La tribu de las Azores. Ponta Delgada

Agosto 2022. El archipiélago de Azores es un paraíso, no sólo por cuanto tiene que ofrecer su naturaleza exuberante y radical, la serenidad de sus ciudades, tocadas ya por el turismo pero sin haber caído aún enfermas de su infección. La ubicación de las islas, a desmano de todo, en mitad de una nada atlántica, protege la autenticidad de su vida cotidiana. En Graciosa degustamos el melón más dulce y rico que habíamos conocido; en Terceira, las “queijadas” nos endulzaron el paladar y el recuerdo para siempre; Pico fue la experiencia del vino volcánico con enigmáticos sabores minerales; en San Miguel, el pan “levado” hizo la delicia de muchos desayunos, y las piñas parecieron desbancar en sabor y dulzura a las de cualquier otra latitud. 

Estábamos nuevamente en Punta Delgada, Isla de San Miguel, a la espera de la llegada de nuestros hijos. En esos días, el pantalán se movía incomprensiblemente por los efectos de un mar que no debiera haber perturbado las aguas de un puerto tan bien protegido del exterior. Sin embargo, los barcos bailaban y sus mástiles se mecían como los invitados a un baile de época. 

Los puertos del Madeira solo reciben a marineros que han aceptado el trato: pasar largas, y a veces duras, jornadas de navegación para poder alcanzar el archipiélago. Eso hace los encuentros particularmente interesantes, porque los pantalanes se convierten en parlamentos casuales de personajes muy distintos. Nosotros nos convertimos, sin quererlo ni lamentarlo, en miembros de una tribu interesante que parecía haberse encontrado por causa de una atracción tan inexplicable como la que junta al oxígeno con el hidrógeno para hacerse agua. No sé qué leyes inexplicables gobiernan el hecho de que el estroncio no se encuentre con el bario, y si sucede, que sea un fenómeno esporádico, si no excepcional. Por algún motivo ciertos átomos se sienten más atraídos entre sí que otros. Los míos propenden recurrentemente a los de Paloma, pero no solo; también siento una inercia invisible, gravitacional, hacia mis hijos o hacia cualquier miembro de ese grupo construido en mi corazón con individuos a los que considero mi familia, comparta o no sangre con ellos. 

Con Rita y Walter
Tomando un ron en el Eglantine
Fatina sirviendo su delicioso cuscus

En los puertos, a veces, me parece detectar ese fenómeno de atracción atómica cuando observo cómo espontáneamente surgen tribus de navegantes. En Punta Delgada, por ejemplo, mientras esperábamos la llegada de nuestros hijos, un agujero gravitatorio convocó en su centro a una interesantísima tribu. Michael y Sheila, del Kantala, estaban justo en frente; a la vera tuvimos a Jean, un ex comandante francés de barco mercante que navegaba en el Mimosa con Fatina, su esposa marroquí; Walter y Rita, de Noa, los alemanes que nos incitaron en Portimao a venir a Azores, estaban algo más allá; Christof, venía desde el Caribe en el Eglantine, un grande y robusto barco de aluminio con el que iba de regreso a la Bretaña francesa; Verónica y Diego eran una joven pareja, ella portorriqueña y él argentino, también procedentes del Caribe, que grababan en su catamarán videos para su canal de YouTube; Arndt y Scarlet habían partido ya hacia Madeira, pero conocimos a Peter y Susan, unos suecos a bordo de su Amel 54, también orientados hacia el sur. La vida social empezaba a intensificarse cuando llegaron nuestros hijos y conmovieron toda gravedad posible, curvaron y retorcieron el espacio, encogieron el tiempo que hasta su llegada no paraba de estirarse, y dieron, una vez más, como tantas desde que nacieron, un vuelco a nuestro mundo para girar entorno suyo y ser por unos días satélites felices con el inexplicable bienestar que nos produce estar a su lado. En un instante la tribu se deshizo como la niebla cuando sale el sol, y los isótopos humanos que tan a gusto habíamos compartido historias, anécdotas, bromas, sonrisas y miradas, se desperdigaron sin saber cómo ni por qué. 

Sheila y Michael en sesión de peluquería

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