Asediada por las playas. Rota

Febrero-Marzo 2022. Andalucía es un territorio encantado. También lo es encantador. Cualquiera de sus esquinas ofrece algo que no justifica el esfuerzo de buscarlo, pero que compensa con creces haberlo encontrado. Habíamos pasado casi cuatro meses en Portimao, una gota urbana de interés en un mar de ciudad anodina, de esas que crecen sin alma, con el único afán de mirar al mar, acercarse a la playa, constituir una oferta turística interesante, en definitiva, que mantenga la secuencia sístole y diástole de una industria dedicada a quienes buscan convertirse durante una semana o quince días, en las personas que en realidad no se atreven a ser. Esto estableció un punto de referencia muy radical a la hora de desembarcar en Rota, no menos afectada por el traumatismo turístico de cada temporada, pero con el acento, colores, sonidos y dejes de la Andalucía gaditana, entre escolleras de historia, olor, costumbre, hedonismo.

Nos quedamos en Rota desde finales de febrero hasta finales de mayo, meses que transcurrieron bajo el soplido a veces perturbador de los levantes desatados, junto a las gigantescas embarcaciones bélicas del puerto militar, bajo el castillo de Luna donde los Reyes Católicos pusieron pie e hicieron parada, cerca del Bodegón del Gato que tanto alivio nos trajo con su sencillez y su autenticidad. Acodado en su barra, uno de sus camareros nos explicaba con la pedagogía de quien a quien no le cabe ni la menor duda la diferencia entre un vino solera y una manzanilla “…la diferencia es que no tienen nada que ver, porque una solera es una soleta, y la manzanilla es distinta, ósea que no se parecen en nada, y eso es precisamente lo que los distinguen, que son diferentes, y por eso no tienen nada que ver uno con el otro…” Ole, pensábamos para nuestros adentros ante su explicación.

Rota es una esquina que culmina en su puerto, bajo los dos faros, el antiguo, vestigio de otros tiempos y más que superado en altura por construcciones posteriores, y el nuevo que se yergue majestuoso como una columna de Hércules. A uno y otro lado, dos grandes playas flanquean la villa, la del este mira a la bahía de Cádiz y termina en la escollera del puerto militar. La del oeste es un arenal interminable, amplio y luminoso, que avanza haca el norte hasta Huelva, y más tarde Portugal. Desde esta esquina donde empieza o termina la bahía gaditana, se mira cara a cara a la ciudad milenaria, la tacita de plata.

No sabríamos decir qué hay que ver en la ciudad de Cádiz, pero sus calles tienen el encanto de la belleza no pretendida, la estética uniforme de un lugar al que la historia le ha dotado de carácter, sin que las arrugas de la edad induzcan en la mirada la idea de vejez, sino la de sabiduría. Cádiz tiene embrujo, tiene duende; es auténtica hasta el punto de resistir con su personalidad las arremetidas del turismo que aún solo han podido llegar a contemplarla sin transformar su esencia.

En los meses en Rota visitamos, además de Cádiz, el Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda, la aldea de el Rocío, Setenil de las Bodegas, Jeréz de la Frontera… Por las calles de Jeréz aún podían verse a esos señores de toda la vida, de gesto serio, mirada firme, con las manos sobre un bastón que en sus manos se convertía cetro, y esos sombreros clásicos, andaluces de toda la vida, que en ellos parecían coronas. Fuimos varias veces, siempre en tren, hipnotizados por un paisaje que, de tan familiar, parecíamos no ver, pero cautivados por el sentido profundo con que arraigaba en lo más hondo de nuestro ser, anclado allí por nuestra genética, por nuestros ancestros, por la cultura de la que éramos parte involuntariamente, sin haber notado nunca la herida indeleble que haber nacido español y de origen andaluz, había provocado en nosotros. Visitamos las bodegas de González Byass, una ciudad dedicada al vino fino, nos enamoramos del trote de los caballos cartujanos en el espectáculo de la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre, nos perdimos por sus calles, los tronos de esa Semana Santa de costaleros y bandas de música y llegamos incluso a visitar la feria del caballo de Jeréz. Apenas habíamos entrado en el “real” de la feria, cuando ya nos estaba arrollando la onda expansiva de una incomprensible explosión de color y luz. Las casetas, abiertas a los visitantes, eran una invitación a la risa, a la conversación, incluso con desconocidos, a la broma; las calles eran un ir y venir constante de coches de caballos con tiros engalanados con los mejores aperos, caballos de estampa divina, jinetes trajeados al estilo andaluz. Los trajes de flamenca se confundían con los arreglos de flores, en una danza de pétalos y faralaes que confesaba un amor secreto.

