Maternidad en la naturaleza. Islas Graciosa y Terceira

Agosto 2022. Creo que la preocupación maternal por los hijos tiene, al menos, dos formas universales de expresión: “¿has comido?” y “abrígate”. Segúramente existan otras, pero éstas se dan en cualquier parte del planeta. Lo recordé cuando visitamos el pueblo de Santa Cruz en la isla de Graciosa, donde algunos árboles habían sido “abrigados” con cubiertas de punto que se abrazaban al tronco y parte de sus ramas. Me gustó descubrir esa preocupación de madre por el bienestar de los árboles, e imaginé el mimo necesario para echar horas interminables en tejer el abrigo de los gigantes de madera, mientras éstos, indiferentes, parecieran afectados por una adolescencia eterna, indolentes ante los desvelos protectores de sus cuidadoras. O cuidadores quizá, aunque no puedo dejar de relacionar esa preocupación con lo femenino.

Habíamos llegado a la isla desde Terceira la tarde anterior, y fondeamos en el exterior del puerto pesquero de Praia. No sabíamos mucho de la isla, pero nuestros amigos alemanes del Noa, Walter y Rita, nos habían aconsejado visitar el cráter del volcán. El plan sonaba atractivo, así que, a la mañana siguiente, nos lanzamos al ascenso por una carretera que llegó a estar más empinada de los deseable antes de alcanzar la horizontal en la parte abovedada que atravesaba una de las paredes del cráter para desembocar en el interior del volcán.

Por el camino habíamos accedido a las “furnas” de María Encantada, ríos de lava cuyo exterior se solidifica por enfriamiento mientras en su interior aún permanecía el caudal ígneo, dejando como resultado unos túneles naturales con los restos que las burbujas dejaron miles de años atrás en las partes superiores, con las ondulaciones de la piedra cuando fue líquido ardiente, con las formas caprichosas que fenómenos de la naturaleza adoptaron conforme a las leyes inexorables que solo entienden los científicos. Resultó ser un buen preámbulo al acceso al interior del cráter, un espectáculo de belleza desbordante que difícilmente podrá borrársenos de las retinas.

El tamaño del cono invertido que constituía las paredes interiores del cráter era de magnitudes geológicas, pero totalmente cubierto por un muestrario de verdes, más claros, más intensos, más brillantes, más mates, adornados con otros colores por las flores en algunos casos, austeros en su uniformidad en otros, pero todo constituyendo una combinación extraordinaria de paisaje selvático, praderas y rocas. En muchas partes, la selva era de una frondosidad inaccesible, misteriosa, como si albergara algún secreto milenario en la quietud de su interior. Esta impresión me hizo pensar en King Kong y en que si en algún momento hubiese aparecido algún gorila girante, no nos hubiera extrañado en lo más mínimo.

Descendimos por el camino hasta lo que en su momento fue el manantial que expulsara la lava con que se formaron las laderas exteriores y, probablemente, al resto de la isla, sin que en ningún momento la paleta de verdes rebajara sus tonalidades. El paisaje, coronado por el gigantesco círculo azul del cielo que parecía depositado sobre el borde del cráter, era fascinante.

El de Graciosa no era el primer volcán que visitábamos en el archipiélago. En la isla de Terceira habíamos descendido hasta las mismas entrañas de otro, Algar do Carvao, cuyo acceso, más pequeño, reproducía el mismo esquema de frondosidad, pero en este caso en vez de árboles había plantas aferradas a las paredes por las que rezumaba la intensa humedad en las umbrías paredes verticales. Éstas terminaban en lo que el enfriamiento posterior a las erupciones había dejado convertido en una amplia cueva con un lago en el centro. El acceso, a través de un túnel horizontal que terminaba en la pared vertical del cráter, suponía el paso de la oscuridad grisácea a una radical verticalidad verdosa. Todo estaba en silencio salvo por las gotas de agua que se desprendían de las paredes o de las hojas de la vegetación aferrada a las mismas tras la última lluvia, y que caían libremente varias decenas de metros hasta estrellarse sobre las rocas del fondo. Junto a éstas, un camino se adentraba en la cueva con varias naves, una la del lago, la otra, denominada “la catedral”, que debió formarse por efecto de alguna gran burbuja.

Shelly y Michael, los amigos canadienses del Kantala que nos habían acompañado en la excursión a Algar do Carvao le pusieron sonido a las reacciones de “wow” que resonaron en nuestro interior. También lo hicieron más tarde visitando las cuevas de la “Gruta do Natal”, como si con sus expresiones hicieran la banda sonora de nuestras vivencias.

Los otros dos grandes puntos de interés de Terceira eran la ciudad de Angra do Heroísmo y la Sierra de Cuma, ambas declaradas por Unesco patrimonio de la Humanidad. Angra lo tiene todo bonito, desde el nombre. Sus calles eran sucesiones de casas distintas que compartían la uniformidad en su pintura, con las aristas, los cercos de puertas y perímetro de las ventanas de un color distinto al del resto de la construcción. Un par de grandes y muy vistosas iglesias y un museo magnífico, todo ello en un enclave físico precioso, frente al Monte do Brasil, en torno al pequeño puerto, resumían el rostro de la ciudad.

La Sierra de Cuma es una formación montañosa tendida sobre una buena extensión de la isla y que se interrumpe cuando llega al mar. El ascenso tenue de una de sus laderas contrasta con la pronunciada inclinación de la opuesta. En la parte más alta, un mirador escucha silencioso las expresiones de asombro y admiración de cuantos se asoman a su baranda y contemplan la extensión de un paisaje que parece superar la capacidad de percepción visual humana. La planicie se extiende hasta casi donde se pierde la vista, el mar a un lado, Angra al fondo, el volcán a la espalda. Las frecuentes nubes de la elevación hacen que no siempre sea fácil tener la panorámica completa del espectáculo, pero nosotros tuvimos una suerte bárbara en aquella tarde lánguida y fresca de agosto cuando aquella luz coqueta disimuladamente hacía carantoñas al paisaje.

Los volcanes, y en general la actividad geológica me hacía pensar en las fuerzas creadoras que habían hecho posible semejantes espectáculos, en su belleza que solo existe ante la mirada de los observadores, en la falta total de intención por mucho que nos empeñemos en atribuir voluntad a tales fuerzas. No existe ninguna vocación de maternidad en la naturaleza cuando crea, pero sí la hay en quienes cuidan de los árboles abrigándoles con mimo. Desde la perspectiva del ser humano, la naturaleza es algo; desde la de los árboles, quien les abriga son alguien.

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