Un paréntesis en Madrid

Junio 2022. A veces teníamos la sensación de haber tenido que salir de Madrid para descubrirlo. Los regresos eran siempre erupciones volcánicas arrojando emociones multicolores y candentes, mezcladas con la mirada sorprendida a una ciudad cargada de significado, y a la vez, descubierta -re-descubierta- con cada paso. Habíamos tenido que salir de Madrid, alejarnos, pisar otras aceras, cruzar otras calles, comtenplar otros monumentos y merodear por otras plazas, para llegar a levantar la mirada y dejarnos conquistar por fachadas, ventanales, cornisas, ornamentaciones que siempre habían estado ahí, que siempre nos cotemplaron cuando lo cotidiano nos sumía en el sonambulismo y nos ocultaba esa realidad que la distancia volvía a poner ante nuestros ojos. En el camino por una acera desconocida escuché la voz de un niño dirigiéndose a su padre “¿sabes lo que quiero ser de mayor…?”; no alcancé a escuchar la respuesta, pero la pregunta se clavó en la cantera de los recuerdos y escarbó vertiginosamente hasta extraer la voz de los niños -nuestros niños- que llenaron de alegrías nuestro hogar. Un restaurante, uno más de entre la cantidad descabellada que habían tomado la ciudad, me hundió aún más en la cantera abofeteándome en la mirada con su nombre: “Sueños Benditos”.

En esos días, Nacho y Pilar se casaban por segunda vez. Repetían boda, si es que un evento así es repetible. Pero no quisieron dejar pasar la ocasión de mirarse cara a cara y decirse lo que no pertenece a la cotidianeidad, las palabras que se salen de los discursos diarios, y sin embargo lo que dicen da sentido a la vida. Ellos la viven juntos, comprometidos, enamorados, sólidos en su compromiso como lo son consigo mismos. A nosotros nos encantan las bodas porque son momentos de felicidad compartida a la que nos resulta, no sólo fácil, sino natural, unirnos y participar en comunidad silenciosa. Me resisto a sucumbir a esa pose de indiferencia, a veces de superioridad, mucho más frecuente en hombres que en mujeres, como queriendo ocultar unas emociones inapropiadas para las cosas presúntamente importantes y que no sirven para nada. En la de Nacho y Pilar escuchamos y vimos muchas cosas bonitas, pero se me grabaron las palabras de él cuando, dirigiéndole sus votos a ella, le decía que no sabe por qué la quiere, pero que cree haberlo hecho siempre, y que siempre será así, incluso tras la muerte, cuando sólo sea polvo, pero “polvo enamorado”.

La celebración nos conmovió, porque así es cuando pasas las yemas de los dedos sobre la felicidad de alguien querido. El gozo no se reducia a ellos. Abarcaba a todo su universo afectivo. Nuestros hijos, también en ese universo de los Pinedo, nos acompañaron a la celebración, a pesar de que Manu apenas mantenía el equilibrio en el torbellino de emociones que le tenía en vilo entre la tristeza y la nostalgia. Había empezado a trabajar hacía solo un par de meses en los que los pocos pasos que había dado ya le formulaban grandes, muy grandes, preguntas existenciales, de esas que es mejor no hacerse, salvo que uno esté dispuesto a cambios radicales o a mentir frente al espejo. En esa turbación, los cinco fuimos uno con el dolor de Manu, haciendo nuestra su penuria que intentamos amainar bombeando amor por todas las mangueras. Lo demás quedaba en manos del tiempo.

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