
Agosto 2021. Era verano, el barco estaba listo para hacer millas, aunque el cuerpo también nos pedía calma en nuestro avance hacia Tarifa, donde nos habíamos propuesto detenernos para decidir sobre el invierno que acechaba poco más allá de un otoño que se aproximaba con sigilo. Pasamos un par de días en Agua Amarga, con María, la amiga editora de Paloma, y con Jonas y Sophie, otra vez en nuestra ruta según avanzaban ellos en la suya hacia Portugal.

Doblamos el Cabo de Gata con viento fuerte, arreciando según soltábamos el ancla frente a la extensa playa de su lado oeste. Sopló aún con más fuerza al día siguiente cuando fondeamos frente a la bocana de Almerimar, con hasta 35 nudos y rachas superiores. Por la tarde había empezado a amainar. El ruido había decaído sensiblemente, como lo iba haciendo el sol hacia el horizonte. Yo estaba en la bañera con un libro en las manos cuando, al levantar la mirada, vi una neumática negra que se aproximaba a gran velocidad a nosotros con cuatro personas ataviadas como para tomar una fortaleza al asalto: cascos, chalecos antibalas, armas automáticas, cascos, linternas, micrófonos, mascarillas, todo, en definitiva, lo que uno espera encontrarse en la indumentaria de los personajes de una película de acción. “Tenemos visita” le dije a Paloma. Se pegaron a nuestra banda gritando en inglés “Spanish police”. “Somos españoles” dije, tentado de levantar ambas manos en gesto de inocencia. “Somos policía de Aduanas. Vamos a subir a hacer una inspección. ¿Tiene inconveniente?”. ¡Como para tenerlo! A ver quién se iba a atrever a decirles “… pues si no les importa, vuelvan más tarde, que ahora me viene un poco mal…”. Subieron dos agentes musculados, fuertes y jóvenes, probablemente guapos, aunque las máscaras ocultaban sus facciones. Apenas se asomaron al interior, sin llegar a entrar, ya tenían claro que no éramos delincuentes: “estamos buscando algo grande”. Mientras rellenaban sus partes e informes, charlamos un rato con ellos, durante el que nos contaron algo de su trabajo, la variedad de perfiles de quienes trafican, lo inesperado de algunos de ellos tras cuya apariencia, se escondían traficantes en toda regla.

Cuando se marcharon pensaba en la tranquilidad con que habíamos vivido el episodio, no sé si por efecto de la madurez, o por el de la tranquilidad en la conciencia. Delinquir seguramente acorte la distancia entre el deseo y la realidad, pero su efecto en la culpa, presumo pesado.
