
Septiembre 2022. Michael y Sheila se embarcaron hace casi cuarenta años en el Kantala, hecho por él a base de hierro, cemento, esfuerzo, ingenio y tesón. Zarparon de la costa oeste de Canadá con la intención de dar la vuelta al mundo en el transcurso de los siguientes cinco y seis años. Cuando les conocimos, treinta y siete años más tarde, aún no habían terminado la circunnavegación del planeta, “…así que hemos probado ser tremendamente ineficientes en nuestro plan de viaje…” nos decía Michael con una ironía divertidísima. Llegar a Santa María, entrar en su puerto tras una noche fondeados en una bahía cercana, y encontrarles pertrechados con sus sonrisas y prestos a tomar nuestras amarras, lo sentimos como un soplo de aire fresco que nos besaba las mejillas. Esta pareja tan entrañable nos había llegado al corazón.

Santa María es la más antigua, geológicamente hablando, de las islas Azores. Es pequeña, apartada del grupo principal entorno a San Miguel, con algunos pequeños núcleos de población que se esparcen por la isla, cada uno con sus propios colores en los cercos de las puertas y ventanas dotándolo de una inequívoca seña de identidad. Cuando alguien de un poblado se instala en otro, arrastra consigo dichos colores a los cercos de la nueva casa, y así un paseo por cualquier población permite dibujar una especie de cartografía genealógica de la isla. No supimos cual era la causa de esta costumbre, pero puedo imaginarlo como un sistema sencillo de identificación genética con el que asegurar descendientes sanos. En esta isla había hecho escala Colón en uno de sus viajes de regreso.
Las poblaciones son más bien cúmulos de viviendas que se hubieran ido esparciendo espontáneamente a lo largo de una zona de la costa; otras veces, son núcleos de interior, pero siempre su despliegue rezuma cierta dejadez urbanística, como si las edificaciones hubiesen brotado con tanta espontaneidad como la hierba. El puerto se encontraba al sur, junto al pueblo más grande de la isla: Vila do Porto. Se lo podría describir como una muy escueta sucesión de calles paralelas a ambos lados de una arteria principal que recorre el pueblo desde el interior hasta su final, en la pequeña fortaleza sobre el puerto en el que nos encontrábamos. Estas largas calles, y las otras, más numerosas y mucho más pequeñas, que las atravesaban, gozaban de una atmósfera cálida, muy rural, como desdotadas de la dimensión ‘tiempo’ que rige los ritmos metropolitanos.










Alquilamos un coche con los Kantala para recorrer la isla. Visitamos el faro, al sur, con sus imponentes vistas sobre el océano que aquella mañana brillaba con estridencia. Transitamos por pueblos, cascadas de agua que desde la montaña caían para encontrarse con el mar tras un breve recorrido hasta sus brazos, pueblos de vida tranquila lamidos por un oleaje benigno en verano, voraz en invierno, y terminamos en el norte, tomando una cerveza ante un atardecer vigoroso que transformó los rabiosos amarillos en rojos furiosos y más tarde en naranjas suaves amilanados por un horizonte implacable. Fue un día precioso, por lo que vimos, lo que visitamos, y por la compañía de los amigos del Kantala, una pareja excepcional, divertida, inteligente, juvenil, ansiosa por defender cada milímetro de terreno conquistado a la vida. Michael simulaba lanzar una moneda al aire cuando tenía que decidir algo con una Sheila discrepante; miraba hacia arriba siguiendo el trayecto de la moneda imaginaria y finalmente la tomaba en su mano, ocultándola con la otra, para que ella decidiera si cara o cruz. “Cara” decía una “cruz”, el otro, y Michael levantaba la mano, miraba la moneda invisible y cantaba el veredicto “cara; ella siempre gana…”. Me explicaba que llevaban años decidiendo así las cosas. La moneda física no era necesaria siempre que uno fuese genuinamente honrado y el otro confiara plenamente. Esa combinación de honradez y confianza trasladada a la cotidianeidad de una pareja nos resultó sorprendente y admirable.

Al día siguiente Paloma y yo hicimos una ruta a pie por la costa sur de la isla. El paisaje marino era maravilloso; el terrestre, increíble; la combinación de ambos hacía merecer la pena el esfuerzo para haber llegado hasta allí, los días de navegación, los vientos, el oleaje, las luchas contra el sueño en las guardias nocturnas, las caminatas, el cansancio y el calor. Todo parecía un precio bajo para la compensación a los sentidos que procuraba de una ruta como aquella, siguiendo una estrecha vereda en la ladera de la montaña, entre árboles y arbustos, el mar al fondo, la luz, la vida zumbante por todas partes en aquel final de verano. Llegamos hasta unas cuevas horadadas por el hombre en su ambición por conseguir la roca que utilizaron en su época para la construcción. Era una cantera de techo bajo, luz tenue, frescor constante, aire dulce. Desde su interior caminamos entre las anchísimas columnas talladas en el centro de las galerías para garantizar la estabilidad de la herida en la piedra; desde allí, con roca sobre las cabezas y roca bajo los pies, se veía, y olía, y sentía el océano. Al salir, vislumbramos unas formas oscuras en la lejanía. Aparecían y desaparecían en la superficie del mar. Estábamos viendo ballenas…








Más de una tarde en Vila do Porto pusimos broche a la jornada con una cerveza en el bar del puerto. Allí coincidíamos con otros navegantes que habíamos venido conociendo por nuestro tránsito en el archipiélago y hablábamos de planes, posibles destinos, meteorología, barcos, vientos, con el léxico compartido de los sueños y las esperanzas, común a este tipo de gente, sea cual sea su idioma.
