El mar parece tener un poder invisible para apoderarse de quienes ocupan sus orillas. La respuesta a semejante abducción resulta en el deseo de poseer aquello que nos absorbe y retiene, y entonces lo nombramos. Así, sin más fronteras que las de la imaginación, sin más barreras que la propia continuidad del mar, desde la punta más occidental a su opuesta en oriente, se transita por el mar de Alborán, por el de Liguria, el Tirreno, el Jónico, Adriático, Egeo, etc. siempre bañados por las mismas aguas del Mediterráneo.

Nuestro plan era continuar por la costa occidental de Italia hasta la zona de Cinque Terre para descubrir por nuestra cuenta los motivos de su fama, pero el viento nos lanzaba una llamada distinta, hacia San Remo, a donde llegaríamos cómodamente con las condiciones a favor. Creo que cuando el tiempo de viajar se limita a las exiguas oportunidades de las vacaciones se produce una suerte de ansiedad por visitar tanto lugares como sea posible en el menor intervalo posible, como si la productividad visitadora se viese incrementada. La obsesión por la productividad que se nos inculca en las venas desde la educación más temprana termina por permear a otras parcelas de la existencia que deberían mantenerse al margen de su tiranía. Sin embargo, cuando la forma de vida consiste en visitar, viajar, desplazarse por el mundo mientras giran el resto de engranajes de la existencia, dejar cosas pendientes se muestra más como una motivación para el regreso que como una deficiencia del sistema. Por eso preferimos la complicidad con el viento.
En el camino a San Remo, solos en mitad del mar, sin ninguna costa a la vista, aislados en nuestro universo flotante que surcaba un cosmos infinito de luz y movimiento, un estruendo inesperado nos resucitó del letargo de la travesía. Con la alerta latiéndonos por las venas, escrutábamos cada rincón del horizonte para descubrir la fuente de un sonido tan fuera de lugar. No lo encontramos hasta que elevamos la mirada como quien sigue la trayectoria de un globo ascendente y vimos a un jet privado que se nos acercaba a menos distancia de lo que parecía normal para observarnos de cerca. El susto cedió a la belleza del avión y a lo singular del momento, breve, probablemente único. Poco después fue una manada de delfines pequeños los que nos acompañaron por la proa en nuestro viaje por el mar de Liguria.
Antes de arribar a destino, se nos cruzó en el camino un enorme carguero. Los 260 metros de eslora del Rio Grande Express se divisaban desde bastantes millas de distancia, lo que puede llevar a la idea equivocada de que el cruce de los rumbos sucederá bastante más tarde. Nada más lejos de la realidad. Estos monstruos logísticos se desplazan a velocidades de entre 15 y 25 nudos (si no más) presentándose en la proa mucho antes de haber cruzado su trayectoria. Por eso es buena pauta cederles el paso siempre que no haya nada que lo impida, o al menos comunicarse con ellos. En esta ocasión, con el viento moviéndonos por el rumbo elegido y a buena velocidad, optamos por la segunda opción…
- Rio Grande Express, Rio Grande Express, this is sailing vessel Alendoy. Do you copy. Over.
La conversación concluyó en una variación de 10 grados en su rumbo para evitar conflicto entre nuestras trayectorias. Pero varias horas más tarde, con su popa apenas a la vista en la lejanía, nuestra radio recibía llamada del enorme carguero.
- Alendoy, Alendoy. This is Rio Grande Express. Do you copy. Over.
- Hello Rio Grande Express. This is Alendoy. Over.
- Please change to channel 6.
- Roger. Wilco.
En el canal 6, una especie de salita privada en las frecuencias, el piloto del Rio Grande Express, con un acento que parecía africano, quería saber cuánto costaba un barco como el nuestro. Su precio nuevo, de segunda mano, dónde se podría comprar uno, y así una lista de curiosidades que revelaban su ambición de un día abandonar las grandes esloras a las que le ataba un salario, por la incertidumbre de un cascarón de fibra con el que sentir los latidos del corazón a ritmo de amaneceres, paisajes y personas. Le contamos cuanto pudimos. Luego nos despedimos a sabiendas de que quizá algún día esa voz sin rostro surcaría mares en su barco movido por lo que quiera que le inspirara la imagen de nuestras velas, y tal vez la esperanza que le infundiera nuestra voz para convertir el sueño en posibilidad, la posibilidad en proyecto, y el proyecto en realidad.
San Remo se nos mostró con un sabor distinto a lo que llevábamos visto en Italia. O quizá sabernos tan cerca de Francia nos inducía esa impresión. Seguimos la liturgia de la llegada a ciudades desconocidas: desembarco, paseo, alguna compra, contemplar, respirar, observar con la mirada inocente de quien no tiene aún opinión, ni criterio para ello, y solo quiere absorber por los sentidos, como si de pomada se tratara, la atmósfera del destino conquistado.




