
Grecia es un país cuya belleza no depende ni de maquillaje, ni de moda o complementos. Diría de Grecia que es bella sin pretenderlo, espontáneamente, con una discreción que su grandeza histórica apenas le permite, pero que parece arraigada en el tuétano de su gente. Si Disney ha creado un imperio turístico a base de andamios y cartón piedra, ¿qué podría levantar Grecia con los mimbres históricos, paisajísticos, climatológicos, costumbristas, artísticos y sociológicos que posee?

Llegamos a Monemvasía con la caída de la tarde, y la descubrimos entre las sombras de un sol languideciente en cuanto doblamos el peñón que lleva su nombre, toda rodeada por una muralla rectangular dentro de la cual las construcciones de piedra se orientan al mar como si de un graderío se tratara, listo en cualquier momento para contemplar el espectáculo de los crepúsculos del Egeo.
Su naturaleza incierta entre isla o península la provoca un cordón umbilical de asfalto que la une con Yefira, en el Peloponeso. La habíamos descubierto con el atardecer, recorrimos sus calles entrando de noche, y la contemplamos nuevamente por la mañana cuando la dejábamos por popa al día siguiente. La estampa, enmarcada por la muralla, sujeta en la espalda por la pared vertical de la ladera que la abriga del norte, iluminada por la luz, venga del sol o de las fuentes que la propia población provee para sus noches, su dimensión humana, y los vaivenes de ese urbanismo espontáneo, fiel a las leyes ni escritas ni habladas de la convivencia, ya evoquemos su interior o su fachada, es inolvidable.










El tiempo que le dedicamos nos supo a poco, pero el rodeo de la gran península que habría de llevarnos al Jónico requería de la mayor prudencia, por lo que debíamos aprovechar el buen tiempo que nos dejaban los primeros días de septiembre.
Con ese buen tiempo llegamos a Elafonisos, en el extremo sureste del Peloponeso, al final del primero de sus tres dedos, según se sale del Egeo. La amplia bahía y el fondo de arena eran un magnífico tenedero para pasar una noche tranquila entre barcos de todo porte. Entre los de nuestra liga se encontraba otro Amel, un Santorin, tripulado por una pareja austriaca que pasaban largas temporadas abordo y que planeaban cruzar el Atlántico al año siguiente para luego continuar hasta dar la vuelta al planeta. De las ligas superiores había varios grandes yates, dos especialmente llamativos, y de éstos, uno particularmente impresionante por sus dimensiones, cuyo egregio pasaje había descendido a la playa con un ejército de cocineros, pinches y camareros que les preparaban y servían la cena desde la cocina improvisada a orilla del mar, hasta la mesa bajo carpa donde los comensales parecían disfrutar de ricos manjares. La escena nos llamó la atención disparando reflexiones sobre la riqueza, el bienestar, el lujo, y cómo todo ello puede encontrarse en la más extravagante opulencia o en las cosas más sencillas y auténticas que dan brillo a la vida hasta convertirla en un placer. En realidad, no son las posesiones, sino cómo se interpreta lo que se tiene, lo que convierte a alguien en rico o en pobre, al menos a ojos de sí mismo.
Elafonisos es una pequeña isla unida al continente por una lengua de arena desde la que se contemplan y disfrutan playas a ambos lados, las dos con arenas claras, aguas limpias y paisajes bonitos. Pero no sería hasta la media noche cuando se nos revelaría la gran sorpresa que el azar -y el mega yate con el que coincidimos- nos tenía reservada. Ya nos habíamos acostado para disfrutar del descanso que solo los buenos fondeos proporcionan y que no es comparable a ningún otro: el abrigo del silencio apenas interrumpido por el contacto del agua con el caso, el sabor enigmático que la Vía Láctea deja siempre en la memoria, el movimiento apenas perceptible pero evidente del barco… cuando oímos detonaciones en el exterior. Fueron varias, rápidas, estruendosas. Salimos disparados a la cubierta que ya estaba iluminada por los borbotones de luz que se derramaban desde el cielo en cientos de caudales brillantes con un mismo origen -la explosión-, hasta desaparecer cuando se aproximaban al horizonte. Fueron los primeros estallidos de una ronda de fuegos artificiales de una espectacularidad impresionante, más aún por el estruendo de sus explosiones rompiendo el silencio de la noche, quieta como la oscuridad, sobre la que se expandían sus ondas. Fue una exhibición larga, bella, artística, que se hizo aún más ostentosa cuando al terminar, la noche recuperó su discreción, y el silencio resonó con aún más presencia. Nos sentimos afortunados. Muy afortunados de llevarnos de aquel lugar más de lo que por sí mismo podía ofrecer, pero también reflexionando sobre la arrogancia de quien convierte una bahía en el escenario de su exhibición “a mayor gloria de sí mismo”, sin siquiera considerar que, en aquel momento, en aquel lugar, alguien podía estar embriagándose de silencio y quietud. “No seas cascarrabias” dijo Paloma, no falta de razón, para dar fin a la conversación…
Salimos temprano para llegar a Porto Kagio, en el dedo central de la península. El viento no acompañaba, pero era suficiente para ayudar a la Perkins con mayor y mesana, mientras disfrutábamos de esa luz que solo da el Mediterráneo y a la que tanto le debe el arte y la cultura de sus países ribereños.
Porto Kagio es un sitio tranquilo, bien abrigado, con una mínima población de apenas unas pocas edificaciones entre las que alguna albergaba su restaurante como el que nos acogió para tomar un buen (y bien pagado) pescado. Grecia es el país de Europa que más islas tiene en su territorio, y sin embargo es difícil comer buen pescado. Los restaurantes tienen poca oferta, más allá de calamares, pulpo y sardinas, y frecuentemente mal cocinada por exceso, además de cara. En Porto Kagio confirmamos una vez más lo dicho, aunque en aquella ocasión el pescado estaba rico, tanto por sus propios méritos como por cuanto a ello contribuía la quietud de la bahía, la serenidad del agua bien acogida por el abrigo de los montes que la rodeaban, las estrellas abarrotantes del cielo y la temperatura apacible de un aire que embriagaba de bienestar.
Solo nos quedaba doblar un cabo más para entrar en el mar Jónico, al oeste del Peloponeso: Methoni. Desde lejos se apreciaba ya la silueta de la torre medieval que se adentra en el mar como el último fleco de la enorme fortaleza cuyas murallas acogen lo que en tiempos fue la ciudad y de la que ahora quedan apenas algunos restos visibles a expensas de que las excavaciones arqueológicas desvelen el resto del enorme emplazamiento. En dicha torre circular a la que se accede por un camino empedrado que tras superar un puente desemboca en su base, estuvo prisionero D. Miguel de Cervantes tras la derrota de Lepanto.










