El escenario de una decisión. Cádiz

Septiembre 2021. Jonas y Sophie son dos suecos voluminosos con una interesante historia personal que combina fortunas y quiebras, éxitos y descalabros, risas y lágrimas, las más amargas de todas, las derramadas por su hijo Viktor, fallecido un par de años antes de conocernos, por causa de un tumor cerebral. Supongo que por ello, y a pesar de su estar jovial y agradable, siempre me parecía vislumbrar una sombra de tristeza tras sus semblantes. Ellos no conocían Cádiz, y pese a ser buenos aficionados a la comida, les costaba trabajo dar con buenas propuestas dada la dificultad idiomática sumada a su imposible de disimular aspecto de guiris. Así que les adoptamos para recorrer las calles de “la tasita de plata”, comer como dios manda, y compartir anécdotas y aventuras de Lady Annila y Alendoy.

Fue con ellos con quienes tuvimos Paloma y yo la conversación que habíamos venido postponiendo desde Grecia y que debía ser a solas, y en Tarifa. Al final, ni a solas ni en Tarifa. En nuestro ánimo había una inercia clara a favor de continuar nuestro viaje hacia Canarias, y más tarde saltar al otro lado del Atlántico, pero las opiniones -bien informadas- de Jonas y Sophie nos hicieron postponer el plan hasta el año siguiente. El principal problema lo planteaba la situación que se vivía por causa de la pandemia del Covid. No era frecuente encontrar buenos sistemas de salud pública en los países caribeños, lo que dejaba las alternativas de destino reducidas a tres grandes grupos: los no recomendables por no haber llegado a vacunar a su población y sufrir aún los efectos del virus y su propagación; los que se encontraban en mejores condiciones, pero con normas muy restrictivas de acceso a quienes vinieran del exterior, con largos periodos de cuarentena previos a la entrada; y los que no estaban en ninguno de los dos grupos anteriores, y que constituían por ello el destino elegido por la mayoría de los navegantes que arribaban a la zona, masificándolas y haciéndolas incómodas.

Un par de días después ellos partieron hacia Portimao, su puerto base actual, y nosotros, tras visitas de Antonio, mi sobrino, y de Antonio y Teresa, hermano y cuñada respectivamente, visitamos el Puerto de Santa María, donde nos encontramos con Ángela y Begoña. Más tarde saltamos a Rota, en el otro lado de la bahía gaditana, famosa por su enorme puerto militar y base naval, pero desconocida, al menos para nosotros, en su encanto y personalidad de pueblo costero andaluz. Decidimos que era el lugar perfecto para dejar atracado el Alendoy durante los días que dedicaríamos a viajar a Burdeos, en Francia, a donde nos habían invitado nuestros amigos Bruno y Nathalie, tripulantes de Galatea a quienes habíamos conocido en la isla de Vulcano un par de años atrás.

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