Agosto 2021. Torrevieja fue un paréntesis entre esas dos etapas de nuestras vidas: la Mediterránea que nos había llevado hasta los confines orientales de Grecia, y la siguiente, cuyo destino aún nos era desconocido.

Era el mes de agosto, las olas de calor parecían emparejarse a las del mar y la pandemia todavía condicionaba la vida de todo un mundo cuyos habitantes parecían haberse confabulado para congregarse todos en la localidad alicantina. Habíamos decidido hacer allí la varada que veníamos posponiendo desde hacía más de dos años, reparar, instalar nuevos equipos, poner a punto, en definitiva, a Alendoy para la siguiente etapa, fuese esta la que fuese. Y habíamos elegido Torrevieja porque ya conocíamos a los proveedores, teníamos amarre, nos sentíamos cómodos con la sensación de familiaridad de un lugar conocido desde hacía años. Sin embargo, la visión de quienes éramos al regresar distaba mucho de la de quienes marcharon, y que sólo frecuentaban Torrevieja los fines de semana o en periodos vacacionales, siempre, en uno y otro caso, con el mismo plan: embarcar y salir a navegar por unos alrededores que nos resultaban agradables. Así habíamos descubierto Cabo Roig, Tabarca, Cabo de Palos, Cartagena, la Azohía, etc. Pero esta vez, el plan era muy distinto.

El varadero no permitía residentes en las embarcaciones mientras el barco estaba en puntales. Tuvimos, pues, que buscar un apartamento en el conjunto del puerto desde cuya terraza veíamos las cunas de varada, oíamos a las rabiosas lijadoras y hasta olíamos, a veces, los químicos de las patentes, los barnices, las pinturas. Pero más allá del microcosmos en que para nosotros se había convertido el reducido entorno del puerto, apartamento y varadero, el mundo “torrevejense” se nos mostró hostil. Tomamos conciencia que, exceptuando el paseo marítimo, impracticable por la descabellada concentración de veraneantes que por él paseaban, la ciudad era fea, impersonal, carente de más atractivo que el de una buena oferta gastronómica, cosa más que común en la geografía en española.









Así pasamos unas tres semanas dedicados a la muy dura tarea de decapar el casco del barco con Antonio, el pintor, y su hijo, también Antonio, aplicar la patente de silicona de la que tan bien nos habían hablado, instalar sondas, alarmas, nuevo equipo de viento con Damián, reparar motor con Jose, y así en un largo etcétera de proveedores que teníamos que manejar con una difícil combinación de cordialidad y mano dura para cumplir plazos en un mundo de retrasos y parones donde todo iba a otro ritmo, el cumplimiento de los plazos era una aspiración más que un compromiso, el estrés no parecía existir y llegar al final, en no pocas ocasiones, resultaba quimérico.

Transcurrido el tiempo de varada, Cristian levantó el barco para la última mano de patente en la zona de los puntales. Todo parecía bien cuando Alendoy quedó suspendido mientras la pintura secaba, pero a la mañana siguiente comprobamos con sorpresa que las “eslingas” habían resbalado por la superficie de silicona. Esta era el componente principal de un tipo de pintura nueva, muy innovadora por su nulo impacto medioambiental (a diferencia de todas las demás) y su alto rendimiento. Lo que no esperábamos es que el poder de deslizamiento del que ya nos habían advertido fuese tanto como para que ni siquiera las grandes cintas textiles se mantuvieran en la posición inicial. Afortunadamente el mal fue menor, el barco no llegó a caer de la grúa y todo se resolvió con un repaso de pintura.

Salimos casi huyendo de allí. No sólo por lo arduo, intenso y desagradable del trabajo en el varadero, respirando polvo de patente que, en definitiva, no es más que un veneno impregnado en el caso para evitar la adhesión de lapas y otras incrustaciones; también porque habíamos sudado lo indecible en una labor física que extenuaba incluso cuando se utilizaban las lijadoras eléctricas con sus trompas aspiradoras y sus colas de cable, que engullían la patente solo cuando se ejerce presión muscular en sus asideros; sonado por el ruido constante y la atención fijada casi hipnóticamente en el punto de presión del casco, aparentemente inmune a las acometidas de la cuchilla decapante… Salimos de allí huyendo empujados por la necesidad de una brisa marina, de un horizonte límpido, sincero, de unión honesta de cielo y tierra, de belleza simple, de quietud y silencio. No llegamos muy lejos en esa búsqueda. Fondeamos en Cabo Roig, a la vera de Torrevieja, y luego en Cabo Palos (arroz en la Tana), nos pasamos Cartagena (no estábamos como para otra urbe) y seguimos hasta la Azohía a por otra inmersión de naturaleza y belleza.