Quizá éste no sea el lugar para disfrutar de los atardeceres más bellos del Mediterráneo, pero sin duda se encuentra entre los primeros merecedores de dicho reconocimiento. La línea del horizonte que se extiende desde un mar a otro, sólo interrumpida por la silueta verde de la isla de Sapientza, da una idea del carácter fronterizo que otrora debió tener este extremo peninsular cuando la vigilancia visual era la única opción de vislumbrar una posible amenaza desde el mar.
La mañana siguiente amaneció temprano, y nosotros también. Nos esperaba un largo recorrido hasta el puerto de Katákolo, ya en pleno Jónico, desde donde iniciaríamos la excursión para visitar las ruinas de la antigua ciudad de Olimpia, cuna de los famosos juegos que han acompañado a la humanidad durante una buena parte del tiempo en que ha tenido civilizaciones. Habíamos alquilado un coche para recorrer los pocos kilómetros que nos separaban del yacimiento arqueológico al que llegamos a media mañana de un precioso día soleado y fresco, en el que la luz se nos alió para mostrarnos un paraje que rezumaba el sosiego heredado de un milenio tras otro.






La antigua Olimpia, la Olimpia de los juegos, se encuentra en una extensa llanura de calles amplias y construcciones de piedra que albergaron a deportistas de cuantas disciplinas se practicaban en la época, así como a las personalidades que, atraídas por el espectáculo de las contiendas, se desplazaban hasta el lugar donde se instalaban y eran testigos de la confrontación noble y competitiva de iguales en el ejercicio de una disciplina. Incluso algo queda de lo que fue el taller del famoso escultor Fidias entre los restos de lo que después conformó una pequeña iglesia. Los juegos fueron una lección de civismo, de sofisticación, de comportamiento elevado, ético, gracias al cual las diferencias se dirimían en buena lid, ante testigos, sin el drama de la muerte, dejando de manifiesto quien ostentaba la superioridad física y espiritual. Me pregunto cuánto habrían durado en aquel contexto las estrellas deportivas que hoy se tiran al suelo de los estadios de futbol para simular faltas inexistentes, exhibiendo inmoralmente el peor de los ejemplos ante las hordas de seguidores, adultos y niños, que les admiran y les toman por referente. Me avergonzaba pensar en tan bochornosos espectáculos como los que hoy ofrecen algunos deportes en connivencia con los poderes de la sociedad de la que surgen, que los tolera y alienta, para mayor oprobio de todos.
El gran estadio de Olimpia es impresionante. Imaginar las laderas a uno y otro lado del recorrido de la pista central, plagadas de la gente que allí se congregara en la época, puede embriagar la imaginación hasta el delirio: las túnicas, los adornos y atavíos, el estar de quienes se anticiparon a nuestro tiempo sentando las bases que aún dan cimentación a muchas de nuestras ideas.
De regreso a Katákolo, conocimos el yate que perteneció a Aristóteles Onassis que llevaba el nombre de su ya fallecida hija “Cristina O.”, una embarcación de líneas clásicas, elegante en sus formas, enorme en el muelle del puerto, entonces ya disponible para alquiler por la nada desdeñable suma de entre 70.000 y 100.000 euros diarios.



