, dejando una pequeña huella que se va desvaneciendo hasta no dejar más que una línea superficial y suave allá donde se había provocado la hendidura. Probablemente en el recuerdo termine por no quedar nada más que el poso emocional, informe y abstracto, de lo que esas imágenes provocaron en nuestro interior. O ni eso. Por ello, me parece que la memoria es efervescente: surge de manera repentina, crece rápidamente en intensidad, y poco a poco se va desvaneciendo hasta quedar en apenas nada.

El verde de los paisajes azoreños contrastaba radicalmente con los tonos de Porto Santo: ocres, marrones, beiges, blancos y negros, todos calvos de vegetación, pero barrocos en las formas imposibles de las rocas volcánicas. Sin embargo, esta isla de gran antigüedad, tuvo un pasado de vida coralina en sus orillas gracias al cual hoy es la única con arena blanca en sus playas. La del sur es amplia, brillante, larga; en algunas zonas, la arena blanca está combinada, pero sin llegar a mezclarse, con otra negra de origen distinto, dando lugar a formas caprichosas y abstractas que se dibujan y borran con el barrido de cada ola, como las pinceladas obsesivas de un artista atormentado. Esta arena blanca tiene una propiedad única entre las de las playas del mundo: si se le echa zumo de limón, efervesce.

Una larga caminata por la playa terminó con comida en un restaurante típico de la zona, y nos repuso fuerzas para otra caminata, esta vez ascendente, hasta el Pico de Ana Ferreira. Allí visitamos las formaciones prismáticas de piedras verticales forjadas por fuerzas telúricas y que hoy ofrecen un aspecto cósmico, extraterrestre, misterioso.



Más tarde llegamos al pueblo. En este aglomerado pintoresco de casas blancas, calles estrechas, edificaciones bajas, ambiente acogedor, y atmósfera cercana, nos acercamos hasta la que se anuncia como “Casa de Colón”, aunque la letra pequeña advertía de que esto era sólo una suposición, razonable, pero sólo suposición. Si no fue aquella, seguramente fuese cualquier otra de la zona, cuyas dimensiones, estructura y estilo, seguramente no difiriera de la que visitamos. Lo cierto y seguro es que el almirante se paseó por los archipiélagos atlánticos del lado oriental del océano en los que tuvo haciendas y afectos, y donde dejó una impronta que hoy no palpitaría de no haber sido por la hazaña que le inmortalizó. Por eso, en ciudades tanto de Azores como de Madeira, se encuentran casas en las que vivió, monumentos a su persona, placas y honores que mantienen viva su épica. De no ser por ellos, su nombre habría dejado ya de existir en la memoria.



