
A la vuelta de España, el Jónico parecía no querer despojarse de esos días soleados que fueron el escenario luminoso del verano. La temperatura, más templada, tenía ya querencias otoñales, especialmente en los atardeceres, cuando la humedad se intensificaba y contribuía a un ambiente casi melancólico de colores apastelados y lánguidos, gracias a esa luz que pareciera arrastrar los pies hasta el horizonte, seguida de cerca por estrellas luminosas, pero ya no brillantes.

Aprovechamos esos días para navegar por la zona. Visitamos Zivota en la costa continental, fondeamos en sus aguas cristalinas, en soledad absoluta, exonerados de la presencia de los “charters” invasores que en verano cargan hordas de turistas náuticos circulando con prisa para llegar al lugar desde donde mejor salgan las fotos. Pero octubre nos regalaba un tiempo maravilloso para abrazar la naturaleza, besarla con la mirada, amarla con los sentidos, y recorrer en soledad parajes que en la temporada turística no pueden mostrar lo que en realidad son.
De Zivota volvimos a Paxos cuyos encantos nos son siempre irresistibles, para encontrarnos con un amigo italiano que habíamos conocido a principios de verano. Nani es un farmacéutico retirado que reparte su tiempo entre el Milán donde vive Shanah, su joven esposa, la Grecia de su casa de campo cerca de la bahía de Lakka, y Kenia, con otra de sus casas desde que un día pisó África y se enamoró del olor especial de aquella tierra. Es elegante, divertido, cariñoso, correcto; podría decirse que no le falta ninguna de las cualidades que uno esperaría encontrar en un embajador. Y le gusta la vida… comer bien, beber mejor, reír mucho, rodearse de gente, conversar de todo sin profundizar en nada, viajar, rodearse de belleza y de afectos.

La subida hacia el norte de la isla, hasta la cala de Santo Estéfano, tuvo lugar entre rayos de sol, brisas suaves, aire fresco y un paisaje idílico. A semejantes condiciones se le unían los placeres de un tiempo sosegado que parecía arrastrar contra su voluntad a las agujas del reloj. Así descansábamos, leíamos, contemplábamos el paisaje.
Santo Estéfano es una pequeña comunidad al fondo de una preciosa bahía. Fondeamos en su centro con el plan de pasar un par de días entregados al solaz, y aprovechamos para caminar por los senderos de sus bosques, lo que nos permitió internarnos en paisajes preciosos, unos a orillas del mar, siguiendo una frontera entre vegetación y oleaje, con Sarande (Albania) a un lado y la arboleda del norte de Corfú al otro, y otros internándonos en bosques frondosos hasta el punto de que a mediodía mostraban una oscuridad tan intensa que parecía irreal, como si alguien hubiese prendido una iluminación mágica capaz de absorber la luz, en vez de darla. En esa penumbra bajo un techo de maderas y hojas, se componían formas imposibles de ramas descabelladas que ascendían hasta lo más alto de una misteriosa bóveda vegetal.
Apenas unos días después de regresar a Mandraki, en Corfú, el gobierno griego decretó un nuevo confinamiento para toda la población: el segundo desde que llegamos a la isla. Con él llegó el invierno, y con el invierno las jornadas cortas, los días de lluvia, la oscuridad temprana con su invitación natural al recogimiento, a la vida interior, a las veladas serenas al amparo de una buena lectura, a las conversaciones sosegadas con los otros habitantes del puerto que habían elegido esa esquina para la hibernación.

Éramos más barcos que en el primer confinamiento, sin que las veinte familias (en su mayoría parejas o individuos) dejásemos de sentirnos parte de aquella aldea flotante, con sus interacciones lentas, al ritmo de un tiempo tranquilo al que la circunstancia imprimía un tempo aún más sosegado. A un lado estaba Ian, un sudafricano estadounidense que vivía a bordo de su catamarán Monocle, haciendo videos para su canal de YouTube sobre ciencia, economía, medioambiente, y otros temas de interés para su mente amplísima, de curiosidad inagotable, con memoria prodigiosa, alimentada por una lectura impenitente y crítica. Las conversaciones con Ian eran inagotables; su discurso era rico, documentado, inteligente; su actitud, divertida, razonable, positiva. Uno de los mejores conversadores que he conocido en mi vida. Se confesaba un “doomer” convencido de que el planeta ya no tiene posibilidades de recuperación y, en consecuencia, en un lapso temporal desconocido, pero indudablemente muy próximo, los ecosistemas que sostienen la vida colapsarán sin remedio.

