Mandraki. There’s no place like home…

Llevábamos meses ya en Grecia desde nuestra primera arribada, cuando habíamos entrado en Corfú con mal pie. Eran los últimos días de febrero y llegábamos a nuestra primera isla griega después de más de treinta horas ininterrumpidas navegando con fuerte viento desde Crotona, al sur de Italia. Era ya media mañana y estábamos cansados cuando entramos en una bahía amplia al sur de la isla en donde pretendíamos abrigarnos del viento y pasar nuestra primera noche en Grecia. No pudo ser. El anclaje no estaba claro, tocamos fondo con la quilla, a punto estuvimos de quedarnos atascados y no poder salir. Zarpamos inmediatamente, doblamos el cabo sur y avanzamos hacia el norte buscando abrigo en algún lugar de la costa este.

No encontramos nada que nos pareciera adecuado, así que continuamos nuestro camino hasta la misma ciudad de Corfú. Allí entramos en un estrecho puerto y nos cogimos a un muelle público donde pasamos nuestra primera noche de descanso, a pesar de que se levantó un sureste que lanzaba olas por encima del espigón al que estábamos cogidos y removía el agua del interior del puerto como si subieran borbotones desde las mismas entrañas del infierno. Rompimos una pieza de la pasarela y castigamos las amarras hasta más allá de lo aconsejable.

Antes de zarpar habíamos ido caminando al puerto de Mandraki, en el lado norte de la fortaleza. No nos impresionó. Más bien nos resultaba un tanto incómodo atravesar el interior de esta para acceder a los amarres. Nuestra segunda entrada en el puerto ya fue en el Alendoy. Estuvimos una semana, volvimos a zarpar y tomamos rumbo nordeste con destino a Montenegro y Croacia, pasando por Albania. Pero pocos días después huíamos de allí después de haber recorrido casi toda su costa, viento en contra, con el afán de regresar a territorio griego huyendo de un confinamiento fuera de la Unión Europea. Podría decirse que las amarras no estaban aún plenamente cogidas cuando nos vimos confinados en el puerto de Mandraki, donde pasamos los siguientes tres meses de aislamiento, o mejor, de recogimiento.

Era difícil prever entonces que la siguiente vez que regresáramos a Corfú tras haber navegado por muchas de las aguas de Grecia, y entráramos en el puerto de Mandraki, nos acompañaría una sensación tan intensa de estar volviendo a casa. Pero las expresiones sinceras de alegría al vernos de quienes allí habíamos dejado, la familiaridad del lugar que, pese a ello, no dejaba de sorprendernos con su belleza, el carácter de hogareño que para nosotros habían adquirido sus instalaciones, todo nos abrazaba y nos decía “estáis en casa”.

Habíamos regresado a Corfú para dejar el Alendoy en un sitio conocido y seguro mientras volábamos a España para resolver asuntos de trabajo y salud, ver a la familia y tener una toma de contacto con los amigos. Pero también conscientes de que, en caso de resultar confinados en Madrid, Mandraki era buen abrigo para el barco. Así que lo dejamos tranquilos y volamos hacia poniente. Cuando regresáramos, entraríamos con buen pie.

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