
Julio 2022. Cualquier parte del mundo está lejos de algún sitio y a la vera de otros. Pero algunas inducen una sensación especial de distancia cuando se las visita, como si, aun estando en ellas, se estuviera lejos de todo lo demás, incluso de lo más próximo. A esos lugares los llamo ‘fin del mundo’, no por dónde se encuentren, sino por la experiencia de lejanía y soledad que despiertan dentro de mí. Es una sensación que conocía de lugares muy remotos, como Patagonia o Alaska, pero con la que me he reencontrado en paisajes que pudiera tildar de cotidianos por su proximidad física (y cultural) a los escenarios de mi vida. Estoy hablando de sitios como el cabo de San Vicente o la ensenada de Culatra, en Portugal, la desembocadura del Guadiana en Ayamonte, o la orilla del Guadalquivir en Sanlúcar de Barrameda.

El océano es otra historia… El ser humano corriente (si es que eso existe) probablemente no tenga oportunidad de contemplar nada tan limítrofe, tan grande y grandioso como el océano. Y digo “corriente”, porque dejo aparte a los astronautas que pueden ojear la tierra y otros cuerpos celestes desde el interior de sus naves. Pero para el común de los mortales, dejar caer la mirada en un paisaje ilimitado que rodea completamente el círculo entorno al observador hasta donde la vista le alcance, supone exponerse al objeto único de mayor magnitud que pueda concebirse. E impresiona. Ya sé que no es necesario llegar al océano para tener una percepción así. El Mediterráneo, sin ir más lejos, permite jornadas enteras sin avistamiento de tierra en donde la sensación visual puede ser la misma. Pero ya sabemos que la mirada no es cosa del ojo, sino de la mente. Lo que “vemos” es un cocktail que incluye, además de lo que dice el ojo, el concepto “océano” con el que nos hemos criado, y la literatura donde se ha manejado. Ahí, en la mente, también estaba el cabo de San Vicente de nuestras lecciones infantiles de geografía, más allá del cual no había nada hasta llegar a la lección siguiente. Pero en esta ocasión, el ojo, aliado al resto de sensaciones provocadas por el viento, el ruido, y los olores, confirmaba la grandiosidad de cuanto se extendía ante nosotros en el momento de avanzar unas pocas millas más allá del accidente geográfico. Las paredes escarpadas del cabo de Sagres, la blancura de los precipicios bajo el faro, la intensidad de una luz que parece cincelar las formas sobre mármol…, todo contribuía a la impresión de abismo que suponía alejarse hacia un horizonte sin fin. La sonda nos mostró pocas millas más tarde que salíamos de la plataforma continental europea, dejándonos en mitad de un vacío que nos rodeaba también tanto por arriba como por abajo, con un fondo a tanta profundidad como lo estaba el límite de la atmósfera sobre nuestras cabezas. Nada por arriba, nada por abajo, nada alrededor, el universo entero en nuestro pequeño casco flotante.

Así empezó la primera travesía oceánica de nuestra vida abordo. No sabíamos si habría alguna más o, en su caso, cuántas, pero ésta era la primera de Paloma y la primera juntos. El viento era bueno y favorable, el mar, con olas entorno a los dos metros, respetaba nuestra audacia; todo iba bien, de momento. Ninguno de los dos había tomado nada contra el mareo, así que cuando aparecieron sus síntomas no nos sorprendió. Paloma, así es ella, lo superó relativamente bien dadas las circunstancias. Pero lo mío fue un mareo cavernícola y gutural, doloroso, agotador. Dos días vomitando sin parar en episodios regulares a cada hora o cada dos, a base de fuertes convulsiones que, tras los dos primeros desalojos, fueron completamente improductivas salvo por el rastro amargo, ácido y penetrante que dejaba en la boca hasta la siguiente sacudida. No solo no toleraba ningún alimento; tampoco ninguna medicina. Paloma cuidaba de mí, atendía la maniobra y vigilaba en las guardias, sobreponiéndose en todo momento a su propio malestar. Un tesoro.





El resto de la travesía transcurrió con normalidad. Poco a poco fuimos recuperándonos y haciéndonos a los ritmos pausados de un oleaje tendido a favor del viento, en cuyo arrullo llegaríamos hasta las islas Azores. Seguíamos, sin saberlo, una forma de vida en la que lo extraordinario se había convertido en cotidiano.

