
Estábamos en España, pero con una mirada distinta. La vida fuera nos había convertido en forasteros en el exterior y extraños en casa. Quizá lo único que había cambiado era la mirada. Lo que se suponía más próximo lo mirábamos con la familiaridad de ser nuestra cepa, pero al mismo tiempo con la perspectiva que nos había proporcionado el contraste. Así desembocamos en una Costa Brava bonita donde las haya, rica en sabores, coqueta en paisajes, opulenta en historia y cultura, pero un tanto hostil hacia el visitante. Las calas donde se podía fondear estaban tomadas por boyas privadas de pequeñas embarcaciones locales entre las que era imposible soltar el ancla; el precio de las boyas de alquiler estaba por encima -muy por encima- del de los atraques de la glamourosa costa azul que incluían suministros, servicio y, en algún caso como el de Niza, incluso bicicletas eléctricas para visitar la ciudad sin ningún coste adicional. Los primeros puertos que tocamos también tenían precios anormalmente altos, con pocos amarres de tránsito, a veces sin asistencia para el atraque. En algún caso llegaron a reconocer que “su público” era el de allí, y que no les importaban mucho las visitas de otra procedencia.
En una discreta cala, apartada de las más populares, sujetos al ancla bien apartados de la costa, nos quedamos solos en la noche. Alguien subió abordo sigilosamente sin más intención que la de dejar en la cubierta los desagradables restos de su digestión.
El trato con los individuos en tiendas o restaurantes era afable, pero la impresión general, bien por la inaccesibilidad a los fondeos, lo desorbitado de los precios a las embarcaciones en tránsito, la imposibilidad de sintonizar canales de televisión en español (al menos los de TVE), crearon en nosotros la impresión de quien se sabe no bienvenido cuando entra en una casa.
Visitamos lo que pudimos, hicimos parada en El Masnou para ver a nuestros amigos Jaume y Carmen cuyo ejemplo ha sido inspirador desde que les conocimos años atrás, y sigue alentándonos en nuestros afanes; dimos una escapada a Barcelona, ciudad eterna, bella, atractiva donde las haya; paramos en Tarragona adentrándonos en los restos de la Roma Ibérica de otros tiempos, descendimos hasta Calafat, en las proximidades del Delta del Ebro, donde nos encontramos con Laura y Joan Antoni, también circunnavegantes del globo, gente sana y verdadera, y salimos de Cataluña con una sensación de tristeza que preferimos a cualquier otra alternativa emocional que pudiese inspirar aversión hacia una tierra que, personalmente, nos gusta como parte de nuestro país.
Rodeamos el Delta y llegamos a Benicarló apurados por la temperatura de motor por encima de lo normal. Allí nos acogieron con los brazos abiertos, nos facilitaron un amarre provisional en el mismo canal de suspensión en el varadero, encontraron un mecánico para hacer la reparación a primera hora del día siguiente… Fue la primera sensación de ser bienvenidos desde que habíamos tocado suelo español.
Desde entonces, todo se sucedió a más velocidad de lo esperado. En Valencia llegó el mayor de nuestros hijos con Alba, su novia. Al día siguiente fue el siguiente quien embarcara con la suya, Ceci. Y veinticuatro horas después, el pequeño con Isa, completaba el mayor número de tripulantes que nunca habíamos tenido abordo: ocho, contándonos a nosotros.
Encontrarnos con los hijos convierte cualquier ocasión en una celebración especial; hacerlo, por primera vez, con sus novias, era una novedad intrigante; convivir tantas personas en el reducido espacio de un barco donde el orden es más una necesidad que una opción, introducía cierto estrés en los ritmos entablados de nuestra vida abordo. Disfrutamos con ellos, viéndoles como los hombres en que se habían convertido a resultas de un proceso que conectaba la vida de los niños que en su día cuidamos con la de aquellos adultos, mediante un nexo que no podemos encontrar. En algún punto de ese recorrido que llamamos “crecer” los niños se hicieron hombres, pero no sabemos ni dónde, ni cuándo, ni cómo tuvo lugar la metamorfosis.
Llegamos todos juntos hasta Calpe donde nos abrigó el Peñón de Ifach con su imponente silueta (bueno, Manu y Alba nos seguían por la costa en coche para evitar mareos). Luego fue Altea, las despedidas, el vacío de su ausencia, la restitución de nuestros ritmos, las conversaciones entre silencios, las pausas entre palabras.
El silencio no duró mucho porque enseguida lo tomó la visita de Ignacio, Susana y sus hijos. El barco resucitaba otra vez a las voces de la familia que, en esta ocasión, estuvo tildada por la inmersión inesperada que hubo de hacer el hermano de Paloma para encontrar el anillo de bodas que se le había ido a pique mientras bajaba las tablas de padel surf. Milagro, ¡lo encontró!.

Cuando se fueron tras un precioso día de familia, recibimos abordo a Jonas y Sofie de Lady Anilla, cuya ayuda en su día, fue crucial para que hiciéramos el techo rígido de la bañera de Alendoy. Esta pareja de suecos lleva trece años viviendo abordo en los que han navegado por el Báltico, Mediterráneo, Atlántico y Caribe. Su principio rector como navegantes es claro y sencillo: “allways help”.

El día siguiente nos llevó hasta Torrevieja, al puerto desde donde habíamos salido dos años antes entre los emocionantes toques de bocina de nuestros amigos Alberto y Begoña (Pagaza), sujetando como podíamos los jirones que la despedida de Manu nos había dejado en unos corazones ya afectados por el desmantelamiento de nuestra casa en Madrid. Entrabamos en puerto las personas que salieron, pero transformadas; sentíamos el lugar como propio, pero más lejos de nuestro epicentro afectivo. Era, sin duda, el final de una etapa trayendo consigo el inicio, aún indefinido, de la siguiente.

Pocas cosas habían quedado claras entre los muchos aprendizajes de los dos años que separaban nuestra salida de nuestro regreso a Torrevieja: era posible la vida que habíamos probado; había que sacudirse el miedo cuando depositáramos nuevamente la mirada en la siguiente etapa de nuestras vidas.













