
El invierno trajo las palabras. Las conversaciones se sucedían a diario, aunque sólo de vez en cuando se internaban en pensamientos, ideas, reflexiones o sentimientos de más profundidad. Ian y Elizabeth eran compañeros ideales para ello dada su amplísima cultura, y su aún mayor capacidad argumentativa, pero el sentimiento, la experiencia o la idea más mundana de cualquiera, tenía el potencial de desencadenar un torbellino de inspiración.
En nuestra aldea flotante las palabras habitaban en un verdadero edén verbal, cada una con su propia genética idiomática, enriquecida además por los rasgos de un entorno que las convertía a todas en singular, ya fuera por resonar a lomos de risas, por agacharse entre susurros, o por fluir disueltas en suspiros. Saludos, preguntas, convicciones, insinuaciones, propuestas… palabras de colores, formatos y naturalezas diversas nos acompañaban con la misma naturalidad de los gatos del puerto, de las plantas y árboles de alrededor, de las ruinas de esta Grecia interminable.
Siempre me he sentido intrigado por el fenómeno de las palabras. Me resulta increíble que una simple perturbación provocada por una exhalación de aire sea portadora de algo tan complejo y abstracto como un significado. Y más aún, que dicha perturbación desencadene en alguien las vibraciones con que su sistema nervioso finalmente identificará tal significado, haciendo posible el enigmático fenómeno de la comunicación. Un gruñido o un grito cuentan con formas sonoras fácilmente identificables como amenaza o peligro; pero de ahí a la sutileza de las palabras, a la complejidad de sus contenidos, a lo enigmático de sus intenciones, hay un abismo al que estamos acostumbrados y que encierra un misterio insondable. En lo más arcano de dicho misterio, está la poesía.
La poesía es un latido de palabras que solo algunos corazones saben bombear. Un horizonte es solo eso, horizonte, territorio, orografía; pero al ponerse el sol -otro fenómeno físico sin más- el ojo observador lo convierte en paisaje, en inspiración para un bombeo con cadencia poética. Esta cadencia, a veces la observo en fenómenos silenciosos que parecen rimar, como en el paso de alguien que se hace poético cuando la música lo convierte en baile.

Las palabras nos definen por ser las que expresan experiencias, ideas, emociones, proyectos, creencias; en definitiva, todo cuanto consideramos saber y cultura. Por eso su mal uso viene a ser como el maltrato de algo vivo, una ignominia que debiera exigir denuncia, juicio y castigo. Aunque quizá haya algo aún peor: la falta de respeto hacia todo un idioma, porque ello supone la falta de respeto hacia quienes lo utilizan, a su historia, a su identidad y a su cultura.
Llevados por un utilitarismo descabellado hemos caído en el uso de lo más rápido, más cómodo y más extendido: el inglés. Es innegable la utilidad de este idioma, y las enormes ventajas de su frecuente uso en todo el mundo, pero es bochornosa la ofensa constante que en aras de la practicidad lleva a ignorar, diría que despectivamente, los idiomas de todos esos países en donde cualquier anglófono de cuna se dirige a los nativos sin ni siquiera disculparse por su ignorancia del idioma local, y preguntar si conoce el suyo.
Hace tiempo que, por ello, decidimos no responder en nuestro país a quien se nos dirija en un idioma extranjero sin habernos preguntado antes si lo conocemos, como también nos hemos propuesto aprender en el idioma de los países que visitamos las pocas palabras que nos permitan mostrar respeto por su cultura: “perdón, no hablo su idioma; ¿habla usted inglés?”. Esta regla ha demostrado ser mágica para propiciar reacciones afables y generosas en la gente. En Grecia hemos recibido sonrisas, favores y obsequios de absolutos desconocidos después de haber pronunciado, como si de un sortilegio se tratara, “lípame, den miláo elliniká; ¿milate angliká?”.
Llevados por esta experiencia, Paloma empezó a “hacer sus pinitos” en clases de griego por Internet. De lo que aprendía ella y se me impregnaba a mí, practicábamos en las tiendas, con la gente, siempre que teníamos alguna oportunidad. Un día habíamos alquilado un coche en Katákolo para visitar el yacimiento arqueológico de Olimpia, cuna de las Olimpiadas. De regreso nos detuvimos en una gasolinera para reponer combustible antes de devolver el coche a la agencia de alquiler. Yo había estado en el coche repasando mentalmente los números para pedirle al gasolinero los litros que íbamos a echar en su idioma. Aproveché para ver cuántos me sabía “ena, dio, triaé, tesera, penta…” y preguntarle a Paloma por los que me faltaban “¿sexto, exo, exa…?… epta, ¿octo?…”. Demasiadas dudas en mi serie numérica, o peor, huecos imperdonables entre certezas escasas “eña, deca, once, dodeca…”. Sumido en estos pensamientos aparqué maquinalmente frente al surtidor y bajé del coche; el gasolinero ya estaba frente a mí cuando me dí la vuelta tras haber abierto el tapón del tanque; me miraba con un gesto interrogativo fácil de interpretar al que respondí con una seguridad pretendida, esbozando una sonrisa forzada de amabilidad mientras decía “sex”. Uno no debe ir por gasolineras rurales griegas, con la cabeza rapada, bronceado por el sol y con una camiseta ajustada pidiendo “sex” creyendo ilusamente que por una simple similitud fonética van a entender que lo que en realidad quieres son seis litros de 95 sin plomo. Por un extraño fenómeno de asociación que no puedo explicar, en un instante pasó por mi mente la imagen de Fredy Mercury en sus años de mayor depravación, la de George Michael, David Bowie, Bo George… Mi reacción, estúpida, fue una estúpida sonrisa.
No sé si me salvó la magia de las palabras, o la buena voluntad del dependiente, más dispuesto a entender lo que yo quería decir que lo que en realidad estaba diciendo. Pero luego, elevada la anécdota a relato, nos hemos reído mucho contándola, exagerándola, modificándola a placer para dotarla de cuanto no sucedió y mezclarlo con lo que sí, hasta llegar a confundir la realidad con la imaginación y demostrar, una vez más, que si la literatura existe es porque la realidad no es suficiente, como dice mi amigo Paco.

