
El aspecto del muelle en el puerto de Torre Anunzziata no resultaba muy alentador. Desde lejos se lo veía sucio, descuidado, con el aspecto industrial que las embarcaciones de recreo no habían conseguido borrar en su faz. Nos recibió un marinero grande (grande, grande), tosco, que desde el muelle nos vociferaba instrucciones en un idioma que se asemejaba al italiano pero que se nos hacía más incomprensible de lo que nunca habíamos sentido con la lengua hermana. Tomasso finalmente nos dio por atracados. Paloma conversaba con él desde la popa mientras yo daba un acelerón al motor para limpiar la carbonilla, cuando Tomasso, tirándose violentamente de los dos audífonos, decía con gesto desagradable “¡que soy sordo! Para ese motor”. Enseguida llegó su hermano, Gennaro, algo más joven, alrededor de los 45 años, sin camisa, gafas de sol “de pera” con montura dorada, un par de collares de oro y con una toalla alrededor de la cintura (probablemente nada más…). Tomasso le preguntó cuánto nos iba a cobrar por los cuatro días que dejaríamos el barco allí mientras viajábamos a Madrid para vacunarnos. Gennaro le dijo con el acento cerrado de los napolitanos “420”, dato que Tomasso automáticamente convirtió en “450” mirándonos fijamente como si fuese ese el número que le había dado su hermano. Desde ese momento supimos, sin lugar a dudas, que entrábamos en un mundo muy distinto del que habíamos venido conociendo en la Italia recorrida.
Salimos del puerto a última hora de la tarde sorteando los montones de basura, y los desperdicios por aquí y por allá hasta adentrarnos en una ciudad amenazante. Individuos de aspecto sospechoso nos miraban desde las esquinas; motocicletas velocísimas de las que nos habían advertido que debíamos protegernos, avanzaban por las calles estrechas bajo los tendederos cargados de sábanas y ropa interior. Jóvenes con cadenas en el cuello y cigarrillos en la boca se agrupaban en mitad de la acera sin hacer el menor ademán de ceder el paso a los viandantes. Nos sentimos inseguros. Cambiamos de rumbo y avanzamos hacia la parte opuesta de la ciudad donde se nos ofreció un rostro más amable, menos hostil y asfixiante que el que habíamos contemplado apenas unas manzanas atrás. Así nos fuimos a cenar una auténtica pizza napolitana a un lido, junto a la playa, donde algún tipo de reunión juvenil estaba teniendo lugar entre focos y cámaras. No nos importunó lo más mínimo para disfrutar de nuestras pizzas.
Al día siguiente conocimos al resto de la familia que gestionaba los amarres del muelle donde habíamos dejado al Alendoy. El padre, con un vientre enorme, probablemente resultado de una combinación de obesidad y enfermedad, se sentaba bajo una sombrilla junto a la caseta/oficina desde donde administraban los atraques. La madre, mujer seria, recia, de sonrisa esporádica y menos palabras, y Michelle, el hermano mayor, grande, fuerte, serio, con el rostro y las manos del personaje “asesino” de las películas de mafiosos, que la noche antes de nuestro vuelo a Madrid me dijo…
- Quiero que me traigas algo de España.
- ¡Claro…! ¿Qué quieres que te traiga? – le dije pensando en algún tipo de souvenir.
- Quiero una navaja española- con la mirada fija y sin ningún gesto en su rostro.
- Pero… no puedo llevar una navaja en la cabina del avión…
- Ah… Claro. Entonces, tráeme cualquier otra cosa. Y no te preocupes: el barco aquí está seguro.
A nuestro regreso les trajimos embutidos y quesos españoles para toda la familia, que los recibieron con gestos que pudieron ser de sorpresa o de desconfianza. ¿Por qué estos españoles les traían regalos desde su país…? ¿Qué les iban a pedir a cambio…?
Estoy seguro de que, si nos hubiésemos quedado más tiempo, nos hubiéramos hecho buenos amigos de ellos a pesar de las barreras de idioma y de las diferencias culturales, porque en el fondo, ellos con las adversidades que les intuimos, nosotros con nuestros afanes y desvelos, compartíamos un mismo valor con un compromiso seguramente similar: la familia. A nosotros nos conquistó ese carácter de piña que nos mostraron, siempre juntos; probablemente ellos sintieran nuestro respeto hacia el “pappa” y la “mamma”, y el interés por los hijos y nietos.
En los pocos días que estuvimos allí, el amenazante, hostil, inseguro ambiente que percibimos al llegar parecía haberse disipado, dejando sitio a una visión más clara de las personas. A fin de cuentas, es lo único que importa.
