¡Cuánto une la distancia!

El regreso a Madrid después de tanto tiempo tuvo un efecto de reencuentro con el pasado. Los lugares que formaron parte de lo cotidiano se habían convertido en recuerdos de otra época, donde hubo otras personas, otras circunstancias. La vuelta a ellos parecía como el despertar de un sueño profundo del que se prefiere no salir.
Cada esquina, los portales en los que nunca reparamos pero que en el reencuentro resultaban familiares por alguna razón desconocida, la luz desparramada por las farolas sobre las aceras, el banco donde un día se descansó, el seto que florecía en primavera, todo, en definitiva, penetraba los sentidos como un aguijón certero que alcanzaba al alma y le inoculaba una melancolía meliflua que pesaba al caminar, que agalbanaba el ánimo, que hería lentamente. Pero el reencuentro con nuestra tribu curaba las muescas de tantos meses lejos, solo unidos por las voces metálicas del teléfono y por las imágenes planas, insípidas de los píxeles. Nos sentíamos extraños en casa, pero en casa; la casa que era nuestro Madrid natal era ahora un lugar más en el mundo, especial, diferenciado del resto, pero otro de un mundo que habíamos empezado a sentir mucho más cercano que cuando nos embarcamos. Y sentimos que la distancia nos había unido mucho más de lo que hubiéramos podido suponer a cuanto tenía solidez y consistencia en nuestros corazones.

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