
Todo el mundo sabe que Napoleón estuvo en la isla de Elba. Ya no tanta gente tiene claro dónde se encuentra dicha isla, y muy pocos la han visitado. No saben lo que se pierden…
Como suele pasar, una versión superficial e incompleta construida con retazos de lo realmente sucedido, es más que suficiente en el recuerdo para esos episodios de los que hemos oído hablar, pero sobre los que nunca nos sentimos inclinados a profundizar y comprender. Lo que a la mayoría se nos quedó de aquellas lecciones tediosas en las tardes interminables del colegio, es que a Napoleón le mandaron a Elba. La realidad fue distinta. Para empezar porque no le mandaron, se autoexilió; para continuar porque la isla no es, ni de lejos, la roca aislada a la que se envía a quien quiere castigarse por sus desatinos. Así era la de Montecristo que inspiró la novela de Alejandro Dumas, pero la de Elba es todo lo contrario: un vergel boscoso, extenso, verde hasta la saciedad, rodeado de pequeñas y bellísimas calas, bajo la mirada de altas cumbres desde las que la panorámica es embriagadora. Napoleón sabía lo que se hacía cuando eligió la isla como destino discreto (no lo conocía nadie), bonito como pocos, y estratégicamente situado entre el mar Tirreno y el de Liguria, para autoproclamarse rey del lugar.
Una moto alquilada a los mismos que gestionaban las boyas donde dejamos el Alendoy, en el lado Este, nos llevó por toda la isla para ver sus calas, sus cimas, la ciudad con su castillo y su viejo puerto, el austero palacio de verano del Bonaparte y muchos de esos rincones que contribuyeron a dejar el mejor recuerdo de la isla.
Un viento propicio para llegar a la costa norte de Italia nos persuadió de dejar la costa de Cinque Terre para una siguiente aventura. Pusimos rumbo a la isla de Capraia. Esta sí es pequeña, en mitad de la nada, con un pueblecito minúsculo en su cima, un puertecito y apenas un puñado de restaurantes orientados al turismo italiano y francés que busca un rincón desconocido para perderse en el silencio y la paz. Entre esos restaurantes estaba La Garitta, donde tuvimos la agradabilísima, y nada habitual, experiencia de sentirnos positivamente sorprendidos por todos y cada uno de los platos que tomamos. Un verdadero broche de oro para despedirnos de la Italia que habíamos recorrido desde el extremo sur del tacón de su bota, hasta este último bastión insular. Al otro lado del mar ligur aún nos esperaba la ciudad de San Remo, todavía en Italia, pero aquello tuvo un sabor más bien francés, por mucho que la gente aún hablase nuestra lengua hermana.













Pues habrá que ir, porque según lo contáis….. APETECE.
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