
Octubre 2021. Tras el paréntesis francés regresamos a Rota. Un día en Puerto Sherry para que Antonio, de velas Climent, nos terminara el cierre de la bañera, y zarpamos rumbo noroeste hasta Sanlúcar de Barrameda. El pueblo, bañado por el Guadalquivir, asomado cada amanecer al Coto de Doñana, plano y blanco, como debe ser en Andalucía, tenía un aire fronterizo, de fin del mundo, que nos resultaba enormemente atractivo. Pero quizá lo más singular de entre sus recovecos típicos y sus rincones pintorescos, es el olor a vino de la zona que asalta a los sentidos según se pasea por alguna de sus calles. Su famosa “manzanilla” es una delicia que no tiene nada de infusión, pero también reconfortante, aunque por vericuetos bien distintos por los que alcanza las teclas del placer y las hace sonar con melodías andaluzas.
Desde que salimos de Cádiz anduvimos muy atentos al efecto de las mareas. Era una experiencia muy nueva para nosotros, acostumbrados a la estabilidad de las sondas mediterráneas. En el lado atlántico, sin embargo, las mareas podían subir dos y tres metros, condicionando absolutamente tanto el acceso y salida de los fondeos, como los lugares donde soltar el ancla. Cualquier descuido podía traducirse en una fuerte corriente en contra, o una varada indeseada que dejara al barco inerme frente a los elementos. Esto se nos hizo especialmente evidente en Sanlúcar por estar en el mismo cauce del río. Allí nos vimos lidiando con corrientes de salida del río, las entrantes de la marea, las pleamares y bajamares según el momento del día, y sus correspondientes efectos en la profundidad, más los efectos que pudiese producir el viento según desde dónde soplara. En ocasiones nos encontrábamos con la proa orientada en la misma dirección que seguía el viento, recibiéndolo por la popa; otras, en aguas turbulentas, movedizas, inquietantes en sus convulsiones.










Desde Sanlúcar surcamos el Atlántico ibérico sur hasta el estuario de Isla Canela e Isla Cristina. Otro reto de corrientes y sondas, pero esta vez con mucho más tráfico de pequeñas embarcaciones en tránsito a los puertos de la zona (incluido el de Ayamonte, río arriba), por un lado, e islas de arena que aparecían y desaparecían del paisaje según la marea estuviese alta o baja. Allí esperamos a la pleamar para poder entrar en el puerto de Isla Canela. Pasamos un día tranquilo paseando los 12 kilómetros que nos llevaron hasta Ayamonte, haciendo tareas abordo, disfrutando de la belleza de una playa inmensa, fina, rica en vegetación, atlántica.
Isla Canela había sido nuestro último destino español. Al día siguiente arribamos al estuario de Faro, primer punto de recalada en aguas portuguesas. Era una escala de descanso en nuestra ruta hacia Portimao, donde no hicimos más que eso: descansar en el enorme espacio que bifurca las aguas de Culatra y las del propio Faro. Salimos de allí a la mañana siguiente con aguas efervescentes en la misma boca del estuario por causa del mar y del fondo que en aquella zona tiene una orografía muy extraña. A menos de media milla de la entrada, la profundidad pasa bruscamente de 60 metros a entorno a una decena, levantando grandes masas de agua que tropiezan con dicha pared submarina. Pero inmediatamente después, justo antes de la entrada, se encuentra un pozo de boca grande que vuelve a descender desde el fondo del mar a una profundidad de 40 o 50 metros.



Bastó una mañana para llegar a la entrada del río que da acceso a la ciudad de Portimao, a unas 20 millas del Cabo de San Vicente en el extremo suroeste del continente europeo. Nada más entrar, largamos ancla sobre el fondo de arena, abrigados por el espigón, donde pasaríamos los próximos días hasta la suspensión del Alendoy en el varadero de Rosa, Cabral y Soares, en Parchal, para cambiar la jarcia firme, y dejarlo listo para lo que quisiera que el futuro nos deparara a partir de entonces.

