Las ciudades verticales. Costa amalfitana

La costa italiana se desplegaba como un paisaje amplio donde las llanuras lamidas por las olas se intercalaban con altas montañas que desde el mar parecían barreras defensivas. El viento no nos era favorable, pero tampoco adverso, así que avanzamos hacia el norte buscando la siguiente parada de interés. Y la encontramos; vaya si la encontramos.

Paestum está a pocos kilómetros de Agrópolis, a unas cuantas paradas de autobús. No habíamos oído hablar de este yacimiento arqueológico que bien merecería estar entre las primeras opciones de turismo histórico. Pero, a decir verdad, la lista de lugares que Italia puede ofrecer para los enamorados del pasado, o del arte, no tiene fin.

En Paestum descubrimos los restos de una ciudad donde el trazado de las calles, la estructura urbana, los perfiles de la convivencia que en su día acogiera, aún se vislumbran en la extensa llanura otrora bañada por el mar. Pero lo sobresaliente del lugar son las construcciones que, tan bien conservadas, han resistido el paso del tiempo para ser prueba irrefutable de cómo Grecia penetró en Roma, y de cómo Roma se enamoró de la cultura de Grecia, y de cómo el estilo y el arte de los más antiguos impregnó las edificaciones que sus sucesores consideraron más importantes.

Los imponentes templos de Paestum se alzan con majestuosidad irrumpiendo en el espacio desde la planicie que en su momento ocupó la ciudad y de la que estos impresionantes vestigios dan fe con su grandiosidad, desafiando no ya los siglos, sino los milenios, erguidos sobre sus esbeltas columnas con su pétrea presencia ante los cielos mediterráneos de la costa italiana.

El camino desde el sur hacia Nápoles está interrumpido por un saliente de tierra que se adentra en las aguas tirrenas como para garantizar que a nadie pase desapercibida la costa de Amalfi. Sin duda, una de las costas más bellas del Mediterráneo, en la que las poblaciones se encaraman a las laderas montañosas como si las hubiesen querido abrazar en un arrullo de calles, muchas de ellas tuneladas, escaleras, vericuetos urbanos serpenteantes en laberintos donde lo público y lo privado se confunden haciendo que el viajero avance a veces hasta una casa privada sin haberte percatado de haber abandonado la calle.

Entramos en el pequeño, pero muy movido y transitado, puerto de Amalfi para amarrarnos en un “punto de cortesía” durante el tiempo que necesitamos para recorrer sus calles. La catedral, encastrada en su centro entre callejuelas y placitas, es impresionante. Paseamos por la ciudad, nos embelesamos con su luz y regresamos al puerto para cargar el combustible más caro que habíamos comprado hasta entonces (1,84 euros el litro).

Zarpamos con el bamboleo de las decenas de motoras que constantemente salían y entraban al puerto, para continuar camino hasta Positano. Fondeamos próximos a la bahía aprovechando la buena previsión para la noche, ya que no hay puerto que garantice buen abrigo. Positano fue otro descubrimiento de belleza comparable a Amalfi, con una organización -o desorganización- urbana parecida, también desafiando la verticalidad con sus calles casi imposibles de ascender. Cenamos en una terraza contemplando las luces de la ciudad como si una invasión de luciérnagas hubiese tomado la ladera de la montaña.

A la mañana siguiente, decididos a no sufrir las punzadas esnobistas del turismo de Capri, doblamos el cabo de Sorrento y avanzamos por la inmensa bahía de Nápoles, enfilados a la base del Vesubio que un día lanzara su lengua de fuego sobre la ciudad de Pompeya. Entramos en el puerto de Torre Anunzziata con más miedo que precaución, dudosos sobre si sería el lugar adecuado para regresar a Madrid en busca de nuestra segunda dosis de la vacuna anti-covid.

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