La encrucijada de los mundos. El Estrecho de Tarifa

Septiembre 2021. El verano de 2021 había sido testigo de múltiples interacciones de veleros con manadas de orcas atlánticas por la zona del estrecho -mal llamado- de Gibraltar. Hay que reconocer a los británicos esa querencia a adueñarse de lo ajeno hasta el punto de retorcer la geografía a su antojo, haciendo que el estrecho de Tarifa, que es donde en realidad se estrecha el encuentro del Atlántico con el Mediterráneo, sea conocido como estrecho de Gibraltar, que no deja de ser una más de las bahías mediterráneas, por mucho peñón que conserven allí los británicos.

La mayoría de dichas interacciones se habían producido al oeste del estrecho. En ellas los mamíferos se aproximaban por la popa a las embarcaciones, mayoritariamente veleros de esloras inferiores a quince metros, y les mordían la pala del timón hasta arrancarla o dejarla inútil. Los biólogos marinos no tenían una explicación, aunque de todas las hipótesis parecía sostenerse mejor la que proponía que el comportamiento de los cetáceos, lejos de ser agresivo, consistía más bien en una “práctica” para que los ejemplares más jóvenes se entrenaran en la caza de atunes, mucho más rápidos que ellos, a base de aproximárseles a tientas hasta alcanzarles la cola, arrancársela y terminar “la faena” sin posibilidad de que huyeran.

El fenómeno, también registrado en aguas de Galicia, había dado lugar a la prohibición del tránsito de veleros pequeños por una zona comprendida entre Barbate y el cabo de Trafalgar. Esta circunstancia había sembrado la preocupación en nuestras mentes, ya que nos proponíamos llegar a Tarifa para decidir allí, en el encuentro de los dos mundos -el clásico bañado por el Mediterráneo y el nuevo e inmenso del Atlántico- hacia dónde encaminaríamos nuestros pasos de cara a la siguiente temporada: ¿este, de regreso a Gracia, quizá por la costa norte de África, hasta Creta, Chipre e Israel…? ¿u oeste, hacia Canarias y más tarde el Caribe? Teníamos una secreta tendencia hacia el oeste de la que no queríamos hablar hasta llegar a ese punto desde donde miraríamos ambos puntos cardinales.

Avanzábamos rumbo suroeste siguiendo la costa gaditana cuando a la altura del Peñón, este sí, de Gibraltar, empezamos a notar un comportamiento extraño en el agua. Los movimientos de su superficie resultaban inusuales comparados con los que normalmente se observan por el devenir de las olas. Sabíamos que sería así, incluso que empeoraría, según nos fuésemos acercando a la zona del Estrecho donde una enorme masa de agua entra por la angostura entre los dos continentes teniendo además que superar la barrera, como si de una muralla se tratara, que se yergue bajo el agua, mientras, por otra parte, las corrientes de viento avanzan por la superficie en dirección contraria en busca del mar océano. Por si este panorama no fuera de por sí suficientemente complicado, todo el tránsito mercantil que une el sur Europa y norte de África con ambas Américas se desplazaba a grandes velocidades en ambas direcciones, entre aguas jurisdiccionales de dos países distintos, uno europeo y el otro magrebí, entre los cuales las distancias culturales los separan muchísimo más que las pocas millas entre sus respectivas costas. Y para colmo, el riesgo de encuentro con orcas…

Así nos acercábamos cuando el viento saltó con una furia inusitada. Alcanzó los 40 nudos, nosotros con un poquito de Génova y algo de mesana, y así permanecimos cuando llegamos a los 45 y hasta 48 sostenidos con rachas de 50 que llegaron a alcanzar los 52 nudos. El barco parecía volar en aquel vendaval que nos llevó hasta Tarifa como si levitáramos. Afortunadamente soplaba a favor, no así la corriente que se desplazaba en dirección contraria con una intensidad nunca vivida por nosotros y dando lugar a la paradoja de desplazarnos a una velocidad sobre la superficie del mar de hasta 12 nudos, muy distinta de la que teníamos con respecto al fondo, de apenas 4 o 5 nudos. Era como subir por unas escaleras mecánicas que descienden. Éramos muy rápidos sobre un mar que avanzaba en dirección contraria a la nuestra. Este efecto se pronunció aún más en el momento de doblar la punta de Tarifa, donde nos recibió un oleaje corto, rápido, rabioso, erizado como la espalda de un felino amenazante. Nunca habíamos visto el mar así. Pujaba de vida, vigoroso, como enervado por una tensión vibrante, eléctrica, sobrecogedora.

Nos pareció impensable intentar un fondeo en aquellas condiciones, por lo que continuamos más allá del verdadero Estrecho poniéndonos enseguida al abrigo de la costa atlántica de Cádiz. Pronto las olas crecieron según avanzábamos hacia el oeste. El dispositivo de separación de tráfico del Estrecho nos obligó a un par de violentas trasluchadas con las que evitamos acercarnos al tránsito de los imponentes cargueros, manteniéndonos cerca de la costa donde los encuentros con orcas se presumían menos probables.

El viento no parecía ceder cuando entramos en la bahía de Barbate. La tarde empezaba a caer ante el despliegue nocturno sobre un crepúsculo nítido, pero la tregua no llegaba. Y de repente, como si se hubiese precipitado por un vació vertical e insondable, el viento cayó, aunque dejó una ola grande, imposible de asumir en el fondeo que debía darnos descanso en la noche. Así que entramos en el puerto. Cansados del largo, intenso y variado día de experiencias, atracamos. Pero aún no podíamos dar la jornada por concluida. Teníamos el compromiso con la Real Liga Naval Española y la Real Asociación de Capitanes de Yate, de grabar una conferencia para su ciclo de la nueva temporada; aquella noche era la fecha límite para hacer y enviar la grabación. Al día siguiente entramos en la zona más peligrosa por el alto riesgo de encuentro con orcas, así que, siguiendo las instrucciones que la autoridad marítima había difundido, la hicimos solo a motor, evitando la zona de exclusión, cerca de la costa, sin visibilidad de las sondas de abordo que debían ir apagadas, muy atentos a la popa por si aparecían y debíamos parar máquina, y a los accidentes del litoral. Tuvimos suerte. Entramos en la gran bahía de Cádiz aliviados de salir de la zona de alto riesgo, deleitados por el embrujo de la ciudad milenaria, directos al fondeadero bajo el puente donde nos esperaban nuestros amigos del Lady Annila.

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