
Julio-Agosto 2022. Los nudos son, quizá, una de las más remotas invenciones humanas. Tal vez un día, quién sabe dónde o cuándo, un homínido retorció una liana, o el tallo verde de una rama, y terminó con la forma de lo que hoy llamamos nudo simple. Y puede ser que ese mismo individuo, por placer o por azar, repitiera la hazaña hasta que le encontró una utilidad: alejar unas espinas, mantener cerca el ramillete del que pendían frutos, hacerse hueco entre las hojas para observar el comportamiento de otro congénere o vigilar una posible amenaza. ¡Quién sabe…!
Pero lo cierto es que esa simple revuelta ha llegado hasta nosotros sin haber perdido su forma original, su sentido práctico, su utilidad cotidiana, y ha evolucionado dando lugar a un sinfín de soluciones distintas en las que el mundo náutico, entre otros, todavía confía. El resto de mundos, también. Porque tal ha sido la utilidad de los nudos que hemos aprendido a utilizarlos más allá del terreno físico, especialmente en el de las relaciones, con todo tipo de ayuntamiento, unión, juntura, atado, sujeción, etc. que denominamos promesa, juramento, lealtad, matrimonio, contrato, fidelidad, testamento… y que nos vinculan con tanta fuerza, o más, como puedan hacerlo los cabos de marinería. Por eso nos gustan los planes “bien atados” y las soluciones “sin cabos sueltos”.
Los nudos, al menos los físicos, deben cumplir con ciertas condiciones para poder considerarlos como tales y distinguirlos de los enredos: utilidad para un propósito, facilidad para hacerlos, facilidad para desmontarlos. Sin embargo, hay ocasiones en que un cabo ha pasado tanto tiempo trabajando en una función y bajo tensiones tan importantes, que finalmente termina azocado hasta el extremo de resultar imposible deshacerlo. Las fibras se funden unas con otras llegando a no distinguir su propio tallo del que abrazan, y terminan por perder la capacidad de volver a ser lo que fueron antes del nudo. Entonces, éste, el nudo, es su naturaleza.







En ocasiones tengo la sensación de que las millas vividas, en tierra, mar o aire; las experiencias, los momentos y todo cuanto en su infinitud ha sucedido entre nosotros, ha hecho de nuestro matrimonio uno de esos nudos. He sentido cómo la fortaleza del nudo se ha ido pronunciando con el tiempo a base de momentos que carecen de explicación posible para nadie que no habitara el universo particular que conformamos Paloma y yo, pero que para nosotros tienen un relato extenso y detallado al que basta una simple mirada para la evocación silenciosa de aquel instante particular de nuestra existencia en común. Nuestro traslado a bordo y las sensaciones que desencadenó fue uno de esos relatos; las guardias en cubierta, las puestas de sol, el miedo a un rugido en el cielo, las nubes amenazantes, los paisajes paradisiacos, el océano, la sensación inexplicable de la llegada y el atraque, ese abrazo que culmina la maniobra.
Habíamos llegado a Punta Delgada en la isla de San Miguel de Azores tras cinco días ininterrumpidos de navegación por el Atlántico. Hablando con uno de nuestros hijos, Álvaro, le respondía yo a su pregunta de “¿cómo es aquello?” con la primera descripción que se me vino a la mente mientras contemplaba las laderas escarpadas de la costa sur de la isla: “Imagina que un gigante hubiese cubierto toda la isla con un enorme manto de terciopelo verde…”. Paloma, escuchando la conversación, no lo pudo resistir: “No te enrolles. Dile que es como Asturias”. Un nudo inseparable no tiene por qué estar formado por cabos iguales…

