Alma eterna. Málaga

Agosto 2021. Salimos rumbo al oeste paralelos a la costa que tantos baños en la playa, juegos en la arena, hogueras nocturnas y secretos inconfesables había guardado de aquellos veraneos de la infancia. Impulsados por los recuerdos, o suspendidos en el tiempo por las emociones que evocaban, llegamos a la ciudad de Málaga casi sin darnos cuenta. Entramos en puerto y atracamos en el muelle principal, justo enfrente del más inconfundible de sus símbolos: el Cenachero.

Las calles de esa ciudad tienen el embrujo de las grandes ciudades andaluzas, pero, además, es de las pocas que goza de la caricia del mar. No habíamos atracado aún cuando ya disfrutábamos de la imagen esbelta de la torre de su catedral erguida sobre la plaza del obispado, junto al paseo de Chinitas y tantos otros rincones emblemáticos.

Paseamos por sus calles, trasladándonos con el recuerdo a aquella otra ciudad que una vez fue, y que luego la reemplazó la pulcritud ficticia, el comercio bullente, la muchedumbre acrisolada de un escenario irresistible para el turismo, sin que por ello dejase de filtrar por sus poros urbanos el alma eterna que la ha definido como una de las joyas del litoral español.

Allí nos encontramos con amigos de siempre: Jaime, Dolfi, Carmina… más que suficientes, pero incompletos por la ausencia de quienes no estaban por allí en esos días.

Zarpamos hacia el sur con el sol radiante y la luz tan intensa que parecía tangible. Recorrimos lo más brillante de la costa del sol: Torremolinos, Benalmádena, Fuengirola, Marbella… nombres que casi resultan más familiares cuando se los pronuncia con algún acento extranjero de tanta afluencia foránea como han venido acogiendo década tras década, dejándose en cada desembarco, en cada concesión para adaptarse a los visitantes, pequeños trazos de su origen humilde, pesquero, fronterizo, hoy tan invisibles como los vestigios inexcavados de sus yacimientos arqueológicos.

Finalmente entramos en el puerto de Estepona, la hermana desconocida, pero más guapa y con más personalidad, de Marbella. Nos visitó el primo Jose Mari, cuya vida, real e imaginada, daría para una serie de varios volúmenes y muchas páginas; también vino Manolo Sieiras, genéticamente marinero, vocacionalmente navegante, personalmente encantador; Juanma  dio una escapada desde Madrid para vernos “que ya hace mucho que no estamos juntos”, decía…; Susana y su familia que hicieron una parada antes de regresar a casa; y Ana, es decir, Doña Ana, la madre de Paloma, siempre una señora, sumándose a una tripulación improvisada con el estandarte de los Figuerola-Ferretti al viento.

Días antes de tanta actividad social habíamos dejado Alendoy en el puerto de Estepona para acercarnos a Lucena y visitar a la familia. Como cada vez que visitamos el pueblo de los padres, la escasa familia que nos une a esa tierra nos propinó una contundente sobredosis de cariño de las que, por muchas veces que las recibas, siempre te dejan sonado, en un estado de etérea felicidad. Las primas y los suyos tienen siempre la casa, los brazos, y el corazón, abiertos a nuestras llegadas, siempre intensas, siempre efímeras, nunca suficientes. Pero sus efectos calan hondo, son duraderos, siempre dulces, dulcísimos.

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