
Octubre 2021. Unos pocos días en Madrid para ver a la familia fueron el preámbulo del viaje a Francia. Nathalie nos esperaba en el aeropuerto, sonriente, cariñosísima, encantada de recibirnos y compartir junto con los amigos israelíes de Gliko, Danit y Roded, y los franceses de Faro, Marie y Francis, los días que teníamos por delante visitando bodegas, “châteaux”, viñedos interminables, la duna más grande de Europa en Arcachón, botellas de vinos buenos, mejores y excelentes.









Los “galateos” nos acogieron en su casa, entre los viñedos de Margoux, una zona que alberga a algunas de las mejores bodegas de Francia, como las de Saint Emilian, famosa por producir el Petrus, uno de los vinos más caros del mundo, con precios cifrados en los miles de euros por botella. Su casa tenía un inconfundible aroma a hogar, cálida, luminosa, grande, dotada del aire rural sin por ello privarse de cultura a raudales en forma de libros, cuadros, instrumentos musicales, antigüedades valiosas y, lo mejor, una enorme cocina que invitaba al parlamento, al deleite, al arrullo de los hogares encendidos, entre vajillas variadas y antiguas, y amplias copas de vino.
A Paloma y a mí nos acomodaron en el molino, que era eso, literalmente, un molino de los de toda la vida, pero sin aspas que obstaculizaran la visión total a través de los 360 grados de ventanales que rodeaban el dormitorio en la planta más alta de la construcción. Los crepúsculos, matutinos y vespertinos, eran invitaciones a la poesía, tentaciones a la pintura, excusas para detenerse y ser. Las conversaciones parecían no tener fin; podían empezar en cualquier tema y terminar, horas después, donde menos se hubiese podido sospechar al inicio, e incluían experiencias, opiniones, sentimientos, preocupaciones, recuerdos, confidencias… siempre con una transparencia asumible entre miembros de una familia bien avenida, pero que, entre personas tan dispares, distantes y distintas, se revelaba como un milagro, y en verdad lo era: el milagro de la amistad.






La bodega, el viñedo y el château de la familia de Nathalie nos dejaron verdaderamente impresionados, uno por su magnitud, el otro por su extensión, el último por su esplendor; y en conjunto por su belleza.








Entre ellos disfrutamos de esa calidez desinteresada de quien persigue el bienestar de otro como resorte del propio placer, solo porque el gozo del amigo alimenta al alma propia. Fue una experiencia preciosa, inolvidable, que todos sabemos de su continuidad, aunque nadie puede predecir ni el lugar, ni el momento, ni la circunstancia.

