
Navegamos de San Remo a Niza un tanto intimidados por el mítico glamour de la costa azul, contemplando como tímidos espectadores esa rivera de oro que aglutina algunas de las ciudades más atractivas para las grandes fortunas de mundo. No nos detuvimos en Mónaco a sabiendas de que visitaríamos el principado por tierra, lo que nos mantuvo proa avante hasta Niza. Allí todo fue una sorpresa. El puerto era bastante más pequeño de lo que esperábamos, la amabilidad de los marineros muy por encima de lo supuesto, la ciudad grande, señorial, muy poblada por jóvenes que irrumpieron en las calles al atardecer de aquel primer día sin toque de queda que coincidía con la celebración del “día de la música”. La interminable bahía de Niza, a pesar de su playa de chinas, mantiene la elegancia de edificios de otro tiempo, cuando la ornamentación se imponía a la funcionalidad. El paseo a orilla del mar es un entretenimiento en sí mismo, plagado de paseantes que caminan, patinan, corren, montan en bicicleta, bailan, se deleitan con la frescura del agua pulverizada desde las pérgolas en su recorrido.
El interior de la ciudad tiene rincones interesantes, como cualquier gran ciudad europea, ahora convertidos en zonas peatonales que, ya sin apenas identidad propia, mantienen el andamiaje del tipismo que necesitan los turistas para la foto de rigor con la impresión de haber penetrado, por el privilegio de quien se aventura al viaje, en un mundo extinguido.
Recibimos la visita de familiares (el primo Jose Mari y Arancha) que volaron desde España para pasar unos breves, pero deliciosos días juntos. Era la primera visita, excluyendo la de los hijos del verano anterior, que recibíamos abordo desde que iniciamos nuestra nueva vida. Con su calor, su alegría, sus gestos de cariño constante, visitamos Mónaco, subimos hasta la inexpugnable Eze, y navegamos hasta Antibes, más al oeste, para encontrarnos con más familia (Juan y Marina). El hermano de Paloma y su familia llevan más de veinte años viviendo en esta ciudad del sur de Francia en uno de los enclaves privilegiados de la zona. El puerto, a diferencia del de Niza es enorme, a pesar de que la ciudad es mucho más pequeña.
No pudimos dedicar mucho más tiempo al encuentro familiar porque el día siguiente traería un viento favorable para ir a Hyers -nuestro destino donde habríamos de hacer algunas reparaciones- que preludiaba un poniente fuerte dos días después contra el que nos habría resultado penoso (en el mejor de los casos) avanzar. La previsión se cumplió. Llegamos a nuestro fondeo al sur de Hyers en contienda contra el viento que arreciaba según caía la tarde, y que se entabló a la mañana siguiente. Aseguramos el fondeo, nos relajamos abordo, esperamos a que pasara.
Al día siguiente llegaron Nacho y Pilar. Para recogerlos, pedimos un atraque de cortesía durante una hora en el puerto de Hyers. Entramos con viento lateral, sin ninguna asistencia desde tierra, Paloma saltando hasta el muelle tan pronto como la distancia lo permitía y pasándome una guía que, mal sujeta en el muelle, atravesaba el atraque de un lado a otro por debajo del casco. Empecé a sospechar que el tiro no era el que debía cuando una fuerza inesperada me arrancó la guía de las manos. Salté a la patronera y paré máquina inmediatamente, pero no a tiempo de evitar que la guía se liara en el eje de la hélice. Al agua. En efecto, todo liado. Hice un intento en apnea, pero la situación era desproporcionadamente complicada para mi capacidad pulmonar. Opté por la artillería pesada: botella, jacket y regulador…
Ya con la hélice libre zarpamos con nuestros amigos hacia la isla de Port Cross a unas pocas millas al este. Entramos en una bahía de aguas profundas, entre pocos barcos, rodeados de una costa boscosa cuyo intenso verdor contrastaba fuertemente con el intenso azul del mar. Allí nos invadió la tranquilidad caminando por sus veredas solitarias entre árboles y sombras que esporádicamente daban una tregua para mostrar un paisaje extraordinario, mediterráneo hasta el tuétano, exclusivo para nuestro deleite en aquel momento. Nos sentimos muy afortunados.
Dormimos al arrullo del silencio, sumergidos en una profundidad dulce de la que ascendimos con la luz de una mañana luminosa. Con viento a favor, zarpamos hasta la isla vecina del Porqueroll. Otro paraíso. Caminos y veredas unían los rincones de la isla como un sistema nervioso vegetal que la dotara de sensibilidad en cada rincón de su geografía. Caminamos por las escasas calles del escaso pueblo a orillas de puerto, sin más tráfico que el de las bicicletas. Compartimos anécdotas y confidencias; preocupaciones y esperanzas; palabras y silencios.
El lunes siguiente teníamos el barco listo para entrar en varadero. Pero no entró. El proveedor de servicios, Seanegies, tenía al frente a una persona, Adeline (Adulan, pronunciado en francés…) que apenas hablaba inglés, cosa que le hice saber con bastante desatino en la desafortunada conversación de nuestro primer encuentro:
- The boat was supposed to be lifted from the water today, but at the yard they said that it will be tomorrow.
- I don’t understand.
- We agreed by mail that the boat would be taken to the hard today, but the guy at the boat yard says that today it’s nor possible.
- Yes… What you mean… Tomorrow, yes…
- But we agreed on today.
- What you mean…
- There’s somebody else here that I can speak about this in English?
- There’s nobody else…
- So, nobody here speaks English…
- Yes. Me.
- That’s nobody…
- Thanks.
Al día siguiente le presenté mis disculpas por lo inadecuado de mi comentario final. Adeline resultó ser agradable y colaboradora, a pesar de sus limitadas posibilidades de comunicación más allá del francés, cosa sorprendente en alguien que trabaja para una compañía que presta servicio a barcos y armadores de todo el mundo.
Salimos de Hyers desilusionados. Habíamos recorrido casi mil millas para llevar al barco a donde se suponía que estaban los mejores especialistas para que nos hicieran las reparaciones que necesitábamos (cambio de jarcia, reparación del casco, instalación de transductor de sonda, etc.), pero bien por restricciones de los suministradores de material, bien por proximidad a parones vacacionales, o bien por sobrecarga de trabajo en plena temporada veraniega, el caso es que nada de lo que habíamos planificado hacer allí había sido factible acometerlo. Así que zarpamos en cuanto pudimos. Hicimos un poco de noroeste contra un viento fuerte en la proa que parecía estar preparándose para azotarnos a la mañana siguiente, y aproximarnos así a Toulon con la esperanza de conseguir mejor ángulo en la travesía. Sufrimos más de lo que logramos. Así que decidimos soltar el ancla en una pequeña bahía, abrigados del rugiente viendo, y descansar las pocas horas que nos separaban del amanecer. Con la primera luz levamos el hierro y salimos bien rizados al encuentro del Mistral que habría de llevarnos a través del golfo de Marsella hasta el cabo de Creus español.
















