Portimao otra vez…

Julio 2022

Enri era de Camerun. Trabajaba embarcado en una nave que su dueño alquilaba a la armada de Nigeria para labores de patrulla costera, y que habían traído a Portimao para labores de mantenimiento. Dos barcos de semblante militar se acostaban, uno con otro, y ambos contra el muelle del varadero de Portimao. El tercero en la fila era un yate a motor grande al que nosotros, los cuartos, también nos abarloamos. Cada vez que teníamos que bajar a tierra habíamos de transitar por tres cubiertas, al principio desconocidas, con diferentes alturas y concebidas para fines distintos. No dejaba de ser una incomodidad, pero a mí me producía una sensación inexplicable de intensidad vital, pensando en lo diferente que era para nosotros algo tan cotidiano como salir a hacer compra, frente a la experiencia del resto de la mayoría de la gente. Desde nuestra cubierta hasta el muelle habíamos de subir o bajar escaleras, saltar de un barco a otro, superar la barrera de guardarrailes, saludar a marineros cameruneses, como Enri, y lituanos y rusos a los que terminamos saludando con la misma familiaridad -diría yo que más- con la que se saluda a un vecino en el ascensor.

Aquellos días fueron la oportunidad de visitar Alvor, aprovechando la visita de Juanma y Almudena. Allí no había fondo suficiente para el Alendoy, por lo que hubimos de fondear en la misma entrada del canal que daba acceso a la ría abierta por la desembocadura del río. El paraje era precioso, como debío serlo el pueblo antes de que la descabellada oferta turística convirtiera sus calles en un catálogo de restaurantes y tiendas de souvenirs, desde donde la combinación de músicas y luces resultaban en un espectáculo grosero de ruido y bullicio. una escenografía lamentable para un escenario muy bonito.

Otro día condujimos hasta Carrapateira y la playa de Bordeira. Esta es una duna inmensa por la que se camina un largo trecho antes de llegar a ver el mar. Finalmente se lo encuentra, enfrascado en caricias a una arena blanca, atlántica, luminosa. Una belleza, que sigue siéndolo porque parece haber sido colonizada solo por surferos y curiosos que desembocan en esta esquina de la mano de motivaciones más que dispares, pero que comparten algún tipo de amor por la naturaleza, bien porque lo trajeran, o porque lo desarrollaran en el encuentro con esta esquina de Europa.

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