Turistas, viajeros y niños grandes disfrazados de marinero. Faial

Agosto 2022. Los viajes de turismo se pueden representar de manera radial. Parten siempre de un mismo lugar al que se regresa; trascurrido un tiempo, se vuelve a partir desde el mismo sitio para visitar otro, y se regresa nuevamente, y así hasta ir construyendo una estrella cuyos rayos se expanden en diversas direcciones, partiendo y volviendo siempre al mismo lugar. La estrella turística de algunas personas concentra muchos rayos en una parte, y apenas cuenta con otros en otras. Incluso hay quienes sólo tienen un rayo repetido obstinadamente en el mismo lugar. Esta pluralidad de direcciones en los rayos de la estrella denota el grado de curiosidad del turista.

Los viajes de los viajeros, en cambio, tienen una estructura errática, porque cada destino es a su vez el origen del siguiente viaje, y así se deambula por el mundo siguiendo una línea quebrada de forma impredecible: no se conoce cuál será el destino que dé continuidad más allá de la siguiente visita. La diferencia entre ambas formas de viaje viene dada por el tiempo, pero también por la vocación. El turista alcanza los lugares para que se le exhiban como si se tratara de una pasarela de monumentos y puntos de interés, y poder fotografiarlos, preferentemente como fondo ante el que posa. Los viajeros, en cambio, llegan a los lugares para quedarse un tiempo, más largo, más corto, depende de lo que suceda, no que de lo que pueda fotografiarse. El problema es que el turista tiene poco tiempo y quiere soluciones inmediatas por las que está dispuesto a pagar: comida, alojamiento, espectáculo, recuerdos y souvenirs, una demanda que detona el crecimiento de la oferta hasta el punto de hurtar el alma de los lugares cuyas calles terminan por ser una sucesión de tiendas y restaurantes, mercados impersonales, pero “very convinient”.

Conocimos a Shelly y Michael, viajeros de cepa, en la bahía de Praia Vitoria, en Terceira, donde fondeaban en Kantala, el barco de ferro cemento (20 toneladas) que Michael empezó a construir con sus propias manos hace 42 años, y que había sido hogar de ambos durante los 37 que llevaban viajando ininterrumpidamente por los océanos del mundo. Cuando empezaron no tenían electricidad abordo, ni más instrumentos que una brújula. Las luces de navegación e interior eran de queroseno. Navegaban sin GPS con cartas que a lo largo de los años superaron las mil quinientas y aún conservan abordo. Les conocimos, ya septuagenarios. Shelly conservaba en su rostro la viveza, gracia y picardía de la niña y adolescente que fue; Michael era rápido, enérgico, sociable. Eran una pareja encantadora y divertida con la que compartimos algunos muy buenos momentos. Nos cautivaron muchas cosas de ellos, pero sobre todo su capacidad para seguir sorprendiéndose, para suspirar ante los paisajes y exclamar admiración por la belleza de una naturaleza que en sus años de viajeros tenían más que trillada, pero que no por eso había agotado su capacidad de admirar. Sus viajes no habían tenido nada que ver con la manera “turista” de ir por el mundo (y por la vida); se relacionaban con la gente, eran amables, sin reparo para saludar a quienes les salían al paso. Fueron una verdadera lección para nosotros.

En la bahía de Praia habíamos conocido también a Arndt y Scarlet (ambos alemanes, ella de la del este) que vivían a bordo de Kibo, su catamarán, y que también terminaron siendo amigos; pero la pareja del Kantala nos llegó mucho más hondo. Por eso nos despedimos de ellos a sabiendas de que volveríamos a encontrarles, cosa inexplicable entre quienes viven moviéndose constantemente, pero el hecho es que así fue.

Habíamos salido de Terceira para visitar Graciosa y más tarde Faial. Ésta es una isla emblemática entre los navegantes que regresan de América con destino a Europa. Su capital, Horta (con hache muda), no tiene gran interés, pero es el lugar de parada de esos niños crecidos que con sus disfraces de marinero juegan a esos personajes que una vez existieron, pero que ahora solo habitan las leyendas.

El punto obligado de reunión es Peter’s Café. Lo visitamos. Estaba abarrotado de personas de edades diversas, muchos arrugados por el sol, otros con el ademán de quien ha realizado hazañas extraordinarias, algunos orgullosos de lucir la palabra “crew” en el lomo de la camiseta, todos con una “caneca” de cerveza en la mano. Preferimos no quedarnos en semejante concentración de héroes por metro cuadrado. No sabía muy bien a qué clase de viajeros o navegantes pertenecíamos nosotros, pero desde luego no era a aquella.

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