A su lado estaba Georgina, también en un catamarán, Curious George. Una mujer de mediana edad que en su juventud llegó a la gran pantalla en producciones del gran Hollywood, y a la pequeña, en series, publicidad y otros trabajos para actores. Pero aquellos días de gloria dejaron paso a una existencia muy distinta, que intuíamos entre atormentada y solitaria, sin término medio entre ambos extremos. Quizá por ello, nos referíamos cariñosamente a ella como “la loquita”.
Bruno y Natalie, del Galatea, a quienes habíamos conocido en Vulcano (Sicilia) también se vinieron a hibernar al Jónico, y cayeron a nuestro lado, eternamente agradecidos por el magnetismo afectivo gracias al cual habían terminado en nuestro puerto.

Al otro lado, junto a nosotros, estaban los habitantes del Gliko. Una pareja maravillosa, él excoronel del ejército israelí y ella exasesora pedagógica, que tras haber residido dentro y fuera de su país, se compraron un barco para vivir en cualquier otra parte. Es difícil encontrar a personas tan dulces, colaboradoras, preocupadas por el prójimo, atentas a las necesidades de los demás; Rodet y Danit rebosaban generosidad hasta el punto de reavivar la esperanza en el ser humano.
Junto a ellos, Jon era el único habitante del Henani. Este irlandés culto, elegante y encantador, combinaba sus sesiones como psicoterapeuta con la escritura de su primera novela. “¿Y qué cuentas en tu novela?” le pregunté unos días después de habernos conocido. “Asesino en ella a las personas que me han hecho daño en la vida” me explicó. Su respuesta me ha hecho pensar con frecuencia en su hábil manera de descargar sus iras a través de la literatura, y aliviar así la realidad a base de imaginación hasta hacer sanar heridas con bálsamos de ficción. En esos mismos días, mi hijo David, refiriéndose a la historia de su tercer cortometraje me dijo citando a un autor de su gusto «cuanto más profunda la herida, más universal es su relato”.
Más allá estaban habitantes que habían regresado después del verano, como aves migratorias que volvieran a un antiguo nido: las “gatas” del Wake, los italianos del Alter Ego… En ese mismo lado, Alessandro y Monia estaban atracados en su pequeñito y vetusto Amel donde practicaban sus técnicas de Jihatzu, o reflexología china. Eran agradabilísimos y prestos a ayudar, aunque yo procuraba una instintiva distancia media de ellos desde el día en que les conocí, cuando cometí el error de confesar una dolencia en el hombro derecho que Alessandro se lanzó a aliviar con sus manos. Dos días más me trató la lesión, durante los cuales el dolor, lejos de remitir, empeoraba de manera manifiesta, obligándome a disimular como podía una mejoría inexistente con el único propósito de no herir sus sentimientos, y terminar aquello antes de que me dejara definitivamente inútil.
Y finalmente Ray, otro solitario a bordo del Corosol, francés, con casa en Barcelona, un físico incoherente (para bien) con su edad, que un día vendió la startup que había creado y con el resultado se compró un barco. Antes de hacerlo ya había viajado mucho, aunque en las naves que tanto desvirtúan el sentido de la distancia y el tiempo cuando volamos en ellas de un lado a otro. El Corosol era otro tipo de nave a la que aún no estaba familiarizado, pero con la que se le veía feliz.






Entre todos, construimos una comunidad dispar, y por ello amena, que nos proporcionaba esa calidez que precisamos los humanos y que sólo logramos cuando nos sentimos parte de algo. Ese “algo” de aquellos días en Mandraki, nunca saldrá de nuestros corazones. Muchos de aquellos “alguien” con quienes compartimos los meses del invierno, se incorporaron a nuestro patrimonio afectivo, y nunca desde entonces lo han abandonado. Así nos encontramos cara a cara con una dulce verdad que los días confirmaban a base de horas de trato y roce: que la familia no es una cuestión de sangre, sino de corazón.













No se si me recibís al contestaros a esta cuenta de correo electronico, pero que sepáis que me ha encantado y he disfrutado con vosotros y vuestra nueva familia.
Eso si Molero, no digas de alguien que es correcto, queda fatal, je je je….. ya sabes que te quiero y por eso me gusta pincharte.
Cuidaros mucho hermanos.
Besitos.
Juanma.
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Claro que te leemos Juanmita. No pinches que acabarás dando en hueso 😉
Te queremos hermano. Bss
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