Viajando por el pasado. Del Jónico al Tirreno

Al día siguiente zarpamos a las cinco de la mañana, antes de que el sol asomara por el horizonte, rumbo a Crotona. Ya habíamos estado en esta ciudad en nuestro camino de ida hacia Grecia, por lo que hicimos una noche y volvimos a aliarnos con el alba hacia Roncella Iónica, en la suela de la bota, y más tarde hasta Messina. Este estrecho canal que une (o separa) a Sicilia de Calabria es un lugar impresionante, no solo por su belleza y actividad, sino por el fenómeno de las corrientes que se desencadenan en el estrechamiento entre las dos masas de tierra. Avanzábamos hacia el norte a cinco nudos esperando subirnos a lomos de la corriente cuando, de repente, la corredera marcaba más de diez nudos, el agua borboteaba como si hirviera, y los remolinos llegaban a trasladar lateralmente la parte delantera como si se hubiese activado la hélice de proa. En la antigüedad se pensaba que monstruos submarinos que habitaban la cueva de Scylla salían todos los días, tres veces, a alimentarse de los pescadores que se aventuraban con sus pequeños botes en las imprevisibles, pero llenas de vida, aguas del estrecho.

Emocionados por la experiencia como quien pasa y supera un acto iniciático que lo traslada a otro mundo, tocamos por primera vez las aguas del Tirreno y arribamos a Scylla. Es un pueblo de pescadores con forma de pulpo cuyos tres brazos se extienden en distintas direcciones a uno y otro lado del promontorio con el castillo en su cima mirando al estrecho entre montañas arboladas pegadas al mar. Sus calles son estrechas, de dimensión humana, con casas que conservan el sabor señorial de otro tiempo y que ahora sus dueños engalanan para la foto de la web que ofrece sus servicios B&B.

Las conversaciones con los hermanos que gestionan las boyas del puerto de Scylla, Pepe, Rocco y Giovanni, nos habían predispuesto positivamente para el día que nos proponíamos pasar en Reggio di Calabria. Tomamos el tren y desembocamos en una ciudad elegante, tendida paralela al mar que contempla desde el “lungomare”. Caminamos por la ciudad, disfrutamos de la belleza serena, silenciosa, de los dos guerreros de bronce que el siglo V aC creó para que hoy pudiésemos entender cómo era la vida de aquellos adelantados que desde el oriente mediterráneo exportaron saber, cultura y arte hasta los confines de aquel mundo, hoy bautizado como Magna Grecia. Con la impresión de sus miradas misteriosas, de la quietud y belleza de sus cuerpos, sentimos el espíritu más satisfecho que el estómago, y nos dirigimos al quiosco de helados Césare que nos habían recomendado en Scylla para tomar el primer brioche con helado de pistacho, caramelo de mantequilla salada y chocolate, de nuestras vidas. Como los guerreros del pasado, estas delicias del presente dejaron una huella imborrable.

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