Los libros escolares hablaban del de Ostia, como el gran puerto de Roma, y los chiquillos cuchicheábamos entre risas por la palabrota que había dicho el profesor como si hubiese profanado una prohibición suprema ante la que los alumnos no gozábamos ni de la menor tolerancia. Quizá esa sensación de transgresión tan subyugante a esas edades fuese la que eclipsara en la memoria la ciudad que daba nombre al puerto y que pudimos visitar, casi accidentalmente, como antesala a nuestra llegada a Roma.
Precedíamos de Nettuno, un pueblecito crecido alrededor de un antiguo burgo amurallado a orillas del mar, junto a un castillo levantado a la altura de la playa. Esta ubicación nos sorprendió, acostumbrados a verlos encumbrados en atalayas inaccesibles desde donde proteger los feudos. El de Nettuno, sin embargo, era pequeño, diríase que modesto, humildemente erguido a la misma orilla del mar. Esa misma humildad expresada en calles estrechas y cortas, empedradas, con balcones de otro tiempo que observan desde lo alto, a poca distancia, al transeúnte, y ventanas abiertas entre las mismas piedras de la muralla, alternando restos históricos con tabiques contemporáneos, se respiraba en el interior del burgo, hoy convertido en un pintoresco espacio peatonal sorteado de restaurantes y rincones irresistibles a la fotografía del turista.
El actual puerto junto a la ciudad de Ostia se llama Puerto de Roma, y el puerto de la antigua Roma es hoy un yacimiento arqueológico pegado a Ostia Antica. Un verdadero lío. Ostia Antica es otra impresionante ciudad recuperada por las excavaciones de la oscuridad que la he preservado durante siglos para devolvérsela a los humanos y que la metan en el maravilloso joyero de vestigios que Italia tiene en su inmenso tocador de arte y cultura. Esta perla es otro viaje al pasado, otra ciudad de otro mundo y otro tiempo, otra ensoñación sobre la vida de otros habitantes del mediterráneo, tan lejanos en la historia y tan próximos en todo lo demás.
Al día siguiente tomamos un tren a Roma. Pasamos el día embriagados por la sobredosis de belleza y arte que proporciona hasta el más efímero encuentro con la gran urbe. Empezamos por la plaza de San Pedro y la visita a la gran basílica donde el deleite es inevitable, ya sea transmutado por la fe, arrasado por la belleza de sus obras, sobrecogido por la magnitud de sus producciones o incrédulo por la ficción de sus relatos. Tuvimos la suerte de escuchar una misa, observar la liturgia y contemplar las expresiones del florido mosaico de visitantes, ya fueran feligreses, o turistas, curiosos, aficionados al arte, filántropos, todos congregados espontáneamente desde cualquier parte del mundo en ese mismo punto de interés, sea cual sea el motivo, incontestable. Después, hipnotizados por la grandeza de la ciudad, por su profusión de arte, por su estética incomparable, nos extraviamos por Piazza Navona, Piazza de Spagna, Fontana di Trevi, Panteón, Foro… hasta terminar en el gran Coliseo.
Da igual que se conozca o no la ciudad. Da igual cuántas veces se la haya visitado. Da igual de cuánto tiempo se disponga. Un paseo, por breve que sea, por las calles de Roma es un verdadero viaje astral por las pasarelas del arte que ha seguido el hombre en busca de la belleza. Da igual, en este punto de la historia, cual haya sido la motivación, la finalidad o los peajes que como civilización se hayan tenido que asumir. Nuestras creaciones dan fe de lo que somos, para bien y para mal. Quizá debiéramos avergonzarnos de muchas obras humanas si se tuviera en consideración la injusticia, el agravio o la crueldad que acarreó su producción. Pero lo que ha llegado hasta nosotros e impacta los sentidos con formas, colores, dimensiones, sonidos y aromas, deja una marca indeleble en el recuerdo de cualquier corazón sensible.


















