
Habíamos recorrido el Mediterráneo desde casi un extremo al otro y llegábamos, dos años después de nuestra salida, a aguas españolas tocando tierra en Cadaqués, inspiración de los delirios del gran genio Dalí. Después de tanto tiempo fuera, visitando otros países, contemplando otros paisajes, entre sabores, olores, miradas, abrazos y palabras distintas, teníamos la sensación de reencontrarnos con lo nuestro, de vuelta a las sensaciones familiares que nos habían acompañado en el aparentemente lento trayecto entre la infancia y la madurez que llamamos vida. Nada más lejos de la realidad. Los paisajes que en la memoria nos resultaban tan familiares, apenas diferían de los que habíamos visto; los sabores y olores, las luces y reflejos, los cabos y bahías tenían un aire de continuidad de todo lo anterior como si nunca hubiéramos dejado las aguas que recibieron nuestros primeros manotazos aprendiendo a nadar. Los pinos, la roca, el tomillo y el romero, el ajo y el hinojo, el aceite de oliva, el vino y la luz estaban todos en la misma gama experiencias sensoriales que, por una parte pertenecen a nuestra infancia, y por otra, nos han acompañado en los últimos dos años vagabundeando por el mar. Y es que, las más de cinco mil millas recorridas habían transcurrido todas en nuestro mar, el de la historia, el de las aguas profundas y oscuras, el de las playas desiertas en invierno e imposibles en verano, el mar de nuestro pasado y nuestro presente. Por eso nunca nos hemos sentido totalmente ajenos en este largo viaje que nos devolvía a casa con la sensación de nunca haber sido extranjeros. Entre lo descubierto y lo conocido había más similitudes que diferencias.
Este mar que asusta y embriaga, que conquista, contempla y respira como un gigante que duerme y despierta a los sonidos del viento, nos corre por las venas como una sangre azul invisible a las analíticas de laboratorio, pero manifiesta a las miradas de los parientes. “Y qué le voy a hacer, si yo, nací en el Mediterráneo…”.





