
Nuestra primera navegación tras meses de confinamiento nos llevó hasta el extremo mismo de la Grecia Jónica: la isla de Othonoi. Pasamos un par de días disfrutando de su quietud mientras el viento que habría de llevarnos a Santa María de Leuca, en la costa italiana, se iba aproximando. Con dicho viento cruzamos las cincuenta millas que separan la última isla griega del tacón de la bota italiana.


Serena, una amiga y compañera de trabajo natural de Puglia, nos había recomendado recorrer la región, totalmente desconocida para nosotros, y descubrir sus tesoros aún poco expuestos a los embates del turismo internacional. Así que, con el barco sujeto en el puerto de Santa María de Leuca, y ya con la hélice de proa reparada (nos llevó casi dos horas de inmersión para cambiarla después de una avería), tomamos un coche con el que recorrer el tacón de la bota.
La primera incursión la habíamos hecho el día anterior en Gallipoli, para visitar su casco viejo alrededor del saliente de tierra, encumbrado por el castillo y limitado por la muralla. El lugar es pintoresco, agradable de recorrer, en sintonía con lo que se le supone a una antigua ciudad medieval mediterránea. La anécdota fue al regreso, cuando la “motorino” alquilada, con más kilómetros que porvenir, empezó a fallar, incapaz de sobrepasar los 30 kilómetros por hora: dos horas de paciente recorrido de regreso hasta Santa María de Leuca. En la ida habíamos disfrutado de un paisaje cuya fisionomía no paraba de evocarnos a la Cádiz rural, marítima, de pequeña aldea y campo junto al mar. Pero la vuelta, que habíamos preferido hacer por autovía para ganar tiempo, fue una prueba de paciencia sobre la aridez del asfalto entre un paisaje insulso, aburrido.






Empezamos el día siguiente yendo a Alberobello, un pueblo grande, patrimonio cultural de la humanidad por albergar la mayor concentración de Trullos de toda la región. Son construcciones en piedra que, en su momento, en el siglo XIV, se levantaron sin ninguna argamasa que las sujetara para evitarles estatus de “casa”, y omitir de este modo el pago de impuestos al señor de la zona. La mayoría ya están restauradas, con enfoscados que garantizan su impermeabilización y seguridad, pero todavía quedan muchos sostenidos por el simple efecto de la gravedad sobre las piedras de los tejados cónicos. El paisaje de la ciudad es extraordinariamente singular, con calles estrechas por las que parece que en cualquier momento aparecerá Frodo Bolsón Bembo, muchas de ellas acondicionadas para el turismo, y otras, al otro lado de una de las arterias principales, con el aspecto original de una geografía urbana que parece haber salido de una ensoñación literaria y que conserva aún la personalidad que otorga la vida cotidiana de sus habitantes, sus hábitos y sus costumbres.





La siguiente parada fue en la ciudad de Lecce. Días después no nos habíamos recuperado aún de la impresión que nos dejó. Dentro de su muralla se alberga un conjunto urbano medieval, del estilo español que dejó nuestro reino cuando señoreó Europa (y el mundo) y quiso dejar claro su poderío en la que fue la más oriental de sus ciudades europeas. Iglesias, catedrales, palacios y palacetes, balconadas, pórticos, fachadas, escudos, patios, pasajes, todo un repertorio de maravillas arquitectónicas de un pasado en el que España floreció y plasmó la huella de su grandeza a base de arte y cultura. Salimos de la ciudad con los aromas de su gastronomía y con la incomprensión por que una ciudad así no figure en el imaginario colectivo entre las otras grandes joyas italianas: Florencia, Venecia, Pisa, etc.









Un día después viajamos a Otranto, mucho más pequeña, también con su muralla, castillo, catedral, pero abrazada por el mar que besa los labios de su bahía y rapta los aromas de sus patios. Y otra vez a una carretera que parecía haber construido un gaditano que hubiera traído de su tierra los materiales y los paisajes para extender aquella alfombra negra entre tomillos, romeros y amapolas, con pinos aquí y allá, roca blanca y calas turquesas de aire adriático.










Joderrrr… que pasada, que bonito toooo sobre todo las casas cónicas, que chulas.
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