
Agosto 2022. Pico es un volcán. Mira “frente por frente” a Horta y corona la isla de su mismo nombre que se extiende desde la cima del cráter hacia el este, con sus 2.351 metros es la cumbre más alta de Portugal. Es un territorio negro, de paisajes formados por lava solidificada que los locales han utilizado para construir viviendas y cercas para los viñedos, lo que le da un aire melancólico a la vez que auténtico. Sin ánimo de exhaustividad, diría que Graciosa y Pico son negras, mientras Terceira y San Miguel son marrones, todas ellas con su correspondiente manto verde. Pero esto no deja de ser una impresión muy subjetiva.
Estábamos en el ferry de Horta a Pico en un día nublado y lluvioso, llamando por teléfono a taxis, alquiler de coches y de motos, viendo la manera de recorrer la isla que tanto nos habían recomendado amigos que la habían visitado. Todo reservado. Ninguna disponibilidad. La cosa pintaba bien. Finalmente, uno de los alquileres de coches nos dijo “lo tengo todo reservado, pero un amigo mío quizá quiera alquilaros su coche particular…”. “¡Hecho!”. Por un precio más que razonable (50 euros) nos encontramos recorriendo la isla en un Mercedes Clase A sin haber firmado ningún documento y sin haber mostrado ninguna identificación, pero felices de transitar por unos paisajes maravillosos que de ninguna otra forma hubiésemos podido descubrir. Llegamos a la parte superior de la isla donde una carretera la recorre de esta a oeste como una columna vertebral entre praderas de verdor perenne, visitando lagos naturales con fauna local (vimos patos y otras aves), viñedos cercados con piedras de lava para protegerlos del viento (patrimonio cultural de la Humanidad) y pueblos sumidos en su propio silencio e indiferentes al mundo.







En Praia Vitoria, Terceira, habíamos asistido al jolgorio de las fiestas de la isla, entre las más populares de archipiélago, y mucho mejores que otras que habíamos visto en Horta, por ejemplo. La impresión que nos habían dejado los desfiles, las carrozas, las actuaciones musicales y el ambiente festivo en general, nada tenía que ver con el tono melancólico que nos encontramos en Pico. En el lado norte visitamos Lajido, un pueblo mínimo de casas construidas con piedras negras que una vez fueron líquido ardiente, y llamativos postigos rojos característicos de la zona. Nos pareció que el tiempo tenía otra medida y que, aunque coincidieran las unidades, su paso sucedía a otra velocidad con segundos de más de un segundo y minutos de más de un minuto que daban horas elongadas y días interminables.




Nos fuimos de allí felices de nuestra suerte. En Horta, preparamos el barco y nos preparamos para regresar al día siguiente a Praia Victoria, donde volvimos a encontrarnos con Sheila y Michael, porque la gente del mar siempre vuelve a encontrarse…
El archipiélago de Azores es un paraíso, no sólo por cuanto tiene que ofrecer su naturaleza exuberante y radical, la serenidad de sus ciudades, tocadas ya por el turismo pero sin haber caído aún enfermas con su infección. La ubicación de la isla, a desmano de todo, en mitad de una nada atlántica, protege la autenticidad de su vida cotidiana. En Graciosa degustamos el melón más dulce y rico que habíamos conocido; en Terceira, las “queijadas” nos endulzaron el paladar y el recuerdo para siempre; Pico fue la experiencia del vino volcánico son enigmáticos sabores minerales.