En los días de Rota aprovechamos para viajar a Lucena y respirar familia y pueblo. La visita, como siempre, nos conmocionó con un bombardeo de cariño que siempre deja contusiones más allá de lo que se pueda prever. Lucena iba a ser el punto de encuentro con mi hermano y su familia para dejar las cenizas de mi padre bajo el olivo en el que ya descansaban las de mi madre. Lo hicimos en una mañana de primavera, con la honda luz que durante siglos cautivó a judíos, musulmanes y cristianos, respirando ese aire que embriagó de amor a mis padres, entre ellos y por su tierra, hasta converger en el germen de la familia a la que mi hermano y yo vinimos al mundo. Teresa había traído unas plantas de campo (tomillos y romeros) que suplieron con infinita más elegancia cualquier símbolo religioso que pudiera agredir con su arrogancia la belleza del lugar. Y así, juntos, distintos, unidos, emocionados pero serenos, cada cual dijo lo que quiso o pudo sobre el hombre que nos dio la vida, dirección y sentido, y cuyos los valores, sin saberlo, nos convirtieron en quienes somos. 

Regresamos a Rota pasando por Madrid, todo en el mismo día. Justo cuando se cumplía un año de la muerte de mi padre, el de nuestro amigo Jose había fallecido. El pésame nos supuso unos cuantos kilómetros de más, pero valió la pena. Fue un viaje rápido, relámpago, muy distinto del que nos llevó hasta Lucena desde Rota, que aprovechamos para visitar un pueblo desconocido y sorprendente: Setenil de las Bodegas. Se extiende cómplice con el pequeño río al que sigue y abraza, encajado en el cortado que los siglos han ido labrando hasta completar un cañón, a veces amplio, otras angosto, cuyas paredes son evidencia de la insignificancia del tiempo humano frente al geológico. Pero cuando la roca ha querido poner límites a la expansión del pueblo, este se ha incrustado en sus hendiduras como hacen las raíces de la hiedra en las irregularidades por las que trepa, hasta fundirse sin dejar rastro de su condición de huésped. Así, en Setenil hay calles flanqueadas por sendas hileras de casas, pero sobre las cuales en vez del cielo abierto, uno se encuentra con un techo mineral que parece haber alcanzado las viviendas como si de olas pétreas se trataran en un mar rocoso. La impresión es única; el espectáculo, incomparable.

Volvimos a Rota para un último encuentro con sus enormes playas, las mareas infinitas que dejaban marcas de hasta tres metros en los flancos de los rompeolas, y gracias a los cuales los romanos idearon “los corrales” para cosechar pesca, como se hace, en otra cadencia, con la agricultura. En esos días nos visitó Ana, Doña Ana, la madre de Paloma, con su pequeña maleta y su enorme elegancia, para pasar unos días con nosotros. Solo tres para no correr el riesgo de que lleguen a ser demasiados. Las jornadas justas, bien medidas, calculadas con la precisión de quien sabe de la vida, y además sabe vivirla. Disfrutamos mucho con ella, de su buen humor, del bagaje que le ha dejado el hecho de haber sido siempre, y continuar siéndolo, una sabia en esto de vivir.

Así nos despedimos de Rota, de sus calles blancas, de su luz infinita; tomamos los últimos vinos de la Palomino y zarpamos hacia el oeste.

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