Crónicas del Varadero II. Portimao

Octubre 2021-Febrero 2022. Habíamos llegado a Portimao con la idea de dedicar las próximas tres o cuatro semanas a los trabajos abordo que habíamos planificados. Casi cuatro meses después, el barco seguía en el varadero, seco desde la quilla al tope del palo, recibiendo atenciones más allá de las previstas cuando salió del agua.

La varada fue a mediados de octubre; teníamos previsto un viaje a Jamaica para mediados de noviembre. Al principio creímos que en ese plazo nos daría tiempo a todo, pero no fue así. Decidimos dejar Alendoy en el varadero durante nuestra semana en el Caribe, y retomamos el trabajo convencidos de que la Navidad sería el límite. Tampoco sucedió. Regresamos a Madrid para las fiestas aún sin haber terminado los proyectos de abordo, y desde que regresamos en los muy primeros días de enero, anduvimos diciendo (y pensando) que en dos semanas más, tres a lo sumo, estaríamos de vuelta en el agua. Tampoco. Terminó enero, llegó febrero y a mediados de mes, incrédulos, dudábamos de si conseguiríamos el regreso a flote antes de marzo. ¡Menos mal! El día de los enamorados lo pasamos abordo, fondeados frente a Praia Grande.

Portimao es una fea ciudad (muy fea, de hecho) en un lugar precioso. La desembocadura del río se ensancha según se aproxima al mar, convirtiéndose en una extensa ría a la altura de Portimao. A un lado, la ciudad, al otro el pequeño pueblo de Ferragudo, con su castillo de propiedad privada, y las arenas ocres de Praia Grande. En medio, el Parchal, donde amarra la flota pesquera, junto a una amplísima zona de varada donde centenares de barcos descansas sobre cunas y postes como pacientes pasivos a quienes especialistas de todas las ligas les hurgan las entrañas. Mecánicos, pintores, carpinteros, jarcieros, veleristas, soldadores, tapiceros, instaladores de todo tipo de artilugios, técnicos y especialistas, asistentes y genios, se agrupan entorno, dentro, sobre y bajo las embarcaciones con movimientos precisos que desde una altísima altura, les harían parecer hormigas bregando con la captura que deben portar a su nido.

Durante los meses que estuvimos allí, los días se sucedían con una rutina irrefrenable que comenzaba cada día a las ocho de la mañana y terminaba a la caída de la tarde, cuando la falta de luz nos echaba del varadero, y retornábamos al apartamento que teníamos alquilado frente al restaurante A brasa, cuyo “frango piri piri” (pollo) no tenía parangón. Y así, todos los días, siete días a la semana, durante cuatro meses.

Las mañanas iluminaban el este en nuestro camino hacia al varadero por el largo puente que cruza la ría. Esa luz brillante, nítida, apastelada a veces por nubes altas, iluminaba los puentes del lado norte con una precisión quirúrgica. Las tardes, siguiendo el camino de vuelta, exhibían crepúsculos de invierno tibio, sin más frío (tampoco desdeñable) que el de la intensa humedad. Estos regresos combinaban el cansancio por el día de trabajo, con la sensación de progreso, a veces más acentuada que otras, mientras perpetrábamos el asalto a la valla con cuya violación ahorrábamos un par de kilómetros de caminata.

