El beso ardiente de la montaña. Nápoles y Pompeya

Desde Torre Anunzziata tomamos el tren para visitar Nápoles, la capital del reino que un día fuera español. En el camino no dejaba de pensar en la ironía de que Iberia fuera una provincia de la gran Roma, y que siglos después, casi la totalidad de Italia fuera parte del imperio español. Por eso, las calles de Nápoles (neo-polis) conservan un deje compartido con el casco antiguo de Barcelona, o con los barrios del viejo Madrid. Pero mucho más grande. Barrios enteros de calles estrechas bajo las cuales se extiende una antigua ciudad enterrada que soporta a la Nápoles de hoy, hacen las delicias de cualquiera que disfrute de leer ciudades con los pies. Y a eso dedicamos un largo e intenso día en la gran ciudad, a perdernos por recorridos interminables, a visitar las viejas partes subterráneas que la arqueología ha rescatado y mantiene para constancia del presente, a comer la extraordinaria cocina que en Italia es excelente, y en Nápoles a la altura, para respirar la historia que fluye por sus arterias y lo impregna todo haciendo de la visita un auténtico viaje en el tiempo.

El tiempo parecía encogerse con cada visita a yacimientos arqueológicos para caminar por calles que dos mil años antes habían transitado hombres y mujeres de nuestro peso y estatura, con nuestra complexión, o parecida, de rasgos similares y sangre mediterránea. Siempre es una experiencia emocionante, aunque quizá en pocos lugares como en Pompeya, a donde llegamos caminando desde Torre Anunzziata.

El cráter había empezado a humear un día del año 78 de la era cristiana, pero los pompeyanos, firmes en su creencia de que el volcán era una fuerza protectora y no una amenaza, ignoraron los signos que la naturaleza hacía evidentes. Las erupciones fueron descomunales y repentinas, sin dejar hueco a reacción posible de las gentes cuya intimidad quedó registrada para siempre bajo la lava y ceniza que los cubría, y que hoy se exhibe en las salas del museo.

El desastre fue devastador; terminó con toda la región; arrasó hectáreas de terreno con todo lo que había; millares de vidas se interrumpieron inesperadamente, víctimas de un destino caprichoso que pasó inadvertido a cuantos empeños se afanaban los videntes, sacerdotes y magos de la época. La desventura de entonces, sin embargo, hizo posible los deleites de los arqueólogos contemporáneos que descubrieron, conservados como ninguno, los restos de una enorme ciudad.

Hoy podemos caminar por aquellas calles, entre edificios erguidos desafiantes al tiempo ante el que se han mantenido milenio tras milenio hasta llegar a nuestros días y desvelar, como ningún otro vestigio histórico, la vida cotidiana de las personas que habitaron el valle al pie del Vesubio, dos mil años atrás. Sus casas, su mobiliario, enseres y objetos personales, incluso sus cuerpos, fijados para la eternidad por la solidificación de los residuos volcánicos, han llegado hasta nosotros como una realidad en la que es posible sumergirse caminando por sus calzadas, tocando sus paredes, paseando por sus huertos, en su foro, estadio, lupanar, termas, bibliotecas, sentándose en los bancos donde descansaban y cruzando por los pasos peatonales como ellos lo hicieran.

Basta una visita a Pompeya para superar la impresión de que es difícil imaginar la vida de quienes nos antecedieron miles de años atrás, para sintonizar con las emociones que sus espacios debieron de inspirar en ellos, para sentir la mirada del volcán, tan próximo, tan parte de su realidad, que era imposible percibir la amenaza que escondía hasta el día que, indiferente a los credos humanos, derramó sus pétreas entrañas en una riada ígnea que terminó con todo.

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