
Mayo-Junio 2022. Hace años escuché a un experimentado piloto de líneas aéreas decir que su trabajo se resumía a múltiples horas de intenso aburrimiento, y esporádicos episodios de mucho miedo. Creo que había olvidado los sueños por los que un día quiso ser piloto. Entre el aburrimiento y el miedo, el mar ofrece momentos -siempre más infrecuentes de lo deseado- de total armonía. Son esas ocasiones en las que el mar respira profundamente por sus olas, el viento infla las velas con determinación pero sin exceso, la luz concede nitidez a cuanto toca, la temperatura se confabula con el cuerpo y sus necesidades, y todo, sencillamente, parece reconciliado para siempre. Pues, bien, nuestra segunda travesía desde Rota hasta Portimao resultó ser todo lo contrario… La previsión había anunciado viento a favor, pero eolo, caprichoso, soplaba y callaba en una alternancia exasperante; las olas, levantadas por el viento del día anterior, no se correspondían con la intensidad del que teníamos, haciendo zozobrar el barco y desventando las pesadas velas que no llegaban a inflarse; cada vez que caía el viento arrancábamos el motor; cada vez que arrancábamos el motor, caía el viento; y así en una sucesión tediosa y odiosa. Y por si fuera poco, aparecieron las orcas…

Navegábamos en las penosas condiciones descritas, en aquel momento con más ola de la deseada para el encuentro que se nos avecinaba. Por la amura de babor vimos con toda claridad el lomo grande y oscuro, de aleta inconfundible, que indicaba la visita de cetáceos.
“Tenemos visita” le dije a Paloma que saltó como un resorte y con una determinación asombrosa soltando instrucciones a diestro y siniestro. No cabía ningua duda de las intenciones del animal cuyo curso se trazaba con precisión hacia nosotros. Inmediatamente arriamos velas, apagamos todos los instrumentos y encendimos motor para virar 180 grados y avanzar hacia atrás. El animal era grande y rápido. Se cruzó en nuestro camino, fue a popa, luego nos paso varias veces por debajo apareciendo inesperadamente a un lado u otro de la embarcación, hasta hacernos dudar de si se trataba de un solo ejemplar o venía acompañado (punto que no pudimos confirmar). Yo sujetaba el timón de manera que si lo golpeaba no me provocase ninguna lesión, lo que deificultaba las maniobras. Paloma actuaba en las escotas y enrolladores con precisión quirúrgica y rapidez deportiva. Entre el miedo y la concentración, sentí una ola de amor por ella que me congestionó la garganta. El animal, pasado un rato, pareció perder el interés por nosotros y no volvió a emerger de su última inmersión. Recuperamos la compostura -que no habíamos llegado a perder plenamente- regresando a nuestro rumbo con la confianza de que la anécdota había concluido. No fue así. Instantes más tarde, el mismo animal estaba nuevamente con nosotros, pero esta vez pudimos prestarle más atención y confirmar que su lomo era de un gris muy oscuro, pero no negro como el de las orcas; tampoco había blancura ni en la mandíbula inferior ni en el pecho, como tan distintivamente lucen las orcas; y su aleta era más bien redondeada que puntiaguda. Lo único que parecía coincidir era el tamaño. No se quedó mucho tiempo con nosotros antes de desaparecer definitivamente, ocasión que aprovechamos para consultar un catálogo de especies mediterráneas donde confirmamos que se trataba de una marsopa. Es un animal muy parecido al delfin en sus formas, salvo por la cabeza, redondeada como la de la orca, en vez de con morro puntiagudo, pero mucho más grande.
El animal desapareció, pero no la impresión de su encuentro. Con ésta llegamos de madrugada a Portimao, soltamos el ancla y nos entregamos a un necesario descanso que transcurrió entre el arruyo del movimiento del barco y las imágenes vivas de nuestra aventura.