También conocimos a una pareja de neozelandeses cuyos hijos, mayores e independizados, trabajaban en distintas partes del mundo (uno de ellos en Vanuatu) mientras ellos viajaban por el Mediterráneo en su velero. Compartimos vino, conversación, inquietudes y sueños con una intimidad que solo se da entre quienes viven vidas similares.

A pocas millas de Katákolo está la isla de Zakintos donde paramos guiados por recomendaciones que describían una ciudad cuyo encanto no fuimos capaces de encontrar, quizá porque el velo del turismo desvirtuaba a nuestros ojos la realidad de lo que quizá era una localidad agradable. Pronto zarpamos para continuar con nuestro camino hacia el norte; la siguiente parada sería en una de las islas más míticas de la historia humana.
Cuando uno conoce la isla de Ítaka entiende que Ulises quisiera regresar a ella. Es una mancha intensamente verde pegada a la isla de Kefalonia, que se extiende entre su costa y la del continente, en la misma puerta del golfo de Patrás que conduce hasta el impresionante canal de Corinto. Su encanto salta a la vista en cuanto se la vislumbra con la luz de la mañana dando vida a su orilla oriental. En ella arribamos a la bahía donde se encuentra la playa de Filatro buscando abrigo del viento noroeste que prometía entrar con fuerza al día siguiente. Pasamos la primera noche fondeados en mitad de la bahía, pero preferimos cambiar de sitio a la mañana siguiente para fondear “a la griega” con amarras a tierra desde la popa.
Como estábamos a unos pocos kilómetros por tierra de la ciudad de Ítaka, nos pareció mejor plan alcanzarla caminando que bordear la mitad norte de la isla hasta llegar al puerto excesivamente expuesto al noroeste que se preveía; así que madrugamos al día siguiente y emprendimos camino por la estrecha, serpenteante y empinada carretera que iba hasta la ciudad. En efecto, la distancia no era excesiva, pero sus cuestas representaban más reto del que estábamos dispuestos a acometer cuando un coche apareció por detrás. Reaccionó al gesto que le hicimos con la mano para que se detuviera; apenas habíamos empezado a preguntar cuando Igor nos invitó a subir. Su inglés era modesto, su semblante serio, su aspecto espontáneo, su mirada intensa. En los pocos minutos que duró el recorrido nos contó que era de Serbia, que de la noche a la mañana (literalmente) tuvo que abandonar su país para evitar un reclutamiento indeseado que habría de llevarle a combatir en una guerra que no entendía y en la que no quería participar. Se fue a Portugal donde pasó varios años antes de desplazarse a París, su residencia actual junto a su mujer, Yerena, reportera radiofónica de la radio nacional francesa para el exterior.





En esos pocos minutos en el coche nos dimos cuenta de que teníamos muchas más cosas que contarnos que las que el trayecto nos había permitido compartir, así que quedamos para encontrarnos por la tarde en la bahía donde estábamos fondeados y compartir unas cervezas. Con ellas, y asediados por una verdadera plaga de avispas que a base de ignorarlas se convertían en inofensivas, pero incómodas, charlamos de sus vidas y de las nuestras, de sus sueños por salirse de un sistema en el que se sentían extraños y optar, como nosotros, por acercarse a las bondades de la vida simple, auténtica. Nos despedimos de ellos con pesar, conscientes de que quizá nunca nos volviéramos a encontrar, pero también felices de haber sido tocados por la dicha de una tarde tan agradable, con personas tan singulares.
Desde Ítaka, el resto de nuestro periplo sólo incluyó dos paradas más en la misma isla: Paxos. Ella fue el primer punto de recalada desde que habíamos salido de Corfú meses atrás, y ahora, Gaios y Lakka, eran los dos últimos fondeos antes de volver a sus aguas para pasar el invierno. En esos días confirmamos los encantos incontestables de Paxos, aunque la bellísima Lakka que habíamos conocido apenas sin barcos cuando muy pocos se habían despertado del largo confinamiento a que había obligado el Covid, distaba mucho de la que ahora nos encontrábamos, literalmente abarrotada de barcos, charter la mayoría, cuya presencia no deja de inquietar cuando se observan sus maneras escasamente marineras y frecuentemente descorteses. Pero la belleza de la bahía estaba por encima de cualquiera de los inconvenientes que pudiera suponer terminar un viaje como el nuestro en sus aguas. Habíamos surcado el Jónico, atravesado Corinto, subido hasta las Espóradas, cruzado el Egeo dos veces, entrado en aguas turcas, alcanzado Rodas, bordeado el Peloponeso, azotados por el Meltemi y disfrutado de una Grecia incomparable, auténtica, única e irrepetible a la que volveremos; siempre volveremos.

















la vida simple y tranquila ¿por qué siempre ese concepto se valora más en el oriente que en el poniente?
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