Travesía desde Azores a Madeira. Océano Atlántico

Septiembre, 2022. El mar es fácil de idealizar cuando se lo vive desde tierra. Desde sus entrañas uno se expone a cosas muy distintas. Te da gloria y miseria, pero nada gratuitamente. Navegar revela una foto más completa y nítida de lo que importa. Los poetas le escriben a la luna, pero solo a la que ven, ignorando su otra cara, esa que también es parte de su ser. Lo mismo pasa con el mar. 

Las olas, no se sabe de dónde vienen. Son mensajeras de origen desconocido donde sucedió algo provocado por el viento, y llegan, de paso, continuando su camino hacia ninguna parte. Ellas son las protagonistas del mar. Le otorgan belleza, le dotan de poder, lo hacen amenazante o poético. Son su verdadero peligro. En su alianza permanente con el viento, es éste quien manda, pero son ellas las que ejecutan. Porque el viento, con su inconmensurable poder, no es el que hunde los barcos. 

Pueden ser aterradoras en su tamaño, forma, ruido, expresión. O la más sosegada invitación a pactar con la naturaleza. Las olas oceánicas pasan con su señorío como las vírgenes en procesión arrastran su larguísimo manto. Se aproximan silenciosas; se alejan silenciosas, pero dejan un surco en la emoción que no se puede olvidar. ¿Cómo puede algo tan grande transitar con tanto silencio?

Hace años, los impulsos de la juventud constituían la más intensa tentación a penetrar las grandes latitudes, descubrir parajes sin medida, mares extremos; pero la sensatez alivió la fiebre, seguramente con el bálsamo de este enamoramiento enloquecido por la vida que se fue fraguando y que no deja de erupcionar. 

No tardamos en descubrir que no somos marineros, aunque vivamos en el mar. Sabemos lo que el mar puede darnos y quitarnos, que es todo en ambos casos. Sabemos que somos cómplices, solo a veces, pero no amigos. No dejamos de admirarlo, pero sin confianzas. Porque el mar es autista, bendice y hiere sin conciencia. Simplemente es.

Los marineros tienen los párpados pesados, las manos grandes, la piel durísima, la palabra escasa y escueta. Nada tienen que ver los de las gorras de grandes viseras, marcas en su ropa de agua y arneses de diseño. Los marineros se atan un cabo a la cintura, por si acaso; nada de chalecos autoinflables con botellas de gas comprimido. Ni cabos de dynema, o electrónica avanzada. La suya es otra especia que no tiene nada que decir ni que contar. El resto, los de la náutica deportiva y de recreo, siempre están al frente de alguna historia de la que son protagonistas. Los marineros, testigos de la vida y la muerte, conversan en silencio con el silencio, probablemente su único aliado. Porque el mar ruge o calla. A veces ronronea. Cuando brama es aterrador; cuando calla, impresionante. 

Nosotros nunca fuimos marineros; son una especie distinta, de otra naturaleza. Tampoco somos “hombres de mar” porque no es nuestra patria, sino un puente por el que atravesamos el espacio para acercarnos a donde sólo por su medio se puede alcanzar. Pero sí somos “personas en el mar” porque ahí es donde más preguntas nos hacemos. Donde aparece alguna respuesta. Donde imaginamos, vagamos con la mente, proyectamos y recordamos, donde el tiempo adquiere otra dimensión y el espacio es lo que es, sin trucos ni deformidades, sin la careta que el medio de transporte le impone para simular una proximidad irreal. 

En tierra, las variables de tiempo, velocidad, distancia y espacio se ajustan a las ambiciones humanas para construir un mundo ficticio al que llamamos realidad. El tiempo se adecúa a la distancia seleccionando el medio de desplazamiento; caminar, conducir o volar mantienen al tiempo bien sujeto dentro de una horquilla permisible, sea cual sea el espacio a recorrer. En el mar, en cambio, es la velocidad la que no se sale de su horquilla, y la distancia, siempre obstinada, no deja de ser nunca la que es; el tiempo, por su parte, no hace concesiones; viajar puede ser cosa de horas o de meses. No hay negociación ni tregua posible.

El océano, sin embargo, es la más radical expresión de una realidad sin concesiones. Es infinitesimal e infinito. Infinito el horizonte, las estrellas, la oscuridad y la luz, la soledad y el tiempo. De día, es una línea interminable que interrumpe la continuidad del cielo. De noche, negro como el vacío, perpetra una soledad intransigente. 

Hicimos las quinientas millas que nos separaban de Porto Santo en el archipiélago de Madeira en un rezo callado, sin palabras ni súplicas, agradecidos por la ausencia de sobresaltos, ambiciosos y avaros por un viento que no llegó, y cuya ausencia le dio una tregua a las velas que hubiésemos preferido evitar. El océano en calma no son aguas quietas; su latido interminable se expresa con gentileza. Fueron jornadas del uno con el otro, de lecturas, miradas, turnos de guardia, partidas de mus, conversaciones de poquísimas palabras que podían durar horas pespunteadas por largos silencios. Hasta que una mañana, un grano pétreo sobresalió abrupto e inesperado en el horizonte como lo hace el acné en un rostro adolescente. Habíamos llegado a Madeira.

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