Los varaderos parecen tener su propio pálpito. Maquinaria y personas participan en un ritual que gira entorno a las embarcaciones a las que cuidan, miman y embellecen como si se tratara de templos sagrados. En algunos varaderos los propietarios pueden trabajar sobre sus embarcaciones; otros limitan la actividad profesional a técnicos autorizados. Antiguamente se veía con naturalidad que algún propietario viviera abordo durante su estadía en el varadero, pero poco a poco, dicha práctica ha venido siendo erradicada por causa de los accidentes sufridos por personas poco preparadas para subir o bajar por escaleras empinadas hasta las nada despreciables alturas a las que se elevan las regalas cuando los barcos están apuntalados. El de Rosa, Cabral y Soares aún lo permitía, motivo por el que en la explanada donde descasaba Alendoy había una exigua pero interesante comunidad de habitantes, cada cual con su historia singular que compartir: Rita y Walter, los profesores alemanes de instituto que dejaron sus clases de religión e inglés, respectivamente, para circunnavegar el mundo; Peter y su madre octogenaria, también alemanes, con muchas millas acumuladas a lo largo de años navegando por ambas orillas del Atlántico; Julio, portugués casado con turca, que habiendo vivido en Bremen, había regresado a su tierra natal, que reparaba su catamarán traído desde el Caribe y que nos compró la antigua cadena del ancla; Bernardino, mecánico, que no vivía a bordo de su barco (un velerito muy pequeño para ello), pero que pasaba sus días en la caseta donde acumulaba herramientas y motores, y con quien se podía hablar fluidamente en media docena de idiomas; además de otros personajes que no llegamos a conocer más allá de los saludos de rigor al cruzarnos por allí. Unos más y otros menos, todos dejaron una huella en nuestro recuerdo que probablemente se diluya a medida que los años y la distancia apastele las imágenes que tan nítidas nos resultaron entonces. Caso aparte es el de Jonas y Sophie, los suecos de Lady Annila. Ellos nos llevaron a Portimao, y gracias a ellos pudimos acometer -y salir airosos- la cantidad amplia de proyectos en los que trabajamos para poner nuestro barco a punto para lo que fuera.

A los anteriores se sumaban los personajes del propio ecosistema del varadero: Paulo, hijo de uno de los tres ancianos dueños del varadero, encargado de la gestión del mismo, y de la de los socios aferrados a sus costumbres y tradiciones como quien se aferra a verdades inmutables; Vasili, rumano afincado en Portugal que llevaba su propia compañía de pintura, fibra y reparaciones; Rui, el joven soldador tímido, bajito, cordial y trabajador; entre otros que tuvimos la enorme fortuna de no tener que conocer.

Pocos días después de haber sacado el barco y de haberlo apuntalado, llegó la grúa que habría que bajar nuestro palo mayor. Cuando lo vimos suspendido de aquella enorme máquina, nos parecía imposible que hubiésemos llegado tan lejos en el propósito de acometer personalmente el mayor número posible de proyectos. La gigantesca extremidad pendía de un único punto de sujeción a la gran grúa y arrastraba una maraña de cables, cabos y conexiones que me hicieron ver lo que sucedería con todos sus afluentes, veredas y puentes si por arte de magia se levantara por un punto de su curso a un gran río. Cuando acostamos el palo al lado del barco, parecía descansar del estrés, y en ese reposo empezamos a desvestirlo de sus anclajes y ataduras, y a trabajar en las partes deterioradas de su pintura. Le hicimos muchas cosas además de sanear la pintura (tarea prolija por la gran cantidad de manos de imprimaciones y pinturas diversas): cambiamos antenas, cables de antenas, jarcia de labor, jarcia firme, tornillería, arraigos y sujeciones, frenos, luces, y un sinfín de pequeños detalles, todos los cuales consumían tiempo del que la meteorología nos dejaba disponible. Algunos días eran perfectos por no haber viento, pero la humedad era demasiado intensa para las pinturas; otros, más secos, estaban vetados por un viento intenso que solía aparecer repentinamente a partir del mediodía. Cuando viento y humedad se aliaban a nuestro favor, los proveedores estábamos en manos de proveedores, algunos extranjeros, cuyos pedidos no siempre eran puntuales.

Jonas siempre estuvo con nosotros. Nos acompañó en todo momento dándonos consejos (o directamente instrucciones) de qué hacer en cada momento, y respondiendo pacientemente a todas y cada una de las decenas de preguntas, dudas y consultas que a diario le íbamos formulando sobre el sinfín de temas que abordábamos en nuestros trabajos. Estos no se limitaron al palo; además trabajamos con los enrolladores de todas las velas (mayor, mesana y Génova), con la hélice, la red de comunicaciones de abordo, instrumentos de navegación, casco y obra viva, maderas de cubierta… más las que la memoria se ha encargado ya de dejar en alguna esquina del recuerdo, demasiado oscura como para ver qué esconde.

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