
Puedo evocar como si lo hubiera presenciado, la imagen de mi amigo Cristiano subiendo a la cubierta de Alendoy, temprano, solo y en silencio, con el gesto entre desafiante e indolente tras el que oculta los más nobles sentimientos, para bajar la bandera del pabellón español hasta la media asta, mientras yo estaba aún, al otro extremo del mismo mar, en la habitación del hospital tramitando la documentación que desencadena una pérdida. Mi padre acababa de morir. Cristiano nunca habló de ello; supe de su gesto por un mensaje de Valentina, su mujer, que decía escuetamente: “half mast flag for the captain’s father”. Al leerlo no pensé que fuese literal, pero el honor que destilaba la situación, el profundo sentido de homenaje, los intensos sentimientos asociados al símbolo se me clavaron para siempre en un recuerdo imborrable que llevaré asociado a esta pareja de italianos. Creo que otros barcos siguieron su ejemplo aquel día.

Fueron días de recuerdos que hoy habitan la memoria con imágenes cuya forma dibuja la cicatriz que siempre me acompañará. Imágenes de los diez últimos días aislado con mi padre en su habitación del hospital, de su cuerpo consumido, de mi hermano sufriendo en una distancia impuesta, de la íntima y deseada soledad de la que Paloma fue tan parte como yo, de su hombro junto al mío reflejado en la ventana del crematorio… Del cariño respetuoso pero constante, distante pero comprometido, del puñado de amigos, mi patrimonio afectivo, que rodearon mi existencia con caricias verbales, las únicas que podían hacerme llegar dadas las circunstancias. Así entendí que las dimensiones del amor se calculan en unidades de desmesura.

El regreso a Mandraki fue una continuación del torrente emocional. Los sentimientos afloraban en la superficie, haciendo que los abrazos de bienvenida y condolencia, los mensajes codificados en miradas, el respaldo inconcreto con que las voluntades levantan grandes obras y que esta vez se ponían al servicio del amigo para asegurar que el baluarte aguantaba, inundaba el aire con un candor inexplicable.


Sólo unos días más tarde, quedaban atrás los últimos meses de trabajo preparando Alendoy para la salida. Las largas jornadas en el taller de Andreas al que íbamos en el coche que él mismo nos prestó, las visitas diarias a la tienda Dimitris, el aspecto extemporáneo de Stephanos en la tienda de pinturas, los innumerables cruces de miradas con Tanasis que hacían superfluas las explicaciones de Spiros para comprender dónde y por qué de cada soldadura, los detalles para llegar a la fecha en que soltaríamos amarras de aquel puerto donde se nos quedaba una parte de la vida a cambio de una muesca en el corazón… todo constituyó el pulso firme que nos llevó, entre anhelo y nostalgia, al día de la partida. Nos llamaba el horizonte de la proa; nos desgarraba el de la popa. Salimos de Mandraki muy conscientes de que algo se nos quedaba allí, algo bello e intenso, algo inexplicable, inolvidable, escrito con recuerdos en un lenguaje solamente conocido por quienes conformamos aquella tribu irrepetible de nómadas que, por una circunstancia extraordinaria, el covid, nos vimos obligados a compartir algunos de los días más bonitos de nuestras vidas.

